LOGINDORIAN
El techo negro de la habitación me observa como un juez silencioso, implacable. No hay cuadros ni ornamentos, solo líneas rectas, austeridad y sombra. El lujo aquí no existe para impresionar, sino para recordar quién manda. Las sábanas de seda pesan sobre mi cuerpo como una sentencia, pero no logran contener el latido furioso que me atraviesa el pecho. Cada respiración arrastra fuego. El dolor llega tarde, profundo, como una advertencia: no debería estar vivo.
—Está despierto, signore… —dice mi ama de llaves desde el umbral, su voz un hilo roto—. Pensamos que no lo lograría. El doctor Gaetano Lucchesi y su primo Matteo están aquí.
No respondo. La memoria me arrastra antes que las palabras: la lluvia cayendo como una cortina sucia, el disparo seco que partió la noche, el ardor líquido expandiéndose en mi costado, el sabor a cobre y pólvora llenándome la boca mientras el mundo se inclinaba hacia un lado.
Y luego… ella. Entre la niebla y la penumbra de aquella capilla maldita, una silueta envuelta en negro y blanco. No gritó. No huyó. Sus ojos no mostraron miedo, solo una paz que me desarmó más que la bala. Y ese beso… ese maldito beso que ahora hace arder mis venas como ácido.
—Tuviste suerte —dice Gaetano, acercándose con su maletín de cuero gastado—. La bala pasó de largo, sin tocar órganos importantes. Pero perdiste sangre como un cerdo degollado. Si no te hubieran encontrado cuando lo hicieron… —niega, lento, profesional—. No estaríamos teniendo esta conversación.
Suelto una risa corta, sin humor que parece desgarrar el pecho.
—No fue suerte.
Los tres me miran. El médico ajusta sus gafas. Mi ama de llaves aprieta el rosario escondido entre sus dedos. Y mi primo, Matteo, frunce el ceño, con la sombra de una pregunta ya formándose en sus ojos.
—Lei mi ha salvato la vita —digo, con la voz ronca por la sequedad y la rabia—. Tengo que encontrarla.
El silencio cae como un golpe. Mi ama de llaves entiende la orden no dicha y se desvanece del cuarto. Gaetano ocupa su lugar al borde de la cama, observándome como se observa a un hombre que ha regresado de un viaje sin billete de vuelta.
—¿De quién hablas, Dorian?
Aprieto la mandíbula, mientras el dolor se intensifica, y lo convierto en claridad.
—De la monja.
—¿Monja? —pregunta Matteo.
—La de la puta iglesia. En la tormenta —mi voz se endurece—. Esa mujer se interpuso entre el cañón de uno de los hombres de Riccardo y mi cabeza. Sin saber quién carajo era. Sin pedir explicaciones.
—Para empezar —corta Matteo, avanzando— explícame cómo terminaste en una capilla. El plan era ir directo a los muelles desde la oficina.
Me incorporo lo justo. El mundo se ladea y el dolor me atraviesa con la precisión de una hoja al rojo vivo.
—Riccardo nunca dejó de vigilarnos —escupo—. Anoche la lluvia conspiró con él. Perdimos señal, las calles se cegaron con el apagón, la escolta se partió en dos. Cuando quise reagruparlos, ya estaba solo, metido en un callejón tan estrecho que apenas cabía el coche.
Respiro hondo. El fracaso todavía sabe a bilis y humo.
—El corte de luz fue provocado —dice Matteo—. Te llevaron a su territorio para aniquilarte. Por poco lo consiguen.
—Eran dos coches blindados —continúo, con la memoria proyectando la escena en el techo negro—. En ese callejón no hubo emboscada. Fue una ejecución. Maté a uno con su propia cuchilla, la misma que antes me atravesó las costillas. Ahí cayó Toni, interponiéndose cuando vio el cañón apuntando a mi nuca. Leo recibió la ráfaga completa al cubrirme el flanco. Lo vi desmoronarse antes de tocar el suelo.
Gaetano aprieta los puños.
—Cuando los míos tocaron el suelo, dejaron de disparar al aire —añado—. Me cazaron como a un animal herido. Sentí el golpe de una bala cobarde en la espalda. Luego, dos más.
El silencio que sigue es espeso, cargado de cólera contenida.
—Seguí caminando —digo—. No por valor, sino por puro instinto. Sangrando, desorientado, con el cuerpo traicionándome paso a paso. Cada respiración era un pacto con la muerte. Hasta que vi una luz temblando entre la niebla. Esa iglesia. Pensé que caer allí no sería el peor final.
Matteo inclina la cabeza, con una mueca de escepticismo torciendo su boca.
—Y en lugar de morir… apareció una monja. Para salvarte.
—Me protegió —corrijo, sin subir la voz—. Mintió por mí. Se plantó delante de un arma como si su vida valiera menos que la mía.
Mis dedos se cierran sobre la seda.
—No es novedad —dice Matteo con un resoplido—. Son sirvientas de Dios. Están programadas para eso.
—Nadie lo había hecho por mí —recalco, y la diferencia, enorme y peligrosa, queda suspendida en el aire.
Gaetano tarda un segundo en hablar.
—¿Y el sicario?
—Lo maté —respondo, sin ningún tono de triunfo—. Con la última fuerza que me quedaba. Le reventé la cabeza frente al altar. Cayó sobre las baldosas de esa capilla como un sacrificio maldito. Después… salí. Di unos pasos en la tormenta y me desplomé.
—Fue ahí donde te encontré —dice Matteo—. En cuanto supe que habías perdido comunicación, salí a buscarte. Rastreé la señal de tu teléfono. Escuché ese último disparo. Si no, hoy estarías bajo tierra. Pero ahora lo que importa es que si la policía conecta los puntos, ese lugar está contaminado. Y todo lo que hay dentro también.
—No podemos aparecer allí ahora para limpiar —agrega Gaetano, práctico—. Ya es demasiado tarde. A estas horas, el cadáver debe estar en manos de la policía.
—Necesito que averigüen todo sobre ese lugar —ordeno.
Gaetano frunce el ceño, pensativo. Luego saca el teléfono, como si un recuerdo viejo hubiera chocado brutalmente con el presente.
—No creo que tengamos que investigar mucho —murmura, deslizando el dedo por la pantalla con una urgencia contenida—. Acabo de recordar… si la memoria no me falla, tu padre lo mencionó una vez, durante aquella negociación con los del norte… Sí —concluye, alzando la mirada, y en sus ojos veo la sombra de un problema mayor—. Ese lugar es el orfanato Santa María. No es un punto cualquiera en el mapa. Es una de las propiedades en disputa en la frontera norte. La que los Falconi reclaman como suya desde hace años. La razón por la que tu padre y ellos siguieron enfrentándose en silencio hasta el último día.
Cubrió mi cuerpo con el suyo, y el contacto de su piel contra la mía fue como un electroshock. Cada centímetro de mi ser despertó al sentir su peso, su calor, su erección presionando contra mi vientre a través de la tela de su pantalón. Sus manos recorrían cada curva, cada rincón, con la devoción de quien ama y conoce cada centímetro del otro.—Te quiero —susurré contra su boca—. Te quiero tanto, Dorian.—Y yo a ti —respondió, besándome con una pasión que no había disminuido con los años—. Más que a mi vida. Más que a todo.Sus besos descendieron por mi cuello, mordisqueando, succionando, dejando pequeñas marcas que desaparecerían en horas pero que en ese momento eran su firma sobre mi piel. Mis hombros, mis pechos, el valle entre ellos. Cada punto que tocaban sus labios se encendía como una llama.Cuando su boca encontró mi pezón de nuevo, gemí, arqueándome contra él, buscando más contacto, más piel, más de él. Su lengua dibujó círculos alrededor, lentos al principio, torturándome, y
VALENTINA Tres años después.La casa estaba en silencio. Un silencio diferente, casi irreal después de tres años de risas infantiles, de carreras por los pasillos, de "mamá, mamá" a todas horas. Dante se había ido a dormir a casa de los abuelos —así llamábamos al Padre Vittorio y las hermanas—, emocionado por su primera noche de pijamas con los otros niños.Yo estaba en la cocina, preparando una copa de vino, disfrutando de la calma inusual, cuando sentí sus brazos rodear mi cintura por detrás.—Dante está bien cuidado por esta noche —susurró Dorian contra mi oído, su voz es grave y cálida como el caramelo—. La casa es solo para nosotros dos.Un escalofrío recorrió mi espalda, su voz me enciende por dentro. Sentí su aliento caliente en mi nuca, sus labios rozando la piel justo donde el cuello se encuentra con el hombro, ese punto que conocía tan bien.—¿Ah, sí? —respondí, apoyándome contra su pecho, sintiendo la dureza de sus músculos a través de la fina tela de mi camisa—. ¿Y qué pi
VALENTINAHan pasado ocho meses. Ocho meses desde aquella noche en que crucé una puerta y dejé atrás al hombre que me había enseñado a amar. Ocho meses de reconstruir el orfanato, de ver crecer a los niños, de sentir cómo mi vientre se hinchaba con la vida que él me había dejado. Ocho meses de extrañarlo.El día del parto está cada vez más cerca. Los médicos dicen que puede ser cualquier día ahora. Y yo debería estar feliz, debería estar emocionada, debería estar deseando tener a mi hijo entre mis brazos.Pero solo siento tristeza. Una tristeza honda, profunda, que me acompaña a cada paso. Porque le extraño. Le extraño tanto que a veces duele respirar. He soñado con él casi cada noche. En mis sueños, no es el jefe mafioso, no es el hombre que desató una guerra, no es el monstruo que todos temían. Es solo Dorian el hombre que me miró sin máscaras aquella última noche. El hombre que lloró sobre mi vientre al saber que sería padre. El hombre que me dejó ir por amor.Creo que nunca aprend
VALENTINAUna semana después.El valle suizo había comenzado a sentirse como un hogar. Mis días tenían un ritmo nuevo, suave, alejado del horror que habíamos dejado atrás. Me levantaba temprano, ayudaba a las hermanas con los niños, paseaba por los jardines.Esa mañana mientras desayunaba con los pequeños en el comedor principal, Sor Clara entró con el periódico en la mano. Su rostro estaba pálido, sus ojos fijos en la primera plana.—Valentina —dijo, su voz temblorosa—. Tienes que ver esto.Dejé la taza de té y me acerqué. Ella me tendió el periódico sin decir una palabra.La noticia ocupaba toda la portada."FIN DE UNA ERA: DORIAN MARTINELLI ENCONTRADO MUERTO. LA GUERRA DE MAFIAS EN NÁPOLES LLEGA A SU FIN."El mundo se detuvo.Mis ojos recorrieron las líneas sin realmente leerlas, captando solo fragmentos: "cuerpo encontrado en una casa abandonada... heridas de bala... se cree que fue un ajuste de cuentas... con su muerte, la guerra que asoló Nápoles durante meses llega a su fin...
VALENTINAEl autobús ascendía lentamente por la carretera de montaña, cada curva revelando un paisaje más hermoso que el anterior. Había perdido la cuenta de las horas de viaje, de las fronteras cruzadas, de los nombres de pueblos que quedaron atrás. Solo sabía que me alejaba de Italia, de Nápoles, de los fantasmas que aún habitaban en mi memoria.A mi lado, Santoro permanecía en silencio, respetando mi necesidad de procesar todo lo que había pasado. El maletín con el dinero y los documentos descansaba bajo el asiento, un peso físico y simbólico que no podía ignorar.—Falta poco —dijo al fin, señalando por la ventanilla—. Mira.Asomé la cabeza y contuve el aliento.Allí, en la cima de una colina verde y fresca, se alzaba una construcción de piedra clara, rodeada de árboles y jardines. El sol de la tarde la bañaba con una luz dorada que la hacía parecer sacada de un cuento. Montañas azules se perfilaban al fondo, y el aire, incluso desde la distancia, olía a pino, a tierra húmeda, a pa
DORIANCuando Valentina cruzó esa puerta, algo se rompió dentro de mí. No fue un dolor físico. Ese lo conocía bien, lo había sentido mil veces en mil peleas. Fue algo más profundo. Más hondo. Algo que no sabía que existía hasta que ella apareció en mi vida.Mis ojos se llenaron de lágrimas y lloré. Lloré como no había llorado desde que era un niño, desde antes de que este mundo de mierda me endureciera el corazón. Lloré por ella, por mí, por ese hijo que nunca conocería, por la vida que podríamos haber tenido y que nunca tendríamos.La puerta se cerró con un clic suave, casi silencioso. Pero para mí fue como un portazo en la cara. Como el sonido de un ataúd cerrándose.Gaetano entró en la habitación. Me miró largamente, y en sus ojos vi algo que nunca había visto: lástima. El muy hijo de puta sentía lástima por mí.—Soy un idiota —susurré—. La dejé ir.Gaetano se acercó lentamente. Se sentó en una silla junto a la camilla, sin decir nada. Solo esperó.—Seré papá —dije, y las palabras







