LOGINVALENTINA
Me dirijo al comedor cuando, a mitad del corredor, la madre superiora se desprende de la penumbra como una extensión natural de la sombra. Me aguarda junto al roble oscuro de su despacho, inmóvil y austera, sin pronunciar mi nombre porque no lo necesita. Una leve inclinación del mentón es orden suficiente y la sigo.
Dentro, el despacho respira cera añeja y disciplina. La gran cruz en la pared no inspira consuelo, sólo observa. Ella cierra la puerta con un gesto exacto y se acomoda en su silla sin ofrecerme asiento, limitándose a señalar con frialdad la que me espera al otro lado del escritorio. Obedezco en silencio, mientras su mirada se posa sobre mí con una deliberación calculada, sin prisa alguna.
—Reconozco que anoche fui directa —dice—. No permití explicaciones. Juzgué con rapidez.
—Actuó según su deber, madre. El orden debía restablecerse.
—No busco comprensión, Valentina. Busco la verdad.
Sus ojos grises se clavan en los míos.
—Dijiste que te escondiste, que oíste el disparo y que el hombre cayó sobre ti. ¿Sostienes esa versión?
Asiento apenas. Bajo las mangas, mis dedos se enroscan en la tela hasta que el ardor me ancla.
—Sí, madre.
El silencio se alarga, preciso, quirúrgico. No espera palabras; espera una fisura.
—Puedes confiar en mí —dice—. Esta casa se sostiene sobre la verdad.
—No tengo nada más que añadir.
Me observa con detenimiento, como quien evalúa un objeto dañado.
—Tus ojos… —observa, como leyendo un texto tras mis pupilas— tienen una turbiedad nueva. No es el destello del pánico, que se desvanece. Es algo sedimentado. ¿Es temor? ¿O es la sombra de la culpa? Ya no eres la hermana que creía conocer.
Mantengo la lengua quieta. Cualquier palabra sería una grieta.
—Quizá es sólo… la secuela del horror —logro articular—. Presenciar la muerte tan de cerca marca el espíritu.
—No te inculpo —dice, pero la frase no es un alivio; es una advertencia—. Mi deber es custodiar este recinto, su integridad física y espiritual. Y para ello, debemos concordar en cada detalle. La policía vendrá, es inevitable.
Un frío limpio me recorre la espalda.
—¿Vendrán?
—Un cuerpo será encontrado —responde—. Y las preguntas seguirán su curso. La capilla… ¿está intacta?
—Sí, madre. Fue revisada antes del amanecer. No hay rastros.
—Bien.
Se levanta y extrae de un cajón un pequeño crucifijo de madera oscura. Lo coloca en mi mano. Es pesado. Frío.
—Reza aquí —ordena con suavidad—. Pide claridad. Porque si lo que veo en tus ojos es una mentira, te consumirá antes de que nadie más deba intervenir. La mentira siempre castiga primero al que la guarda.
Se da la vuelta. La puerta se cierra con un golpe sordo que resuena en mis huesos.
Aprieto el crucifijo hasta que la madera deja su huella en mi carne, no es el símbolo lo que me quema sino la verdad que guardo, viva y envenenada, en el centro del pecho. Cierro los ojos e intento encontrar esa luz que la madre superiora exige, pero algo dentro de mí arde y lo nubla todo. Respiro hondo y alzo la vista hacia el crucifijo de la pared, su mirada tallada no ofrece consuelo; bajo los ojos y comprendo que aquí no hallaré respuestas.
Me pongo de pie en silencio y camino hacia la puerta con cautela, la abro apenas lo suficiente para asomarme. El pasillo está vacío, así que abro un poco más y, al no ver a nadie, decido irme. Creo que la prueba ha terminado, pero en ese instante Sor Giulietta surge frente a mí, silenciosa como una aparición. Su sonrisa es una capa fina de hielo sobre una inquietud mal disimulada, y sin mediar palabra me guía hasta una pequeña sala junto al patio donde nos sentamos en uno de los bancos de piedra caliza, fríos incluso a través del hábito.
—Valentina —empieza, alisando motas inexistentes en la tela—. Anoche te vi regresar a tu celda muy tarde. También vi al padre Vittorio salir de la capilla… aunque juraría haberlo visto retirarse horas antes. ¿Ocurrió algo?
—No sé qué decirle, hermana —respondo con calma medida—. Permanecí en oración. Perdí la noción del tiempo. Si el padre Vittorio regresó, no fui testigo. Tal vez debería preguntárselo a él.
—No tienes por qué mentirme.
—No estoy mintiendo.
Me observa en silencio, evaluando.
—Solo me preocupaba por ti.
—No debería hacerlo —digo, con suavidad firme—. No ocurrió nada fuera de lo habitual: apagón y lluvia. Nada más.
—Eres joven y…
—Hermana —la interrumpo—, no sé qué es lo que su mente está construyendo, pero no voy a participar en ello.
—¿Qué crees que pienso?
—No caeré en juegos de sospecha —respondo, poniéndome de pie—. Se me hace tarde para atender el comedor. Gracias por su preocupación, pero debo retirarme.
Camino por el pasillo sintiendo las miradas de las otras hermanas clavarse en mi espalda. Cada gesto, cada silencio, parece saber más de lo que digo. Estoy expuesta. Como si el convento entero respirara alrededor de mi secreto, esperando el momento en que deje de resistir.
Cubrió mi cuerpo con el suyo, y el contacto de su piel contra la mía fue como un electroshock. Cada centímetro de mi ser despertó al sentir su peso, su calor, su erección presionando contra mi vientre a través de la tela de su pantalón. Sus manos recorrían cada curva, cada rincón, con la devoción de quien ama y conoce cada centímetro del otro.—Te quiero —susurré contra su boca—. Te quiero tanto, Dorian.—Y yo a ti —respondió, besándome con una pasión que no había disminuido con los años—. Más que a mi vida. Más que a todo.Sus besos descendieron por mi cuello, mordisqueando, succionando, dejando pequeñas marcas que desaparecerían en horas pero que en ese momento eran su firma sobre mi piel. Mis hombros, mis pechos, el valle entre ellos. Cada punto que tocaban sus labios se encendía como una llama.Cuando su boca encontró mi pezón de nuevo, gemí, arqueándome contra él, buscando más contacto, más piel, más de él. Su lengua dibujó círculos alrededor, lentos al principio, torturándome, y
VALENTINA Tres años después.La casa estaba en silencio. Un silencio diferente, casi irreal después de tres años de risas infantiles, de carreras por los pasillos, de "mamá, mamá" a todas horas. Dante se había ido a dormir a casa de los abuelos —así llamábamos al Padre Vittorio y las hermanas—, emocionado por su primera noche de pijamas con los otros niños.Yo estaba en la cocina, preparando una copa de vino, disfrutando de la calma inusual, cuando sentí sus brazos rodear mi cintura por detrás.—Dante está bien cuidado por esta noche —susurró Dorian contra mi oído, su voz es grave y cálida como el caramelo—. La casa es solo para nosotros dos.Un escalofrío recorrió mi espalda, su voz me enciende por dentro. Sentí su aliento caliente en mi nuca, sus labios rozando la piel justo donde el cuello se encuentra con el hombro, ese punto que conocía tan bien.—¿Ah, sí? —respondí, apoyándome contra su pecho, sintiendo la dureza de sus músculos a través de la fina tela de mi camisa—. ¿Y qué pi
VALENTINAHan pasado ocho meses. Ocho meses desde aquella noche en que crucé una puerta y dejé atrás al hombre que me había enseñado a amar. Ocho meses de reconstruir el orfanato, de ver crecer a los niños, de sentir cómo mi vientre se hinchaba con la vida que él me había dejado. Ocho meses de extrañarlo.El día del parto está cada vez más cerca. Los médicos dicen que puede ser cualquier día ahora. Y yo debería estar feliz, debería estar emocionada, debería estar deseando tener a mi hijo entre mis brazos.Pero solo siento tristeza. Una tristeza honda, profunda, que me acompaña a cada paso. Porque le extraño. Le extraño tanto que a veces duele respirar. He soñado con él casi cada noche. En mis sueños, no es el jefe mafioso, no es el hombre que desató una guerra, no es el monstruo que todos temían. Es solo Dorian el hombre que me miró sin máscaras aquella última noche. El hombre que lloró sobre mi vientre al saber que sería padre. El hombre que me dejó ir por amor.Creo que nunca aprend
VALENTINAUna semana después.El valle suizo había comenzado a sentirse como un hogar. Mis días tenían un ritmo nuevo, suave, alejado del horror que habíamos dejado atrás. Me levantaba temprano, ayudaba a las hermanas con los niños, paseaba por los jardines.Esa mañana mientras desayunaba con los pequeños en el comedor principal, Sor Clara entró con el periódico en la mano. Su rostro estaba pálido, sus ojos fijos en la primera plana.—Valentina —dijo, su voz temblorosa—. Tienes que ver esto.Dejé la taza de té y me acerqué. Ella me tendió el periódico sin decir una palabra.La noticia ocupaba toda la portada."FIN DE UNA ERA: DORIAN MARTINELLI ENCONTRADO MUERTO. LA GUERRA DE MAFIAS EN NÁPOLES LLEGA A SU FIN."El mundo se detuvo.Mis ojos recorrieron las líneas sin realmente leerlas, captando solo fragmentos: "cuerpo encontrado en una casa abandonada... heridas de bala... se cree que fue un ajuste de cuentas... con su muerte, la guerra que asoló Nápoles durante meses llega a su fin...
VALENTINAEl autobús ascendía lentamente por la carretera de montaña, cada curva revelando un paisaje más hermoso que el anterior. Había perdido la cuenta de las horas de viaje, de las fronteras cruzadas, de los nombres de pueblos que quedaron atrás. Solo sabía que me alejaba de Italia, de Nápoles, de los fantasmas que aún habitaban en mi memoria.A mi lado, Santoro permanecía en silencio, respetando mi necesidad de procesar todo lo que había pasado. El maletín con el dinero y los documentos descansaba bajo el asiento, un peso físico y simbólico que no podía ignorar.—Falta poco —dijo al fin, señalando por la ventanilla—. Mira.Asomé la cabeza y contuve el aliento.Allí, en la cima de una colina verde y fresca, se alzaba una construcción de piedra clara, rodeada de árboles y jardines. El sol de la tarde la bañaba con una luz dorada que la hacía parecer sacada de un cuento. Montañas azules se perfilaban al fondo, y el aire, incluso desde la distancia, olía a pino, a tierra húmeda, a pa
DORIANCuando Valentina cruzó esa puerta, algo se rompió dentro de mí. No fue un dolor físico. Ese lo conocía bien, lo había sentido mil veces en mil peleas. Fue algo más profundo. Más hondo. Algo que no sabía que existía hasta que ella apareció en mi vida.Mis ojos se llenaron de lágrimas y lloré. Lloré como no había llorado desde que era un niño, desde antes de que este mundo de mierda me endureciera el corazón. Lloré por ella, por mí, por ese hijo que nunca conocería, por la vida que podríamos haber tenido y que nunca tendríamos.La puerta se cerró con un clic suave, casi silencioso. Pero para mí fue como un portazo en la cara. Como el sonido de un ataúd cerrándose.Gaetano entró en la habitación. Me miró largamente, y en sus ojos vi algo que nunca había visto: lástima. El muy hijo de puta sentía lástima por mí.—Soy un idiota —susurré—. La dejé ir.Gaetano se acercó lentamente. Se sentó en una silla junto a la camilla, sin decir nada. Solo esperó.—Seré papá —dije, y las palabras







