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3. El Infierno Quema

last update Data de publicação: 2021-08-05 12:29:10

No me da tiempo a replicas. Siento el piquete en mi brazo, otra vez, casi al instante empiezo a rozar la inconsciencia y finalmente me largo a una profunda oscuridad. Lo último que he visto es su mirada malvada y el avecino de la victoria en sus labios de cianuro. 

...

Despierto con brusquedad dando un brinco en el acto, porque un balde de agua gélida me ha sido arrojado de golpe. El causante es ese maldito ruso que no para de vociferar a todo pulmón. A duras penas logro ubicarme en un baño, no cualquiera, este lugar es lujo por doquier. Ya no hay rastro de aquel vetusto cuarto en el que estaba. Estoy desnuda, es humillante estar así, expuesta al infeliz de... ¿Aleksander? Creo que ese es su nombre. 

No sé si ha pasado mucho tiempo desde que las sombras de un sueño obligado me atraparon. Lo único de lo que estoy al corriente es de una maldita tortura de parte de mi captor. 

—¡Basta! ¡¿Por qué me haces esto?! —suelto temblando, temo que me dé hipotermia, aunque a estas alturas nada podría ser peor de lo que ya. 

—No preguntes, no tienes derecho, entra a la bañera. —demanda con voz fuerte. 

—P-puedo ducharme sola, por favor...

Niega, me lo temía. 

Los siguientes minutos debo soportar el recorrido de sus manos moviéndose por todo mi cuerpo. No solo frota una esponja sobre mi piel, sino que me manosea con descaro. Se aprovecha de la situación, y por temor a recibir golpes me resigno a ello. Siento en el pecho una opresión que quema, me provoca disnea, nunca me sentí tan sucia que ahora. 

—Si acatas mis normas, tu estadía aquí no será tan dolorosa —afirma. La declaración no alivia mi alma. 

Sufriré, no hay duda, de todas maneras me hará daño, de hecho ya lo ha hecho. 

Las lágrimas se mezclan con el agua fría, mis dientes empiezan a castañear, mi cuerpo a tiritar debido a la temperatura baja. Respiro hondo. Después de un rato ha lavado mi cabello también. 

—De pie —ordena, me ayuda al notar que se me dificulta moverme —. Te llevaré a la habitación, vas a permanecer en la cama, ¿de acuerdo? 

Me da una toalla, como puedo me envuelvo en ella. Después de abrir la puerta, me hallo en una habitación que no suele ser el sitio para un secuestro. Todo es luminoso, moderno y elegante. Es una alcoba que emana soberbia en cada elemento. No es posible estar ahí, la incredulidad ocupa la mitad de mi cabeza que sigue sin dar crédito a la atmósfera que se respira. 

—Mírame, no sé cómo podría caminar, tengo sed, hambre... Ya ves que no puedo dar siquiera un paso —susurro débil. 

—Te daré comida, solo avanza. —insiste. 

Las paredes combinan tonos pasteles que por un instante me dan calidez, la que me es arrebatada al posar los pies sobre la grotesca realidad. Aunque parezca perfecta, no termina de serlo, el propósito de la lujosa habitación es hostil, un objetivo malévolo que me señala. Hay un enorme televisor plasma negro, un diván a los pies de la cama de color blanco como el juego de sofás cercanos a una ventana, las cortinas satinadas cubren el cristal. Y finalmente poso los ojos en la enorme cama, acompañada de mesitas de noche con lámparas sobre cada una. 

Abandono el escrutinio, el ser maligno a mi lado se ha ido dejándome a orillas de la cama. Presiento que sobre esa colcha sucederán mucha cosas que me marcarán, hacerme a la idea desde ahora no hará menos demoledor el dolor, pero no me tomará por sorpresa. Sé muy bien que terminaré destartalada, tal vez muerta. 

No lo sé, ¿cómo podría saberlo? Apesta todo esto, el infierno quema, ahora que lo vivo en carne propia, deseo la salvación. Es probable que l policía ya esté buscándome, tal vez papá o mamá piensen que estoy muerta. Enloquece no conseguir la salida, nada se me viene a la cabeza. Mis instintos fueron encadenados junto al vigor contenido en mi ser, él lo absorbió, ese desgraciado italiano, ahora otro busca inhalar mi último respiro. 

Y... quiero sucumbir. 

Clack, clack, clack... 

Ese sonido me detona por dentro, es atronador para mi audición sensible. Muero de frío, me abrazó cuanto puedo, así provocar calor, no es suficiente. Aleksander me avienta un camisón blanco, nada más. No exigiré ropa interior, es obvio que no me la dará. Aún bajo su profunda mirada, me meto en la tela consiguiendo calentar mis músculos entumecidos. 

Me seco un poco el cabello, pero voy perdiendo el hilo, el sentido, me desmayo en un chasquido. 

Despierto con el escozor en mi rostro. Toco mi mejilla, algo permanece ahí sobre la herida, es una vendita, jadeo girando la cabeza hacia un costado. Todo el oxígeno se esfuma de mis pulmones cuando me topo con él. Se aproxima con un vaso de agua que anhelo tanto poder tomar, muero por hacerlo. 

—Abre la boca, no tengo todo el día para ti —gruñe, acato, la primera gota que moja mis labios me da aliento y el primer sorbo me trae devuelta a la vida —. El doctor te revisó, no estás mal. Vas a recuperarte, solo es cuestión de días. Ten, es borsh. 

Observo extrañada la sopa, a la par un trozo de pan. Su color es un rojo intenso, no tengo idea de qué contendrá, decido comérmela. De todos modos es comida. 

—Nos vemos pronto, tengo otras cosas qué hacer —explica retirándose sin voltear a mirarme otra vez. 

No respondo, lo que sea que como sabe demasiado bien, quizá es mi voraz apetito que hace del peculiar líquido irresistible. Suspiro cuando voy por la quinta cuchara, decido probar el pan y alternarlo con la sopa. Un par de minutos después te terminado de engullir. Me siento mejor. Mi estado desahuciado ha desaparecido. 

Entonces me encuentro observando de un lado al otro el enorme espacio en que estoy. ¿Qué podría hacer en estas enormes cuatro paredes? Ojalá parara el decurso, ojalá pudiera huir. Mis ojos se anclan en el pomo de la puerta, girarlo será en vano, sin embargo con la ilusa esperanza de que puede cederme la libertad, avanzo hasta hacerlo girar, pero tiene seguro.

Joder, estoy encerrada, lo que no debería de extrañarme, igual duele, da impotencia y me enfurece al mismo tiempo, aprieto los dientes. 

Vuelvo a la cama y me acomodo sobre las almohadas. En la desazón con frecuencia vuelven las preguntas. Cuestiones se agrupan en mi cabeza, pensamientos entreverados que no me ayudan, solo tejen hipótesis, alarmas falsas. En serio trato de buscarle sentido a mi secuestro, pero no hallo ninguna conexión entre la mafia rusa y mi familia. La incertidumbre me bambolea, es un columpio que avanza y retrocede, no sé nada sobre estos tipos. Pero... ¿qué información conocen de nosotros? 

No puedo tomarlo con sapiencia, debo esclarecer las causas, algo que apunte a la razón. ¿Y si no existen motivos? ¿Qué pasa si realmente no soy yo la que debe de estar aquí? 

Retuerso las manos varada en la angustia que no se va, peor aún aparece con mayor ahínco, y vuelvo a fingir que duermo al sentir la llegada de una persona. 

Los pasos estremecen la madera, a mí, solo parpadeo al notar que no es un hombre, que no es el lobo. Para sorpresa mía, se trata de una mujer de baja estatura, joven, de apariencia suave. Trae en sus manos un montón de... ¿Frazada dobladas? Eso parece. 

Desconozco cómo actuar frente a ella, pero me transmite confianza, por lo que me veo animada a entablar una conversa, al menos empiezo con un saludo.

—Hola, me llamo Luna Miller —me presento. Apenas me sonríe y me pregunto si habrá entendido mis palabras —. No me has entendido, ¿no es cierto? 

—Priviet —corresponde con una afable sonrisa —. Soy Alena, solo vengo a dejar esto en lugar de mi compañera, y sí, manejo un poco el idioma tuyo. 

—Oye...

—Por favor, no intentes conversar conmigo, mira que estoy bastante ocupada y tengo terminantemente prohibido hablar con usted.

—No es mi intención perjudicarte, pero si pudieras ayudarme a salir, soy inocente, no hice nada malo para estar aquí encerrada —susurro desesperada. 

—Lo siento, no puedo hacer nada al respecto —lamenta en un tono bajito. Luego se dirige al armario y acomoda lo que trajo en su sitio. Mi corazón late fuerte, palpita desbocado, la acometida duele, pero me destruye más que nadie haga algo por mí. 

Pero es comprensible su actitud. Ella no se arriesgaría a perder su empleo, mucho menos a poner su vida en peligro ayudando a una simple desconocida. En su lugar, no lo haría por el mismo temor. 

Antes de marcharse me mira con lastima, está atada, sin opciones, no está en sus manos ayudarme. 

—No eres como ellos, lo veo en ti —emito en un susurro, pero audible. 

—Sé que es inocente, y siento mucho que tenga que pasar por esto, solo le pido discreción y que obedezca, el joven Konstantinov no es cruel. —asegura retirándose con inmediatez. 

¿Qué no es cruel? Debe de estar bromeando, Aleksander es el Diablo en persona. 

Recuesto la cabeza sobre las almohadas apiladas. Acostada pienso en mi padre, en Grace, mi pequeña hermana de diecisiete años; fruto del matrimonio de papá con Amber, la mujer que desde que tengo uso de razón me ha cuidado con amor. Lamentablemente perdí a mi madre biologica de una enfermedad cuando aún tenía meses de haber nacido. 

Jamás tuve la oportunidad de conocer a ese maravilloso ser que me tuvo en su vientre durante nueve meses, pero papá ha avivado su recuerdo en mí, partiendo de los gratos momentos que vivió a su lado. 

De pronto pienso en el círculo social en que los Miller nos movemos, se cruzan ideas, posibilidades de que dentro de él estén personas que pudieran hacerme daño. Tantos porqués forman una mezcolanza en mi cerebro. No es un disparate creer a un allegado o amigo involucrado con lo que ahora vivo. En ese caso, ¿quién pudo hacerme algo así? 

Sigue siendo una interrogante. 

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  • Secuestrada Por Un Mafioso Millonario     EPÍLOGO

    EPÍLOGO Todos presenciamos el momento en que papá se arrodilla. Mamá no lo puede creer y se cubre la boca. Lloro en mi lugar, Aleksander me abraza por la cintura, intenta contener mi emoción, pero ya lloro a moco suelto. Es demasiado para mí. —Elena, amor de mi vida, ya quiero que seas mi esposa, no hay nada ni nadie que pueda impedirlo. Eres lo mejor que me ha pasado, en medio de altibajos o de momentos buenos y malos, el amor no se esfuma, es más fuerte que todos los desafíos a los que no enfrentamos. Hoy, frente a nuestros hijos, arrodillado ante ti, te pido que aceptes ser mi esposa. ¿Quieres pasar el resto de mi vida conmigo? —Dios mío, claro que sí —exclama abrumada, se deja poner la preciosa sortija y lo besa con amor. Nuestra ovación los aplaude. Estoy tan feliz. Entonces, luego de aquel beso, ocurre lo que menos imaginé, Aleksander va y abraza a su madre, se echa a llorar en sus brazos. Todos estamos impactados por la escena, no nos atrevemos a decir nada. Parece un niño

  • Secuestrada Por Un Mafioso Millonario    74. Capítulo: FINAL

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  • Secuestrada Por Un Mafioso Millonario    70. Capítulo: Nervios a Flote

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