INICIAR SESIÓNAlaia Kendrick
Un frío repentino me obligó a contraer los músculos del cuerpo. Abrí los ojos con lentitud, sintiéndome completamente desorientada. Las luces de la habitación eran sumamente tenues y tardé unos segundos en procesar las imágenes borrosas que me rodeaban. Con la mano temblorosa, busqué mis lentes sobre la superficie más cercana y me los acomodé en el puente de la nariz. La realidad me golpeó como un balde de agua helada. No estaba en mi habitación. Estaba acostada en el gran sofá de cuero negro de una oficina desconocida y lujosa. De inmediato, una pesada tela oscura se deslizó por mis hombros; me di cuenta de que el saco de vestir de aquel hombre me estaba tapando, protegiéndome de la baja temperatura del aire acondicionado. Mis ojos se desviaron de inmediato hacia el gran escritorio de roble. Sentado en su imponente silla de cuero, impecable y con una presencia que dominaba todo el espacio, estaba él. Alex. Sostenía un vaso de whisky entre sus dedos, moviendo el líquido ámbar con una lentitud exasperante mientras mantenía sus intensos ojos marrones clavados en mí, observando cada uno de mis movimientos como un depredador que vigila a su presa recién despierta. —He conseguido algo de ropa para ti —dijo con esa voz gruesa, intimidante y varonil que me hizo vibrar el vientre. Con un leve movimiento de cabeza, señaló una bolsa de una boutique exclusiva que descansaba sobre una mesa auxiliar. No supe qué responder. El efecto del alcohol ya no formaba parte de mi cuerpo la embriaguez se había disipado por completo, dejándome únicamente con una cruda y abrumadora lucidez. Al intentar incorporarme en el sofá, un pinchazo agudo de dolor físico en mi entrepierna me hizo contener el aliento. Involuntariamente, mi mirada bajó hacia el suelo. Ahí, sobre la hermosa alfombra elegante, vi unas pequeñas gotas de sangre que ya comenzaban a secarse, tiñendo el tejido. Alcé la vista hacia el escritorio de roble y descubrí que también había rastro de sangre esparcida sobre la madera pulida. Eran las marcas mudas y reales de lo que había sucedido hace apenas unas horas. Las pruebas irrefutables de que ese imponente extraño de cuarenta años se había cobrado mi virginidad sobre ese mismo mueble. Una oleada de vergüenza intensa me tiñó las mejillas de rojo. Me sentí sumamente intimidada por su mirada fija, por la opulencia del lugar y por la magnitud de lo que había hecho por puro despecho. Miré el gran reloj de aguja que colgaba en la pared lateral de la oficina. Marcaba las dos de la mañana. Había dormido al menos cuatro horas seguidas en su sillón, completamente desprotegida ante él. El pánico comenzó a apoderarse de mí. Necesitaba salir de ahí. Me levanté del sofá a toda prisa, ignorando el dolor en mi cuerpo, y comencé a recoger mis cosas que estaban tiradas por el suelo.—Dime tu nombre —exigió él desde su silla. Su tono no era una petición; era una orden directa, cargada de una autoridad absoluta que me congeló la sangre. —Me tengo que ir —balbuceé sin mirarlo, concentrada en tomar mis zapatos sintiendo que el aire se me escapaba de los pulmones. Escuché el eco sordo de su vaso de whisky al apoyarse sobre el escritorio. El crujido de su silla de cuero me indicó que se había levantado. —Eres mía —soltó con una frialdad posesiva que me dejó en completo shock. Me quedé estática, a medio camino de ponerme en pie. ¿Mía? ¿Cómo podía decir algo así? Giré la cabeza lentamente y lo vi caminar hacia mí. Se movía con una elegancia felina, imponente, dominante, destilando un aura de control tan pesada que hacía que la oficina pareciera encogerse a su paso. Cada palabra que salía de su boca me hería la piel, me ponía los pelos de punta y despertaba un torbellino de sensaciones que no sabía cómo controlar. Alex se colocó justo frente a mí, a escasos centímetros de mi cuerpo, afincándose levemente contra el borde del escritorio de roble, justo donde me había tenido horas antes. Su anatomía musculosa y tatuada me bloqueaba cualquier ruta de escape. Su mirada marrón bajó por mi cuerpo desnudo con un descaro posesivo que me hizo arder la piel.—Te lo voy a preguntar una vez más... ¿Cómo te llamas? —insistió, inclinando un poco el rostro hacia mí, envolviéndome de nuevo en el delicioso e imponente aroma de su loción de hombre adulto. Ignorando el temblor que sacudía mis manos, tomé mi vestido azul medianoche del suelo. Sin importarme que me estuviera mirando fijamente, analizando cada milímetro de mis grandes senos y mi pequeña cintura, me deslicé la tela por el cuerpo y subí el cierre como pude. Me acomodé el cabello desordenado con los dedos, echándome los mechones pelinegros hacia atrás de las orejas, y ajusté mis lentes con firmeza. No iba a darle mi nombre. No iba a convertirme en la propiedad de un extraño, por muy magnético y poderoso que fuera. Sin dejar que dijera absolutamente nada más, pasé por un costado de su cuerpo y salí de aquella oficina corriendo. No miré atrás. Atravesé el pasillo privado y crucé el bar a toda prisa. A esa hora de la madrugada todavía quedaban algunos clientes y el personal de limpieza; traté de pasar desapercibida, pero era sumamente difícil vestida de gala, despeinada y con el rostro desencajado. Empujé las puertas de madera y salí a la calle. Afortunadamente, un taxi vacío iba pasando por la avenida principal. Le hice la señal con la mano de inmediato, me subí al asiento trasero y le di la dirección de mi casa. Durante todo el trayecto me mantuve pegada a la ventanilla, abrazándome a mí misma, sintiendo el corazón latir desbocado en mi garganta. Cuando el auto se detuvo frente a mi hogar, pagué la carrera con lo último que me quedaba en el bolso y bajé. Saqué mis llaves con cuidado y abrí la puerta principal sin hacer el menor ruido. Menos mal mis padres estaban profundamente dormidos en la planta alta; lo último que necesitaba era dar explicaciones sobre mi aspecto desastroso a las dos y media de la mañana. Subí los escalones de puntillas y me encerré en mi habitación, apoyando la espalda contra la madera de la puerta mientras soltaba el aire que había estado reteniendo. Fue en ese momento cuando escuché el ruido. Mi teléfono celular, que había dejado olvidado sobre la mesa de noche antes de salir hacia el hotel, estaba sonando de forma insesante. La pantalla se iluminaba una y otra vez en la oscuridad del cuarto. Me acerqué con pasos lentos y pesados para ver de quién se trataba. Era Logan. Tenía más de veinte llamadas perdidas y un sinfín de mensajes. En ese preciso instante, el aparato comenzó a vibrar de nuevo con su nombre parpadeando en la pantalla. Lo ignoré por completo. Dejé el teléfono en su lugar, sintiendo una profunda oleada de asco y desprecio por él. Con dedos torpes, me desabroché el vestido azul medianoche por última vez y dejé que cayera al suelo de mi habitación. Solté un largo y pesado suspiro mientras caminaba descalza hacia el cuarto de baño. Encendí la llave de la ducha y esperé a que el agua saliera caliente. Me metí debajo del chorro, cerrando los ojos mientras el líquido golpeaba mi rostro, empañando mis lentes que había dejado sobre el lavabo. Me abracé las rodillas bajo el agua, sintiendo cómo el dolor físico persistía en mi intimidad, recordándome la fuerza con la que Alex me había tomado contra ese escritorio. Había tenido sexo con aquel hombre. Un completo extraño del que solo sabía su nombre de pila. ¿Eso me hacía una mujerzuela? ¿Haber entregado mi tesoro más preciado en una oficina, a un hombre que acababa de conocer, solo por el dolor de una traición? Me pasé las manos por los brazos, limpiando los restos de la noche, pero mientras el agua corría por mi cuerpo de reloj de arena, una certeza absoluta se instaló en mi mente. No me arrepentía de nada. No me arrepentía de haber sentido ese placer salvaje, de haber gritado su nombre, ni de haber descubierto lo que era ser deseada por un hombre de verdad. Logan y Crystal habían querido destruirme, pero esa noche, en los brazos de Alex, me había demostrado a mí misma que era mucho más de lo que ellos creían.AlexanderEl sonido insistente de mi teléfono móvil sobre la superficie de madera de caoba de mi despacho rompe el silencio de la tarde. Echo un vistazo rápido a la pantalla, veo el nombre de mi abogado de confianza y acepto la llamada de inmediato, llevándome el aparato al oído.—Te escucho —digo con voz seria, apoyando la espalda en el respaldo de mi silla de cuero.—Alexander, tengo información importante —comienza el abogado al otro lado de la línea, con un tono precavido—. Logan acaba de salir en libertad. Está buscando hablar contigo.Un músculo de mi mandíbula se tensa de inmediato al escuchar ese nombre. El pasado siempre encuentra la forma de tocar a nuestra puerta, incluso cuando hemos construido un imperio de paz a su alrededor.—Dime que te encargaste de los documentos restrictivos —pregunto sin vacilar, con la voz dura—. Necesito asegurarme de que exista una orden de alejamiento absoluta para que no pueda acercarse ni a mí, ni a mi esposa, ni a mis hijos bajo ninguna
AlaiaSiete meses despuésMiro con detenimiento los documentos en mis manos. Lo firmo y paso al siguiente. De pronto, la puerta se abre con rapidez y veo entrar a Alexander con el rostro desencajado.—Mi amor, es hora de irnos ya —dice él, acercándose de inmediato y tomando mis cosas—. Te dije que tenías que descansar hoy. Ya es suficiente.—Lo sé, lo sé... —le respondo con una sonrisa cómica, intentando guardar mi pluma—. Solo estoy terminando de organizar los últimos detalles para dejar todo en orden antes de tomar mi licencia oficial, ya me iba, quiero dejar a todo perfecto para que no se sienta mi ausencia...Un segundo después de pronunciar esas palabras, un calambre seco, súbito y monstruoso me atraviesa el bajo vientre con una intensidad brutal. El aire se me congela en los pulmones. Dejo caer los papeles, mis rodillas flaquean y siento cómo un líquido cálido comienza a escurrirse por mis piernas, empapando el dobladillo de mi vestido.—¡Ay, por Dios...! —grito, contrayé
AlaiaHan pasado tres meses desde aquella fatídica noche en el bosque. Tres meses de recuperación constante, de paciencia y de reconstruir cada pedazo de nuestra vida. Hoy, al mirarme al espejo de cuerpo entero, el reflejo que me devuelve la mirada es el de una mujer completamente renovada. La herida de la pierna sigue dejando una pequeña marca, una cicatriz pálida que me recuerda la batalla que tuve que librar para sobrevivir, y aunque mis movimientos aún no son del todo ágiles y a veces siento una ligera molestia al caminar, sé que me siento infinitamente mejor. La recuperación ha sido dura, un camino largo de terapias y descanso, pero con Alexander y mis padres aferrados a mi vida de la forma en que lo hacen, todo ha sido mucho más sencillo.Incluso mi cuerpo ha comenzado a cambiar de la manera más hermosa del mundo. Si bajo la mirada, mi pancita ya se empieza a notar, apenas un pequeño bulto tierno que delata la vida que se abre paso en mi interior. He decidido llevar un vestido
AlaiaHan pasado cinco días desde aquella madrugada de pesadilla en el bosque, cinco días interminables confinados entre las paredes blancas de la habitación de la clínica. Los médicos y Alexander se mostraron inflexibles desde el primer instante nadie iba a moverme de aquí hasta tener la absoluta certeza de que el peligro había quedado atrás. Insistieron en monitorear cada segundo para descartar cualquier coágulo que pudiera amenazar mis venas, asegurándose de que la pierna sanara sin rastro de infección y de que mi bebé continuara creciendo fuerte y seguro dentro de mi vientre.Durante este tiempo, la habitación se convirtió en un refugio de paz y reconciliación. Mis padres y Alexander se organizaron con una precisión milimétrica, turnándose para cuidarme sin descanso. Mi madre se quedaba a dormir conmigo algunas noches, acurrucada en el sillón reclinable junto a la cama, mientras que otras noches era Alexander quien tomaba su lugar, sosteniendo mi mano hasta el amanecer con una d
Alaia —Alaia... abre los ojos, mi amor. Por favor, despierta.Esa voz me llama desde un abismo muy lejano. Intento responder, pero mis párpados pesan como si estuvieran hechos de plomo. La cabeza me palpita con una fuerza descomunal, un tambor frenético que me golpea las sienes sin piedad. Hago un esfuerzo titánico y abro los ojos. Una luz blanca e inclemente me ciega al instante, quemándome las retinas. Los cierro de golpe con un quejido ronco que se escapa de mi garganta seca.Respiro hondo, sintiendo el sabor a medicamento y la boca reseca, y vuelvo a intentarlo. Pestañeo varias veces, acostumbrándome de a poco a la claridad del entorno. Y entonces lo veo.Ahí está Alexander.Tiene los ojos terriblemente hinchados, marcados por sombras oscuras y profundas ojeras que delatan que no ha dormido ni un solo minuto. Me mira con una mezcla de devoción y un terror que apenas empieza a disiparse.—Alexander... —susurro con un hilo de voz, apenas audible—. Mi bebé... ¿Mi bebé aún está en mi
AlexanderEl zumbido agudo de la sirena de la ambulancia perforaba mis tímpanos, pero el verdadero ruido ensordecedor era el latido caótico de mi propio corazón. Estaba sentado al borde de la camilla, aferrado a la mano fría e inerte de Alaia como si de eso dependiera mi propia vida, mientras los paramédicos trabajaban con una prisa desesperada a nuestro alrededor.— Está estable?— Pregunté —Ha perdido muchísima sangre —dijo uno de los paramédicos, revisando el torniquete improvisado en su muslo con el rostro tenso—. Tememos que sea demasiado tarde para la pierna. El tejido está muy dañado la infección o la falta de irrigación podrían obligarnos a considerar la amputación.El terror me heló la sangre hasta los huesos. Abrí la boca para hablar, pero el otro continuó con urgencia—Tenemos que llegar al hospital de inmediato. Si se forma un coágulo grande debido a la hemorragia, podría viajar directamente a su corazón y matarla en cuestión de minutos.—¡Escúchenme! ¡Ella está emba







