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Capítulo 4. Negación.

Author: Isabella
last update publish date: 2024-11-15 07:59:22

Capítulo 4.

Negación.

Emmanuel se arrodilló junto a ella, con la mandíbula tensa y una mezcla de frustración y desconcierto luchando en su interior. Los ojos de Rosaura, de un tono miel translúcido, vagaban sinfoco por la estancia, nublados por el delirio y la debilidad extrema que amenazaba con apagarla por completo.

—Si no me haces caso, te vas a morir de verdad —masculló él, intentando inyectar severidad a su tono, aunque el temblor en los labios de ella lo desestabilizaba por dentro—. No hay servicios de emergencia disponibles y no pienso permitir que una estupidez así termine con tu vida. Te he prohibido morirte, ¿me escuchaste? Estás herida y congelada. Siéntate ahora mismo y tómate este té sin hacer un solo berrinche.

Con movimientos firmes pero calculados para no lastimar su cuerpo entumecido, la incorporó ligeramente hasta apoyarla contra su propio torso. Ella obedeció de manera mecánica, con la mirada perdida. Sostuvo la taza con ambas manos, pero el temblor era tal que el líquido se agitaba peligrosamente, obligando a Emmanuel a deslizar sus manos sobre las de ella para guiar el recipiente hasta sus labios. No se apartó ni un instante hasta que la última gota hubo desaparecido.

Al comprobar que había terminado, la arropó de nuevo con la cobija y se puso de pie con la intención de buscarle ropa seca. Sin embargo, al rebuscar en el armario de la habitación, descubrió con fastidio que ninguna de sus prendas ligeras era adecuada para contrarrestar la brutalidad del ambiente. Afuera, la brisa huracanada golpeaba con violencia los cristales de los ventanales, recordándoles que estaban aislados en medio de la nada, en las faldas de una montaña apartada de toda civilización.

Sin encontrar otra alternativa, abrió su propio sector del ropero y extrajo una sudadera gruesa y unos pantalones de algodón suyos. Se acercó a la cama, retiró las mantas con cuidado y comenzó a despojarla de los restos húmedos para vestirla con su ropa. Rosaura parpadeó, saliendo de su estupor al notar la textura áspera y cálida de las prendas masculinas envolviendo su piel. La sorpresa la dejó sin aliento; jamás, en los dos años de matrimonio, Emmanuel había tenido un gesto de cercanía o solicitud de ese calibre.

Inmersa en la ropa oversized, su frágil complexión de un metro sesenta quedaba completamente sumergida frente a la imponente estatura de un metro ochenta y nueve y la sólida musculatura de su esposo. Por primera vez, en medio del desconcierto, sus ojos se detuvieron a detallarlo sin el filtro del miedo: la tez clara, el cabello castaño claro ligeramente revuelto y unas facciones angulares que exhalaban un atractivo natural capaz de robar miradas en cualquier lugar. Aquella cercanía repentina y silenciosa la turbó profundamente.

Tras terminar de abrigarla, Emmanuel sacó su teléfono celular para comprobar el estado de la señal, pero la pantalla mostraba el peor de los panoramas: cobertura nula. La torre de comunicación había colapsado bajo el peso de la tormenta y la nieve ya bloqueaba por completo las salidas de la mansión. Al ver que Rosaura continuaba tiritando con los labios amoratados, decidió trasladarla al calor del hogar. Bajó las escaleras a zancadas, dispuso un colchón improvisado con gruesas almohadas frente a la chimenea y, recordando fragmentos de los artículos que había leído en internet, regresó por ella.

—Ven aquí —ordenó, extendiendo los brazos.

Ella lo miró desde la cama con una mezcla de recelo e incomodidad, sin atreverse a obedecer de inmediato.

—¿Es necesario que te lo repita? —espetó él con dureza.

Ante la rigidez de su voz, Rosaura se movió con extrema debilidad, permitiendo que la levantara en vilo. La cargó contra su hombro, sosteniendo la sábana que la envolvía, y la depositó con cuidado frente al fuego crepitante. Acto seguido, ajustó la calefacción central y buscó un botiquín para desinfectar la cortada profunda que tenía en el pie derecho.

Rosaura lo seguía con la mirada desde el suelo, incapaz de creer lo que presenciaba. En el pasado, cuando la enfermedad la abatía, siempre había estado completamente sola. Las reglas dictaban que no debía llamarlo por asuntos menores; un dolor de cabeza o una fiebre moderada no justificaban interrumpir su vida. En contraste, ella siempre lo había atendido con devoción cada vez que regresaba ebrio, soportando sus desplantes con una paciencia infinita. Verlo ahora arrodillado frente a ella, limpiando con delicadeza la sangre coagulada de su pie, rompía todos sus esquemas mentales.

—Yo… lamento haber arruinado tu viaje a Italia —susurró ella con voz apenas audible.

Él la ignoró olímpicamente, concentrado en aplicar el antiséptico.

—Tienes un corte profundo. No hagas tonterías ni intentes moverte para que no se infecte. Estamos atrapados aquí y lo último que necesito es lidiar con una gangrena.

—¿Atrapados? —preguntó ella, con los ojos abiertos de par en par.

—Sin comunicación y sin rutas de salida. Hasta que la señal se restablezca y pueda coordinar un rescate, vas a hacer exactamente lo que te diga, ¿entendido? Si obedeces, todo saldrá bien.

Rosaura alternó la mirada entre su rostro serio y los ventanales de la sala, donde la masa blanca de la nieve devoraba el paisaje. Estaban solos. Por primera vez desde su boda, pasarían tanto tiempo juntos, sin testigos ni obligaciones sociales de por medio.

—Duérmete ya —ordenó él con sequedad, acomodándose a su lado sobre las mantas.

El silencio se adueñó de la sala. Mientras Emmanuel contemplaba fijamente el techo de madera, devorado por la inquietud, el agotamiento venció a Rosaura, sumiéndola en un sueño profundo. Sin embargo, la tregua duró poco menos de una hora.

II. Delirio de la Memoria.

Un temblor violento sacudió el cuerpo de la joven, arrancándola del descanso. Su temperatura corporal se disparó de forma alarmante, pasando del hielo al fuego en cuestión de minutos. El contraste desconcertó a Emmanuel, quien jamás se había visto en la posición de cuidador; su experiencia con la enfermedad se limitaba a firmar cheques para contratar a los mejores especialistas, no a lidiar directamente con los síntomas de alguien.

Pasó la mano izquierda por su rostro con un gesto de profunda frustración y se inclinó hacia ella. Su piel irradiaba un calor seco y febril; las mejillas se le habían encendido en un tono carmesí brillante y su cuerpo comenzó a arquearse en espasmos. De sus labios brotaban palabras inconexas, nombres que él jamás le había escuchado mencionar antes.

—Mamá… por favor, no me dejes sola, mamá… —balbuceaba en medio del delirio, aferrándose al aire con desesperación.

Al ver que la fiebre amenazaba con descontrolarse, Emmanuel no dudó. Quitó las mantas que la cubrían y, con un respeto forzado por la urgencia médica, la despojó por completo de la sudadera para comenzar a pasarle compresas de agua fresca por la piel. En ese proceso de asistencia obligada, por primera vez la contempló sin las barreras de la ropa: su anatomía delgada, los contornos de su cintura y un pequeño lunar oscuro situado en la parte alta de su hombro derecho que le confería una vulnerabilidad casi táctil.

—¿Emmanuel? —murmuró ella con los párpados pesados, estirando una mano temblorosa hasta rozar su mejilla, buscando comprobar si se trataba de una alucinación—. Por favor… déjame ir. Déjame morir… No me salves esta vez.

Ignorando su súplica, él continuó aplicando los paños húmedos sobre su pecho y sus brazos, bregando contra el calor que emanaba de sus poros de manera frenética. Tras casi una hora de fricción constante y paciencia inusual, logró que el cuerpo de la joven comenzara a estabilizarse y el delirio disminuyera.

Cansado y con los músculos adoloridos, se incorporó. Caminó hacia el teléfono móvil en busca de un milagro de señal que nunca llegó. La tormenta rugía con más fuerza en el exterior, y la temperatura de la sala comenzaba a descender, obligándolo a ir hasta el almacén por más leña para la chimenea. Una vez que avivó las llamas, volvió a tenderse junto a ella, cubriéndola con su propia manta mientras buscaba en el botiquín unas pastillas para la congestión que él mismo tragó con agua, sintiendo las vías respiratorias inflamadas por el esfuerzo y el frío acumulado.

La noche avanzaba con lentitud desesperante. Apenas habían transcurrido dos horas desde que concilio el sueño cuando volvió a sentirla. Rosaura se encogió bruscamente contra su costado, buscando calor y apretándose con fuerza contra sus costillas. Su cuerpo volvía a hervir; las orejas y las mejillas quemaban al tacto y el balbuceo febril regresó con la misma intensidad que antes.

—Mamá… mamá, por favor, no te vayas… quédate conmigo… —suplicó de nuevo, con la voz quebrada por el llanto inconsciente mientras se aferraba a su pecho como si fuera su única tabla de salvación en medio de un naufragio eterno.

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Comments (6)
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Vane
Pobre Ross está cansada de todo no ve una salida y enmanuel la ayuda solo por la promesa
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Paula Almonacid
pobre Rosaura está cansada
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Raquel Estrada
Yo no entiendo a Emmanuel
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