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Capítulo 6. Encerrados.

last update Veröffentlichungsdatum: 19.11.2024 08:41:15

Capítulo 6.

Encerrados.

El eco de la puerta al cerrarse dejó a Rosaura suspendida en una quietud extraña, donde una chispa de emoción contenida comenzó a latir bajo su piel. La manera en que la había cargado minutos antes, ejerciendo su fuerza sin esfuerzo, y la forma en que la había expuesto desnuda, sosteniéndola con las rodillas a cada costado de sus caderas, la había sacudido por completo. Aquella cercanía física le devolvió una punzada de inquietud, transportándola mentalmente a los primeros días de su enlace, un tiempo borroso donde el alcohol y la intensidad desmedida de Emmanuel definían sus encuentros. Lo único capaz de ocupar su mente en ese instante era la constatación de que aquella sensibilidad sepultada bajo el desprecio no estaba muerta; seguía viva, agazapada y dispuesta a arder ante el menor soplo.

Ambos tomaron caminos separados para asearse. Cuando Rosaura salió del baño envuelta en una bata mullida, se incorporó a la sala con pasos cautelosos. Al notar la ausencia de Emmanuel, quien permanecía encerrado en el ala opuesta bajo el sonido constante de otra regadera, decidió aprovechar el momento de tregua. Se aplicó un nuevo apósito en el pie herido y, empujada por una necesidad casi compulsiva de orden, comenzó a recoger los estragos del aislamiento: apiló los envases vacíos de sopa instantánea, reunió la ropa sucia para echarla a lavar y cambió las sábanas con movimientos precisos a pesar de la fatiga.

Su labor continuó en la cocina, donde el desorden reinaba. Tras limpiar los platos acumulados, se propuso preparar algo sustancial que rompiera la monotonía del menú improvisado. Con la destreza de quien busca reconfortar el alma a través de los sabores, elaboró una delicada pasta italiana en salsa de tomate natural, pensando en que un plato casero podría mitigar el malestar de su esposo.

Estaba concentrada removiendo la salsa cuando una presencia a sus espaldas la congeló. Emmanuel estaba de pie en el umbral, observándola en silencio con una expresión indescifrable.

—¿Qué demonios crees que estás haciendo? —preguntó con voz ronca, sobresaltándola.

—¡Ay, Dios! No lo escuché llegar… —se disculpó, llevándose una mano al pecho en un gesto involuntario para contener la respiración.

El sobresalto, aunque leve, desencadenó una reacción desproporcionada en su organismo debilitado. Una ola de mareo barrió sus sentidos y el aire pareció escasear en sus pulmones.

—¿Qué te pasa ahora? —inquirió él, frunciendo el ceño al notar el temblor en sus dedos y cómo se presionaba el esternón.

—Nada… estoy bien, solo fue un mareo repentino… —respondió esforzándose por estabilizar sus latidos, que galopaban con una violencia inusitada. Por un instante fugaz, el vértigo fue tan intenso que temió sufrir un colapso mayor. ¿Cómo era posible que un simple susto desencadenara semejante descarga en su cuerpo?

Intentando recuperar la compostura, esbozó una sonrisa frágil y señaló la cacerola humeante.

—Le preparé algo de comer. Sé que está cansado de la sopa de sobre; su receta favorita le ayudará a recuperar fuerzas.

Tomó una pequeña cucharilla, sopló con suavidad para enfriar la salsa y se acercó a él con cautela, tendiéndole el bocado con una ternura infinita en los ojos avellana, enmarcados por pestañas largas que suplicaban su aprobación.

—Por favor, pruébelo… dime si está bien de sal —susurró al ver que él se mantenia reacio.

Emmanuel la observó fijamente durante unos segundos, con la guardia alta, antes de ceder levemente y abrir los labios para probar la comida.

—¿Y bien? ¿Le gusta? —preguntó ella con genuina ilusión.

Él asintió en silencio, sin apartar la mirada de su rostro.

—Me alegra mucho… —murmuró Rosaura, estirando una mano para rozar con la yema de sus dedos el cuello de su esposo y comprobar si la fiebre seguía activa—. La cena estará lista en unos minutos. Por favor, tome asiento.

Comieron en un silencio denso, interrumpido únicamente por el golpeteo constante de la lluvia y el viento helado que arreciaba en el exterior. Concluida la cena, la cercanía de la chimenea los volvió a reunir sobre las mantas desplegadas en el suelo. El agotamiento venció a Emmanuel con rapidez, sumiéndolo en un sueño pesado que Rosaura aprovechó para contemplarlo. Disfrutar de su presencia en esa tregua involuntaria era uno de sus secretos más guardados; cuidar de él, retribuirle mínimamente el esfuerzo que había hecho por salvarla, le otorgaba un frágil sentido de propósito.

Sin embargo, la tregua duró poco. El cuerpo de Emmanuel comenzó a agitarse y perlas de sudor frío brotaron en su frente, delatando que la fiebre lo había atacado con furia. Preocupada, Rosaura se movió con rapidez en busca de las compresas húmedas. Se hincó a su lado, des abotonó con torpeza los primeros botones de su camisa para exponer su pecho y se dispuso a refrescar su piel.

No alcanzó a colocar el paño cuando una mano grande y pesada atrapó su muñeca derecha con una fuerza aplastante, apretándola al punto de hacerle daño. Los ojos de Emmanuel se abrieron de golpe; estaban inyectados en sangre, brillando con el delirio de la temperatura elevada.

—¿Qué crees que estás haciendo? —gruñó con voz áspera, consumido por la fiebre.

—Yo… solo intento ayudarte, por favor déjame hacerlo, temo que empeores… —suplicó ella, con el miedo asomando en su voz.

—¿Quieres ayudarme de verdad? Bien… —respondió él con una sonrisa torcida y febril.

En un movimiento brusco y carente de suavidad, la sujetó de las caderas y del muslo derecho, arrastrándola sin contemplaciones hasta subirla por completo sobre su regazo. Con la mano libre, apartó la bata que la cubría, dejando su pecho al descubierto. Sin darle tiempo a procesar el cambio de tornas, inclinó la cabeza y selló sus labios sobre su seno izquierdo, atrapando el pezón en una mezcla de succión hambrienta y un ligero mordisco que le arrancó a Rosaura un jadeo agudo y desgarrador.

—¡Emmanuel… Ah!

Los ojos de la joven se cerraron con fuerza, abrumada por la descarga de calor que recorrió sus terminaciones nerviosas. La lengua de él, inusualmente caliente por la fiebre, trazaba círculos insistentes sobre su piel, sacudiendo cada defensa que ella creía haber levantado. Emmanuel la inmovilizó apoyando las manos contra su espalda, acorralándola contra su cuerpo mientras alternaba la atención entre ambos senos con una urgencia febril, saboreándola como si fuera el único sustento disponible en el mundo.

—¿Estás segura de que no quieres medicina? —logró preguntar ella entre suspiros cortados, intentando desviar su atención mientras él descendía con besos húmedos hacia su cuello y clavícula.

—¿Crees que ahora mismo me importa la maldición de la medicina? —replicó él con voz ronca.

El mundo exterior desapareció por completo. Rosaura no tuvo margen para articular otra palabra; un suspiro ahogado y tembloroso escapó de su garganta en el instante exacto en que sintió la presencia firme de su esposo reclamando su espacio más íntimo. Era una sensación avasalladora, una mezcla de dolor sordo y una excitación tan intensa que rozaba el dolor, impulsada por la adrenalina de sus manos aferrándose a los muslos de ella, impidiéndole cualquier intento de escape.

La tensión en la frente de Emmanuel era palpable, las sienes le latían con fuerza y los gemidos que brotaban de su pecho eran primitivos, indómitos. Rosaura, con las piernas temblando y el cuerpo arqueado en un espasmo de puro placer, sintió que perdía el control absoluto de su voluntad.

—¡Emmanuel… por Dios! —exclamó arqueando la columna, recibiendo una embestida profunda que le robó el aliento—. ¡Ah, Dios mío!

Al abrir los ojos con la mirada nublada por el trance, reparó en que él se había despojado por completo de sus prendas; su cuerpo desnudo irradiaba un calor volcánico, imponiéndose sobre ella con una fuerza magnética que jamás le habia visto. Sosteniéndole ambas muñecas con una sola mano sobre su cabeza y utilizando la otra para sujetar su abdomen, Emmanuel mantuvo un ritmo constante, implacable, convirtiendo la estancia en el epicentro de un deseo desatado.

—¿Cómo es posible que sigas estando tan estrecha? —murmuró él con la voz quebrada por la fatiga y el ardor del momento—. Juro que nunca te había sentido así… tan entregada.

—Yo solo me entrego a ti… —respondió ella con un hilo de voz, frunciendo el rostro en un gesto de abandono total mientras sus ojos avellana lo devoraban con devoción—. No hay, ni deseo jamás, a ningún otro hombre en mi vida…

—¿Qué tanto me deseas, Rosaura? —exigió saber él, acelerando el compás de sus movimientos.

—Muchísimo… Por favor, no te detengas…

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Kommentare (14)
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Iris
Isabella como siempre cada día mejor con tus historias nos dejas con ganas de más en cada novela q escribes felicidades.........
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Iris
Está buenísima pienso q el la quiere pero no lo acepta mas como a sido ella de sumisa con él pero necesita ella quererse un poco para enseñarle a él q ella vale como mujer
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chely ortega
Emmanuel se le subió más q la fiebre
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