LOGINEstaba frente al computador, con la pantalla abierta en un documento cualquiera, y no tenía ni idea de qué estaba escribiendo. Mis dedos se movían por inercia, igual que mi cabeza, pero el pensamiento estaba… allá adentro. Con ellos.
La reunión seguía. Llevaban horas. Literalmente, horas. Intentaba mantenerme ocupada, revisar correos, responder informes, revisar las agendas, pero todo me sabía a nada. El zumbido de la impresora me parecía irritante. El tic-tac del reloj me desesperaba. Y el silencio… ese maldito silencio tras la puerta cerrada de la sala de juntas, era peor que cualquier sonido. —¿Ana? —la voz de Juliana una chica con la que había llegado hacer muy buena amistad, me sacó de mi burbuja. Me giré y la vi mirándome con una ceja alzada, en esa postura que solo alguien que te conoce puede adoptar—. ¿Estás bien? Pareces… ida. ¿Qué te pasa? —Nada —mentí, con una sonrisa que me dolió en la cara—. Solo estoy... un poco cansada. —Ajá —dijo, como si no creyera ni una palabra—. Seguro tiene que ver con la “reunión importante”, ¿cierto? Abrí los ojos, sorprendida. Ella alzó las cejas con intención, como diciendo *vamos, Ana, no soy tonta*. —No sé de qué hablas —me defendí rápido, pero mi tono me traicionó. Juliana se encogió de hombros, pero me lanzó una mirada cargada de comprensión. Volví la vista hacia la puerta del fondo del pasillo. La dichosa sala de reuniones. La única que tenía vidrio polarizado. No se podía ver nada desde afuera. Ni un solo movimiento. Ni una sombra. Maldita privacidad ejecutiva. Me levanté con una excusa tonta —agua, un documento, lo que fuera— y caminé con pasos suaves hasta el final del corredor. Pasé frente a la puerta con la falsa naturalidad de quien pretende no espiar… y espiaba. Apoyé la espalda un segundo contra la pared, sin atreverme a pegar el oído, pero deseando tener rayos X. ¿Qué hacían ahí adentro? ¿Seguían hablando? ¿De negocios? ¿De recuerdos? ¿De lo que alguna vez fueron? ¿O se estaban tocando? ¿Besando? ¿Reviviendo lo que quizás nunca se acabó? Los celos me ardían por dentro. Me sentía ridícula, lo sabía. Pero también sentía un nudo, uno duro, en el centro del pecho. Y justo cuando empezaba a perderme en esos pensamientos que duelen más que una bofetada… Se abrió la puerta. Me giré de inmediato, disimulando. Fingí estar viendo mi celular o revisando un documento cualquiera. Pero, por el rabillo del ojo, la vi. Verónica. Caminaba tranquila, con esa elegancia natural que me sacaba de quicio. Y justo antes de cruzar el pasillo, se detuvo un segundo, se acomodó el vestido —con esos movimientos tan sutiles y femeninos, como quien se recompone después de algo—, se pasó una mano por el cabello y sonrió para sí misma. No me miró. No necesitaba hacerlo. Su actitud decía más que cualquier palabra. Y fue ahí, justo ahí, cuando lo supe: esa reunión no había sido solo de trabajo. Y yo, otra vez, era la que esperaba afuera.Después de enviarle ese mensaje a Verónica —*Él decidió quedarse con su verdadera familia. Ya lo recordó todo. No juegues más, Verónica*— apagué el celular de golpe y me acosté fingiendo que podía dormir. Pero no fue así.Muy temprano, todavía con el cielo opaco, escuché un alboroto en el pasillo. Voces, pasos rápidos, y el chirrido de una silla de ruedas. Me asomé apenas por la rendija de la puerta y ahí estaba: Verónica, pálida, con su bebé en brazos como si fuera un trofeo. La rodeaba un grupo de médicos y enfermeras. Al pasar frente a mi ala, giró el rostro y me lanzó una mirada cargada de veneno, una sonrisa torcida que me heló la sangre.Quise salir de inmediato, enfrentarla, pero Matías me sostuvo fuerte de la mano.—Ana, no lo hagas. No te conviene. Tu salud está primero —me dijo en voz baja.Tenía razón. Tragué saliva y me obligué a quedarme quieta, aunque por dentro sentía que me quemaba.Verónica entró a la habitación de Fabián. No aguanté más y caminé despacio hasta quedar
Pronto los médicos entraron con el semblante serio: a Fabián tendrían que dejarlo internado en el hospital para estabilizarlo. Yo aún estaba en mi camilla, con la respiración agitada, mientras veía cómo lo rodeaban. Cuando me miró, lo hizo con una intensidad que me atravesó entera.—Ana… necesito hablar contigo a solas —su voz salió más baja de lo habitual, casi quebrada.Matías quiso interceder, Gerard también, pero yo asentí. Todos salieron, y quedamos solo él y yo. El silencio nos envolvió como un secreto prohibido.—Ana, por favor —empezó, frotándose las sienes—. No entiendo qué pasa con mi maldita mente… necesito aclarar, necesito recordar. Todo lo que veo es a Verónica, a ella y al bebé en medio de un atentado. Pero contigo… contigo siento algo distinto. Es como si hubiera un vacío que solo tú puedes llenar.Mi corazón latía a mil. Me obligué a no temblar.—Fabián —le dije—, yo estaba esperándote en el hospital… porque ahí nos estábamos quedando juntos, cuidando de nuestro bebé.
Me quedé con la respiración pegada al pecho, como si el aire fuera un lujo que no me podía permitir. Fabián no salió por la puerta. Se quedó—allí, a mi lado—con la mirada hecha jirones, debatiéndose entre el impulso de correr hacia Verónica y algo que lo anclaba a mí. Sentí que el mundo se sostenía de un hilo muy fino.En ese silencio tenso apareció el médico, con el expediente en la mano y la expresión grave que ya me sabía de memoria. Se acercó y, con voz medida, me dijo:—Los resultados muestran alteraciones. Hay riesgo, Ana. Tiene que guardar reposo absoluto, medicamentos, control estricto. Esto no está estable.Las palabras cayeron sobre mí como un baldado de agua fría. Matías apretó mi mano sin decir nada; su calor me ancló a la realidad. Fabián me miró entonces con los ojos dilatados, con una mezcla de rabia, miedo y algo parecido a la incredulidad.—¿Cuántos meses tiene? —preguntó de golpe, la voz rota, intentando aferrarse a una cifra como si fuera una tabla salvavidas.Lo mi
—Si te vas ahora, Fabián… —mi voz salió temblorosa, pero firme al mismo tiempo—. Te lo juro, no volveremos a estar juntos nunca más.Él se detuvo en seco, la mano aún en la manija de la puerta. Giró hacia mí con esos ojos que siempre me habían atravesado como cuchillas.—¿De qué hablas, Ana? —su tono era helado, arrogante, hiriente—. Tú ya eres feliz con Matías, ¿qué ganas con volver a enredar vidas?Mis lágrimas me nublaban, pero respiré profundo. Ya no podía guardarlo más.—De una vez por todas, recuerda… —mi voz se quebró, pero lo dije—: el bebé que estoy esperando es tuyo, Fabián. Es tu hijo.El silencio que se hizo fue brutal. Gerard me miraba con los ojos abiertos de par en par, sin atreverse a decir palabra. Matías apretó los labios, sorprendido, como si incluso él no hubiera esperado que yo lo dijera así, tan de frente.Fabián endureció el rostro. Sus cejas se fruncieron, sus labios se tensaron y sus miradas se oscurecieron como tormenta.—Tú no puedes… —gruñó, con un tono de
No dormí. La noche fue un tormento. Cada vez que cerraba los ojos, imaginaba el rostro de Fabián, borroso, entremezclado con recuerdos que quizás él ya había recuperado… o que nunca regresarían. Me revolvía en la cama del hospital como una niña inquieta, mientras Matías me pedía que intentara descansar. Pero ¿cómo descansar con Gerard en mi mente, con la promesa de un encuentro que podía cambiarlo todo?Pasé el día con Matías. Él intentaba distraerme, hablándome de mil cosas que no retuve. Era paciente, demasiado paciente. Pero yo sabía que detrás de cada palabra había un miedo: que yo me hundiera más de lo que ya estaba, o peor, que corriera de nuevo tras Fabián como si no hubiera aprendido nada.La noche se me hizo eterna. El reloj parecía no avanzar y, al amanecer, mi cuerpo entero estaba agotado, pero mi cabeza más despierta que nunca. Cuando escuché el sonido de pasos firmes acercándose al cuarto, sentí que mi corazón iba a estallar.La puerta se abrió.Era Gerard.—Ana… —dijo co
No había logrado dormir bien. Cada ruido en este nuevo hospital me ponía los nervios de punta: el paso de las enfermeras, el pitido de las máquinas, hasta el murmullo lejano de otros pacientes. Todo me parecía demasiado intenso. Matías no se despegaba de mí ni un segundo. No hablaba mucho, pero su sola presencia era como un recordatorio constante de que no estaba sola, aunque mi corazón insistiera en sentir ese vacío imposible de llenar.Estábamos en silencio, él sentado al borde del sofá de la habitación, revisando algunos papeles de la empresa, cuando mi celular vibró. Lo miré de reojo, como si me diera miedo tocarlo. El nombre en la pantalla me dejó helada.**Gerard.**El mejor amigo de Fabián. El hombre que siempre había estado a su lado, incluso cuando yo no. Hacía meses que no hablaba conmigo, desde antes del accidente.Matías levantó la vista, notando mi expresión.—No contestes —me dijo, con esa voz firme que mezclaba preocupación y enfado—. Ana, no necesitas abrir más heridas







