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Capítulo 9

Autor: Primavera Lía
La mujer que estaba frente a Viviana no era otra que la tía de Fabio.

Regina Tobar.

Si Javier, el amigo de Fabio, era un hipócrita que la tomaba como la esposa de su amigo, pero no la respetaba a sus espaldas, la mujer ante ella era, al menos, consistente: siempre la había odiado y atacado abiertamente.

Desde el momento en que Viviana se casó con Fabio, nunca recibió un gesto amable de su parte.

En privado, Regina le había dicho más de una vez que no era más que una usurpadora despreciable que se había entrometido en una relación ajena, usando tácticas bajas para quedar embarazada y obligar a Fabio a hacerse responsable.

En aquel entonces, Viviana se sentía indignada y herida; por más que intentaba explicarle, nunca logró que Regina la mirara con respeto.

Para colmo, Regina era la única pariente viva de Fabio, por lo que Viviana se veía obligada a respetarla.

En aquel tiempo, Viviana no entendía por qué Regina decía cosas tan hirientes.

Ahora lo comprendía todo: Regina simplemente decía la verdad.

La persona que realmente tenía el acta de matrimonio y el estatus legal de esposa era Carmen.

Viviana era, de hecho, la intrusa en un matrimonio ajeno, solo que Fabio se lo había ocultado durante siete años.

—Dime una cosa, ¿por qué corres en cuanto me ves como si fueras un ratón huyendo de un gato? —Regina se cruzó de brazos, con el rostro cargado de desagrado.

Viviana bajó la mirada; no tenía fuerzas para entrar en conflicto.

—No es eso. Es que no la había visto.

Regina hizo un gesto de desdén:

—¡Ay, sí, sigue fingiendo! Te ves fatal. ¿Qué pasa? ¿Andas de mal humor últimamente?

Viviana se sorprendió de que, por un momento, pareciera que se preocupaba por ella, pero al segundo Regina soltó una burla.

—Claro, ahora que la verdadera señora de la casa regresó, ya no tienes dónde pararte. Debes estar muerta de angustia, ¿verdad?

A Viviana se le cortó un poco la respiración y levantó la vista hacia Regina. Suponía que ella lo sabía, pero no pudo evitar preguntar:

—Si lo sabía, ¿por qué nunca me lo dijo?

Regina se quedó atónita por un momento y luego soltó una carcajada burlona:

—¡Por favor! Si no fuera porque Fabio tenía miedo de que lo dejaras si sabías la verdad antes de que Carmen volviera, ¿cómo crees que te lo habríamos ocultado? ¡Si por mí fuera, hace mucho sabrías que solo eres la amante!

Hablaba tan fuerte que la gente que pasaba no pudo evitar voltear con miradas extrañas.

Viviana apretó los puños, conteniendo sus emociones:

—¡Yo no soy la amante! Si hubiera sabido que ellos estaban casados legalmente, jamás me habría quedado con Fabio.

—Le robaste el marido a otra, ocupaste el lugar de la señora Tobar por siete años y ahora vienes a dártelas de digna. ¿No te da asco ser tan hipócrita?

Regina no cedía, y sus palabras se volvían cada vez más venenosas.

Viviana no quiso discutir más y dio media vuelta para irse, pero Regina la sujetó con fuerza del brazo.

La jaló hacia atrás y le espetó con saña:

—¡Si fueras inteligente, ya habrías dejado el lugar libre! Deja de pegarte a Fabio. Si no fuera por darle un hogar al niño, ¿tú crees que se habría casado contigo?

El rostro de Viviana se volvió aún más pálido.

Esas palabras eran como clavos hundiéndose en su corazón.

Se zafó de la mano de Regina, intentando estabilizar sus emociones, y dijo palabra por palabra:

—Descuide. Me voy a ir. Voy a desaparecer por completo.

Al oír esto, Regina respondió con desprecio:

—Esas son puras habladas. Si de verdad tuvieras que irte, serías la primera en no querer soltarlo. Pero ya verás, muy pronto Fabio pondrá las cartas sobre la mesa y te pedirá que te largues.

Viviana respiró profundo. Todos pensaban que ella no podría vivir sin Fabio, que se aferraría a él a toda costa.

Pero ella sabía mejor que nadie que siempre había sido una mujer íntegra: sabía cuándo tomar las cosas y cuándo soltarlas.

Si Fabio le hubiera dicho la verdad cuando quedó embarazada —que ya estaba casado con otra— ella habría decidido si criar al niño sola o no tenerlo, pero jamás lo habría obligado a hacerse responsable.

Podía amar a alguien que no la amara, pero jamás procrearía con el marido de otra mujer.

—Sí, será como usted desea. Me voy a ir —dijo Viviana mirando fijamente a Regina.

Regina se quedó desconcertada; no esperaba ver una mirada tan firme y decidida.

Tras reaccionar, esbozó una sonrisa maliciosa.

—Esta mañana Fabio me habló para que le presentara a una diseñadora de vestidos de novia muy famosa. ¿Sabes lo que eso significa?

El corazón de Viviana se hundió de golpe.

—Significa que Fabio no solo te va a dejar, sino que va a traer a Carmen por la puerta grande con una boda espectacular. ¡Si te quedas, la única que va a hacer el ridículo eres tú!

Regina se cruzó de brazos, disfrutando de la angustia ajena.

Viviana estuvo a punto de morderse el labio hasta sacarse sangre.

Cuando quedó embarazada, Fabio propuso hacerse cargo y la boda fue apresurada, apenas un banquete en un hotel del centro.

No hubo tiempo para un vestido a medida; solo usó un vestido de marca. Viviana siempre había soñado con un vestido de novia, y ese era su pequeño gran pesar.

Jamás se lo mencionó a Fabio, pero ahora resultaba que, mientras trataba de calmarla a ella, él ya planeaba una boda con Carmen con un diseño de alta costura.

La diferencia de importancia que Fabio les daba era evidente.

O peor aún: ella nunca había tenido un lugar en su corazón.

Viviana iba a responder cuando escuchó una voz magnética y familiar tras ella.

—Regina, ¿qué hacen juntas?

Fabio se acercó rápido, observando de inmediato el semblante de Viviana. Hacía quince minutos, el gerente del centro comercial le había avisado que ella estaba ahí.

Dejó todo su trabajo para buscarla, temiendo que estuviera enojada por lo de anoche o que no quisiera hablar con él.

Al ver a Regina, se puso aún más tenso.

Sabía que ellas eran como el agua y el aceite.

Se puso frente a Viviana, separándolas de forma instintiva.

—Regina, ¿qué le estabas diciendo a Viviana? Espero que no hayan sido groserías.

Regina esquivó la mirada, sintiéndose un poco culpable.

Temiendo que Viviana se quejara, se adelantó a decir:

—¿Groserías? ¿Cómo crees eso de mí? Solo nos encontramos por casualidad y platicamos un par de cosas.

—¿Ah, sí? —Fabio la miró con total desconfianza y se giró hacia Viviana para confirmarlo.

Viviana, sin embargo, clavó la vista en el suelo, evitando sus ojos.

No quería hablar con él.

Anoche, tras buscarla en el hotel, Fabio seguramente regresó a casa a descansar y seguía sin ver la carta en el despacho.

Ahora solo esperaba que la leyera para cortar por lo sano de una vez por todas.

En el mundo de los adultos, no hacía falta sacar a relucir todas las bajezas.

Viviana quiso irse, pero Fabio la detuvo.

—Espera. Anoche te fuiste sin decir nada; creo que tenemos que hablar.

—No tengo nada que hablar —respondió ella con frialdad.

Fabio iba a insistir, pero el celular en su bolsillo comenzó a sonar.

Lo sacó y miró la pantalla. Viviana, por instinto, echó un vistazo y vio un nombre que resaltaba en los contactos:

"Linda - Diseñadora de Novias".

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