LOGINHugo
Ella entró sin llamar.
O más bien: llamó demasiado suavemente, como si realmente no quisiera que la oyera. Un murmullo contra la madera, un gesto de pura forma. Justo lo suficiente para que la irrupción pareciera educada. Y ya, su nombre resonaba en mi mente, como una nota sostenida demasiado tiempo.
Abrió la puerta lentamente, asomó su cabeza, luego su cuerpo. Sin dudar. Una aparición. Perfecta. Calculada.
— Buenos días, profesor.
Insistió en la palabra. Profesor. Una armadura en su lengua, pero que ya sonaba como un juego. Como un guante lanzado. A medio camino entre el respeto y la provocación.
La miré. Demasiado tiempo.
Llevaba un vestido negro hoy. Fluido. Una materia casi viva, que ondulaba a cada uno de sus pasos. Tenía el cabello recogido, pero algunos mechones enmarcaban su rostro con un desorden demasiado controlado para ser accidental. Y siempre esa manera de sentarse… lenta. Estudiada. Como una caricia ofrecida al silencio.
Se instaló en el sillón frente a mi escritorio, cruzando las piernas sin una palabra, dejando que el vestido deslizara sobre sus muslos.
— Quería hablarme de su memoria, creo.
— Sí. Sobre las figuras de la espera en la literatura amorosa.
Levanté la vista. Ella ya me miraba. Esa mirada no es la de una estudiante. Es la de una mujer. Que sabe. Que siente.
La espera. Evidentemente.
Una parte de mí sonríe interiormente. Otra se tensa. Porque veo claramente su elección. No es un tema. Es una ofrenda. O un ataque.
— ¿Un ángulo preciso? pregunté, intentando retomar el control.
— La espera como tensión. Como deseo en estado puro. Pensaba trabajar sobre Duras, Barthes… y quizás Bataille.
Me apoyo contra el respaldo de mi sillón. Su tono es calmado. Neutral. Pero sus rodillas se han acercado. Sus manos cruzadas sobre sus muslos, apretando el vestido. Hay algo oficial en su postura. Como una audacia perfectamente escenificada.
— ¿Cree que la espera puede ser suficiente? ¿Que es una forma de erotismo en sí misma?
Ella inclina la cabeza. Lentamente. Sus cabellos rozan su clavícula. Su sonrisa es discreta. Solo un estremecimiento en la boca.
— ¿No es eso lo que usted dijo en clase, profesor? Que algunas tormentas no necesitan estallar para arder?
Mi mandíbula se tensa. Contengo un suspiro. Lo que ella hace… Lo que dice…
Me empuja hacia una línea que no he elegido. Y, sin embargo, no tengo ganas de rechazarla. Eso es lo más inquietante.
Bajo la mirada. Hojeo papeles inútiles. Quiero contenerla. Enmarcarla. Reenfocarme.
— Es un ángulo interesante. Hay que tener cuidado de no caer en la interpretación personal.
— Tendré cuidado.
Ella hace una pausa. Me deja respirar. Luego:
— Aunque, a veces, son las lecturas más personales las que dejan las huellas más profundas… ¿no?
Levanto la cabeza. De repente.
Sus pupilas están dilatadas. Sonríe apenas. Es consciente de cada palabra. De cada silencio. Juega con mis fronteras.
Me levanto. Necesito respirar. El aire es pesado, denso. Camino hacia la ventana, la abro apenas. Afuera, junio asfixia. La humedad se aferra a todo. Incluso a mis pensamientos.
— ¿Tiene textos de referencia? ¿Primeros hitos?
Ella también se levanta. Pero no se queda de su lado del escritorio. Rodea. Se une a mí. Suavemente. Demasiado cerca.
Ella entra en mi espacio. En mi aire. Lo perturba.
— He comenzado una lista. Pero…
Extiende una hoja. Nuestros dedos se rozan. Apenas. Pero lo suficiente para que mi pulso se descontrole.
… me gustaría sobre todo tener los suyos.
Tomo la hoja sin leerla. Siento aún su calor en mi piel. Ridículo. Cinco segundos de contacto. Y mi cuerpo se electriza.
Retrocedo. Un paso. Instintivamente.
Pero ella no sigue. Se detiene. Se queda ahí. Anclada. Presente.
Y en el silencio, vuelve a lanzar.
— Profesor… ¿Cree que la espera siempre es pasiva? ¿O que puede ser… activa?
La miro.
No se mueve. Pero todo en ella habla. Su aliento. Su postura. Su olor. Está ahí, frente a mí, como un texto vivo. Un poema carnal, tenso al extremo.
Ella sabe. Que la veo. Que la quiero, quizás.
Ella espera.
No espera mi respuesta. La conoce. Ve mi desconcierto, mis gestos un poco demasiado rápidos, mi mirada que se aparta. Siente cómo mis defensas caen una a una.
Y no golpea. Se va.
— Gracias por su tiempo, dice simplemente. Le enviaré un correo con mis ideas más precisas. Hasta el jueves que viene, profesor.
Se vuelve. Se aleja. Y cada paso es un adiós suspendido. O una promesa.
Sale. Cierra la puerta suavemente.
Y yo me quedo ahí. Solo. Paralizado.
Hay esta fragancia, en la habitación. Ligera. Casi afrutada. Pero tenaz. Como si su cuerpo hubiera marcado el aire.
Cierro la puerta con llave. Lentamente. Me siento. Mis manos apenas tiemblan. Mi garganta está seca.
Tendré que poner fin a esto. Rápido.
Pero una voz me susurra, en voz baja, ya:
No quieres detenerte.
Y sé que esa voz…
Es la suya. Dentro de mí.HugoEl silencio de la casa es un sudario, más pesado y más asfixiante que nunca. Las paredes de un blanco inmaculado, los parqués encerados que devuelven el resplandor moribundo del día… todo contiene el aliento, a la espera. Estoy de pie ante el ventanal, un vaso de whisky atrapando los últimos reflejos del ámbar, y miro la noche tragarse los jardines. Pero no veo ni los cedros centenarios ni las primeras estrellas. Solo la veo a ella. A Nora.Su imagen está grabada a fuego detrás de mis párpados. Su sonrisa de fachada, esa curva mentirosa de sus labios cuando se inclinaba, demasiado cerca, hacia ese chico. Antoine. Un nombre sin consistencia. Y sin embargo, bastó su mirada posada sobre ella para que el último de mis cerrojos cediera.Siento cada fibra de mi cuerpo tensarse hasta romperse. No son celos, sentimiento mezquino de las almas débiles. Es mucho m&
NoraLa vibración de mi teléfono resuena aún en mi bolsillo, un eco siniestro que sella mi destino. Una sola vibración. Un código. Una condena.Los estudiantes se apresuran hacia la salida, parlanchines, despreocupados. Su mundo me parece de pronto de una banalidad estridente, de una ligereza que he perdido irremediablemente. Guardo mis cosas con una lentitud calculada. Cada gesto es medido. Cada segundo, una eternidad.Siento su aproximación antes de verlo. El aire se mueve de manera diferente a su alrededor. El ruido de la multitud se atenúa, como absorbido por la fuerza tranquila de su presencia. Levanto la cabeza, esforzándome por mantener un rostro neutro, mientras mi corazón golpea contra mis costillas como un pájaro enloquecido.Él está allí, de pie junto a mi banco. No me toc
NoraEl anfiteatro huele a tiza y al perfume barato de los estudiantes. Estoy sentada en la tercera fila, mi cuaderno abierto ante mí, pero las fórmulas en la pizarra no son más que jeroglíficos sin significado. Toda mi atención está tendida hacia la entrada. Sé que va a venir. Siempre asiste a este curso de estrategia empresarial, un recordatorio irónico de su propio juego perpetuo.Y entonces, lo veo: está allí.Hugo entra sin prisa, vestido con un traje oscuro que se ajusta a sus hombros con una precisión irritante. No me mira. No necesita hacerlo para que yo sienta su atención pesar sobre mí, como una mano invisible en la nuca. Se sienta dos filas más adelante, de lado, y veo el perfil de su mandíbula, su porte altivo. Escucha al profesor, toma notas, encarna el dominio perfecto.Y yo, ardo.Ardo al verla, a Sofia
NoraLa taza de té arde entre mis palmas. La aprieto con más fuerza, hasta que el dolor irradia por mis muñecas, se mezcla con los moretones apenas visibles que están inscritos en ellas. Hasta que esa quemazón se convierte en la única realidad. El vapor sube, dibuja espirales obscenas antes de disolverse en el aire dulzón del salón de Léa. Un perfume de flores y limpieza. Un aroma de infancia, de normalidad. Ella ignora todo de las habitaciones cerradas, del olor a cuero, a sudor y a hambre. Del olor de él.—Nora. Mírame. Te lo suplico, esta vez escúchame. No con esa distancia, no con esa máscara de piedra que llevas desde que él entró en tu vida. Ya no te reconozco. ¿Dónde te has ido? ¿Dónde está mi Nora? Ese tipo… Hugo… No es un hombre, es un veneno. Un v
NoraEl día era un insulto.La luz de la mañana golpeaba los cristales sucios de mi apartamento, revelando el polvo sobre los muebles, el desorden en la mesa baja, el vacío de la cama que no había sabido habitar sola. El aire olía a cerrado, a café frío y a remordimiento.Me desvestí en la entrada, dejando caer mi ropa en un montón miserable sobre el suelo. El jersey que aún llevaba su olor. Los vaqueros arrugados. La piel que aún guardaba la memoria de sus manos. Bajo la ducha ardiente, cerré los ojos, esperando que el agua se lo llevara todo. Pero solo reavivaba las sensaciones. Cada gota que golpeaba mi piel era un recordatorio. Aquí, su boca. Allí, su huella. Entre mis muslos, un dolor sordo y persistente, prueba de que él había estado allí, de que me había poseído, marcado.Me froté hasta que mi piel quedó roja, en carne viva. No servía de nada. Él estaba bajo mi piel. En mi sangre. En el aire que respiraba.Sentada en el sofá, envuelta en un albornoz demasiado grande, fijé la mi
NoraEl silencio después de la tempestad era más ruidoso que nuestros gritos.Su peso sobre mí era un ancla, una prisión, un santuario. Sentía cada latido de su corazón contra mi pecho, un ritmo loco que se calmaba lentamente, sincronizándose con el mío. Su sudor pegaba nuestras pieles, haciendo de nosotros una sola entidad, húmeda y vencida. El aire olía a sexo, a la noche y a él. Un olor que se había convertido en mi opio.Finalmente rodó hacia el costado, sin una palabra. El colchón gimió bajo su peso. El frío invadió inmediatamente el espacio que él dejaba, una mordedura sobre mi piel desnuda. Me giré hacia él, apoyando mi cabeza sobre su brazo. Sus músculos estaban rígidos, tensos como cuerdas. Incluso en el abandono, él luchaba.El resplandor del alba empezaba a teñir la







