LOGINNora
No regresé de inmediato.
Me quedé un largo rato afuera, en los escalones del edificio, respirando el aire húmedo de la noche.
La piedra estaba fría bajo mis muslos. El viento se deslizaba bajo mi camisa.
Pero no me movía.
Miraba hacia adelante sin fijar la vista en nada.
Como si estuviera esperando que algo descendiera.
O que algo subiera.
Debería sentirme culpable.
Debería decirme que he cruzado una línea, que estoy jugando un juego peligroso.
Pero no siento nada claro.
Nada que se parezca a miedo.
O tal vez, un miedo suave. Un miedo delicioso.
Mezclado con una emoción demasiado intensa para ser ignorada.
Un vértigo que se adhiere a mi piel.
Sé lo que he hecho.
No levanté la voz. No pedí nada.
Pero planté algo en él. Una imagen. Una tensión. Una pregunta sin respuesta.
Y ahora, crece en su silencio.
Lo siento. Lo intuyo. Lo saboreo por adelantado.
Finalmente me levanto.
La noche ha caído de verdad. Las farolas recortan la calle en islotes de luz pálida.
Mi sombra se alarga, se contrae a medida que camino.
Todo está en calma. Y en mí, todo arde.
Entro a casa. Me quito los zapatos sin ruido, tiro mi chaqueta sobre la cama, y luego me siento frente a mi espejo.
Me quedo allí. Largo tiempo. Demasiado tiempo.
Escudriño mi reflejo, no para arreglarme el cabello o juzgarme.
Sino para verificar qué hay detrás de mis ojos.
No soy una estudiante esta noche.
Soy una mujer.
No la que él cree ver.
No la de los documentos administrativos, las notas serias, las copias bien cuidadas.
Otra. La que me convierto. O tal vez la que siempre he sido, en silencio.
Una mujer que ha visto lo que no debía ver.
El deslizamiento.
La brecha.
El deseo.
No el que se expresa en voz alta.
Ese que surge en un silencio, en un gesto contenido, en una pupila que se detiene un poco más de lo debido.
Pienso en él.
En su mandíbula tensa.
En sus manos, demasiado inmóviles para no estar tensas.
En su voz, que vacilaba entre la rigidez y la fuga.
Y luego hubo ese momento.
Un latido. Un minúsculo flotamiento.
Cuando me miró. Realmente me miró.
No como a una alumna.
No como a una incomodidad.
Como a una falla.
Un riesgo.
Una posibilidad.
Bastará un paso en falso más para que caiga.
Pero no quiero que caiga. No todavía.
Sería demasiado simple. Demasiado corto.
Quiero que luche.
Quiero que resista — solo lo suficiente para que su caída tenga un sabor.
El sabor de lo prohibido. De la confesión arrancada. Del placer arrancado al miedo.
Me deslizo bajo las sábanas, el corazón aún palpitante.
Cierro los ojos, pero mi mente sigue trazando líneas. Escenarios.
Lo vuelvo a ver, en su oficina, solo ahora.
Sé que aún está allí, de pie, tratando de retomar el control.
Sé también que ha perdido algo esta noche.
Un pedazo de sí mismo. Una ilusión quizás.
Y yo, he ganado una llave.
También pienso en lo que él aún ignora:
Que no es el primero en caer.
Que soy yo quien está en guerra.
Y que mi arma no es mi cuerpo.
Es la mirada.
Es lo que veo en él que él habría querido ocultar para siempre.
No estoy aquí para seducirlo.
Estoy aquí para despojarlo de sus certezas.
La mañana me encuentra despierta antes de que suene el despertador.
Mi piel tiene ese escalofrío que solo provoca la falta o la anticipación.
Tomo una ducha fría. Larga.
Dejo que el agua golpee mi nuca, mi espalda, mis muslos.
Cada sensación está aguda.
Como si ya no estuviera en mi vida sino en una escena.
Una escena que él aún no conoce.
Preparo un café negro, demasiado amargo. No le añado azúcar.
Quiero sentir el sabor crudo.
Como un recordatorio. Como una mordida.
Me visto con cuidado. No provocativa. No sabia tampoco.
Solo lo justo.
El cuello ligeramente abierto. El cabello recogido, pero un mechón dejado suelto.
Una asimetría estudiada.
Un desenfoque calculado.
Deslizo en mi bolso un expediente cuidadosamente organizado. No el correcto.
Otro.
Un texto antiguo. Casi olvidado. Ese que no debería mostrarle.
Porque no habla de literatura.
Habla de mí.
Y, a través de mí, de él.
De lo que él encarna. De lo que él niega.
Tomo el camino hacia la universidad.
Mis pasos son tranquilos. Seguros.
Pero por dentro, todo vibra.
Sé que no ha dormido.
Sé que ha leído.
Sé que ya está preguntándose quién soy.
Y esa duda, la haré durar.
La estiraré como un hilo tenso, listo para romperse.
Voy a llamar a su puerta.
No hoy.
Quizás mañana. O pasado mañana.
Cuando sienta que la espera se ha vuelto insoportable.
Cuando venga casi por sí mismo.
Voy a obligarlo a venir a mi terreno.
Y allí, solo allí, el juego podrá realmente comenzar.
HugoEl silencio de la casa es un sudario, más pesado y más asfixiante que nunca. Las paredes de un blanco inmaculado, los parqués encerados que devuelven el resplandor moribundo del día… todo contiene el aliento, a la espera. Estoy de pie ante el ventanal, un vaso de whisky atrapando los últimos reflejos del ámbar, y miro la noche tragarse los jardines. Pero no veo ni los cedros centenarios ni las primeras estrellas. Solo la veo a ella. A Nora.Su imagen está grabada a fuego detrás de mis párpados. Su sonrisa de fachada, esa curva mentirosa de sus labios cuando se inclinaba, demasiado cerca, hacia ese chico. Antoine. Un nombre sin consistencia. Y sin embargo, bastó su mirada posada sobre ella para que el último de mis cerrojos cediera.Siento cada fibra de mi cuerpo tensarse hasta romperse. No son celos, sentimiento mezquino de las almas débiles. Es mucho m&
NoraLa vibración de mi teléfono resuena aún en mi bolsillo, un eco siniestro que sella mi destino. Una sola vibración. Un código. Una condena.Los estudiantes se apresuran hacia la salida, parlanchines, despreocupados. Su mundo me parece de pronto de una banalidad estridente, de una ligereza que he perdido irremediablemente. Guardo mis cosas con una lentitud calculada. Cada gesto es medido. Cada segundo, una eternidad.Siento su aproximación antes de verlo. El aire se mueve de manera diferente a su alrededor. El ruido de la multitud se atenúa, como absorbido por la fuerza tranquila de su presencia. Levanto la cabeza, esforzándome por mantener un rostro neutro, mientras mi corazón golpea contra mis costillas como un pájaro enloquecido.Él está allí, de pie junto a mi banco. No me toc
NoraEl anfiteatro huele a tiza y al perfume barato de los estudiantes. Estoy sentada en la tercera fila, mi cuaderno abierto ante mí, pero las fórmulas en la pizarra no son más que jeroglíficos sin significado. Toda mi atención está tendida hacia la entrada. Sé que va a venir. Siempre asiste a este curso de estrategia empresarial, un recordatorio irónico de su propio juego perpetuo.Y entonces, lo veo: está allí.Hugo entra sin prisa, vestido con un traje oscuro que se ajusta a sus hombros con una precisión irritante. No me mira. No necesita hacerlo para que yo sienta su atención pesar sobre mí, como una mano invisible en la nuca. Se sienta dos filas más adelante, de lado, y veo el perfil de su mandíbula, su porte altivo. Escucha al profesor, toma notas, encarna el dominio perfecto.Y yo, ardo.Ardo al verla, a Sofia
NoraLa taza de té arde entre mis palmas. La aprieto con más fuerza, hasta que el dolor irradia por mis muñecas, se mezcla con los moretones apenas visibles que están inscritos en ellas. Hasta que esa quemazón se convierte en la única realidad. El vapor sube, dibuja espirales obscenas antes de disolverse en el aire dulzón del salón de Léa. Un perfume de flores y limpieza. Un aroma de infancia, de normalidad. Ella ignora todo de las habitaciones cerradas, del olor a cuero, a sudor y a hambre. Del olor de él.—Nora. Mírame. Te lo suplico, esta vez escúchame. No con esa distancia, no con esa máscara de piedra que llevas desde que él entró en tu vida. Ya no te reconozco. ¿Dónde te has ido? ¿Dónde está mi Nora? Ese tipo… Hugo… No es un hombre, es un veneno. Un v
NoraEl día era un insulto.La luz de la mañana golpeaba los cristales sucios de mi apartamento, revelando el polvo sobre los muebles, el desorden en la mesa baja, el vacío de la cama que no había sabido habitar sola. El aire olía a cerrado, a café frío y a remordimiento.Me desvestí en la entrada, dejando caer mi ropa en un montón miserable sobre el suelo. El jersey que aún llevaba su olor. Los vaqueros arrugados. La piel que aún guardaba la memoria de sus manos. Bajo la ducha ardiente, cerré los ojos, esperando que el agua se lo llevara todo. Pero solo reavivaba las sensaciones. Cada gota que golpeaba mi piel era un recordatorio. Aquí, su boca. Allí, su huella. Entre mis muslos, un dolor sordo y persistente, prueba de que él había estado allí, de que me había poseído, marcado.Me froté hasta que mi piel quedó roja, en carne viva. No servía de nada. Él estaba bajo mi piel. En mi sangre. En el aire que respiraba.Sentada en el sofá, envuelta en un albornoz demasiado grande, fijé la mi
NoraEl silencio después de la tempestad era más ruidoso que nuestros gritos.Su peso sobre mí era un ancla, una prisión, un santuario. Sentía cada latido de su corazón contra mi pecho, un ritmo loco que se calmaba lentamente, sincronizándose con el mío. Su sudor pegaba nuestras pieles, haciendo de nosotros una sola entidad, húmeda y vencida. El aire olía a sexo, a la noche y a él. Un olor que se había convertido en mi opio.Finalmente rodó hacia el costado, sin una palabra. El colchón gimió bajo su peso. El frío invadió inmediatamente el espacio que él dejaba, una mordedura sobre mi piel desnuda. Me giré hacia él, apoyando mi cabeza sobre su brazo. Sus músculos estaban rígidos, tensos como cuerdas. Incluso en el abandono, él luchaba.El resplandor del alba empezaba a teñir la







