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Capítulo 2 — El gusto del vértigo

Author: Invencible
last update publish date: 2025-09-05 18:52:39

Nahia

Porque no me sentía heroica.

Me sentía como un silencio demasiado pesado. Un vacío demasiado profundo.

Pero asentí con la cabeza. Y mantuve el silencio.

Tres días después.

Las paredes del hospital se han vuelto familiares. Demasiado blancas. Demasiado frías. El olor a desinfectante se adhiere a mi piel. Camino entre los pasillos con mis bandejas, los ojos ardiendo de fatiga.

Mamá ya no respira bien. Sus pulmones están fallando. El médico me habló de un traslado a cuidados intensivos, urgente, inevitable.

Pero no tengo dinero.

No tengo nada, ni fuerzas. Ni dignidad. Solo este vacío en mí que la noche de hotel no ha podido llenar.

Así que cuando el hombre de traje entra en el servicio, siento que el tiempo se detiene.

Sé que es él.

No porque lo reconozca.

Sino porque el aire cambia a su alrededor. Porque el silencio se instala como una losa de plomo.

Se acerca.

Y me tiende un sobre.

Lo tomo. Mis dedos tiemblan a pesar de mí.

Dentro: una tarjeta, una dirección, un número.

Y estas dos palabras, trazadas con tinta negra.

— Te espera.

Siento mi estómago retorcerse. Mi garganta cerrarse.

Pero ya sé que iré.

Porque mi madre no tiene más tiempo.

Y yo... no tengo otra salida.

No he comido desde el día anterior.

No porque no tenga hambre. Sino porque todo sabe a ceniza, desde esa noche. Incluso el agua me quema la garganta.

He regresado. He lavado mi ropa dos veces. Luego mi cabello. Luego mi piel. Pero el olor se ha quedado. O tal vez está en mi cabeza, en mi estómago, en mis huesos.

Lo dejé tomarme. Lo dejé entrar en mí cuando nadie lo había hecho antes.

Y no puedo evitar preguntarme si habría sido diferente... si hubiera sido otra persona.

Alguien dulce.

Alguien que me hubiera mirado.

Porque él, nunca me ha mirado de verdad. No como a una persona. No como a una chica. Me tomó como se apodera uno de una cosa. Y aun así, no dije que no. No grité. No huí. ¿Por qué?

Fui allí por mi propia voluntad. Esperé. Abrí la puerta. Desaté mi vestido. ¿Eso me convierte en una puta?

No soy como Camila. Nunca lo he sido. Y aun así, por un instante... tomé su lugar. Y eso se adhiere a mi piel como una etiqueta que no puedo arrancar.

Doy vueltas en el apartamento. El teléfono está sobre la mesa. El sobre también.

Su nombre no estaba escrito. Pero sé que se trata de él. Ese hombre. Ese monstruo. Ese dios. Ya no lo sé.

¿Por qué me quiere aún? Podría haber llamado a Camila. Podría haber elegido a otra. ¿Por qué a mí?

Paso frente al espejo. Me detengo.

Me miro, durante mucho tiempo.

Y de repente, la imagen me golpea: no es una víctima lo que veo.

Es una chica que ya no reconozco. Los labios apretados. Los ojos secos. Las manos crispadas.

Odio lo que ha despertado en mí.

Pero odio aún más el hecho de que... he pensado en él.

No en lo que me hizo.

En él.

En sus manos.

En su voz.

Y en esa forma que tuvo de tomar sin pedir, sin temblar, sin dudar.

Sacudo la cabeza.

No. No puedo volver a caer en eso. Debo concentrarme en mamá. En sus cuidados. En el hospital.

Y aun así, mis dedos rozan el sobre.

Una vez. Dos veces.

Solo tengo que llamarlo.

Solo una vez.

Pero si lo hago, me precipito.

Y ya siento el vértigo atrapándome.

Nunca debió permanecer en mi mente.

No tengo su nombre, ni su historia. Solo un olor. Una piel. Una voz apenas audible, deslizada entre dos silencios.  

Y esa mirada. Esa mirada que no suplicaba. Que no huía.  

Una mirada vacía. Demasiado vacía.

Odio las sorpresas.  

No soporto que se alteren mis certezas.

Y aun así, desde aquella noche, todo ha perdido su sabor. Incluso el whisky. Incluso la venganza.

Ella no era más que un error de último minuto, una suplente, una chica de paso.  

Pero nunca antes había sentido esta falta. Esta tensión bajo la piel, como un veneno que se niega a apagarse.

La tomé para silenciar lo que adivinaba en ella.  

Esa llama, ese desafío mudo, esa falla que ocultaba mal.

Pero ella se ofreció sin una palabra. Sin resistencia.  

Y eso fue lo que me desarmó.

No era sumisión. Ni resignación.  

Era otra cosa.  

Una forma de silencio más peligrosa que todos los gritos.  

Un vacío en el que caí de cabeza.

Desde entonces, no duermo.  

Trabajo. Cortejo. Dictó mis leyes a hombres que tiemblan sonriendo.  

Pero ella...

Ella se impone.  

Presente incluso en la ausencia.  

Desnuda en mis pensamientos.  

Inexplicable.

Y luego, hubo la revelación.  

Ella no era una prostituta.  

No hacía ese trabajo.

Asumió un papel que no dominaba. Interpretó un personaje con la torpeza de la urgencia. Y yo, la marqué. Como un animal marca lo que se niega a perder.

Ella es mía.

Incluso si todavía no lo sabe.

He solicitado que la encuentren.  

Discretamente. Sin estruendo.  

Un nombre, un número, una dirección. No necesitaba nada más. No quiero conocerla. Quiero poseerla.

Soy Salvatore Caruso.  

Y lo que decido, lo obtengo.

El sobre se envió esta mañana. La oferta es clara.  

Cinco millones.  

Seis meses.  

Su cuerpo.  

Su silencio.

He añadido una cláusula que mis hombres ni siquiera se atrevieron a cuestionar:  

Ninguna escapatoria.  

N ninguna fuga.

No le pido que le guste.  

No le dejo elección.

Los débiles mendigan. Los otros regatean.  

Pero ella... no ha dicho nada.  

Nada.  

Y es precisamente por eso que quiero romperla.

O tal vez... comprenderla.  

Pero no. Me niego a llegar tan lejos, no siento.  

Conquisto, consumo.

Y aun así, ha despertado en mí algo que creía extinguido.

No puedo dejarla desvanecerse en el olvido.  

No ahora, no después de esto.

Fijo los pantallas. Las cámaras. Los informes llegan.

No ha llamado.  

Pero ha tocado el sobre.  

Tres veces, lucha, sonrío.

Conozco ese escalofrío, esa duda, ese vértigo.  

No es el dinero lo que la hará ceder.

Es la llamada del vacío.

Y yo... yo soy la caída.

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