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Capítulo 2: El diseño de la discordia

Author: L. Alejandra
last update publish date: 2025-12-28 08:19:14

 

Spencer Blackwood tenía una forma de mirar que te hacía sentir como si fueras un error de cálculo en una hoja de Excel. Se recostó en su silla de piel negra, entrelazando sus dedos largos y finos, observándome mientras yo desplegaba mis planos sobre su inmaculado escritorio. El olor a café nuevo y a limpieza obsesiva flotaba en el aire de la oficina.

—Dos minutos y cuarenta segundos, Donovan —dijo, consultando su reloj de pulsera con una precisión que me daban ganas de despeinarlo—. Tic, tac.

—Relájate, Spencer. Si dedicas la mitad de la energía que usas en contar segundos a usar tu imaginación, no estarías a punto de construir una aberración arquitectónica —le solté sin mirarlo, fijando las esquinas de mis planos.

Él soltó un sonido que fue medio gruñido, medio suspiro de incredulidad.

—Aquí tienes la Propuesta A —anuncié, señalando el primer plano—. Es exactamente lo que pediste en el pliego de condiciones. Un bloque de acero y cristal, eficiente, gris y tan emocionante como leer las instrucciones de una tostadora. Es perfecto para ti: no molesta, no destaca y tiene esa frialdad de "no me toques" que llevas tatuada en la frente.

Spencer se inclinó hacia delante, entrecerrando los ojos. —Se llama minimalismo funcional, Casey. Es la imagen de la solidez de mi empresa.

—Se llama falta de personalidad —corregí, dándole un golpecito con el lápiz en el hombro del dibujo—. Pero como supuse que tu visión termina donde empieza tu corbata, me tomé la libertad de hacer mi trabajo de verdad.

Retiré el primer plano con un movimiento dramático y revelé la Propuesta B. Vi el momento exacto en que sus pupilas se dilataron. El diseño era audaz: una estructura orgánica que parecía desafiar la gravedad en los niveles superiores, con jardines colgantes integrados y una fachada que capturaba la luz de Londres de una manera que hacía que el edificio pareciera vivo.

—Esto es... —empezó a decir él, pero se calló de inmediato, recuperando su máscara de piedra.

—¿Arte? ¿Innovación? ¿Algo que no podrías haber imaginado ni en tus sueños más salvajes? —me burlé, acercándome a él. Rodeé el escritorio, invadiendo su espacio personal sin pedir permiso. Me apoyé en el borde de su mesa, lo suficientemente cerca como para notar el calor que emanaba de su cuerpo a pesar de su actitud gélida—. Tu propuesta original es segura, Spencer. Pero esta propuesta es inolvidable. Aunque, claro, requiere que tengas algo que parece faltarte: agallas.

Spencer se puso de pie bruscamente. Al ser mucho más alto que yo, me obligó a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. El ambiente en la oficina cambió de repente. Ya no era solo una pelea profesional; el aire se volvió denso, eléctrico. Pude ver el ligero movimiento de su garganta al tragar saliva.

—¿Crees que me conoces lo suficiente como para hablarme de agallas? —su voz bajó una octava, volviéndose peligrosamente ronca—. Eres una arquitecta recién llegada que acaba de mancharme la camisa y ahora pretende darme lecciones de cómo dirigir mi imperio.

—No te doy lecciones de negocios, te doy lecciones de vida —repliqué, bajando también el tono de voz. Estábamos tan cerca que mi aliento rozaba su mandíbula—. Estás tan ocupado controlando cada centímetro de este lugar que no te das cuenta de que te estás asfixiando en tu propia estructura.

Él no se movió. Sus ojos recorrieron mi rostro, deteniéndose un segundo más de lo necesario en mis labios antes de volver a chocar con mis ojos. Por un instante, la gárgola de hielo pareció agrietarse. Había una tensión ahí, un hambre que ninguno de los dos quería admitir, disfrazada de pura y simple molestia.

Él extendió la mano hacia el plano B, pero sus dedos rozaron los míos sobre el papel. Fue como un calambre. Ninguno retiró la mano.

—Es un caos logístico —dijo él, aunque no se alejó—. El coste de mantenimiento de esos jardines verticales es...

—Espectacular —interrumpí con una sonrisa triunfal—. Al igual que el impacto que tendrá en la City. Admítelo, Blackwood. Te molesta que sea tan bueno. Te molesta que yo sea tan buena.

Spencer retiró la mano finalmente y se ajustó la chaqueta, aclarando su garganta. Se giró hacia el ventanal, dándome la espalda para recuperar el control.

—El diseño es... aceptable —sentenció, aunque sabía que por dentro estaba impresionado—. Pero tu actitud es un problema. No permito que mis empleados se burlen de mi visión.

—No soy tu empleada, Spencer. Soy tu arquitecta. Hay una diferencia —recogí mi maletín, sabiendo que ya lo tenía ganado—. Y si quieres este edificio, vas a tener que aprender a vivir con mi "actitud".

—Mañana a las siete de la mañana —dijo él sin girarse—. Si llegas un minuto tarde, el contrato se cancela. Y trae café. Del bueno.

Solté una carcajada mientras caminaba hacia la puerta. —No te prometo nada sobre el café, Gárgola. Pero prepárate, porque voy a demoler esa zona de confort tuya pieza por pieza.

Salí de la oficina sintiendo que mis piernas temblaban un poco. Había algo en la forma en que él me miraba, como si quisiera despedirme y besarme al mismo tiempo, que me decía que este proyecto iba a ser mucho más peligroso que cualquier caída desde un andamio.

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