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Chapter 3

last update Date de publication: 2026-07-21 14:53:42

Enzo se reclinó en la alta y costosa silla de cuero situada en el centro de la larga mesa de conferencias. El cuero crujió suavemente bajo su peso.

La sala olía a madera recién pulida, whisky añejo y al sutil aroma de las costosas colonias que llevaban los hombres sentados a su alrededor.

Sus voces subían y bajaban en una acalorada discusión, pero apenas registraba una sola palabra. Su mente estaba en otra parte, atrapada en el caos que había irrumpido en su vida como un huracán.

Lokie.

Aquella mujer no era simplemente un problema... era un maldito incendio forestal envuelto en una locura impredecible.

No podía borrar de su mente la imagen de ella en el altar: aquellos ojos salvajes brillando mientras hundía los dientes en su labio y luego, lenta y deliberadamente, lamía la sangre de su propia boca como si fuera la victoria más dulce del mundo.

El destello de hambre intrépida en su mirada le había recorrido la espalda como un escalofrío, incluso mientras la rabia hervía dentro de su pecho.

Y su manera de hablar...

Ruidosa.

Sin filtros.

Capaz de cortar el silencio como una cuchilla.

Todavía no podía creer que estuviera atado a ella.

Peor aún, no existía una forma limpia de deshacerse de esa mujer.

Aquel matrimonio no había nacido por conveniencia ni por deseo.

Era una necesidad brutal para poner fin a la interminable guerra bañada en sangre entre los Martin y los Caruso, las dos familias mafiosas que habían dejado profundas cicatrices en el mundo criminal de Nueva York.

Negarse nunca había sido una opción.

Como hijo mayor, toda la responsabilidad recaía únicamente sobre sus hombros.

Cristiano permanecía infiltrado en una catedral, haciéndose pasar por sacerdote para descubrir los secretos de sus enemigos.

Luca caminaba por el filo de una navaja dentro del FBI, proporcionándoles la información justa para mantenerse siempre un paso por delante de la ley.

Michello...

Michello era el comodín.

Demasiado terco.

Demasiado indomable.

Y completamente desinteresado en cualquier matrimonio arreglado con la hija de un rival.

Vivía bajo sus propias reglas, sin importarle las consecuencias.

Y luego estaba Romano.

La presión constante del anciano resonaba todos los días en su cabeza, insistiendo en asegurar la continuidad del linaje con un nieto antes de que fuera demasiado tarde.

Enzo siempre se había enorgullecido de tomar decisiones sin arrepentimientos.

Sin embargo, allí sentado, en aquella inmensa sala iluminada por el sol, con el horizonte de la ciudad brillando tras los ventanales de suelo a techo, el arrepentimiento pesaba en su estómago como una piedra amarga.

A la m****a los Martin.

Una guerra abierta habría sido mucho más sencilla.

Más limpia.

En cambio, el hogar que siempre había considerado sagrado —su refugio de silencio y control— ahora se sentía invadido, contaminado.

La paz se había convertido en un recuerdo lejano, robado por la tormenta impredecible llamada Lokie.

—Los cargamentos no pueden quedarse ahí fuera por mucho más tiempo —decía Paul, gesticulando nerviosamente hacia los documentos esparcidos sobre la mesa—. El FBI ya nos sigue demasiado de cerca. Si seguimos esperando, perderemos más de cincuenta mil millones. ¿Quién demonios está dispuesto a asumir semejante golpe?

Mark asintió con fuerza, el rostro completamente enrojecido.

—Tenemos que solucionar el problema del FBI ahora mismo. No podemos seguir operando con esa espada sobre nuestras cabezas. Si confiscan esos cargamentos...

—Nuestra reputación quedará destruida —rugió Milton, golpeando con el puño la brillante mesa negra.

El estruendo resonó por toda la sala como un disparo.

—¡Enzo, arréglalo! ¡Para eso estás aquí!

Los demás murmuraron su aprobación.

Tras sus impecables apariencias se escondía el miedo.

Eran hombres ricos, influyentes y admirados públicamente.

Pero allí estaban, sudando ante la posibilidad de que sus imperios ilegales terminaran convertidos en escándalos públicos y condenas de prisión.

—Siempre presumes de tus grandes contactos —estalló Roland, con las venas marcándose en las sienes—. ¿Dónde demonios están ahora que los necesitamos? ¡Este es tu desastre!

Enzo dejó que todas aquellas quejas continuaran durante unos segundos más.

Su expresión permanecía tan inmóvil como una estatua.

Finalmente habló.

Su voz, grave y serena, atravesó el ruido como un cuchillo.

—Pensé que esto no sería un problema para hombres tan respetables como todos ustedes aseguran ser.

Su mirada recorrió lentamente cada uno de los rostros presentes, sosteniendo sus ojos hasta que comenzaron a apartar la vista con incomodidad.

—Nunca obligamos a ninguno de ustedes a formar parte de esta alianza. Se unieron porque confiaban en nuestra fuerza. Entonces... ¿por qué esa repentina falta de confianza?

Se inclinó ligeramente hacia delante.

—Mi hermano Luca arriesga su vida todos los días dentro del FBI. Así que tengan un poco de maldita gratitud y dejen de comportarse como...

La pesada puerta de la sala de reuniones se abrió de golpe.

El estruendo hizo eco por toda la habitación.

Lokie entró caminando sin la menor vacilación.

Sus pies descalzos apenas hacían ruido sobre el frío suelo de mármol.

Llevaba puesta una de sus camisas blancas.

Le quedaba enorme, cayendo holgadamente hasta unos centímetros por encima de las rodillas.

Las mangas estaban remangadas de cualquier manera hasta los codos.

Su cabello estaba recogido en dos moños despeinados sobre la cabeza.

Un flequillo suave enmarcaba su rostro, dándole una apariencia casi adorable, como la inocencia de un cachorro.

Pero el brillo afilado de sus ojos destruía por completo esa ilusión.

—¿Me extrañaron? —preguntó alegremente.

Su voz clara y animada resonó por toda la sala.

Ignoró por completo las decenas de miradas hostiles clavadas sobre ella.

El ambiente se volvió aún más denso, cargado de incredulidad e indignación.

Con total naturalidad caminó hacia el extremo de la larga mesa, sin apartar los ojos de Enzo.

Una sonrisa traviesa iluminaba su rostro.

—No pensé que simplemente me dejarías atrás para asistir a una reunión tan aburrida como esta —continuó, inclinando ligeramente la cabeza con un puchero juguetón que apenas ocultaba el filo de sus palabras—. Ahora estamos casados. Eso nos convierte en familia, ¿no? La verdad... duele un poquito que me dejes fuera.

Toda la sala quedó congelada.

El rostro de Milton se deformó con absoluto desprecio mientras recorría de arriba abajo la apariencia desaliñada de Lokie.

—¿Quién demonios es esta molestia patética? —gruñó con absoluto desprecio—. ¿Cómo te atreves a interrumpir nuestra reunión vestida como una prostituta barata? ¿No tienes vergüenza ni educación, niña?

La brillante sonrisa de Lokie desapareció al instante.

Inclinó lentamente la cabeza hacia él.

Una ceja se arqueó apenas.

—¿Molestia... patética? —repitió suavemente, saboreando cada palabra.

Entonces volvió a sonreír.

Despacio.

Dulcemente.

Pero con un peligro imposible de ignorar.

Apoyó ambas manos sobre la enorme mesa negra y, con un movimiento fluido y depredador, subió encima de ella.

Avanzó de rodillas hacia el centro.

La camisa se deslizó ligeramente hacia arriba, aunque jamás perdió el control de sus movimientos.

Se detuvo justo delante de Milton.

Se inclinó muy cerca de él.

Su sonrisa parecía casi cariñosa.

—¿Sabes qué? Creo que me caes bien.

—¿Perdón? —ladró Milton, con el rostro completamente rojo.

—Oh, estás perdonado —respondió Lokie con dulzura.

En un movimiento tan rápido como un relámpago, su mano desapareció bajo el borde de la camisa hasta alcanzar la funda de cuero sujeta a su muslo.

El acero brilló.

Clavó el cuchillo con todas sus fuerzas directamente sobre el dorso de la mano de Milton, atravesándola y dejándola completamente inmovilizada contra la mesa con un repugnante sonido húmedo.

El grito de Milton desgarró la habitación.

Era un alarido puro.

Crudo.

Lleno de agonía.

Rebotó contra el alto techo, destruyendo la arrogancia de todos los hombres presentes.

La sangre comenzó a brotar de inmediato alrededor de la hoja, oscura y espesa, extendiéndose lentamente sobre la brillante superficie negra.

Lokie se inclinó aún más cerca.

Su voz seguía siendo alegre y tranquila, como si nada extraordinario hubiera ocurrido.

—Espero que te guste tu regalito. Ahora... ¿podemos tener un poco de silencio, por favor?

Milton jadeaba y gemía de dolor.

Con la mano libre intentó inútilmente arrancar el cuchillo.

El sudor cubría su frente.

El dolor había deformado completamente su rostro.

Con los ojos desorbitados miró desesperadamente hacia Enzo.

—¿De verdad vas a quedarte ahí sentado dejando que esta perra loca haga lo que le dé la gana?

Todo el rostro de Lokie se iluminó con una felicidad completamente sincera.

Una suave carcajada escapó de su garganta.

—Ahí está... —murmuró, disfrutando cada sílaba—. Perra loca. Me encanta cómo suena cuando sale de tu boca.

Después volvió la cabeza hacia Enzo.

Su sonrisa era brillante, desafiante, como si lo retara a reaccionar.

Su voz descendió hasta convertirse casi en un susurro íntimo y juguetón.

—Ah, por cierto... no esperarás que él interfiera, ¿verdad?

Sostuvo su mirada sin pestañear.

—Un esposo siempre apoya a su esposa... ¿no es así, Enzo?

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