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Chapter 2

last update publish date: 2026-07-21 14:51:32

Enzo se quedó mirando la mancha carmesí que se extendía sobre su camisa. El penetrante olor metálico de la sangre impregnaba el aire. Nadie lo había hecho sangrar jamás. Ni su padre con sus puños de hierro, ni sus hermanos en sus despiadados juegos de poder, y mucho menos los enemigos que lo habían intentado y fracasado. Pero ella sí. Esa mujer con la que lo habían obligado a casarse en una ceremonia que no era más que una burla.

Apretó la mandíbula hasta sentir dolor. Era un deseo de muerte andante, y él estaba más que dispuesto a concedérselo.

—¿Esposo? —Su voz rompió el pesado silencio como una hoja envuelta en seda: suave, casi juguetona. Una sonrisa curvaba sus labios, brillante y desquiciada, muy distinta de la novia dócil que él se había preparado para recibir.

Parecía el caos contenido a duras penas bajo un vestido blanco de encaje. Sus ojos eran demasiado afilados y su postura demasiado serena, como si aquella calma no fuera más que una máscara a punto de romperse para liberar a una bestia salvaje.

—Que te jodan —espetó Enzo, con la voz áspera y cargada de veneno.

Se dio media vuelta y salió furioso, cerrando la puerta de un portazo que retumbó por todo el pasillo.

Lokie lo observó marcharse sin borrar la sonrisa de su rostro. Permaneció allí, desafiante y salvaje, incluso cuando el sonido de sus pasos desapareció.

—Y tú también... esposo —susurró, saboreando la palabra como si fuera veneno mezclado con miel.

Su mirada recorrió la habitación hasta detenerse en Dawn, acurrucada en una esquina junto a su padre. La muchacha parecía pequeña, pálida, olvidada... como un cachorro perdido temblando bajo la lluvia.

Algo dentro de Lokie se quebró por completo.

Un dolor feroz y protector le oprimió el pecho con tanta fuerza que casi le robó el aliento. Quería correr hacia su hermana, abrazarla con todas sus fuerzas y prometerle que todo saldría bien.

Pero las palabras no llegaron.

¿Cómo podía prometer seguridad cuando su propia vida acababa de ser arrancada de raíz y arrojada hacia un futuro desconocido?

No sabía si el camino que tenía delante conducía a la ruina, al fuego... o a algo mucho peor.

En lugar de eso, forzó una sonrisa suave y tranquilizadora, depositando en ella todo el amor que aún le quedaba.

Aguanta, pequeña... por favor, aguanta.

Entonces sus ojos se encontraron con los de su padre.

Su rostro era una máscara vacía. Ni remordimiento, ni tristeza, ni siquiera el más mínimo rastro de humanidad. Solo un cálculo frío.

El odio que había alimentado durante años volvió a arder con fuerza.

Por un instante deseó que él fuera diferente. Que pudiera mirarla con algo... cualquier cosa... que se pareciera al cariño.

Ese deseo sabía a cenizas.

No intercambiaron una sola palabra más.

Los hombres vestidos de negro los rodearon. Unas manos ásperas sujetaron la silla de ruedas y el mundo comenzó a moverse.

Lokie permaneció inmóvil mientras las paredes familiares de la vida que conocía pasaban junto a ella y desaparecían poco a poco.

La casa.

El jardín.

El único lugar donde había logrado sentirse mínimamente a salvo.

Todo quedó atrás, convertido en un recuerdo.

El camino que tenía delante se extendía hacia un futuro inmenso, frío y aterrador.

Una lenta y peligrosa emoción despertó en su estómago.

Bien.

Siempre le habían fascinado las cosas aterradoras.

Porque ser Lokie significaba ser aquello que daba miedo.

---

La empujaron hacia una habitación tan blanca y enorme que los bordes parecían difuminarse, como si hubiera entrado en una tormenta de nieve.

Las ruedas de la silla susurraban sobre el suelo de mármol.

La puerta se cerró de golpe tras ella con un estruendo pesado y definitivo que hizo vibrar sus huesos.

El silencio se tragó todo.

No la habían desatado.

Lokie recorrió la habitación con la mirada, registrando cada detalle impecable: los altos techos, los muebles minimalistas, el tenue aroma a cuero caro y metal frío...

Hasta que sus ojos se clavaron en él.

Enzo estaba sentado al fondo de la habitación. Llevaba unos pantalones grises y una camisa negra con las mangas remangadas. La observaba como si fuera una bomba a punto de explotar.

—¿Piensas quedarte sentado ahí todo el día? —preguntó ella, arqueando una ceja en señal de desafío.

Él no respondió.

Un largo suspiro escapó de los labios de Lokie.

Volvió a examinar la habitación, memorizando las salidas, las sombras y cualquier cosa que pudiera servirle.

Su pulso latía con furia y expectación.

Enzo se levantó despacio.

Cada paso hacia ella era lento y calculado.

Se detuvo a una prudente distancia, como si realmente creyera que podía morderlo.

Durante unos segundos, la tensión chisporroteó entre ambos, espesa, eléctrica y silenciosa.

Después giró sobre sus talones, caminó hacia la pesada puerta de lo que debía ser su dormitorio y entró sin dedicarle una sola mirada.

El clic de la cerradura sonó con una cruel sensación de victoria.

—Mierda... —murmuró Lokie, comprendiendo la situación.

—¡Oye! —gritó, elevando la voz—. ¡Bastardo, vuelve aquí! ¡Eh!... ¡Joder!

Ninguna respuesta.

Solo el sonido amortiguado de sus movimientos al otro lado de la puerta.

Esperó sentir pánico.

Esperó llorar.

Esperó suplicar.

Pero nada de eso ocurrió.

En cambio, una carcajada salvaje brotó de lo más profundo de su pecho y resonó por las impecables paredes de la habitación.

Era una risa llena de rabia, emoción y vida.

Sus ojos brillaban con un oscuro interés.

El fuego que corría por sus venas ardía con más fuerza que nunca.

Después de todo, este matrimonio no va a ser aburrido.

Pasó toda la noche exactamente donde él la había dejado: atada a la silla de ruedas, en medio del enorme salón.

La temperatura descendía poco a poco.

El frío se filtró hasta sus huesos, entumeciendo sus dedos y haciendo visible su respiración en pequeñas nubes blancas.

Cada leve movimiento despertaba un nuevo dolor en sus hombros y muñecas.

Sin embargo, toda esa incomodidad solo alimentaba la tormenta que llevaba dentro.

---

La luz de la mañana se filtró por las ventanas, pálida e implacable.

La puerta del dormitorio de Enzo se abrió lentamente.

Él salió recién duchado. Su cabello aún estaba húmedo y llevaba un traje negro que parecía haber sido confeccionado por el mismísimo diablo.

Cada línea de su cuerpo irradiaba poder y control.

—Vaya... mira quién por fin salió de su escondite —se burló Lokie, con la voz ronca después de la larga y fría noche.

Le dedicó una sonrisa afilada, apuntando directamente a su orgullo.

Enzo ni siquiera la miró.

Pasó de largo mientras el aroma oscuro, caro e irritantemente elegante de su colonia quedaba suspendido en el aire.

Su mano se cerró sobre el pomo de la puerta principal.

—La casa es tuya —dijo con una voz grave y amenazante—. Excepto mi habitación. Mantente bien lejos de ella.

Y se marchó.

Lokie resopló con desprecio mientras forcejeaba con las ataduras.

—Como si pudiera hacer algo desde aquí, imbécil.

Unos instantes después, la puerta volvió a abrirse.

Uno de los guardias entró en silencio.

Se arrodilló y comenzó a quitarle las cadenas.

En cuanto las últimas ataduras cayeron, un dulce alivio recorrió todo su cuerpo.

Movió lentamente los hombros, disfrutando de la sensación de volver a sentir la sangre circular libremente.

Una sonrisa astuta apareció en sus labios.

—Gracias —susurró con inesperada suavidad.

El guardia asintió una sola vez y se dio la vuelta para marcharse.

—Oye... —lo llamó ella con una voz tan dulce como el azúcar envenenado—. Tira esa basura... y asegúrate de que nunca vuelva a verla.

En cuanto el hombre salió de la habitación, Lokie se puso de pie.

Cruzó el salón con pasos tranquilos y decididos, sin apartar la vista de la puerta prohibida.

La advertencia de Enzo seguía resonando en su cabeza.

Pero solo consiguió avivar aún más el fuego que ardía dentro de ella.

—Nunca deberías decirme lo que no debo hacer... —murmuró al vacío mientras una sonrisa peligrosa se extendía por su rostro—. Porque esas son precisamente las cosas que mejor hago... y las hago con pasión.

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