MasukKael cerró con cuidado la puerta del dormitorio de Elena, asegurándose de que ningún ruido perturbara el sueño de su hermana. Apenas un rato antes, tras apurar la última copa de vino, ella había llorado echando de menos a su marido antes de sucumbir finalmente al alcohol.
Kael dejó escapar un suspiro corto y avanzó por el pasillo en penumbra del piso superior. El sonido de sus pasos quedaba amortiguado por la tupida moqueta. Se suponía que debía ir directo hacia el ala derecha, donde se encontraba su habitación. Sin embargo, al pasar por el medio del pasillo, redujo el paso. Sus ojos se vieron atraídos por una puerta de madera blanca situada junto a la habitación de Theo. La puerta no estaba cerrada del todo. Una pequeña rendija dejaba filtrar la tenue luz amarilla del interior, cortando la oscuridad del pasillo como una fina línea dejada abierta a propósito. Kael dejó ir una risita silenciosa, casi burlona. —Poco vigilante —murmuró hacia la oscuridad, con voz cínica y baja. No entendía cómo alguien podía sentirse lo bastante seguro en una casa ajena como para dejarse la puerta sin pasar el cerrojo. Se detuvo justo delante. Lógicamente, aquella era una línea que no debía cruzar; dar un solo paso hacia el interior podía ser un error que arruinara su reputación a los ojos de Elena, y tal vez más allá. Sin embargo, algo más salvaje que su propio juicio le mantuvo los pies clavados en el suelo: una curiosidad oscura e inquietante. Antes de que pudiera echarse atrás por completo, su mano ya había empujado la puerta. Dentro, Kael no encontró a Lyra en la cama. Su mirada recorrió de inmediato la estancia en penumbra, hasta posarse en un rincón cerca de la ventana abierta. La rendija dejaba entrar el aire fresco de la noche, cargado con el olor persistente de la lluvia. Allí, Lyra estaba sentada en el suelo, apoyada contra el lateral de la cama. Llevaba aún la misma camiseta de punto, con las rodillas pegadas al pecho y el rostro completamente oculto entre los pliegues de su propio cuerpo. Los hombros de Lyra temblaban suavemente. Sus sollozos eran silenciosos. Kael permaneció en el umbral, agarrando aún con fuerza el pomo de la puerta. Algo en su pecho se encogió también, incómodo ante aquella estampa, aunque se negara a reconocerlo. Al lado de Lyra yacía un pequeño juguete tejido a ganchillo: de forma sencilla, pero con un significado bastante claro sin necesidad de explicaciones. Kael no se movió. Por lo general, siempre sabía qué hacer en cualquier situación, pero esta vez sintió como si hubiera perdido el rumbo. —Llorar en la oscuridad no te devolverá a tu bebé. La voz de Kael sonó baja y plana, rompiendo el silencio con una precisión casi hiriente. Lyra se sobresaltó y levantó la cabeza de golpe. Sus ojos húmedos y enrojecidos se clavaron de inmediato en la figura de Kael en el umbral, con una expresión en la que se mezclaban el descolocamiento, la vergüenza y un dolor más profundo y primario. —Señor Kael... —Lyra se limpió a toda prisa la cara, intentando ponerse en pie, pero sus piernas no tenían fuerza suficiente para sostenerla. Le tembló la voz al continuar—: Lo siento, no sabía que iba a entrar. La señora Elena... —Elena ya está dormida. Está demasiado borracha para pensar en ti —la interrumpió Kael, manteniendo un tono calmado, casi frío. Dio un paso hacia el interior sin esperar respuesta y cerró la puerta a sus espaldas con suavidad, pero con firmeza. Kael se acercó más. Con cada paso, parecía adueñarse de aquel pequeño espacio sin esfuerzo. Se detuvo justo delante de Lyra y se inclinó, mirando a la mujer, que parecía mucho más pequeña desde ese ángulo. —¿Qué es eso? —preguntó Kael, posando la mirada en el juguete de ganchillo del suelo. Lyra lo escondió por instinto a sus espaldas. —No es nada. Por favor, señor... es tarde. Tengo que descansar para que mañana... —No uses a Theo como excusa cada vez que quieras huir de mí. Kael se arrodilló frente a ella. El movimiento anuló por completo la distancia entre ambos, obligando a Lyra a mirarlo cara a cara. El aroma intenso y masculino de Kael impregnó el espacio que los separaba, haciendo que el aire alrededor de Lyra se sintiera más pesado que antes. Kael alargó la mano. Su pulgar tocó la mejilla de Lyra, limpiando el rastro de las últimas lágrimas aún húmedas allí. —Hueles a tristeza, Lyra —murmuró, antes de mirarla finalmente más a fondo en los ojos—. Y eso me hace preguntarme... cuánto dolor debe de sentir tu corazón para estar dispuesta a entregarte al hijo de otra persona, mientras tú misma pareces irte desmoronando por dentro poco a poco. El contacto del pulgar de Kael en su mejilla se sintió como un ancla en medio de una tormenta de duelo que nunca terminaba de amainar. Por un momento, Lyra no se movió. Se limitó a contemplar los ojos oscuros de Kael, como buscando una pequeña rendija que pudiera sostener parte del peso que le oprimía el pecho desde hacía tanto tiempo. —Hoy habría cumplido tres semanas —susurró Lyra; se le quebró la voz al final de la frase, ronca y débil—. Debería ser yo la que se despertara con sus llantos... no por este dolor interminable en el pecho. —Tomó una bocanada corta de aire, como si se hubiera quedado sin aliento a mitad de frase—. Solo... siento que soy una ladrona en esta casa, señor. Robándole a Theo unos abrazos que deberían ser de mi hijo. Los dedos de Kael se movieron despacio, trazando ahora la línea de la mandíbula de Lyra. Fue en ese momento cuando algo en el interior de ella cambió. Todo se volvió difuso, tornándose peligroso. Lyra se apartó bruscamente del tacto de Kael; se le cortó la respiración en el pecho. —¿Qué estoy haciendo? —se susurró a sí misma. Lyra endureció su expresión, sellando la grieta que se había abierto por un instante. Su voz volvió a sonar rígida—: Salga, señor. No debería estar aquí. Esta es mi habitación privada. Los efectos del vino que Kael había compartido con Elena antes empezaban a hacer mella, aflojando el férreo control que solía mantener sobre sí mismo. Las emociones que había estado reprimiendo todo este tiempo comenzaron a salir a la superficie: una mezcla de frustración, curiosidad y algo que le resultaba aún más difícil de nombrar. —¿Me estás echando? —La voz de Kael bajó de tono, sonando más pesada, más contenida de lo habitual. —Por favor, márchese —dijo Lyra, señalando la puerta con mano temblorosa—. Está borracho, señor. En lugar de obedecer, Kael se acercó más, atrapando a Lyra entre él y el poste de la cama. Apoyó ambas manos a cada lado del cuerpo de ella. —No estoy borracho, Lyra —gruñó Kael, con voz baja y densa—. Sigo lo bastante lúcido como para saber lo que pasa. Tomó aire brevemente. —Llevo conteniéndome desde la primera vez que te vi en la cocina. Te dejé marchar a la habitación del bebé antes, incluso cuando preferiste volverte a encerrar en tu propio silencio. Pero no me obligues a seguir fingiendo que no veo lo que te está pasando de verdad. —Señor Kael, si sigue haciendo ruido... podría despertar a Theo... —Basta —la cortó Kael, con un tono más afilado que antes—. Deja de esconderte tras esa excusa. Deja de actuar como si fueras solo una nodriza salvando al bebé de otra persona. Eres una mujer, Lyra. Y tú también llevas una carga que no puedes seguir soportando sola. Kael le agarró la cintura a Lyra, atrayéndola hacia sí con un tirón firme hasta que la distancia entre ellos desapareció. —Déjame entrar —murmuró, con una voz tan baja que rozó casi su oído—. No me empujes siempre, como si no necesitaras a nadie. Lyra intentó empujar el pecho de Kael, pero él no se movió ni un milímetro. En su lugar, estrechó aún más el espacio entre ambos. Su mirada bajó despacio, fijándose en los labios de Lyra mientras ella exhalaba de forma irregular. Lyra sintió como si estuviera al borde de un abismo sin fondo a la vista. Si rechazaba a Kael y se quedaba atrapada en aquel dolor, sabía que se iría pudriendo lentamente en la oscuridad del silencio. Si se permitía sucumbir al calor de este hombre —un hombre al que ni siquiera conocía del todo—, esa culpa se convertiría en una traición a su propio hijo. Eligiera el camino que eligiera, Lyra no encontraba una salida limpia. Solo pecado bajo un disfraz diferente.—¿Tú… no puedes responder a eso? —preguntó Lyra, con la voz sonando dolorosamente frágil.—Toda esta posesividad, todos estos besos, que me prohíbas marcharme… —continuó, mientras los ojos se le volvían a empañar—. Kael, ¿qué significo verdaderamente para ti? ¿Acaso… sientes algo por mí, o solo soy algo que no quieres que nadie más tenga?Kael permaneció en silencio. Apretó la mandíbula y su mirada se volvió distante y extraña.Las preguntas sobre sentimientos eran el único terreno en el que jamás quería adentrarse. Kael estaba acostumbrado a soportar la presión de ser el heredero de los Blackwood, acostumbrado a lidiar con gente que intentaba destruirlo y acostumbrado a controlar casi cualquier situación a su alcance.Pero al enfrentarse a sus propios sentimientos, todo ese control parecía esfumarse.El silencio que flotaba en la cocina se volvió cada vez más opresivo. Transcurrieron varios segundos y Kael seguía sin decir palabra.Al ver su silencio, las lágrimas que Lyra había esta
La lluvia del exterior se fue volviendo cada vez más intensa, golpeando los ventanales de cristal del ático con un ritmo constante. En el interior, las luces principales se habían apagado a propósito, dejando únicamente el tenue resplandor amarillo de una lámpara de pie en la esquina, que creaba un ambiente cálido e íntimo.Lyra dejó por fin las agujas de tejer sobre la mesa.Un par de diminutos patucos de bebé de color azul claro con encaje blanco estaba completamente terminado. Sostuvo las pequeñas prendas a la altura de su rostro, contemplando su propio trabajo con un destello de ternura en la mirada.La añoranza que sentía por Theo se suavizaba un poco cada vez que se imaginaba los piesecitos del bebé calzando los patucos que ella misma le había hecho.Kael, que la había estado observando desde detrás de los documentos de trabajo desplegados sobre su regazo, cerró la carpeta de gruesas pastas. Extendió la mano y tomó uno de los pequeños patucos de las manos de Lyra.Se veía tan di
Esa primera noche en el nuevo hogar transcurrió con un ritmo extraño: inquietante y, sin embargo, con una vaga sensación de calma que Lyra no esperaba en absoluto.Kael no la trató con dureza como en las noches anteriores. Se limitó a abrazarla con fuerza por la espalda sobre la espaciosa cama, que se abría directamente a un mar de luces a lo largo de Seattle, como para cerciorarse de que Lyra continuaba entre sus brazos cuando abrió los ojos a la mañana siguiente.Y al llegar la mañana, dio comienzo su nueva rutina.El ático se sentía infinitamente más aislado que su antiguo apartamento. Mientras que antes Lyra aún podía percibir levemente los ruidos de los vecinos o el murmullo lejano del tráfico, aquí —en la última planta de un rascacielos— el silencio resultaba casi absoluto.Las paredes insonorizadas y una privacidad casi perfecta hacían parecer que el lugar existiera al margen de la vida de la ciudad. Seattle se desplegaba tras los ventanales de cristal, pero todo allí fuera par
En el interior del coche que se deslizaba suavemente por las calles de Seattle esa tarde, el contraste entre ambos pasajeros no podía ser mayor.Lyra permanecía sentada con rigidez al lado de Kael, mirando por la ventanilla con la mirada perdida. Los altos edificios, los semáforos y las hileras de vehículos que se cruzaban a su paso desfilaban ante ella como un borrón, incapaces de penetrar verdaderamente en su mente.Sus pensamientos continuaban fijos en la sucesión de acontecimientos que se habían desencadenado demasiado deprisa. Demasiadas cosas habían cambiado en muy poco tiempo, y aún no había tenido ocasión de asimilar ninguna de ellas.Por otra parte, el hombre al volante parecía encontrarse en un estado de ánimo completamente distinto.Kael conducía mostrando una postura muchísimo más relajada tras días viviendo bajo una tensión constante. No era capaz de disimular la sonrisa de satisfacción que permanecía en su rostro desde que abandonaron el apartamento.La mano derecha de K
En el interior del apartamento, Lyra permanecía sentada en el borde de la cama, sujetándose las rodillas fuertemente contra el pecho. Los patucos de bebé que había estado tejiendo el día anterior yacían ahora abandonados sobre la mesilla de noche, olvidados e inacabados.Desde que Elena y Kael se marcharon el día anterior, la inquietud se le había asentado en el pecho, impidiéndole respirar con tranquilidad ni por un instante. Cada minuto transcurrido se sentía como una tortura; era como si el tiempo se hubiera ralentizado a propósito solo para prolongar la angustia que le devoraba la mente.Sabía que, tras el encuentro de ayer, un choque entre Kael y Elena en la mansión era solo cuestión de tiempo.Pi. Pi. Pi.El sonido del código de acceso introduciéndose en la puerta de entrada rompió de golpe el silencio del apartamento.El cuerpo de Lyra se tensó en el acto. Bajó rápidamente ambos pies al suelo y se puso en pie, alerta y en tensión, con la mirada fija en la puerta del dormitorio
A la mañana siguiente...El ambiente en el comedor de la mansión era silencioso y gélido, en marcado contraste con el suntuoso desayuno servido sobre la larga mesa. Solo se escuchaba el tintineo ocasional de los cubiertos; por lo demás, la estancia estaba envuelta en un silencio asfixiante.Kael ocupaba un extremo de la mesa ataviado con una camisa gris oscura de corte impecable, con los botones superiores desabrochados. Llevaba las mangas remangadas con pulcritud, mientras sus dedos se movían con parsimonia y precisión cortando la carne de su plato. No había prisa alguna en sus movimientos, como si nada aquella mañana pudiera perturbar su compostura.Al otro lado de la mesa estaba sentada Elena, removiendo su té de vez en cuando. Sin embargo, toda su atención permanecía fija en su hermano.Las ausencias cada vez más frecuentes de Kael de la mansión habían empezado a







