로그인Los dedos de Kael tocaron la nuca de Lyra y descendieron lentamente, trazando la línea de su columna vertebral. Sus movimientos eran casi cautelosos, como si cada centímetro que rozaba fuera algo que no debía tratarse con ligereza.
Lyra cerró los ojos con fuerza. Sus dedos apretaron la tela sobre su regazo hasta que los nudillos se le pusieron blancos. —Señor... por favor, no lo haga —susurró. Se le quebró la voz, llena de una ansiedad que le resultaba cada vez más difícil de ocultar. Kael no retiró la mano. Su cálida palma se movía despacio por la espalda de Lyra, como intentando calmar el temblor que no remitía. Bajo su tacto, el cuerpo de ella se sentía rígido, con cada músculo tenso como una cuerda demasiado tirante. —Estás muy tensa, Lyra —murmuró Kael. Su voz estaba tan cerca que hizo que a Lyra se le cortara la respiración. Kael inclinó ligeramente la cabeza hacia abajo, mientras un dulce aroma le llenaba los sentidos y desbarataba aún más la compostura de la que siempre se había enorgullecido. —¿No dijo Elena que tenías que relajarte por el bien de Theo? Lyra sacudió la cabeza débilmente. —Esto... esto no me ayudará a relajarme. La respiración se le aceleró al pronunciar aquellas palabras. La presencia de Kael se sentía demasiado cercana, demasiado real. Era como si todo el espacio a su alrededor se fuera reduciendo poco a poco hasta que no quedó nada más que la certeza del hombre que estaba de pie tras ella. La mano de Kael, que había estado apoyada en la espalda de Lyra, se deslizó lentamente hacia su cintura. Con un movimiento apenas perceptible, la atrajo un poco hacia atrás hasta que Lyra no tuvo hacia dónde ir. En esa posición, se sintió todavía más vulnerable. Lyra contuvo el aliento. No se atrevía a girar la cabeza ni a moverse demasiado. Hasta el roce de la tela le resultaba ensordecedor en los oídos. —¿Ah, sí? —susurró Kael justo en el oído de Lyra, enviándole un repentino escalofrío por la espalda—. Pero los latidos de tu corazón dicen otra cosa. ¿Me tienes miedo a mí, o tienes miedo de tus propios sentimientos cuando te toco así? Las yemas de los dedos de Kael se movieron despacio, casi de forma imperceptible, hacia el borde de la tela que aún le cubría el pecho. En ese preciso instante, unos pasos apresurados resonaron en el pasillo exterior, seguidos por la voz de Elena llamando a una sirvienta. El sonido pareció devolver al mundo a su ritmo habitual, rompiendo la tensión que se había prolongado demasiado tiempo entre Kael y Lyra. Lyra reaccionó primero. Con el poco juicio que le quedaba en medio del pánico, se zafó de un tirón, se subió a toda prisa la blusa sobre los hombros y se la abotonó con manos que aún temblaban. Su respiración era irregular, y su pecho subía y bajaba demasiado rápido como para proyectar calma, mientras su mente luchaba por recomponerse como si no hubiera pasado nada. Kael, por su parte, recuperó su compostura habitual en cuestión de segundos. Se erguó y su expresión se endureció hasta volverse fría e indescifrable, dando dos pasos atrás justo cuando la puerta se abría de par en par. Elena entró con la sonrisa ligera que solía llevar en público, pero se detuvo en seco al ver a Kael allí. —¿Kael? ¿Qué haces aquí? —preguntó con un tono cálido y sin sospechar nada. Kael se metió las manos en los bolsillos del pantalón, apoyándose con desenvoltura contra la librería infantil. —Solo me aseguraba de que mi sobrino no le esté dando problemas a su niñera —respondió con voz plana. Echó una mirada fugaz hacia Lyra: lo bastante rápida para parecer casual, lo bastante punzante para hacer que Lyra agachara aún más la cabeza, ocupándose en colocar la manta de Theo mientras intentaba estabilizar su respiración, que aún no había vuelto a la normalidad. Elena soltó una risita, completamente ajena a la tensión en la estancia. —No es propio de ti ser tan atento. —Se giró hacia Lyra—. Lyra, ¿estás bien? Tienes la cara muy roja. ¿Hace demasiado calor aquí dentro? Lyra agachó la cabeza todavía más, evitando por instinto la mirada de cualquiera en la habitación. Asintió despacio. —S-sí, señora. Está un poco cargado el ambiente. Sin pensarlo dos veces, Elena caminó hacia el panel de control de temperatura en la pared, cerca de la puerta. Con unos toques con los dedos ajustó el termostato y, poco después, comenzó a fluir un aire fresco que alivió el sofocante calor del cuarto. Se giró de nuevo, ofreciendo a Lyra una breve sonrisa protectora antes de dirigirse finalmente a su hermano pequeño. —En ese caso, Kael, sal de aquí. No las molestes. Mientras hablaba, Elena tomó a Kael del brazo para guiarlo fuera de la habitación. Kael cedió, caminando sin poner resistencia, y el sonido de sus pasos se fue perdiendo lentamente por el pasillo. Una vez que el silencio regresó por completo, Lyra sintió como si hubiera perdido su último punto de apoyo. Se le cayeron un poco los hombros al exhalar por fin el aire que había estado reteniendo sin darse cuenta durante todo ese tiempo. Miró a Theo, contemplándolo detenidamente, como si lo usara de ancla para evitar que sus pensamientos volvieran a lo que acababa de suceder. *** Elena sirvió el líquido rojo oscuro en dos copas de cristal, tranquila pero sin firmeza plena. Por un momento se detuvo; sus ojos captaron su propio reflejo en la superficie del vino, que oscilaba levemente, como si algo se estuviera resquebrajando bajo la máscara que llevaba todos los días. Estaban en el balcón del segundo piso. El aire húmedo de la tarde traía una fina niebla desde la zona del jardín de la finca, devorando la silueta de los árboles hasta hacerlos parecer un cuadro sin terminar. —A veces siento que soy una madre terrible —murmuró Elena, con una voz casi ahogada por el susurro del viento. Le entregó una de las copas a Kael sin mirarlo a los ojos—. Puedo estar aquí de pie con este vino caro, mientras Lyra... ella ni siquiera tiene permitido probar una sola gota de cafeína por el bien de mi hijo. Elena suspiró y luego dio un sorbo a su bebida con una culpa que ya no intentaba ocultar. —Yo di a luz a Theo, pero ha sido el cuerpo de otra mujer el que le ha dado la vida. Se siente... extraño. Como si estuviera robando la juventud y la libertad de otra persona para luego decir que ha sido la decisión correcta. Kael tomó la copa; sus dedos apenas rozaron el cristal frío antes de sujetarla con firmeza. —No seas tan dura contigo misma. Le diste un hogar, seguridad y un propósito en la vida después de que perdiera su propio mundo. Es un trato justo. —¿Justo? —Elena esbozó una sonrisa irónica, pero sin calidez en ella—. Quizá para nosotros. Pero Lyra lo ha dado todo. Su cuerpo, sus emociones... Kael no respondió de inmediato. Sus pensamientos se habían desviado hacia otra parte, hacia esa misma mañana, cuando el cuerpo de Lyra temblaba bajo su tacto. —¿Tu marido sigue en Londres? —preguntó Kael tras un momento, llevando la conversación hacia un terreno más seguro. Elena asintió con cansancio. —Los asuntos del banco nunca se terminan. Puede que no vuelva hasta el mes que viene. Por eso me alegro de que te hayas pasado por aquí, Kael. Esta casa es demasiado grande para estar solo yo, el servicio y Theo. Kael bebió de su copa, mirando hacia el jardín, ahora engullido por la niebla. —Ahora tienes a esa nodriza. Parece bastante competente. —¿Lyra? —Elena apoyó la espalda contra la barandilla del balcón y su expresión se suavizó un poco al pronunciar el nombre—. Ah, es una bendición. Ya sabes lo destrozada que estaba cuando no me salía la leche. Pero ella... ella tampoco lo ha tenido fácil. Perdió a su propio bebé no hace mucho. Quizá por eso está tan dedicada a Theo. Es como si se estuvieran curando mutuamente. Kael se quedó en silencio un instante. Hubo un fugaz destello en sus ojos al oír la palabra «curando». Para él, Lyra no parecía alguien que se estuviera recuperando: se asemejaba más a una bomba de relojería envuelta en dolor. —No te involucres demasiado emocionalmente. Solo es una empleada —comentó Kael con frialdad, mientras por dentro intentaba poner cierta distancia entre él y sus propios pensamientos, que empezaban a derivar en una dirección a la que no quería ir. Elena dejó ir una breve risa, ligera pero llena de agudeza. —Siempre tan cínico. Hablando de trabajo, ¿cómo va tu proyecto en Zúrich? Oí que estás diseñando un nuevo museo allí. ¿Es eso lo que te tiene tan tenso últimamente? Kael hizo girar el vino en su copa; el líquido formó un remolino con el movimiento. El proyecto del museo avanzaba sin contratiempos reseñables, pero estaba claro que su mente no se encontraba en Zúrich en ese momento. Lo único que quedaba era una imagen no invitada: la piel del hombro de Lyra captando la luz, blanca y en marcado contraste con el espacio a su alrededor. —El trabajo es solo trabajo. A veces solo necesito distraerme de las piedras de siglos de antigüedad y de los informes de conservación —respondió Kael, manteniendo un tono plano. Elena lo miró detenidamente esta vez, con clara suspicacia, antes de esbozar finalmente una pequeña sonrisa, como optando por no presionar más el asunto. —A lo mejor de verdad necesitas descansar aquí un poco más. Pero recuerda, no molestes a la gente de mi casa con esa actitud tuya tan fría. Especialmente a Lyra. Es muy frágil. No hagas que se sienta incómoda. Kael simplemente esbozó una leve sonrisa maliciosa, una expresión difícil de descifrar incluso para quienes lo conocían de toda la vida. —No haré que se sienta incómoda. Solo quiero asegurarme de que haga muy bien su trabajo.—¿Tú… no puedes responder a eso? —preguntó Lyra, con la voz sonando dolorosamente frágil.—Toda esta posesividad, todos estos besos, que me prohíbas marcharme… —continuó, mientras los ojos se le volvían a empañar—. Kael, ¿qué significo verdaderamente para ti? ¿Acaso… sientes algo por mí, o solo soy algo que no quieres que nadie más tenga?Kael permaneció en silencio. Apretó la mandíbula y su mirada se volvió distante y extraña.Las preguntas sobre sentimientos eran el único terreno en el que jamás quería adentrarse. Kael estaba acostumbrado a soportar la presión de ser el heredero de los Blackwood, acostumbrado a lidiar con gente que intentaba destruirlo y acostumbrado a controlar casi cualquier situación a su alcance.Pero al enfrentarse a sus propios sentimientos, todo ese control parecía esfumarse.El silencio que flotaba en la cocina se volvió cada vez más opresivo. Transcurrieron varios segundos y Kael seguía sin decir palabra.Al ver su silencio, las lágrimas que Lyra había esta
La lluvia del exterior se fue volviendo cada vez más intensa, golpeando los ventanales de cristal del ático con un ritmo constante. En el interior, las luces principales se habían apagado a propósito, dejando únicamente el tenue resplandor amarillo de una lámpara de pie en la esquina, que creaba un ambiente cálido e íntimo.Lyra dejó por fin las agujas de tejer sobre la mesa.Un par de diminutos patucos de bebé de color azul claro con encaje blanco estaba completamente terminado. Sostuvo las pequeñas prendas a la altura de su rostro, contemplando su propio trabajo con un destello de ternura en la mirada.La añoranza que sentía por Theo se suavizaba un poco cada vez que se imaginaba los piesecitos del bebé calzando los patucos que ella misma le había hecho.Kael, que la había estado observando desde detrás de los documentos de trabajo desplegados sobre su regazo, cerró la carpeta de gruesas pastas. Extendió la mano y tomó uno de los pequeños patucos de las manos de Lyra.Se veía tan di
Esa primera noche en el nuevo hogar transcurrió con un ritmo extraño: inquietante y, sin embargo, con una vaga sensación de calma que Lyra no esperaba en absoluto.Kael no la trató con dureza como en las noches anteriores. Se limitó a abrazarla con fuerza por la espalda sobre la espaciosa cama, que se abría directamente a un mar de luces a lo largo de Seattle, como para cerciorarse de que Lyra continuaba entre sus brazos cuando abrió los ojos a la mañana siguiente.Y al llegar la mañana, dio comienzo su nueva rutina.El ático se sentía infinitamente más aislado que su antiguo apartamento. Mientras que antes Lyra aún podía percibir levemente los ruidos de los vecinos o el murmullo lejano del tráfico, aquí —en la última planta de un rascacielos— el silencio resultaba casi absoluto.Las paredes insonorizadas y una privacidad casi perfecta hacían parecer que el lugar existiera al margen de la vida de la ciudad. Seattle se desplegaba tras los ventanales de cristal, pero todo allí fuera par
En el interior del coche que se deslizaba suavemente por las calles de Seattle esa tarde, el contraste entre ambos pasajeros no podía ser mayor.Lyra permanecía sentada con rigidez al lado de Kael, mirando por la ventanilla con la mirada perdida. Los altos edificios, los semáforos y las hileras de vehículos que se cruzaban a su paso desfilaban ante ella como un borrón, incapaces de penetrar verdaderamente en su mente.Sus pensamientos continuaban fijos en la sucesión de acontecimientos que se habían desencadenado demasiado deprisa. Demasiadas cosas habían cambiado en muy poco tiempo, y aún no había tenido ocasión de asimilar ninguna de ellas.Por otra parte, el hombre al volante parecía encontrarse en un estado de ánimo completamente distinto.Kael conducía mostrando una postura muchísimo más relajada tras días viviendo bajo una tensión constante. No era capaz de disimular la sonrisa de satisfacción que permanecía en su rostro desde que abandonaron el apartamento.La mano derecha de K
En el interior del apartamento, Lyra permanecía sentada en el borde de la cama, sujetándose las rodillas fuertemente contra el pecho. Los patucos de bebé que había estado tejiendo el día anterior yacían ahora abandonados sobre la mesilla de noche, olvidados e inacabados.Desde que Elena y Kael se marcharon el día anterior, la inquietud se le había asentado en el pecho, impidiéndole respirar con tranquilidad ni por un instante. Cada minuto transcurrido se sentía como una tortura; era como si el tiempo se hubiera ralentizado a propósito solo para prolongar la angustia que le devoraba la mente.Sabía que, tras el encuentro de ayer, un choque entre Kael y Elena en la mansión era solo cuestión de tiempo.Pi. Pi. Pi.El sonido del código de acceso introduciéndose en la puerta de entrada rompió de golpe el silencio del apartamento.El cuerpo de Lyra se tensó en el acto. Bajó rápidamente ambos pies al suelo y se puso en pie, alerta y en tensión, con la mirada fija en la puerta del dormitorio
A la mañana siguiente...El ambiente en el comedor de la mansión era silencioso y gélido, en marcado contraste con el suntuoso desayuno servido sobre la larga mesa. Solo se escuchaba el tintineo ocasional de los cubiertos; por lo demás, la estancia estaba envuelta en un silencio asfixiante.Kael ocupaba un extremo de la mesa ataviado con una camisa gris oscura de corte impecable, con los botones superiores desabrochados. Llevaba las mangas remangadas con pulcritud, mientras sus dedos se movían con parsimonia y precisión cortando la carne de su plato. No había prisa alguna en sus movimientos, como si nada aquella mañana pudiera perturbar su compostura.Al otro lado de la mesa estaba sentada Elena, removiendo su té de vez en cuando. Sin embargo, toda su atención permanecía fija en su hermano.Las ausencias cada vez más frecuentes de Kael de la mansión habían empezado a







