INICIAR SESIÓNBajo la mirada penetrante de Kael, Lyra sintió que el mundo que había construido sobre su duelo comenzaba a resquebrajarse por los bordes.
Durante semanas, se había encerrado en una especie de ataúd emocional, convencida de que solo continuando ahogada en el dolor podría permanecer fiel a algo que había perdido. Pero esta noche, Kael, que traía consigo un tenue olor a alcohol y una calma casi amenazante, le ofrecía algo que ella siempre se había negado a aceptar: la posibilidad de volverse a sentir viva. —No puedes seguir escondiéndote tras tu duelo, Lyra —susurró Kael con voz pesada. Kael no dejó espacio para una respuesta. Anuló la distancia entre ellos con un beso, y el mundo de Lyra pareció perder otra capa más de protección. Lyra ahogó un gemido, pero sus manos contra el pecho de Kael fueron perdiendo fuerza gradualmente. Había algo en aquella cercanía que comenzaba a derribar la barrera emocional que ella había mantenido bajo llave todo este tiempo. El beso se convirtió en algo más profundo y oscuro. Kael dejó ir un gruñido bajo al sentir los dedos temblorosos de Lyra agarrar el cuello de su camisa, atrayéndolo hacia ella. Cuando Lyra echó la cabeza un poco hacia atrás, intentando coger aire en medio de tanta cercanía, su mirada bajó. Allí, el juguete de ganchillo yacía en el suelo, junto a la rodilla de Kael. Al instante, el tiempo pareció detenerse. En medio de la bruma del momento, algo en el interior de Lyra se vino abajo de una forma mucho más brutal. La culpa la golpeó de lleno. ¿Cómo había podido estar a punto de perderse en el abrazo de alguien, mientras el rastro mismo de su pérdida seguía justo delante de sus ojos? —S-señor... pare... —A Lyra se le quebró la voz mientras encogía los hombros hacia arriba, intentando poner distancia. Su respiración volvía a entrecortarse en medio de los sollozos que brotaban de nuevo. Kael se quedó helado; su aliento, aún pesado, rozó la mejilla húmeda de Lyra. Tras su rechazo, comenzó a intuir una grieta en su compostura. —Márchese —dijo Lyra con voz temblorosa. Empujó a Kael con las pocas fuerzas que le quedaban, y esta vez él cedió y dio un paso atrás. Lyra se desmoronó de inmediato, acurrucándose como intentando recoger los pedazos dispersos de sí misma. —No soy una distracción —dijo en voz baja, más para sí misma que para Kael—. Y usted... nunca podrá reemplazar lo que me falta en la vida. Kael se puso en pie, con la camisa arrugada y la respiración todavía algo agitada. La rabia centelleó tras su mandíbula apretada. —¿Crees que puedes seguir refugiándote en esta tristeza? —La voz de Kael volvió a tornarse fría—. Adelante, Lyra. Ahógate hasta que te pierdas del todo. Hizo una pausa por un instante, conteniendo algo más personal que la mera emoción. —Pero no pretendas borrar lo que acaba de pasar. Lo recordarás. Y recordarás que no lo rechazaste por completo. Sin esperar respuesta, Kael se dio la vuelta. La puerta del dormitorio se cerró con un golpe seco, dejando un vacío que se sentía aún más desolado que antes. Lyra recogió el juguete de ganchillo del suelo y se lo apretó con fuerza contra el pecho, como si fuera lo único de lo que aún podía estar segura en medio del caos que acababa de desatarse. Fue entonces cuando su cuerpo empezó a temblar y las lágrimas cayeron finalmente sin freno. *** Esa mañana, Lyra permaneció frente al espejo más tiempo del habitual. Intentó disimular las ojeras con un poco de polvo, aunque apenas sirvió de nada. Se abotonó la camisa hasta arriba, como si la tela pudiera servir como barrera final entre ella y lo sucedido la noche anterior. Cuando entró en el comedor, Elena ya estaba sentada allí, con aspecto fresco y sereno. —Buenos días, Lyra. Siéntate. Estás pálida —dijo Elena con ligereza mientras servía zumo de naranja. —Buenos días, señora. Es solo que... no he dormido lo suficiente —respondió Lyra, manteniendo la voz firme para no dar pie a más preguntas. Apenas había apartado la silla cuando el sonido de unas pisadas firmes la hizo dudar por un instante. Kael apareció por la escalera. Tenía el pelo aún húmedo y la ropa limpia, aunque no impecable del todo. El aroma fresco a jabón lo acompañó al entrar en la estancia. Kael no saludó a nadie. Se sentó en la silla frente a Lyra con ademán tranquilo, como si la noche anterior no hubiera destrozado la paz mental de una mujer. —Kael, te ves de mejor cuerpo esta mañana. No como ayer, que parecías agotado —bromeó Elena con una risita. Kael no respondió de inmediato. Su mirada se posó un instante en Lyra. —Encontré la manera de despejar la mente —dijo finalmente—. Aunque no todo salió como esperaba. Los movimientos de Lyra casi se detuvieron. Apretó las manos alrededor de la servilleta por debajo de la mesa, como si la tela fuera lo único que evitaba que se desmoronara allí mismo. —¿Ah, sí? Me alegro, entonces —respondió Elena sin sospechar nada—. Por cierto, Lyra, hoy tengo que ir al pueblo por unos asuntos de la fundación. Mi marido ha enviado unos documentos que deben firmarse. Así que le he pedido a Kael que se quede aquí contigo. A Lyra se le puso el corazón en la garganta. —Señora, no es necesario. Puedo ocuparme de Theo yo sola con el personal de servicio... —No digas tonterías, Lyra. Esta finca es demasiado grande y está demasiado aislada —la interrumpió Elena, manteniendo un tono ligero—. Además, Kael no tiene planes para hoy. Elena se giró hacia su hermano pequeño, que tomaba un sorbo de café. —Kael, no te importa, ¿verdad? Asegúrate de que Lyra coma bien y de que Theo no se porte mal. —Por supuesto. Me aseguraré de que la nodriza de Theo tenga todo lo que necesita —murmuró Kael, con un tono que sonó normal para cualquiera, salvo para Lyra, que captó el trasfondo con total claridad—. La tendré muy bien vigilada. Elena pareció satisfecha y se levantó para ir a arreglarse. En cuanto se cerró la puerta del comedor, la estancia quedó sumida en un silencio que ya no tenía nada de neutral. Lyra se puso en pie de inmediato, con la intención de marcharse. —Siéntate —la voz de Kael la detuvo antes de que pudiera dar más de un par de pasos—. No has terminado el desayuno. —No tengo hambre, señor Kael —respondió Lyra en voz baja, esta vez con firmeza. Se atrevió incluso a mirar a Kael directamente a los ojos, impulsada por la rabia que había contenido desde la noche anterior. Kael dejó su taza. El sonido de la porcelana al tocar la mesa fue tenue, pero suficiente para acaparar la atención de Lyra. Se levantó. Sus pasos eran pausados mientras rodeaba la mesa, hasta detenerse justo detrás de la silla de Lyra. Sin previo aviso, Kael se inclinó. Apoyó ambas manos entre el borde de la mesa y el respaldo de la silla, atrapándola eficazmente sin llegar a ponerle una mano encima. —No intentes desafiarme —le susurró justo al oído—. Siéntate y come. O le contaré a Elena lo descontrolada que estabas anoche. Lyra cerró los ojos y su respiración se volvió entrecortada. —Se está pasando de la raya —murmuró; las palabras le salieron más débiles de lo que pretendía. —Solo me estoy asegurando de que te mantengas sana para mi sobrino —respondió Kael suavemente. Su dedo rozó un mechón del pelo de Lyra por un instante—. Termínate la comida. Después de esto, hablaremos en la habitación del bebé. Sin interrupciones.—¿Tú… no puedes responder a eso? —preguntó Lyra, con la voz sonando dolorosamente frágil.—Toda esta posesividad, todos estos besos, que me prohíbas marcharme… —continuó, mientras los ojos se le volvían a empañar—. Kael, ¿qué significo verdaderamente para ti? ¿Acaso… sientes algo por mí, o solo soy algo que no quieres que nadie más tenga?Kael permaneció en silencio. Apretó la mandíbula y su mirada se volvió distante y extraña.Las preguntas sobre sentimientos eran el único terreno en el que jamás quería adentrarse. Kael estaba acostumbrado a soportar la presión de ser el heredero de los Blackwood, acostumbrado a lidiar con gente que intentaba destruirlo y acostumbrado a controlar casi cualquier situación a su alcance.Pero al enfrentarse a sus propios sentimientos, todo ese control parecía esfumarse.El silencio que flotaba en la cocina se volvió cada vez más opresivo. Transcurrieron varios segundos y Kael seguía sin decir palabra.Al ver su silencio, las lágrimas que Lyra había esta
La lluvia del exterior se fue volviendo cada vez más intensa, golpeando los ventanales de cristal del ático con un ritmo constante. En el interior, las luces principales se habían apagado a propósito, dejando únicamente el tenue resplandor amarillo de una lámpara de pie en la esquina, que creaba un ambiente cálido e íntimo.Lyra dejó por fin las agujas de tejer sobre la mesa.Un par de diminutos patucos de bebé de color azul claro con encaje blanco estaba completamente terminado. Sostuvo las pequeñas prendas a la altura de su rostro, contemplando su propio trabajo con un destello de ternura en la mirada.La añoranza que sentía por Theo se suavizaba un poco cada vez que se imaginaba los piesecitos del bebé calzando los patucos que ella misma le había hecho.Kael, que la había estado observando desde detrás de los documentos de trabajo desplegados sobre su regazo, cerró la carpeta de gruesas pastas. Extendió la mano y tomó uno de los pequeños patucos de las manos de Lyra.Se veía tan di
Esa primera noche en el nuevo hogar transcurrió con un ritmo extraño: inquietante y, sin embargo, con una vaga sensación de calma que Lyra no esperaba en absoluto.Kael no la trató con dureza como en las noches anteriores. Se limitó a abrazarla con fuerza por la espalda sobre la espaciosa cama, que se abría directamente a un mar de luces a lo largo de Seattle, como para cerciorarse de que Lyra continuaba entre sus brazos cuando abrió los ojos a la mañana siguiente.Y al llegar la mañana, dio comienzo su nueva rutina.El ático se sentía infinitamente más aislado que su antiguo apartamento. Mientras que antes Lyra aún podía percibir levemente los ruidos de los vecinos o el murmullo lejano del tráfico, aquí —en la última planta de un rascacielos— el silencio resultaba casi absoluto.Las paredes insonorizadas y una privacidad casi perfecta hacían parecer que el lugar existiera al margen de la vida de la ciudad. Seattle se desplegaba tras los ventanales de cristal, pero todo allí fuera par
En el interior del coche que se deslizaba suavemente por las calles de Seattle esa tarde, el contraste entre ambos pasajeros no podía ser mayor.Lyra permanecía sentada con rigidez al lado de Kael, mirando por la ventanilla con la mirada perdida. Los altos edificios, los semáforos y las hileras de vehículos que se cruzaban a su paso desfilaban ante ella como un borrón, incapaces de penetrar verdaderamente en su mente.Sus pensamientos continuaban fijos en la sucesión de acontecimientos que se habían desencadenado demasiado deprisa. Demasiadas cosas habían cambiado en muy poco tiempo, y aún no había tenido ocasión de asimilar ninguna de ellas.Por otra parte, el hombre al volante parecía encontrarse en un estado de ánimo completamente distinto.Kael conducía mostrando una postura muchísimo más relajada tras días viviendo bajo una tensión constante. No era capaz de disimular la sonrisa de satisfacción que permanecía en su rostro desde que abandonaron el apartamento.La mano derecha de K
En el interior del apartamento, Lyra permanecía sentada en el borde de la cama, sujetándose las rodillas fuertemente contra el pecho. Los patucos de bebé que había estado tejiendo el día anterior yacían ahora abandonados sobre la mesilla de noche, olvidados e inacabados.Desde que Elena y Kael se marcharon el día anterior, la inquietud se le había asentado en el pecho, impidiéndole respirar con tranquilidad ni por un instante. Cada minuto transcurrido se sentía como una tortura; era como si el tiempo se hubiera ralentizado a propósito solo para prolongar la angustia que le devoraba la mente.Sabía que, tras el encuentro de ayer, un choque entre Kael y Elena en la mansión era solo cuestión de tiempo.Pi. Pi. Pi.El sonido del código de acceso introduciéndose en la puerta de entrada rompió de golpe el silencio del apartamento.El cuerpo de Lyra se tensó en el acto. Bajó rápidamente ambos pies al suelo y se puso en pie, alerta y en tensión, con la mirada fija en la puerta del dormitorio
A la mañana siguiente...El ambiente en el comedor de la mansión era silencioso y gélido, en marcado contraste con el suntuoso desayuno servido sobre la larga mesa. Solo se escuchaba el tintineo ocasional de los cubiertos; por lo demás, la estancia estaba envuelta en un silencio asfixiante.Kael ocupaba un extremo de la mesa ataviado con una camisa gris oscura de corte impecable, con los botones superiores desabrochados. Llevaba las mangas remangadas con pulcritud, mientras sus dedos se movían con parsimonia y precisión cortando la carne de su plato. No había prisa alguna en sus movimientos, como si nada aquella mañana pudiera perturbar su compostura.Al otro lado de la mesa estaba sentada Elena, removiendo su té de vez en cuando. Sin embargo, toda su atención permanecía fija en su hermano.Las ausencias cada vez más frecuentes de Kael de la mansión habían empezado a







