LOGIN**Punto de vista de Stefano**
Cuando entré en la oficina más tarde esa noche, el silencio se tragó el clic de la cerradura. Me aflojé el nudo de la corbata y me serví un chupito de bourbon, observando cómo el líquido ámbar golpeaba el vaso, desesperado por sentir ese ardor familiar que aliviara el vacío que sentía en el pecho. Entonces oí el taconeo detrás de mí. Lucia Romano. Entró y el aire se llenó al instante del intenso aroma de su perfume. Su vestido rojo no solo se ceñía a ella; parecía pintado sobre su cuerpo, subiéndose por encima de las caderas. La miré, con el rostro impasible. «Lo has hecho bien». La sonrisa de Lucia no le llegaba a los ojos, y los nudillos se le pusieron blancos mientras se aferraba al respaldo de la silla. «Me dijiste que te avisara en cuanto Elena saliera sola. Hice lo que me pediste». Apretó la mandíbula y me miró fijamente, con los ojos ardiendo de ira. «Se suponía que debía morir. Entonces, ¿por qué sigue respirando?». La ira en sus palabras era punzante, pero bajo ella percibí el dolor y los celos que no podía ocultar. La observé en silencio, dejando que el silencio creciera entre nosotros. Cambió el peso de un pie a otro, y pude ver la pregunta en sus ojos, la forma en que quería que dijera algo, cualquier cosa. ¿De verdad te vas a casar con ella? ¿Después de todo lo que he hecho por ti y todo lo que hemos pasado? Los ojos de Lucía se llenaron de lágrimas y su voz se quebró en la última palabra. —Lo que hemos pasado —dije con tono seco—, nunca tuvo que ver con el amor. Se acercó a mí, con una mirada feroz en los ojos. «Dijiste que ella no era nada. Dijiste que se suponía que debía morir». «Nunca se supuso que muriera». La miré fijamente, con voz fría y firme. «Solo necesitaba que Armando tuviera miedo. Elena me resulta útil». «¿Y yo? ¿Qué soy yo para ti?». Su voz se apagó, ahora temblorosa. Dejé el vaso sobre la mesa y me levanté. «Eres mía, Lucía. Pero no te corresponde a ti decidir lo que eso significa». Me miró fijamente, con el rostro tenso por el dolor. «Siempre piensas con diez pasos de antelación», susurró, «pero ¿sigues sintiendo algo?». Sonreí levemente. «Los sentimientos siempre se interponen». Ella acortó la distancia entre nosotros, recorriendo con las yemas de los dedos la línea de mi mandíbula. «Quizá, pero es lo que nos mantiene humanos». Le agarré la muñeca y la atraje hacia mí. «Sabías lo que era esto», le recordé. «Tú también querías poder». «¡Te quería a ti!», susurró. La habitación quedó en silencio, cargada de tensión, y percibí el rápido destello de deseo en sus ojos. «Hazme el amor, Stefano». Me incliné hacia ella, dejando que mi aliento rozara sus labios. «Lucia, sabes que yo no hago el amor. ¡Yo follo!». Ella se abalanzó hacia mí, estrellando su boca contra la mía, con su ira desbordándose en ella, sus manos agarrando mi camisa. Sus dientes se hundieron en mi labio, con fuerza, como si quisiera castigarme por lo que ella no podía cambiar. Se apretó contra mí, con el cuerpo tenso, en una mezcla de ira y deseo. Sus manos forcejearon con mis botones, las uñas arañándome la piel y dejando marcas afiladas y punzantes. Un gruñido sordo se me escapó mientras la agarraba por la cintura, hundiendo los dedos en la delicada piel sobre sus caderas. La giré con tanta fuerza que jadeó cuando su espalda chocó contra el escritorio. Los papeles se esparcieron por todas partes, su susurro resonando en la silenciosa habitación. Apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que me colocara encima de ella, inmovilizándola bajo mi peso y atrapándola entre mis brazos. La madera se le clavaba en la parte posterior de las piernas, mi erección rozando con fuerza contra la parte interna de sus muslos. —Joder —siseó, arañándome el pecho con las uñas—. Te odio. Me reí entre dientes, rozándole ligeramente la oreja con los labios. «No, no es verdad». Ella gimió, un sonido arrancado de su garganta. Mis manos subieron para acariciar sus pechos a través de la fina tela de su vestido, mis pulgares rodearon sus pezones endurecidos. Ella respondió arqueándose ante mi tacto, levantando las caderas del escritorio, ansiando más contacto, ansiándome a mí.Mi mano libre se deslizó hacia abajo, frunciendo la tela de su vestido a la altura de la cintura y dejando al descubierto el encaje negro de su tanga; el aroma de su excitación me golpeó con fuerza: dulce y almizclado. Mis dedos recorrieron la tela húmeda, acariciando su borde antes de deslizarse por debajo, encontrándola húmeda, hinchada y jodidamente lista para mí.
Su rostro se contorsionó cuando un gemido escapó de sus labios; cerró los ojos con fuerza e inclinó ligeramente la cabeza hacia atrás. Sus dedos se aferraron a mi pelo y tiraron con tanta fuerza que me escocía el cuero cabelludo. —Deja de provocarme —exigió con voz ronca. La ignoré. En cambio, introduje dos dedos en su interior, curvándolos justo lo necesario, lo suficiente para que sus paredes se apretaran a mi alrededor. Sus caderas se sacudieron contra mi mano. «¿Crees que tú decides cuándo te follo?», siseé, con mi aliento caliente sobre su piel. «¿Crees que aquí mandas tú?». Antes de que pudiera replicar, retiré los dedos, dejándola con una sensación de vacío y ansia. Ella gruñó, rodeándome la cintura con las piernas y clavándome los talones en el culo, intentando acercarme más. «Stefano…». Metí la mano en el cajón del escritorio, cogí un condón y rasgué el envoltorio con un chasquido irregular. Tras un rápido desgarro del papel de aluminio, lo tenía puesto y listo, y sin esperar a que recuperara el aliento, impulsé mis caderas hacia delante con una embestida brusca, la gruesa y lista punta de mi polla encontrando el calor húmedo y resbaladizo de su entrada. «Por favor», suplicó Lucía, con la respiración entrecortada y el cuerpo tenso. No la hice esperar. Me deslice dentro de ella con una embestida lenta y deliberada, llenándola centímetro a centímetro hasta sentirla estirada y apretada alrededor de mi polla. Su respiración se volvió entrecortada. «Joder», jadeó, con todo su cuerpo temblando contra el mío. «Mmm… Ahh…», gimió en voz alta, clavándome las uñas en la espalda, «¡Sí! Oh, Dios, sí…». En ese instante, Elena se me vino a la mente: su mirada feroz, esos ojos ardientes de desafío. ¿Por qué demonios me rondaba ahora por la cabeza? Me moví desesperadamente, cada embestida profunda un intento de expulsar el recuerdo de Elena de mi mente. «Te quiero tanto, Stefano», gimió Lucía. Me quedé paralizado. La palabra «quiero» me pilló desprevenido, dejándome un sabor amargo en la boca. Entonces, con un impulso de frustración, volví a empujar hacia delante, con más fuerza y mayor urgencia, tratando de ahogar ese sonido. Estaba a punto; lo notaba en la tensa rigidez de sus piernas y en cómo me tiraba frenéticamente del pelo. Al instante, se corrió con fuerza, un grito desgarrador brotó de ella mientras sus paredes palpitaban a mi alrededor y todo su cuerpo se estremecía. Gemí en respuesta, hundiéndome más profundamente, incapaz de contenerme mientras mi propio orgasmo devastador me atravesaba. Cuando terminó, se sentó en el borde del escritorio, respirando con dificultad, el pelo cayéndole sobre la cara, mientras yo me abrochaba lentamente la camisa, observando cómo su pecho subía y bajaba. Levantó la cabeza, encontrando mi mirada, con los ojos llenos de tristeza. «Cuando haya terminado», dijo en voz baja, con un tono de esperanza en la voz, «una vez que hayas acabado con ellos, ¿serás realmente mío? ¿Sin más fingimientos, sin más secretos?». Me acerqué, levantándole la barbilla con los dedos. «Tendrás lo que te mereces, Lucía». Ella vaciló, y su expresión cambió. «¿Y Elena? Si casarte con ella es lo que hace que tu plan funcione, ¿qué pasará después de la boda?». Me giré y la miré por encima del hombro. «Elena descubrirá quién la controla realmente. Es la única forma de arreglar lo que su padre le hizo a mi familia». Apretó la mandíbula y, por un segundo, pensé que diría algo mordaz, pero solo apretó los labios y se dio la vuelta. El sonido de sus tacones sobre el suelo fue la única respuesta que obtuve. Cuando se dispuso a abrir la puerta, mi voz rompió el silencio: «No bajes la guardia en esa casa. Elario es astuto». «Llevo tres años haciendo esto». Sus ojos destellaron frustración. «Aún no se han dado cuenta. Deberías confiar más en mí». Se marchó sin decir nada más, y la puerta se cerró con un clic tras ella. Me acerqué a la ventana y vi mi reflejo en el cristal. «Se casará conmigo», dije, mientras el plan se iba desarrollando lentamente. «Entonces haré que destruya a su padre con sus propias manos». Hice una pausa, dejando que todo el alcance de mi venganza tomara forma: sería perfecta y dolorosa. La traición de su padre hirió profundamente a mi familia, dejando una herida que solo la venganza podría curar. Debo acabar con esto, no solo por el poder, sino por la justicia para mi padre, que murió por su culpa. «La jugada del Maestro». Una leve sonrisa se dibujó en mis labios. Abrí el cajón del escritorio y saqué un expediente. La foto de Elena Castellano me miraba fijamente, con sus ojos azules penetrantes y vivos, casi desafiándome a apartar la mirada. «Quizá hubiera sido mejor que no hubieras sobrevivido…». Mi pulgar trazó el contorno de su rostro. «Ahora pagarás por los pecados de tu padre, y desearás haber muerto de verdad».Punto de Vista de ElenaLa casa por fin estaba en silencio. El caos alegre de la tarde se había asentado en un zumbido cómodo y pacífico. Todos se habían ido a casa: Elario, Claudia y los adolescentes, Marco y su esposa. Incluso el personal había terminado su trabajo y se había retirado a sus propios aposentos. Solo estábamos Stefano y yo, finalmente solos en el dormitorio principal.Él decidió que nunca más quería que tuviéramos habitaciones separadas. Me dijo que necesitaba sentir siempre mi calor y oír mi respiración mientras dormía. No me importó. Quería estar cerca de él tanto como él.Me quedé de pie en medio de la gran habitación, absorbiéndolo todo. Las luces estaban tenues y el aroma a sándalo y al jabón de Stefano llenaba el aire. Era un espacio masculino, pero ahora se sentía como si nos perteneciera a los dos.Stefano estaba cerca de la ventana, mirando los jardines oscuros donde la luna se reflejaba en la fuente. Todavía llevaba la camisa blanca formal y los pantalones ne
Punto de Vista de ElenaPor fin salía del hospital. En cuanto el doctor me retiró el último tubo del pecho y dijo que estaba autorizada a irme, me sentí como un pájaro que por fin era liberado de una jaula.Stefano estaba por todas partes, moviéndose por la habitación y empacando mis maletas con una concentración que nunca había visto antes. Dobló mi ropa a la perfección y revisó dos veces los frascos de medicina. Se aseguró de que tuviera el chal, los libros y todo lo demás. Era como si se estuviera preparando para un largo viaje en lugar de solo un trayecto a casa. Casi era gracioso verlo.—Stefano, soy perfectamente capaz de caminar hasta el coche —no pude evitar reír mientras él flotaba sobre mí, con las manos extendidas como si esperara que tropezara.—No vas a caminar —respondió. Su voz era firme y no dejaba lugar a discusión, pero sus ojos estaban llenos de esa familiar preocupación—. El doctor dijo que necesitas descansar hasta que te recuperes por completo. Eso significa que
Punto de Vista de StefanoDurante tres semanas, la habitación del hospital había sido todo nuestro mundo. Los doctores me dijeron que Elena estaba lista para irse a casa después de los primeros diez días, pero me negué a creerles. No podía arriesgarme con su vida, no otra vez. Pagué la mejor suite del edificio y contraté un guardia las veinticuatro horas en el pasillo. Necesitaba estar absolutamente seguro de que estuviera completamente recuperada antes de que volviera a pisar el mundo exterior.Me senté en una silla junto a su cama, concentrado en un pequeño bol de fruta. —Los papeles de alta ya están firmados, Stefano —dijo Elena, mirándome con atención mientras pelaba la piel de una uva verde con un cuchillo pequeño—. El doctor dijo que estoy perfectamente bien ahora. El bebé está sano y creciendo. El pecho casi ni me duele ya cuando me muevo.No levanté la vista hacia ella. Me concentré en la fruta para asegurarme de que cada trozo de piel desapareciera y le fuera fácil de comer.
Punto de Vista de StefanoLas cortinas de mi estudio estaban bien cerradas para bloquear cada rayo de sol. Me senté en completa oscuridad, rodeado del olor a papel viejo. Todavía podía oler el leve aroma del perfume de Elena en un chal que había dejado en la silla. Me hacía doler el pecho. Tenía una botella de whiskey sobre el escritorio, medio vacía, pero el líquido ardiente no me ayudaba a olvidar.El alcohol no podía borrar el recuerdo de lo que había pasado en esta casa días atrás. Todavía veía la cabeza de Armando doblarse hacia atrás cuando mi bala lo golpeó. Todavía veía el agujero rojo en su frente. Sobre todo, no podía dejar de ver el rostro blanco de Elena mientras caía al suelo.Me sentía como una maldición.Todos los que tocaba terminaban heridos o muertos. Mi madre había huido. Mi padre fue asesinado en una calle fría. Martina se había ido para siempre por mi culpa. Y ahora, casi había matado a la única mujer que hacía latir mi corazón.Mi teléfono vibró sobre el escritor
Punto de Vista de ElenaLo primero que sentí fue el peso. No era solo una sensación; era una fuerza física que me aplastaba. Se sentía como si una pesada bolsa de piedras estuviera sentada justo en el centro de mi pecho, clavándome a la cama. Intenté respirar hondo, pero un dolor afilado y punzante me detuvo a mitad de camino.Oí un sonido lento de bip cerca y forcé los ojos a abrirse, pero todo era un mar de formas borrosas. La luz de la habitación era demasiado brillante. Me quemaba los ojos hasta que tuve que entrecerrarlos y girar la cabeza.—Está despierta —dijo una voz.Su voz era suave, cargada de alivio. Parpadeé varias veces, intentando despejar la niebla de mis ojos. La forma borrosa junto a mi cama se resolvió lentamente en Elario. Estaba inclinado hacia adelante, con los hombros encorvados, agarrando la barandilla de metal de mi cama de hospital. Sus ojos estaban rojos e hinchados, el rostro cubierto de una barba oscura. Nunca había visto a mi hermano lucir tan viejo y can
Punto de Vista de StefanoLos neumáticos del coche chirriaron contra el asfalto mientras Luca empujaba el vehículo a su límite máximo. Yo estaba sentado en el asiento trasero, sosteniendo a Elena contra mi pecho. Su sangre estaba por todas partes. Estaba en mi camisa, manchándome las manos y acumulándose en los pliegues de los asientos de cuero. Estaba caliente, y cada vez que sentía un nuevo pulso de ella abandonando su cuerpo, sentía un dolor agudo en mi propio pecho. Se sentía como si una parte de mí se estuviera muriendo junto con ella.—¡Más rápido, Luca! ¡Más rápido! —rugí. Mi voz se quebró y ni siquiera me importó.—¡Voy a cien en una zona residencial, Jefe! ¡Ya casi llegamos! ¡Solo unas cuadras más! —gritó Luca de vuelta. Sus ojos no dejaban de saltar entre la carretera y el espejo retrovisor. Se veía asustado, y Luca nunca había tenido miedo.Miré hacia abajo a Elena. Su rostro estaba blanco, su respiración superficial. Era un sonido aterrador y húmedo que me hacía querer gri







