LOGINLysera
Los pasos retumbaron entre los árboles. Voces gritaban el nombre de Isyra. Las antorchas flamearon entre las ramas y el olor de otros lobos llenó el aire.
No podía moverme.
Me quedé congelada de shock, todavía en mi forma de loba, las patas clavadas en la tierra como si me hubieran moldeado en ese sitio.
Esto no podía estar pasando.
—¡ISYRA!
El primer grupo de personas irrumpió en el claro, seguidos por más miembros de la manada en sus formas de lobo. Y entre ellos estaba mi padre.
Ni siquiera se detuvo a hacer preguntas. Sus ojos se clavaron en Isyra en el suelo, en la sangre manchando su falda, y luego en mí, que seguía en forma de loba.
Su rostro se retorció de rabia y, antes de que yo pudiera dar un paso atrás, antes de que siquiera procesara lo que estaba ocurriendo, mi padre se lanzó.
Sus garras chocaron contra mi costado, haciéndome perder el equilibrio. El dolor explotó en mis costillas al estrellarme contra el suelo. Mi loba gimió, el instinto gritando que me defendiera, que luchara, que mordiera… pero no lo hice.
No podía. Mi padre era un guerrero muy fuerte. Si me defendía, lo provocaría a transformarse y me desgarraría en pedazos.
Me enroscé sobre mí misma, el vientre pegado a la tierra, las orejas aplastadas mientras él atacaba de nuevo. Sus patas golpeaban con fuerza, las garras rasgando mi pelaje. Los golpes llegaban rápidos e implacables, como si intentara sacarme la vida a golpes.
Nadie lo detuvo. La manada nos rodeaba, observando. Algunos con ira, otros con asco y otros con satisfacción. Pensaban que estaba recibiendo lo que merecía.
Los sollozos de Isyra se hicieron más fuertes en el momento en que los vio, como si hubiera estado esperando a su público.
—¡Me atacó! —gritó, aferrándose al vientre como si protegiera a un hijo que no existía—. ¡Lysera me atacó!
Los jadeos se extendieron por el claro. Los gruñidos retumbaron entre los lobos que nos rodeaban.
—No… —intenté moverme, intentar negar con la cabeza, intentar decirles que no era verdad, pero seguía siendo una loba. Solo salió un ladrido roto.
—¡Estaba celosa! —continuó Isyra, la voz temblando a la perfección, las lágrimas derramándose como si fuera la víctima de una tragedia. Se aferró a mi madre en cuanto la alcanzó—. ¡Salí a estar con ella! Quería… compartir su felicidad porque por fin había obtenido su lobo. ¡Quería ser una buena hermana!
Su mentira era tan creíble que se pintaba a sí misma como bondadosa.
—Pero se enfadó —lloró Isyra, la voz quebrándose—. Dijo que yo siempre le quito todo. Me culpó de tener la atención de todos. ¡Me culpó de haberle robado a Henry!
—Oh, Diosa querida —lloró mi madre.
—Y cuando la luna subió… cuando se transformó… —Isyra sollozó más fuerte, temblando como si estuviera rota—. Me atacó. ¡Intentó matarme!
La furia de la manada se elevó como un incendio. Los lobos gruñían, paseaban, esperando que alguien —cualquiera— diera la orden de acabar conmigo.
Mi padre golpeó de nuevo, más fuerte esta vez. Mi loba gimió, el cuerpo temblando, y me enroscé con más fuerza, intentando proteger la garganta y el vientre. Intentando hacerme más pequeña, inofensiva, invisible.
Pero nada de lo que hacía importaba.
La multitud se movió, abriéndose paso mientras el Alfa Henry se abría camino.
Era una cabeza más alto que todos y se veía cada centímetro el Alfa mientras los miembros de la manada se apartaban con el cuello expuesto.
Sus ojos eran más oscuros que la noche misma, ardiendo de rabia al posarse primero en Isyra, luego en la sangre, y después en mí…
—Basta —le dijo Henry a mi padre.
Mi padre se congeló a mitad del golpe, pero porque quiso.
El pecho de mi padre se agitaba de ira, pero retrocedió lentamente, los ojos todavía llameando como si no hubiera podido castigarme lo suficiente.
Henry me miró desde arriba durante un largo segundo. No había piedad ni suavidad en sus ojos. Solo asco y furia.
—Guardias —ordenó, su voz cortando los murmullos—. Rodeadla.
Los guardias se movieron al instante, formando un círculo cerrado a mi alrededor hasta que no hubo ninguna vía de escape.
Intenté levantar la cabeza y explicar que no era lo que parecía. Que no había hecho lo que Isyra me acusaba de hacer, pero seguía siendo una loba.
—Transformate —ordenó Henry.
La palabra estaba cargada de poder.
La autoridad del Alfa se estrelló contra mi cuerpo, desgarrando la resistencia de mi loba. Ella aulló dentro de mí, las garras clavándose en la tierra, intentando aferrarse…
Pero no pude luchar contra ello.
El dolor me desgarró mientras los huesos se rompían y se reformaban. El pelaje desapareció y mis patas se convirtieron en manos. El aliento se me escapó de los pulmones al caer sobre la tierra fría—
Desnuda.
El aire fresco golpeó mi piel y la luz de la luna me bañó, exponiéndolo todo, y me doblé sobre mí misma al instante, los brazos rodeando el pecho, las rodillas apretadas contra el estómago.
La desnudez era normal durante las carreras. Pero esto no era una carrera.
Esto era humillación.
Docenas de ojos me miraban con odio y hostilidad, como si fuera suciedad. Las lágrimas ardiendo detrás de mis ojos. La garganta se me cerró hasta que apenas podía respirar.
Miré hacia arriba a través de pestañas temblorosas. Mi mirada encontró a Isyra.
Estaba en los brazos de mi madre, sollozando suavemente, temblando como un pájaro herido. Su rostro estaba ligeramente girado, oculto de los demás pero no de mí.
Y cuando vio que la miraba, sus labios se curvaron en la más leve sonrisa.
Luego volvió a enterrar el rostro y continuó llorando, más fuerte que nunca.
Los pasos de Henry crujieron al acercarse. Su sombra cayó sobre mi forma desnuda y me encogí aún más, los brazos aferrados al pecho, la humillación quemándome la cara.
Entonces el aire cambió y lo que sentí ya no fue solo miedo. Fue una presión extraña que hizo que mi loba se removiera bajo mi piel.
Henry se congeló y yo también.
El aliento se me cortó cuando algo profundo dentro de mí se extendió hacia él como si hubiera estado esperando toda mi vida.
Una luz blanca brilló en mi cuello —intensa y abrasadora— y la misma luz se encendió en el de Henry. Un delgado rayo luminoso nos unió, atándonos.
Entonces toda la manada jadeó.
—Parejas…
Los ojos de Henry se abrieron de sorpresa. Los míos también, pero antes de que nadie pudiera hablar, Isyra gritó.
—¡AHHH!
Se desplomó, aferrándose al vientre, retorciéndose como si estuviera en agonía.
—¡Mi bebé! ¡Henry… duele!
Todos se lanzaron al pánico y la manada se abalanzó hacia ella.
—¡Llamad al sanador!
—¡Está perdiendo al bebé!
—¡Está sangrando!
Mi madre empezó a aullar y mi padre se precipitó a recoger a Isyra, pero me miraba a mí y gritaba que Isyra mejor estuviera bien o me mataría.
La atención de Henry permaneció en mí mientras me observaba con el ceño fruncido, pero entonces alguien le tocó y arrancó su atención, precipitándose a recoger a Isyra en sus brazos.
Justo cuando estaba a punto de llevarla, se volvió hacia mí.
—Encerradla —les dijo a sus guardias—, y aseguraos de que no escape.
Luego se giró, y yo miré cómo mi pareja se alejaba con mi hermana en sus brazos.
Punto de vista del autorEl aire de la tarde era cálido.No el calor pesado y sofocante de la piedra encerrada y el silencio vigilante, sino el vivo. El tipo que se deslizaba sobre la piel y se hundía en los huesos, llevando el aroma de la tierra y del pino lejano y el zumbido bajo de una manada.Lysera estaba de pie bajo él con la cabeza inclinada hacia atrás y los ojos cerrados.Por primera vez en días, no estaba contando pasos ni vigilando puertas. Por primera vez desde el confinamiento, no estaba midiendo sus respiraciones como si fueran cosas prestadas. Simplemente estaba allí, dejando que el calor se derramara sobre su rostro, sobre sus hombros, por toda la longitud de su columna.Una pequeña sonrisa curvó sus labios.Era inconsciente. De esas que nacían del alivio en lugar de la alegría.Sus guardias permanecían a unos pasos de distancia, dándole la ilusión de espacio sin concederle libertad. Dos horas. Eso era todo lo que le habían dado. Dos horas para recordar cómo se veía el
Punto de vista del autorHenry estaba de pie con el agua hasta los tobillos.El lago era pequeño y poco profundo, la superficie apenas perturbada salvo por las tenues ondas que se extendían desde donde estaba de pie. El agua estaba lo suficientemente fría como para morder, pero no lo suficiente como para hacer daño. Juncos pálidos rodeaban los bordes, inclinándose ligeramente como si los moviera una brisa que Henry no podía sentir. Más allá de ellos, el mundo se desvanecía en una neblina suave y sin color: ni árboles, ni montañas, ni un cielo que reconociera. Solo agua y silencio.La confusión se instaló lentamente en él, como niebla.¿Dónde estaba?Giró lentamente en círculo, observando el lugar desconocido. Nada de aquel lago pertenecía a las tierras de su manada. Conocía cada arroyo, cada curva del río, cada pantano y cada hondonada bajo su autoridad. Los había recorrido, había sangrado sobre ellos, los había reclamado. Este lugar no era suyo.¿Había viajado otra vez?El pensamient
LyseraMenos de una hora después de que el Sanador Apollo se fuera, llamaron a mi puerta.Fruncí ligeramente el ceño mientras miraba la puerta. ¿Era el Sanador Apollo otra vez porque nadie más llamaba nunca? ¿Había venido a darme malas noticias? ¿Henry se había negado a permitir que me alimentaran?Quise apartarme de la puerta, pero sabía que tarde o temprano tendría que enfrentarlo.Me levanté lentamente del suelo donde todavía estaba arrodillada, limpiándome las mejillas con el dorso de la mano. Me dolían las rodillas, tenía la cabeza ligera.—Adelante —dije y me preparé para lo que fuera a suceder.La puerta se abrió. Cuando vi quién era, me sobresalté tan violentamente que el corazón me golpeó contra las costillas. Durante una fracción de segundo, el miedo me invadió —agudo e instintivo— porque su presencia nunca había significado nada bueno.Madam Joyce entró primero, con la postura rígida y la expresión ilegible. Detrás de ella venían dos criadas que no reconocí, cada una llevan
LyseraDurante un largo rato después de que me quedé en silencio, el Sanador Apollo no dijo nada.La habitación se sintió extrañamente pequeña entonces, como si las paredes se hubieran acercado mientras yo hablaba. El silencio presionaba contra mis oídos hasta que casi deseé que me interrumpiera, que me acusara de mentir, que hiciera algo para romper la tensión. Cualquier cosa habría sido más fácil que este momento suspendido en el que mi verdad colgaba entre nosotros, frágil y expuesta.Apollo miró fijamente al suelo, con las manos apoyadas sobre las rodillas. Su respiración era lenta, deliberada, como si se estuviera obligando a mantenerse sereno.Pasaron los minutos.Entonces finalmente levantó la cabeza.—¿Tu familia ha estado engañando a la manada? —preguntó, con la voz áspera, la incredulidad entrelazada en cada palabra.Asentí.El movimiento se sintió pesado, como si mi cuello pesara demasiado para mi cuerpo. —Sí —dije simplemente—. Durante años.Se pasó una mano por el rostro.
LyseraSe lo conté todo.Una vez que empecé, no pude parar. Salió de mí como algo que había estado contenido durante años, presionando contra mis costillas, asfixiándome desde dentro. Mi voz no tembló como esperaba. Era plana en algunos momentos, afilada en otros, despojada de la suavidad que había aprendido a usar para sobrevivir.—Ese día estaba en shock —dije en voz baja—. Cuando los escuché por casualidad. Quería correr directamente hacia el Alfa Henry y contárselo todo. Incluso me levanté de donde me estaba escondiendo. Recuerdo que mi corazón latía con tanta fuerza como si quisiera atravesarme el pecho.Apollo estaba sentado al borde de la cama ahora, con las manos entrelazadas y las cejas fruncidas.—Pero entonces lo pensé —continué—. Lo pensé de verdad. Y supe que no me creería. ¿Cómo podría hacerlo?Solté una risa vacía y volví a mirar al techo, a la tenue grieta que lo atravesaba como una cicatriz.—Isyra es… perfecta —dije—. Así es como todos la ven. Mansa. Gentil. Amable.
LyseraApollo negó lentamente con la cabeza. —Henry no organizaría una fiesta —dijo, la voz cuidadosa, medida, como si estuviera cruzando hielo fino—. No es… cruel de esa forma. Tal vez no sabe que no te están alimentando. Tal vez son los sirvientes. La manada está enfadada, Lysera. Sabes cómo son cuando está involucrado el dolor. Y la mayoría de ellos —dudó, luego continuó— la mayoría son leales a Isyra. Creen que ella será su Luna.Me empujé a incorporarme antes de que terminara la frase.El movimiento hizo que la cabeza me diera vueltas violentamente. Manchas negras nadaron en mi visión, y por un momento pensé que podría desmayarme. Apoyé la palma contra el colchón, respirando a través de ello hasta que la habitación se estabilizó de nuevo.Luego lo miré.—Él sabe —dije en voz baja—. Sabe exactamente lo que está ocurriendo.Apollo frunció el ceño. Pude ver la duda parpadear en los ojos de Apollo, y algo afilado y amargo se retorció en mi pecho ante la vista.—Lysera…—Ayer salí a b







