LOGINLysera
—¿Qué vamos a hacer con todo esto? —preguntó mi madre—. La manada esperará que el vientre de Isyra se note en unos meses. —Simplemente arreglaremos que Isyra tenga un aborto después de su fiesta. Diremos que fue por el estrés de la celebración y la presión de tener el futuro de la manada sobre sus hombros —el tono de mi padre era engreído—. La manada sentirá lástima por Isyra, y eso finalmente silenciará las bocas de quienes han estado diciendo que no eres la pareja del Alfa, así que no deberías ser la Luna. Solo unas pocas personas decían eso. En la manada, lo que el Alfa decía se cumplía. Todos seguían sin cuestionar. —Padre, siempre tienes las ideas más brillantes. —Por supuesto que sí. Ya he contactado a los médicos y lo he arreglado todo, así que eso está resuelto —le dijo mi padre a Isyra—. Todo lo que tienes que hacer es asegurarte de realizar muchas actividades laboriosas esta noche, y luego hablaremos del día concreto en que fingirás el aborto. —Después de esto, Henry nunca me dejará. Sentirá lástima por mí y me mantendrá a su lado para siempre. —Esa es mi niña. Me quedé pegada a la pared, el corazón latiéndome fuerte y rápido en el pecho. Pensé que iba a sufrir un ataque al corazón. Isyra no estaba embarazada. Mis padres y mi hermana estaban engañando a la manada y al Alfa. Negué con la cabeza, sin querer pensar en lo que les pasaría a mi familia si esto se descubría o si Isyra no lograba fingir el aborto. Podía correr ahora mismo hacia el Alfa Henry y contarle todo… pero ¿me creería? El Alfa Henry pensaría que estaba celosa de mi hermana hermosa y radiante, que brillaba más que las estrellas. Dirían que estaba enfadada porque ella se convertiría en Luna mientras yo no era nada. Pero si las descubrían, podrían castigarme junto a ella. No había nada que pudiera hacer excepto esperar y rezar para que Isyra lo lograra y se convirtiera en Luna, aunque eso era lo que siempre había querido para mí misma. Me alejé lentamente de la pared y me retiré a mi habitación, moviéndome lo más silenciosamente que pude. Me quedé al margen, intentando con todas mis fuerzas parecer más pequeña de lo que era. Esta noche también debía ser mía. Mi vigésimo primer cumpleaños. El día por el que había rezado, el día que había contado como si fuera la salvación. Pero nadie estaba aquí por mí. Nadie recordaba siquiera que hoy también era mi vigésimo primero. Todas las miradas estaban en Isyra. La manada rodeaba a Isyra como si fuera la propia Diosa de la Luna, riendo, animando, aplaudiendo como si no acabaran de robarme algo. Sus voces se elevaban en un coro de admiración y gratitud que me retorcía el estómago. —¡Feliz cumpleaños, futura Luna! —¡Que la Diosa de la Luna te bendiga! —¡Estás radiante, Isyra! —Y felicitaciones también a ti, Alfa Henry. La última parte siempre venía acompañada de sonrisas y reverencias. El Alfa Henry estaba junto a mi hermana, alto y poderoso, vestido como el rey que era. La luz de la luna besaba los bordes duros de su rostro, haciéndolo parecer casi irreal. Su mano descansaba en la pequeña de la espalda de Isyra, sosteniéndola mientras los ancianos pronunciaban bendiciones y oraciones a su alrededor. Isyra se recostaba contra él como si perteneciera allí. Como si él fuera suyo. El pecho me dolía de una forma para la que no tenía palabras. No era ira ni amargura, era el dolor hueco de ser olvidada. Ni una sola persona me había mirado esta noche. Obtener tu lobo se suponía que era un momento que tu familia celebraba, una noche en la que se hablaba de ti y tu existencia importaba. Pero para mí no había nada. Ni sonrisas, ni orgullo, ni siquiera un reconocimiento de que esta noche también era mía. Estaba rodeada de gente y me sentía completamente sola, como siempre había estado: vista solo cuando era útil, e invisible el resto del tiempo. Pero no hice nada de eso. Tragué mi amargura y la forzé a bajar hasta que se asentó como veneno en mi pecho. Apreté los labios y me quedé quieta. La luna subió más alto, brillante y redonda, observando desde arriba como si no le importara quién sufría bajo ella. Y cuanto más se alargaba la ceremonia, más inquieta me volvía. Algo dentro de mí arañaba. Un calor extraño se removía en mi sangre. Mis huesos dolían —sutil al principio, luego más agudo—, como si mi cuerpo estuviera impaciente… como si estuviera esperando. Esperando algo. Mi lobo. Casi era la hora. Miré a mi alrededor con cuidado. Los ojos de mi padre, los que me habían estado advirtiendo que me comportara, ya no estaban sobre mí. Estaba ocupado riendo con los ancianos, su voz alta y orgullosa como si él personalmente hubiera regalado al mundo a mi hermana. Mi madre revoloteaba alrededor de Isyra, ajustándole el vestido, alisándole el cabello, sonriendo ampliamente como una madre orgullosa. Nadie me estaba vigilando. Esta era la oportunidad perfecta para escabullirme, obtener mi lobo y regresar antes de que mi padre notara que faltaba. Si me quedaba aquí, la luna me obligaría a transformarme, y eso le quitaría la atención a Isyra. Mi padre me mataría. La manada diría que intentaba robar el protagonismo. Así que me escabullí en silencio. Me moví detrás de la multitud y hacia las sombras, manteniendo la cabeza baja y los pasos ligeros mientras me dirigía hacia el bosque justo detrás de donde se celebraba la fiesta. Estaba lo bastante cerca como para transformarme y volver antes de que nadie notara que me había ido. El corazón me latía con emoción. Esto era. Corrí más profundo entre los árboles, donde la luz de la luna se filtraba entre las ramas en franjas plateadas. El aire era más frío allí. Más afilado, limpio, liberador. Mis pulmones se llenaron de él como si estuviera respirando libertad por primera vez. Entonces el calor dentro de mí se disparó. No era doloroso como había imaginado. Era… salvaje. Como si algo que había estado dormido durante años finalmente despertara y se estirara. La piel me hormigueó. La columna se arqueó. Los músculos se tensaron como si manos invisibles los estuvieran colocando en su sitio. Me quité la ropa con rapidez. Y entonces— Un chasquido agudo. Un embate. Caí hacia delante, el aliento robado de mi garganta, y cuando aterrice, ya no fue sobre manos y rodillas. Fue sobre patas. Parpadeé una vez. Dos. El mundo se veía diferente. Más grande… más brillante. Podía olerlo todo: la tierra húmeda, la savia de los árboles, el aroma distante a humo y carne asada de la celebración, el perfume de los miembros de la manada llevado por el viento. Bajé la cabeza y miré mis patas. Pelaje. Pelaje blanco, limpio como la nieve bajo la luz de la luna. El pecho se me hinchó con algo tan intenso que casi me destrozó. Lo había logrado. Por fin tenía mi lobo. Un sonido se me escapó —mitad risa, mitad sollozo ahogado—, pero salió como un gemido suave. Eché la cabeza hacia atrás y solté un aullido bajo, lo bastante discreto como para no oírse sobre la celebración, pero lleno de todo lo que siempre había querido. Mi lobo. Salté hacia delante, corriendo por el bosque, las patas apenas tocando el suelo. Era tan rápida que el estómago se me revolvió de emoción. Zigzagueé entre los árboles, salté sobre ramas caídas, me revolqué en la hierba solo porque podía. El corazón se me sintió ligero. Como si pudiera volar. Como si nada pudiera tocarme. El crujido de una ramita cortó la noche. Me congelé al instante, las orejas erguidas. El olor me golpeó antes de verla. Olor a perfume floral dulce. Isyra. Su vestido era blanco y fluido, brillando contra la oscuridad. El cabello le caía sobre los hombros como seda, y en sus labios había una sonrisa amplia —brillante y hermosa, de esas que hacían que todos cayeran a sus pies. Por un momento estúpido, la esperanza surgió. Tal vez me había seguido porque se dio cuenta de que hoy no debía ser solo suyo. Tal vez quería verme transformarme. Tal vez estaba feliz por mí. Tal vez… —Bueno —dijo con ligereza, aplaudiendo una vez—. Mírate. Su mirada recorrió mi pelaje blanco con abierta diversión, lenta y deliberada, como si estuviera inspeccionando algo debajo de ella. Luego se rió. El sonido fue suave y burlón. —¿Así que esto es lo que saliste a hacer mientras todos me celebraban a mí? —preguntó—. Cumplir veintiún años y que nadie se haya molestado siquiera en buscarte. Qué triste. Me rodeó, los tacones crujiendo contra las hojas caídas. —¿Te diste cuenta? —continuó con casualidad—. Ni Madre. Ni Padre. Ni un solo alma recordó que existías. Su sonrisa se afiló. —Claro que no. Esta noche es mía. Me quedé donde estaba, el corazón latiéndome dolorosamente contra las costillas. Isyra se detuvo frente a mí y colocó una mano sobre su vientre. El gesto fue gentil, casi reverente. Su sonrisa se suavizó, los ojos se le perdieron, desenfocados, como si estuviera mirando un futuro que solo ella podía ver. —Mi bebé —murmuró—. El futuro Alfa. Había orgullo en su voz. Algo casi soñador. Por un instante fugaz, me pregunté si ella misma se lo creía… si había contado la mentira tantas veces que se había vuelto real para ella. Luego su mirada volvió a mí, afilada y acusadora. —Y tú —dijo con frialdad—. Ahí de pie, fingiendo que no quieres lo que es mío. Me tensé. —Siempre has querido mi vida, Lysera —continuó—. No lo niegues. Siempre has estado celosa. De mí. De Henry. De todo. ¿Celosa? La palabra no tenía sentido. Nunca había alcanzado a Henry. Nunca había competido. Él la había elegido abiertamente, había roto leyes antiguas por ella, desafiado las consecuencias sin dudar. Yo lo había aceptado hacía mucho tiempo. Pero Isyra nunca lo había creído. Y por fin empezaba a entender que nunca lo haría. Me había quitado todo —amor, atención, incluso espacio para existir— y aun así temía que yo le robara a cambio. Porque para ella, así funcionaba el mundo. —No lo soportas, ¿verdad? —dijo con amargura—. Que me case. Que lleve a su hijo. Que yo sea Luna… y tú no seas nada. Quería decirle que estaba equivocada. Que nunca había querido su vida. Que solo había deseado paz. Pero antes de que pudiera hablar, Isyra inclinó la cabeza, estudiándome con una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos. —¿De verdad pensaste que no sabía que estabas escuchando antes en la casa? —preguntó con ligereza. La sangre se me heló. Di un paso atrás, las garras clavándose en la tierra. Ella se rió suavemente, como si mi miedo la deleitara. —Te vi —continuó—. Escondida ahí como una ratita. Pero no me malinterpretes, Lysera. Sus ojos brillaron bajo la luz de la luna con un fulgor oscuro. —No detuve a Padre de atraparte porque quisiera ayudarte. —Se acercó un paso—. Lo detuve porque tengo un plan mejor. ¿Un plan mejor? Todavía estaba intentando entender qué quería decir cuando Isyra levantó la mano. Sus uñas se alargaron y, en un movimiento rápido, se rasgó la palma. La sangre brotó brillante y roja bajo la luna. Retrocedí, mi loba apartándose de golpe cuando el olor metálico golpeó mis sentidos. Isyra no se inmutó. Se rió. Se embadurnó la sangre en la parte de atrás de su falda, manchando la tela blanca, luego arrastró las uñas por los brazos y la cara, desgarrando la piel hasta que el carmesí le corrió por la piel. Luego se dejó caer al suelo, rodando y embadurnándose de tierra y sangre. Me quedé congelada, el horror clavándome en el sitio. ¿Qué estaba haciendo? Isyra me miró una vez, la boca curvándose en una sonrisa afilada. Y entonces gritó. —¡AYUDA! —chilló—. ¡QUE ALGUIEN ME AYUDE! Se arrastró lejos de mí como si yo fuera un monstruo. —¡LYSERA! ¡PARA! ¡POR FAVOR… PARA! El corazón se me detuvo.Punto de vista del autorEl aire de la tarde era cálido.No el calor pesado y sofocante de la piedra encerrada y el silencio vigilante, sino el vivo. El tipo que se deslizaba sobre la piel y se hundía en los huesos, llevando el aroma de la tierra y del pino lejano y el zumbido bajo de una manada.Lysera estaba de pie bajo él con la cabeza inclinada hacia atrás y los ojos cerrados.Por primera vez en días, no estaba contando pasos ni vigilando puertas. Por primera vez desde el confinamiento, no estaba midiendo sus respiraciones como si fueran cosas prestadas. Simplemente estaba allí, dejando que el calor se derramara sobre su rostro, sobre sus hombros, por toda la longitud de su columna.Una pequeña sonrisa curvó sus labios.Era inconsciente. De esas que nacían del alivio en lugar de la alegría.Sus guardias permanecían a unos pasos de distancia, dándole la ilusión de espacio sin concederle libertad. Dos horas. Eso era todo lo que le habían dado. Dos horas para recordar cómo se veía el
Punto de vista del autorHenry estaba de pie con el agua hasta los tobillos.El lago era pequeño y poco profundo, la superficie apenas perturbada salvo por las tenues ondas que se extendían desde donde estaba de pie. El agua estaba lo suficientemente fría como para morder, pero no lo suficiente como para hacer daño. Juncos pálidos rodeaban los bordes, inclinándose ligeramente como si los moviera una brisa que Henry no podía sentir. Más allá de ellos, el mundo se desvanecía en una neblina suave y sin color: ni árboles, ni montañas, ni un cielo que reconociera. Solo agua y silencio.La confusión se instaló lentamente en él, como niebla.¿Dónde estaba?Giró lentamente en círculo, observando el lugar desconocido. Nada de aquel lago pertenecía a las tierras de su manada. Conocía cada arroyo, cada curva del río, cada pantano y cada hondonada bajo su autoridad. Los había recorrido, había sangrado sobre ellos, los había reclamado. Este lugar no era suyo.¿Había viajado otra vez?El pensamient
LyseraMenos de una hora después de que el Sanador Apollo se fuera, llamaron a mi puerta.Fruncí ligeramente el ceño mientras miraba la puerta. ¿Era el Sanador Apollo otra vez porque nadie más llamaba nunca? ¿Había venido a darme malas noticias? ¿Henry se había negado a permitir que me alimentaran?Quise apartarme de la puerta, pero sabía que tarde o temprano tendría que enfrentarlo.Me levanté lentamente del suelo donde todavía estaba arrodillada, limpiándome las mejillas con el dorso de la mano. Me dolían las rodillas, tenía la cabeza ligera.—Adelante —dije y me preparé para lo que fuera a suceder.La puerta se abrió. Cuando vi quién era, me sobresalté tan violentamente que el corazón me golpeó contra las costillas. Durante una fracción de segundo, el miedo me invadió —agudo e instintivo— porque su presencia nunca había significado nada bueno.Madam Joyce entró primero, con la postura rígida y la expresión ilegible. Detrás de ella venían dos criadas que no reconocí, cada una llevan
LyseraDurante un largo rato después de que me quedé en silencio, el Sanador Apollo no dijo nada.La habitación se sintió extrañamente pequeña entonces, como si las paredes se hubieran acercado mientras yo hablaba. El silencio presionaba contra mis oídos hasta que casi deseé que me interrumpiera, que me acusara de mentir, que hiciera algo para romper la tensión. Cualquier cosa habría sido más fácil que este momento suspendido en el que mi verdad colgaba entre nosotros, frágil y expuesta.Apollo miró fijamente al suelo, con las manos apoyadas sobre las rodillas. Su respiración era lenta, deliberada, como si se estuviera obligando a mantenerse sereno.Pasaron los minutos.Entonces finalmente levantó la cabeza.—¿Tu familia ha estado engañando a la manada? —preguntó, con la voz áspera, la incredulidad entrelazada en cada palabra.Asentí.El movimiento se sintió pesado, como si mi cuello pesara demasiado para mi cuerpo. —Sí —dije simplemente—. Durante años.Se pasó una mano por el rostro.
LyseraSe lo conté todo.Una vez que empecé, no pude parar. Salió de mí como algo que había estado contenido durante años, presionando contra mis costillas, asfixiándome desde dentro. Mi voz no tembló como esperaba. Era plana en algunos momentos, afilada en otros, despojada de la suavidad que había aprendido a usar para sobrevivir.—Ese día estaba en shock —dije en voz baja—. Cuando los escuché por casualidad. Quería correr directamente hacia el Alfa Henry y contárselo todo. Incluso me levanté de donde me estaba escondiendo. Recuerdo que mi corazón latía con tanta fuerza como si quisiera atravesarme el pecho.Apollo estaba sentado al borde de la cama ahora, con las manos entrelazadas y las cejas fruncidas.—Pero entonces lo pensé —continué—. Lo pensé de verdad. Y supe que no me creería. ¿Cómo podría hacerlo?Solté una risa vacía y volví a mirar al techo, a la tenue grieta que lo atravesaba como una cicatriz.—Isyra es… perfecta —dije—. Así es como todos la ven. Mansa. Gentil. Amable.
LyseraApollo negó lentamente con la cabeza. —Henry no organizaría una fiesta —dijo, la voz cuidadosa, medida, como si estuviera cruzando hielo fino—. No es… cruel de esa forma. Tal vez no sabe que no te están alimentando. Tal vez son los sirvientes. La manada está enfadada, Lysera. Sabes cómo son cuando está involucrado el dolor. Y la mayoría de ellos —dudó, luego continuó— la mayoría son leales a Isyra. Creen que ella será su Luna.Me empujé a incorporarme antes de que terminara la frase.El movimiento hizo que la cabeza me diera vueltas violentamente. Manchas negras nadaron en mi visión, y por un momento pensé que podría desmayarme. Apoyé la palma contra el colchón, respirando a través de ello hasta que la habitación se estabilizó de nuevo.Luego lo miré.—Él sabe —dije en voz baja—. Sabe exactamente lo que está ocurriendo.Apollo frunció el ceño. Pude ver la duda parpadear en los ojos de Apollo, y algo afilado y amargo se retorció en mi pecho ante la vista.—Lysera…—Ayer salí a b







