MasukLa reunión finalmente terminó. Los inversionistas salieron de la sala de juntas con sonrisas y apretones de mano, satisfechos con los planes de expansión que Mateo había presentado. Luciana ya se había ido, pero su presencia aún flotaba en el aire como un fantasma. El aroma de su perfume, el eco de su voz, la sombra de su sonrisa... todo parecía haber quedado grabado en la sala.Natasha se quedó en su lugar, sintiendo que el corazón le latía con fuerza. Sus manos estaban frías y sus dedos temblaban ligeramente. No podía quitarse de la mente la forma en que Luciana había besado a Mateo, rozando sus labios con una familiaridad que le había helado la sangre. No podía olvidar la forma en que todos los presentes se habían inclinado ante ella, como si fuera una reina.Cuando la puerta se cerró detrás de la última persona, Natasha se giró hacia Mateo, que estaba recogiendo sus papeles con movimientos rápidos y nerviosos, como si quisiera escapar de algo. Su mandíbula estaba tensa y sus ojos
Adam estaba sentado en su oficina temporal, de la casa alquilada al lado de la mansión de Natasha, con el teléfono en una mano y una botella de whisky en la otra. Habían pasado 24 horas desde que encargó la investigación, y la espera lo estaba consumiendo. Cada minuto era una eternidad, cada segundo una tortura. No había dormido. No había comido. Solo esperaba, con la mirada fija en el horizonte, sintiendo que la incertidumbre lo devoraba por dentro.Finalmente, el teléfono sonó. Era David.—Señor —dijo David, con voz tensa—. Tengo los resultados de la investigación.Adam sintió que el corazón se le aceleraba. Se puso de pie de un salto, derribando la botella de whisky que estaba sobre la mesa.—Dime —dijo, con voz apenas un susurro, sintiendo que la esperanza y el miedo se mezclaban en su pecho.—No hay registros —respondió David—. Todo está bloqueado. Los registros de nacimiento de Natasha están protegidos bajo un nivel de seguridad extremadamente alto. No hay manera de acceder a el
La noche era oscura y silenciosa en la mansión de Mateo. Las luces de la ciudad parpadeaban en la distancia, pero Natasha no podía verlas. Solo veía el rostro de Adam, solo escuchaba sus palabras, solo sentía el miedo que se había instalado en su pecho desde que lo había visto en el centro comercial.Estaba acostada en la cama, con los ojos abiertos, mirando el techo. Mateo dormía a su lado, su respiración profunda y tranquila. Pero Natasha no podía conciliar el sueño. Su mente era un torbellino de imágenes: Adam, Mati, la forma en que Adam había mirado a su hijo, la forma en que Mati lo había saludado con tanta confianza.—Cinco años —susurró, con voz apenas audible—. El niño tiene cinco años.Se levantó de la cama con cuidado, tratando de no despertar a Mateo. Caminó descalza hacia la cocina, sintiendo el frío del mármol bajo sus pies. Necesitaba leche. Necesitaba calmar la tormenta que rugía en su interior.Abrió la nevera y tomó un vaso de leche fría. El líquido recorrió su gargan
El fin de semana había llegado y la familia Di'Carlo decidió disfrutarlo juntos. El sol brillaba en lo alto, y el cielo de Miami estaba despejado y radiante, como si el clima mismo estuviera de su lado. Natasha y Mateo habían planeado llevar a Mati al centro comercial, un lugar que al niño le encantaba por sus juegos, sus tiendas y la oportunidad de comer helado.—¡Mami, papi, vamos! —gritaba Mati, saltando de emoción mientras caminaban hacia el auto—. ¡Quiero ver la tienda de juguetes! ¡Y quiero montarme en los carritos! ¡Y quiero comer helado de chocolate!—Vamos, campeón —respondió Mateo, riendo y alborotando su cabello—. Pero primero, desayunamos algo, ¿de acuerdo? No podemos comer helado antes del desayuno.—¡De acuerdo! —respondió Mati, subiendo al auto con la energía de un pequeño huracán.Natasha tomó la mano de Mateo y lo miró con una sonrisa. Había algo en la forma en que la luz del sol acariciaba su rostro, en la manera en que Mati reía, en la forma en que Mateo la miraba,
Habían pasado varios días desde la subasta benéfica. Varios días en los que Natasha había intentado recuperar la normalidad, aunque sabía que nada volvería a ser igual. Adam estaba en Miami. Adam la había visto. Adam sabía que ella estaba viva y que tenía una nueva vida. Y eso era algo que no podía ignorar, por mucho que quisiera.Pero también sabía que no podía esconderse para siempre. No podía vivir con miedo, encerrada en la mansión, alejada de su trabajo y de su pasión. Había construido una carrera, un nombre, un imperio, y no iba a permitir que Adam se lo arrebatara. Había luchado demasiado para llegar hasta donde estaba, había superado demasiadas adversidades, y no iba a dejar que el fantasma de su pasado la volviera a encerrar en una jaula.Esa mañana, Natasha estaba en la cocina, tomando una taza de café humeante mientras miraba por la ventana. El sol de Miami se filtraba a través de los cristales, bañando la estancia con una luz cálida y dorada. Llevaba una bata de seda color
La noche había terminado, pero la tormenta que se había desatado en el interior de Adam no daba tregua. Cada paso que daba fuera del hotel era un golpe de rabia que se acumulaba en su pecho, una mezcla de celos, impotencia y un dolor que no sabía cómo procesar. Había visto a Natasha en los brazos de otro hombre. Había escuchado la palabra "esposo" salir de sus labios y había sentido que el suelo se abría bajo sus pies. La imagen de ella, tan hermosa y segura, en los brazos de ese hombre, se repetía en su mente como una pesadilla de la que no podía despertar.Regresó a su habitación en el hotel y cerró la puerta de golpe, el sonido resonando en la habitación vacía como un eco de su furia. Se quitó el saco y lo arrojó al suelo con violencia. Se desabrochó la corbata y la lanzó contra la pared. Caminó de un lado a otro, con los puños apretados y la respiración agitada. Su mente era un torbellino de imágenes: Natasha sonriendo, Natasha tomada de la mano de otro, Natasha diciendo "no es na







