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Capítulo 5: Ya No Es Una Simple Candidata.

Autor: JJBenitez
last update Data de publicação: 2026-07-01 02:28:51

Varios días habían transcurrido desde que William visitó la clínica, revisó el expediente de Helena y la eligió.

Aquella noche, regresó a la mansión tras una larga y agotadora jornada de trabajo.

El cansancio pesaba sobre cada fibra de su cuerpo; sin embargo, no era aquello lo que realmente le quitaba el sueño.

Desde aquel encuentro, no había logrado apartar a Helena de su mente.

La imagen de Helena detrás del cristal polarizado seguía persiguiéndolo con una intensidad inquietante. Su rostro había quedado grabado en su memoria: los mismos ojos verdes, luminosos y profundos; la misma sonrisa suave y serena. Cada detalle despertaba el eco de sus recuerdos.

El parecido con Alicia era perturbador. Por más que intentaba convencerse de que Helena era una desconocida, algo muy dentro de él se negaba a aceptarlo.

Lo había atrapado por completo, y eso lo descolocaba.

Ya no era una simple candidata.

Sin mirar a nadie, avanzó por el vestíbulo con pasos lentos y pesados, ajeno a las voces y al movimiento a su alrededor, hasta encontrar refugio en su despacho.

Al entrar, cerró la puerta con firmeza. Se aflojó la corbata buscando aire, como si intentara quitarse de encima ese peso invisible. Se acercó a la barra, sirvió un poco de whisky en un vaso de cristal y se quedó mirando las ondulaciones doradas del licor bajo la luz.

Caminó hacia el sofá cerca de su escritorio y se dejó caer. Con el vaso entre los dedos, cerró los ojos con fuerza, intentando apagar el ruido de su cabeza. Pero fue inútil.

Bebió un largo sorbo de whisky. La imagen de aquella mujer volvió a irrumpir en su mente, mezclándose con los recuerdos de Alicia. Por momentos, ya no lograba distinguir dónde terminaba el fantasma de una y dónde empezaba la presencia de la otra. Esa confusión lo descolocaba por completo.

Después de un rato, el agotamiento físico terminó por vencerlo y su cuerpo acabó cediendo. Sin darse cuenta, se quedó dormido en el sofá. Cuando abrió los ojos, todavía aturdido, su mirada se dirigió directo hacia la puerta.

Allí estaba Leonor.

Permanecía de pie en el umbral, observándolo en silencio.

Sus ojos oscuros lo recorrieron lentamente, como si intentaran desarmarlo para dejarlo por completo al descubierto.

Una leve sonrisa apareció en sus labios, dibujando un gesto indescifrable.

Llevaba un elegante vestido azul rey que le marcaba la figura, los labios pintados de un rojo intenso y el cabello castaño perfectamente peinado, sin un solo mechón fuera de lugar.

William no le quitó los ojos de encima.

Ella caminó hacia él con pasos lentos, seguros y felinos, como si midiera cada movimiento antes de atacar. Se paró detrás del sofá y le apoyó las manos en los hombros.

—Cariño, estás muy tenso —murmuró, mientras empezaba a masajearle los hombros con delicadeza.

William se quedó inmóvil.

Sintió sus dedos bajar lentamente por la base del cuello hasta acariciar sus clavículas.

Sin quitarle los ojos de encima, ella empezó a desabrochar con cuidado los primeros botones de su camisa, deslizando las manos con una lentitud provocadora hacia su pecho, firme y cálido. Un momento después, Leonor se inclinó sobre él.

Lo rodeó con los brazos desde atrás, rozando su piel con el rostro, y le dejó un beso suave en el cuello. William parpadeó, volviendo a la realidad.

Fue entonces cuando percibió el aroma. El perfume de Alicia inundó el aire con esa fragancia dulce y familiar que siempre le partía la memoria en dos.

Pero ahora, ese olor estaba impregnado en otra piel. Los dedos de William se tensaron de golpe sobre el brazo del sofá.

La cercanía que antes sentía invasiva se volvió desconcertante, incómoda. Leonor siguió con el masaje, deslizando las manos cada vez más abajo por su torso.

Él reaccionó al instante: le atrapó las muñecas antes de que la situación cruzara la línea de lo prudente.

—¿Qué quieres, Leonor? —preguntó con voz contenida, casi áspera.

Ella no respondió de inmediato. Se soltó de su agarre con calma y caminó hacia el sillón de enfrente. Se sentó con una elegancia fría, cruzando las piernas despacio.

Lo miró en silencio unos segundos, midiéndolo.

—Estoy tan feliz, William —dijo con una sonrisa tranquila, como si el destino ya estuviera escrito—. Dentro de poco tendremos a nuestro hijo.

William no respondió. Se levantó, dejó el vaso sobre la mesa despacio y se dio la vuelta para mirarla con una seriedad implacable.

A Leonor se le borró la sonrisa de inmediato. Hubo un cambio tan drástico en el aire que se tensó en su sitio.

—¿William? —preguntó, extrañada—. ¿Qué pasa?

Él soltó el aire con pesadez, caminó hacia ella y se sentó en el sillón de enfrente, acortando cualquier distancia.

La sostuvo con la mirada unos segundos en un silencio denso.

—De eso quería hablarte. Ya que estás aquí, prefiero decírtelo de una vez... Leonor, quiero el divorcio.

La frase salió de su boca fría, seca, sin dejar espacio para réplicas.

Leonor se le quedó mirando, pálida. Abrió la boca para hablar, pero se quedó sin voz un par de segundos.

—¿Qué… qué dijiste?—

—Lo que escuchaste. Quiero terminar con esto.

Leonor se levantó de golpe.

—No… no, esto no puede estar pasando —dijo, retrocediendo un paso—. ¿Es una broma? William, no tiene ningún sentido. Nuestro hijo va a estar con nosotros muy pronto.

Lo miraba con los ojos desorbitados, esperando desesperadamente que soltara una carcajada y dijera que todo era una mentira.

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