FAZER LOGINVarios días habían transcurrido desde que William visitó la clínica, revisó el expediente de Helena y la eligió.
Aquella noche, regresó a la mansión tras una larga y agotadora jornada de trabajo. El cansancio pesaba sobre cada fibra de su cuerpo; sin embargo, no era aquello lo que realmente le quitaba el sueño. Desde aquel encuentro, no había logrado apartar a Helena de su mente. La imagen de Helena detrás del cristal polarizado seguía persiguiéndolo con una intensidad inquietante. Su rostro había quedado grabado en su memoria: los mismos ojos verdes, luminosos y profundos; la misma sonrisa suave y serena. Cada detalle despertaba el eco de sus recuerdos. El parecido con Alicia era perturbador. Por más que intentaba convencerse de que Helena era una desconocida, algo muy dentro de él se negaba a aceptarlo. Lo había atrapado por completo, y eso lo descolocaba. Ya no era una simple candidata. Sin mirar a nadie, avanzó por el vestíbulo con pasos lentos y pesados, ajeno a las voces y al movimiento a su alrededor, hasta encontrar refugio en su despacho. Al entrar, cerró la puerta con firmeza. Se aflojó la corbata buscando aire, como si intentara quitarse de encima ese peso invisible. Se acercó a la barra, sirvió un poco de whisky en un vaso de cristal y se quedó mirando las ondulaciones doradas del licor bajo la luz. Caminó hacia el sofá cerca de su escritorio y se dejó caer. Con el vaso entre los dedos, cerró los ojos con fuerza, intentando apagar el ruido de su cabeza. Pero fue inútil. Bebió un largo sorbo de whisky. La imagen de aquella mujer volvió a irrumpir en su mente, mezclándose con los recuerdos de Alicia. Por momentos, ya no lograba distinguir dónde terminaba el fantasma de una y dónde empezaba la presencia de la otra. Esa confusión lo descolocaba por completo. Después de un rato, el agotamiento físico terminó por vencerlo y su cuerpo acabó cediendo. Sin darse cuenta, se quedó dormido en el sofá. Cuando abrió los ojos, todavía aturdido, su mirada se dirigió directo hacia la puerta. Allí estaba Leonor. Permanecía de pie en el umbral, observándolo en silencio. Sus ojos oscuros lo recorrieron lentamente, como si intentaran desarmarlo para dejarlo por completo al descubierto. Una leve sonrisa apareció en sus labios, dibujando un gesto indescifrable. Llevaba un elegante vestido azul rey que le marcaba la figura, los labios pintados de un rojo intenso y el cabello castaño perfectamente peinado, sin un solo mechón fuera de lugar. William no le quitó los ojos de encima. Ella caminó hacia él con pasos lentos, seguros y felinos, como si midiera cada movimiento antes de atacar. Se paró detrás del sofá y le apoyó las manos en los hombros. —Cariño, estás muy tenso —murmuró, mientras empezaba a masajearle los hombros con delicadeza. William se quedó inmóvil. Sintió sus dedos bajar lentamente por la base del cuello hasta acariciar sus clavículas. Sin quitarle los ojos de encima, ella empezó a desabrochar con cuidado los primeros botones de su camisa, deslizando las manos con una lentitud provocadora hacia su pecho, firme y cálido. Un momento después, Leonor se inclinó sobre él. Lo rodeó con los brazos desde atrás, rozando su piel con el rostro, y le dejó un beso suave en el cuello. William parpadeó, volviendo a la realidad. Fue entonces cuando percibió el aroma. El perfume de Alicia inundó el aire con esa fragancia dulce y familiar que siempre le partía la memoria en dos. Pero ahora, ese olor estaba impregnado en otra piel. Los dedos de William se tensaron de golpe sobre el brazo del sofá. La cercanía que antes sentía invasiva se volvió desconcertante, incómoda. Leonor siguió con el masaje, deslizando las manos cada vez más abajo por su torso. Él reaccionó al instante: le atrapó las muñecas antes de que la situación cruzara la línea de lo prudente. —¿Qué quieres, Leonor? —preguntó con voz contenida, casi áspera. Ella no respondió de inmediato. Se soltó de su agarre con calma y caminó hacia el sillón de enfrente. Se sentó con una elegancia fría, cruzando las piernas despacio. Lo miró en silencio unos segundos, midiéndolo. —Estoy tan feliz, William —dijo con una sonrisa tranquila, como si el destino ya estuviera escrito—. Dentro de poco tendremos a nuestro hijo. William no respondió. Se levantó, dejó el vaso sobre la mesa despacio y se dio la vuelta para mirarla con una seriedad implacable. A Leonor se le borró la sonrisa de inmediato. Hubo un cambio tan drástico en el aire que se tensó en su sitio. —¿William? —preguntó, extrañada—. ¿Qué pasa? Él soltó el aire con pesadez, caminó hacia ella y se sentó en el sillón de enfrente, acortando cualquier distancia. La sostuvo con la mirada unos segundos en un silencio denso. —De eso quería hablarte. Ya que estás aquí, prefiero decírtelo de una vez... Leonor, quiero el divorcio. La frase salió de su boca fría, seca, sin dejar espacio para réplicas. Leonor se le quedó mirando, pálida. Abrió la boca para hablar, pero se quedó sin voz un par de segundos. —¿Qué… qué dijiste?— —Lo que escuchaste. Quiero terminar con esto. Leonor se levantó de golpe. —No… no, esto no puede estar pasando —dijo, retrocediendo un paso—. ¿Es una broma? William, no tiene ningún sentido. Nuestro hijo va a estar con nosotros muy pronto. Lo miraba con los ojos desorbitados, esperando desesperadamente que soltara una carcajada y dijera que todo era una mentira.Pero el peligro seguía acechando muy cerca. Varios metros por encima de ellos, en la penumbra del segundo piso, las cortinas de una de las habitaciones se abrieron apenas unos centímetros. Leonor estaba de pie junto a la ventana, oculta en la oscuridad. Desde ahí arriba, la vista del jardín era perfecta. Tenía los ojos fijos en la pareja, llenos de rabia, mirando cómo William abrazaba a Helena y cómo le acariciaba esa panza que ella tanto había anhelado. Aunque no podía escuchar lo que decían, los gestos se lo decían todo: se amaban, planeaban un futuro y ella ya no encajaba ahí.La furia le recorrió las venas como fuego. Apretó los dedos contra el marco de la ventana con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Su respiración se volvió pesada y cortada. Sentía que la estaban borrando de su propia vida para cambiarla por una intrusa.—Disfruta mientras puedas —susurró Leonor para sí misma, con una voz llena de veneno—. Crees que te vas a quedar con mi casa, con mi esposo
—Ella no lo ve así. Para ella, la culpa es mía. Piensa que yo seduje a William —dijo Helena.Clara la observó en silencio unos segundos. Se levantó de la silla con calma, dejó a un lado las cosas que llevaba y dio un par de pasos firmes hacia la cama.—Míreme, niña. La gente como la señora Leonor siempre busca culpables afuera porque no puede aceptar sus propios fracasos. Al señor William nadie lo obliga a nada; si está con usted, es porque quiere.Clara estiró la mano y, con un gesto amable, le acomodó la manta.—Tener miedo es normal, pero no deje que la paralice. Mientras yo esté en este cuarto, nadie va a tocarla a usted ni a los bebés. El señor William me paga para cuidarla y yo me tomo mi trabajo muy en serio. Además, ninguna mujer merece pasar un embarazo con temor. Descanse. Yo vigilo.Helena asintió, sintiendo que una pequeña parte de la angustia que la asfixiaba por fin cedía.—Gracias, Clara —susurró.Clara le sonrió levemente con la cabeza, tomó su ropa y entró al baño, de
Habían pasado unos días desde aquel enfrentamiento entre William y Leonor.Desde entonces, Leonor había intentado acercarse a Helena en varias ocasiones, pero Clara, la enfermera, tenía instrucciones estrictas de William: nadie debía entrar en la habitación ni molestar a Helena.Aquella tarde, Clara fue a la cocina para preparar un vaso de agua con el que Helena debía tomar sus vitaminas, además de un vaso de leche caliente y unas galletas. Mientras acomodaba todo en una bandeja, Leonor se acercó a ella, intentando entablar conversación. Sin embargo, su verdadera intención era encontrar la manera de acercarse a Helena.—Clara, cuéntame, ¿cómo está Helena? —preguntó Leonor con una voz aparentemente dulce, mientras fingía buscar algo dentro de la nevera.—Está bien, señora. Está evolucionando perfectamente.—Me alegra. De verdad. La pobrecita ha sufrido mucho.Leonor cerró la nevera y volvió a mirarla.—Y cuéntame, ¿mis hijos cómo están? Estoy ansiosa por tenerlos muy pronto en mis braz
Pasaron tres días en la clínica. Fueron días tranquilos, casi como si el mundo de afuera se hubiera detenido. William se quedó con ella todo el tiempo que pudo. Hablaban en voz baja, almorzaban juntos y, poco a poco, los miedos de Helena empezaron a enfriarse. Cada caricia de él se sentía real, sin fantasmas de por medio. Los bebés respondieron bien al tratamiento y el susto del aborto pareció quedar atrás, gracias a que ella no se movió de la cama.El día del alta, el médico fue muy claro antes de firmar los papeles.—Helena, ha evolucionado muy bien y los gemelos también, pero no debe confiarse —dijo, mirándola fijamente—. Se va a casa con una orden estricta: reposo absoluto. Nada de esfuerzos, nada de disgustos y nada de andar caminando por ahí. Su único trabajo es descansar. Si hace un movimiento en falso o vuelve a presentar algún síntoma, regresa directamente a la clínica.William, que permanecía a un lado con los brazos cruzados, asintió.Ya lo tenía todo pensado.—No se preocu
Helena lo miraba con los ojos muy abiertos, atrapada entre el profundo deseo de creerle —porque su propio corazón latía con fuerza por él— y el temor racional de ser solo un reemplazo.La música de la caja empezó a perder fuerza, ralentizándose poco a poco, haciendo que el silencio de la habitación se volviera aún más íntimo.—William... —susurró ella, sintiendo la calidez de sus dedos en su piel, debilitando todas sus defensas.—Déjamelo demostrarte —suplicó él, acercándose lentamente a sus labios, dándole el tiempo para apartarse si ella lo deseaba—. Déjame borrar esa duda.El susurro de William actuó como un hechizo. Helena cerró los ojos, intentando acallar la voz de la razón que le advertía, pero el latido desbocado de su propio corazón fue mucho más fuerte. La cercanía de William, su calor y la desesperación en su mirada terminaron por derribar la última barrera de su resistencia.Ella no se apartó. Al contrario, dejó caer la cabeza sutilmente hacia atrás, permitiendo que la man
Helena llevaba casi dos semanas en la clínica recuperándose. William iba a visitarla casi todos los días. Esa mañana, William entró a la habitación de Helena con una caja pequeña en sus manos. La llevaba años guardada, escondida entre unos objetos que habían sobrevivido a Leonor; ella se había deshecho de ellos argumentando que esos recuerdos avivaban la nostalgia de William, y que él necesitaba recuperarse y olvidar a Alicia porque le estaba haciendo daño.William pensaba entregársela a Helena porque, después de verla tantas veces, empezaba a sentir una necesidad inexplicable de comprobar cuánto se parecía a Alicia. Además, esa caja de música ayudaba a Alicia a relajarse, algo que podría ayudar a Helena también en su proceso de recuperación.William cerró la puerta de la habitación con suavidad. Helena estaba sentada en la cama, mirando hacia la ventana, pero se giró al escucharlo entrar. Al notar la pequeña caja de madera en las manos de William, frunció levemente el ceño, intrigada







