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CAPÍTULO 2: EL TECHO QUE NOS QUEMA

ผู้เขียน: Milenils
last update วันที่เผยแพร่: 2026-09-17 01:33:53

La limusina serpenteaba entre bosques de pino y roble, alejándose del ruido de la ciudad. En su interior, el silencio pesaba más que cualquier cláusula escrita.

Dante miraba por la ventana, la mandíbula tensa, los dedos reposando sobre sus rodillas con una presión contenida. Valeria lo observaba de reojo. La luz del atardecer perfilaba sus facciones duras, talladas como si algo dentro suyo estuviera siempre a punto de estallar. Y entre ellos había algo más que rabia: electricidad estática, densa y caliente, el roce invisible de dos cuerpos que se atraían pese a todo lo que los obligaban a odiarse.

—La Mansión del Bosque —dijo él sin volver la vista—. El mausoleo de los fundadores. Nuestra prisión.

—Prisión o refugio —respondió ella, erguida en el asiento—. Lo que importa es que la empresa se mantiene. No todos lo ven como tumba.

—Tú lo ves como triunfo —se giró entonces, clavándole esos ojos grises que la recorrieron despacio, de arriba abajo, sin prisa, sin disimulo—. Yo lo veo como es: el lugar donde me obligan a compartir techo con la hija de quien me arrebató todo.

—Compartes techo, no vida —contenió el calor que le subió al cuello, rápido y traicionero—. No te confundas.

—¿Ah no? —se inclinó hacia ella, la voz volviéndose más grave, más ronca—. Entonces ¿por qué dejas de mirarme los labios solo cuando te hablo?

Ella apartó la vista de golpe.

—No sé de qué hablas.

—Claro que sabes —sonrió de medio lado, fría y peligrosa—. Me miras como si quisieras callarme… o comérmelo. Aún no decides.

—Decidí que eres insoportable —lo cortó ella—. Y pierdes el tiempo provocándome.

El auto se detuvo. La mansión se alzaba imponente, de piedra gris, con dos torres que parecían centinelas vigilantes. La escalinata se bifurcaba antes de la puerta: la arquitectura misma parecía diseñada para mantenerlos separados. El mayordomo los esperaba en el umbral.

—Bienvenidos. Las suites están dispuestas según sus instrucciones.

Valeria entró. Mármol oscuro, sombras largas que se estiraban por los pasillos, olor a madera antigua y cera. Al fondo, dos pasillos que no se encontraban jamás.

—Aquí nos separamos —sentenció Dante—. Tú al este. Yo al oeste. Sin cruzar umbrales. Sin llamar a puertas ajenas. Lo que haya que decirse, se dice aquí, donde nos vean.

—¿Te da miedo quedar a solas conmigo? —lo retó ella, sin dar un paso atrás.

Él dio un paso hacia ella. No la tocó, pero el aire se volvió denso, difícil de respirar.

—¿Miedo? —susurró, acercando el rostro hasta que ella sintió su aliento cálido en la sien—. Me da miedo lo que haría si estuviera demasiado cerca.

—No siento nada —mintió ella, y la voz le tembló apenas—. Solo asco.

—Claro —se burló, bajando la mirada hasta sus labios y regresando despacio a sus ojos—. Por eso te acelera el pulso cuando me acerco. Por eso respiras hondo antes de responder. No mientas, Valeria. El cuerpo no sabe mentir.

Ella retrocedió.

—Mantente en tu lado. Yo en el mío. Así no nos contaminamos.

—Como quieras —se apartó con un gesto desdeñoso que no llegó a ocultar la tensión en su mirada—. Pero no vengas llorando si alguna noche despiertas pensando en mí.

—No lo haré —dijo ella con firmeza, aunque el corazón le latía desbocado contra las costillas.

Caminó hacia su ala. Sintió su mirada clavada en la espalda todo el recorrido. Al cerrar la puerta, se apoyó contra la madera, con la mano sobre el pecho. Lo odio, se dijo. Pero la piel le ardía en los lugares donde él había estado a punto de tocarla.

Los días siguientes fueron un juego de provocación silenciosa y constante. Se cruzaban en el desayuno, en los pasillos, en la entrada. Él siempre aparecía justo cuando ella estaba por irse. Siempre tenía una mirada que se demoraba de más, un comentario que rozaba lo prohibido, un roce leve al pasar que duraba demasiado tiempo.

Una mañana bajó con un vestido de seda granate que ceñía cada curva. Él la miró de arriba abajo, despacio, sin apartar la vista.

—¿Te vistes así para trabajar?

—Me visto como quiero —se sirvió café, manteniendo la calma—. No sé qué te importa.

—Me importa cuando paseas por mi casa pareciendo que esperas que te lleven a la cama —respondió él con una calma que mordía—. No necesitas tanto esfuerzo. Sé quién eres. Pero conmigo no funciona.

Ella dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco.

—Eres asqueroso.

—Soy honesto —se acercó, bajando la voz hasta que solo ella pudo oírlo—. Tú finges inocencia mientras me miras la boca cada vez que hablo.

—Te la miro porque dices estupideces y me dan ganas de callártela —escupió ella sin retroceder un milímetro.

Dante sonrió, oscuro y peligroso.

—Pues inténtalo.

Quedaron a un paso el uno del otro. Él levantó la mano… y la detuvo en el aire, a centímetros de su mejilla, antes de bajarla bruscamente.

—Vete a trabajar —dijo con voz ronca, dándose la vuelta—. Antes de que diga algo de lo que ambos nos arrepintamos.

Ella salió sin mirar atrás, ardiendo por dentro. Lo odio, repitió mientras caminaba hacia el auto.

La cena con la junta fue el límite. Valeria bajó con un vestido negro de escote profundo que dejaba al descubierto el cuello y la curva de los hombros. Dante la miró y su expresión se endureció, no de desaprobación, sino de algo mucho más oscuro y posesivo.

—¿A quién quieres impresionar? —le dijo en el trayecto—. ¿A los directivos que solo miran números?

—Represento a mi familia —mantuvo la frente alta—. No te pido permiso para vestirme.

—Vienes provocando —apretó el reposabrazos con fuerza—. Y no me gusta cómo te miran.

—¿Celoso, Sterling? —se burló ella—. Pensé que yo no era nada para ti.

—No soy celoso —la miró intensamente, como si quisiera grabarla en la memoria—. Soy precavido. No quiero que nadie vea lo que… —se calló, tragó aire y corrigió—. Que nadie se confunda.

—¿Que nadie se confunda o que tú mismo te confundes? —susurró ella, inclinándose levemente hacia él.

Durante toda la cena no la apartó de la vista. Cuando un director le tocó el brazo al hacer un comentario, Dante apretó su copa hasta que los nudillos se le tensaron bajo la piel.

De vuelta en la mansión, solos en el vestíbulo, la voz de él fue baja y cortante:

—No te dejes tocar así delante de mí.

—¿Así cómo? —se acercó desafiante—. Como tú dejas que te sonrían en la oficina? Como la que te llamó a medianoche?

Él dio un paso hacia ella.

—¿Me estás espiando?

—Oí lo que decía —replicó ella sin ceder—. No me importa con quién estés. Pero no me digas cómo comportarme.

—No estoy con nadie —soltó él, y la tomó del brazo, atrayéndola hasta que sus cuerpos chocaron—. Y tú lo sabes.

—¿Cómo voy a saberlo? —se burló ella, aunque el corazón le latía a mil por hora—. Eres experto en fingir.

—Odio esta situación —admitió él, áspero y roto, muy cerca de su rostro—. Odio tener que fingir que no te quiero.

—Yo también —susurró ella, sin poder contenerse más—. Te odio tanto que duele.

Estaban a un suspiro de distancia. Podían haberse besado. Podían haber borrado todo el odio en un instante. Pero él la soltó de golpe, como si su piel le quemara.

—Vete a tu habitación —le dio la espalda, con los puños cerrados a los costados—. Antes de que pierda el control.

—No me mandas —respondió ella con la voz quebrada.

—Entonces quédate —se giró de golpe, los ojos encendidos—. Quédate y verás qué pasa cuando dejo de contenerme.

Ella dio un paso hacia él… y se detuvo.

—No —retrocedió lentamente—. No ganas tú.

Corrió hacia su ala. Escuchó el puño golpear la pared apenas desapareció por el pasillo.

Desde su cama, horas después, oyó pasos que se detuvieron frente a su puerta. Allí quedaron, largos minutos, sin llamar, sin tocar la madera. Y luego se alejaron. Ninguno había cedido. Pero ambos sabían que la puerta no era lo único que se estaba rompiendo entre ellos.

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