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CAPÍTULO 25: EL QUINTO MES

Author: Milenils
last update publish date: 2026-10-09 21:42:39

Marta proyectó los datos sobre la pantalla. Las transferencias que se habían rastreado no iban a cuentas de Elena, sino a una empresa registrada en el extranjero con vínculos aún por identificar. Isabela revisó los documentos una última vez antes de hablar.

—No hay evidencia directa que implique a Elena Vance —admitió, con voz tensa—. Pero eso no significa que el dinero apareció solo. Alguien lo movió. Y esa persona sigue dentro del sistema.

—Entonces la investigación continúa, pero por otro camino —concluyó Sebastián—. Elena, quedas fuera de sospecha. Sin embargo, te pediré que estés disponible si necesitamos tu ayuda con los registros de Eduardo.

—Por supuesto —respondió ella—. Quiero saber quién hizo esto tanto como ustedes.

Isabela cerró su carpeta con un golpe seco.

—Mi equipo seguirá revisando los accesos remotos. No confío en que el problema esté resuelto. Solo hemos visto la punta del iceberg.

Salió de la sala. Adrián del Valle se levantó tras ella.

—Mi propuesta de inyección de capital sigue sobre la mesa —dijo, mirando a todos a su vez—. Si necesitan liquidez mientras aclaran todo, estaré disponible. Que tengan buen día.

Cuando se fueron, el ambiente se relajó apenas.

—Esa mujer no suelta nada sin una razón —murmuró Gael—. Y Adrián… llega con demasiada calma para alguien que solo quiere hacer negocios.

—Lo sé —asintió Sebastián—. Pero por ahora, tenemos que concentrarnos en lo que sí controlamos. Elena, ¿podemos revisar los cuadernos de Eduardo hoy por la noche? Hay anotaciones que no encajan.

—Después de la cena —respondió ella.

Esa noche cenaron los seis en el comedor de la Mansión del Bosque. Era la primera vez que se reunían así, sin documentos ni urgencias. La conversación fue fluida, pero cada quien llevaba sus propias reflexiones en silencio. Al terminar, se trasladaron a la sala principal.

—Cinco meses —dijo Gael, levantando su taza de café—. Cinco meses desde que firmaron ante el notario. Y aquí siguen. Pensé que el primer mes sería el único.

—Yo también —admitió Valeria, mirando de reojo a Dante—. Pero las cosas cambian.

—O nos cambian a nosotros —completó él, y su voz sonó más cercana de lo que esperaba.

Poco después, empezaron a despedirse.

—Nos vamos ya —dijo Elena, abrazando a Valeria—. Descansa. Y recuerda: no tienes que resolver todo esta noche.

—Gracias, Elena. Por todo.

Sebastián estrechó la mano de Dante con firmeza.

—Hablamos mañana. Mantente alerta.

—Siempre —respondió Dante.

Gael y Marta fueron los últimos en salir. Valeria y Dante se quedaron de pie en el umbral, viendo cómo el auto se alejaba por el camino de entrada. Cerró la puerta principal y echó el cerrojo. El sonido resonó en el vestíbulo amplio. De pronto, la casa era solo de ellos.

Mientras el auto avanzaba hacia la ciudad, Gael rompió el silencio.

—¿Qué piensas realmente de todo esto? —le preguntó a Marta, mirándola de reojo—. De Isabela, de Adrián… de cómo se miran Dante y Valeria.

—Pienso que estamos caminando por una cuerda floja —respondió ella, mirando por la ventana—. Isabela no descansará hasta encontrar a alguien a quien culpar. Y Adrián… él no quiere solo invertir. Quiere ver a Dante fuera de juego. Valeria es la pieza más valiosa en este tablero, y él lo sabe.

—Y lo que pasa entre ellos dos… —dijo Gael, pensativo—. Es como si se atrajeran y se temieran al mismo tiempo. Si algo les pasa, nos arrastra a todos. No solo a ellos. La empresa, los empleos, todo.

—Por eso debemos cuidar sus espaldas —decidió Marta—. Que ellos resuelvan lo suyo. Nosotros nos aseguramos de que nadie aproveche esa confusión para lastimarlos. Lealtad primero. Siempre.

Gael asintió, pero su expresión se mantuvo seria.

—Ojalá sea suficiente. Porque siento que la verdadera batalla apenas comienza.

En el estudio de la casa de Elena, Sebastián abrió sobre el escritorio el diario de Eduardo que habían traído consigo. La luz de la lámpara caía sobre páginas amarillentas.

—Mira esto —señaló con el dedo una nota al margen—: Si ella se va antes del plazo, él gana todo. Si se queda hasta el final, ella descubre lo que oculté. Y la verdad no perdona.

Elena se inclinó sobre el cuaderno, y el aroma de su perfume lo envolvió por un instante.

—¿Crees que Dante sabe exactamente qué hay en esas páginas?

—Conoce el contrato palabra por palabra. Pero no sé si Eduardo le contó esto —dijo él, y su voz se suavizó—. Elena… hay algo más. En otra parte escribe: Luna nunca supo elegir entre el amor y el control. No quiero que cometan los mismos errores. Creo que Eduardo sabía lo que pasaba entre nosotros. Lo que nunca resolvimos.

Ella lo miró directamente.

—¿Y lo resolvimos ahora, Sebastián? ¿O solo estamos reconstruyendo el pasado para no enfrentar el presente?

—No lo sé —admitió él, sin apartar la mirada—. Pero mientras busquemos la verdad juntos… al menos no estaremos buscando por caminos separados. ¿Verdad?

—Verdad —susurró ella, aunque el peso de la historia entre ellos seguía allí, sin resolverse del todo.

De vuelta en la Mansión del Bosque, el silencio no era vacío. Era denso, cargado de todo lo que no se habían dicho en la cena. Valeria se quedó de pie junto a la chimenea, observando cómo Dante se acercaba despacio, sin prisa, como si cada paso fuera una decisión consciente.

—Estamos solos —dijo él, y no sonó como una pregunta, sino como una constatación que el aire parecía confirmar.

—Sí —respondió ella, sintiendo cómo su respiración se hacía más lenta, más consciente de cada movimiento de él en la habitación.

Se detuvo a su frente, tan cerca que ella distinguía la sombra de barba en su mandíbula y el brillo oscuro en sus ojos. No la tocó aún.

—Hay algo que nunca te he dicho del contrato —empezó él, con voz grave y baja—. Si te vas antes del año… pierdes todo lo que te dejó tu padre. Y yo lo heredo. Completo. Sin condiciones.

Valeria sintió que el aire se le escapaba, pero no dio un paso atrás.

—¿Me lo dices para que me vaya… o para que sepa qué tan alto es el precio de quedarme?

Dante levantó una mano y le rozó la comisura de los labios con el dorso de los dedos. El roce fue leve, pero le encendió la piel entera.

—Te lo digo porque no quiero que te quedes por ignorancia. Quiero que te quedes porque tú lo decides. Aunque sepas todo. Aunque sepas que cada día que pasamos juntos… yo tengo algo que ganar si fallamos.

—¿Y tú? —susurró ella, levantando la barbilla—. ¿Tú te quedas porque debes… o porque quieres?

Él no respondió con palabras. La tomó por la cintura y la acercó a su cuerpo, despacio, dándole tiempo de apartarse si quería. Ella no se apartó. Sintió su calor, su firmeza, la forma en que sus manos la sostenían como si temiera que se desvaneciera y al mismo tiempo como si quisiera mantenerla allí para siempre.

—¿Te quedas, Valeria? —murmuró contra su sien, su aliento caliente en su piel—. Sabiendo todo… ¿sigues eligiéndome?

Ella entrelazó sus manos tras su cuello, sintiendo cómo su propio corazón latía al mismo ritmo que el de él.

—Me quedo. Pero no porque no tenga adónde ir. Sino porque aquí es donde quiero estar. Contigo. Aunque tengamos que descubrir juntos qué estamos construyendo.

Dante la miró a los ojos, y en esa mirada ya no había miedo ni duda. Solo deseo puro, intenso, arrollador. La besó entonces, lento y profundo, como si quisiera grabar cada instante en su memoria. No era un beso de urgencia, sino de reconocimiento: de dos personas que sabían que el camino era difícil, pero que en ese momento, solo existían ellos.

Cuando se separaron, la tomó de la mano.

—Ven conmigo —le dijo suavemente—. Esta noche no duermas sola. No quiero que ninguna pared nos separe.

Subieron juntos las escaleras, despacio, conscientes de que al cruzar esa puerta ya no habría vuelta atrás para ninguno de los dos. Lo que empezó como un contrato, esa noche se transformó en algo mucho más peligroso, más real y más difícil de abandonar.

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