Home / Romance / TODO LO QUE JURÉ ODIAR / CAPÍTULO 4: EL BESO QUE ROMPIÓ EL SILENCIO

Share

CAPÍTULO 4: EL BESO QUE ROMPIÓ EL SILENCIO

Author: Milenils
last update publish date: 2026-09-17 01:35:40

El aire se quedó suspendido entre ellos, denso y caliente. Los labios de Dante estaban a un respiro de los de ella, y en sus ojos grises ya no quedaba frialdad: solo un hambre oscura y desgarradora que amenazaba con devorar años de rencor acumulado. Valeria contuvo el aliento, esperando… no sabía bien qué. Que la besara. Que la odiara. Que dejara de mentir.

Pero fue ella quien retrocedió primero. Se zafó de su agarre bruscamente, como si sus manos le quemaran la piel, y dio un paso atrás.

—El acuerdo no cubre errores de juicio, Sterling —dijo, con la voz temblorosa pero tajante—. Y esto sería monumental.

Dante se quedó inmóvil, la mano aún suspendida en el vacío. Reconstruyó su máscara lentamente, línea por línea.

—Tienes razón —respondió cortante—. No te confundas.

—Asegúrate de que así sea —cruzó los brazos para ocultar cómo le temblaban las manos—. Nos vemos mañana. En la oficina. Donde no hay confusiones.

Caminó hacia su ala sin mirar atrás. Él se fue en dirección contraria, con pasos pesados y furiosos. Ninguno durmió esa noche. Valeria se quedó junto a la ventana, mirando la oscuridad, preguntándose si había sido el miedo… o el deseo lo que la apartó de él.

 

El viernes llegó la gala benéfica: su primera aparición pública como esposos. La prensa esperaba. Los inversores observaban. Y Valeria, siguiendo el consejo de Marta, decidió no ser la esposa que tolera desplantes. Sería la mujer que nadie podía ignorar.

Bajó con un vestido de seda negra de escote profundo y espalda descubierta, ceñido con terciopelo granate. El cabello suelto en ondas sobre los hombros, zafiros como único adorno. Dante la esperaba en el vestíbulo, impecable de esmoquin. Al verla, se detuvo. La recorrió de arriba abajo despacio, sin prisa, y dijo con sequedad:

—¿Te vistes así para recaudar fondos o para provocarme?

—Me visto como quiero —pasó a su lado sin detenerse—. No soy tu propiedad para pedir permiso.

En la limusina no intercambiaron una sola palabra.

El salón era un mar de luces y sedas. Música de cuerdas, aroma de rosas y champán. Dante la tomó del brazo al entrar, con una sonrisa perfecta y vacía.

—Sonríe —ordenó entre dientes—. Que no se note que nos odiamos.

—Sonrío cuando tengo motivos —respondió ella sin mirarlo.

Se separaron nada más cruzar el umbral. Dante fue reclamado por la junta. Valeria vio entonces a Adrián del Valle: joven, carismático, heredero de una firma rival, de sonrisa cálida y mirada que la veía a ella, no al apellido. Estaba solo junto a la barra. Ella respiró hondo y se acercó.

—No sabía que vendrías —le dijo.

—Y yo no sabía que guardaban su mejor tesoro para el final —respondió él—. Estás hermosa, Valeria.

Valeria se olvidó de la multitud. Se olvidó de Dante. Se rió, opinó, sintió por primera vez en meses que alguien la trataba con respeto, no como hija ni como esposa, sino como la profesional que era.

Y él la observaba. Desde el otro extremo del salón, Dante no apartaba la vista. Isabela le hablaba, pero él no escuchaba. Sus ojos estaban fijos en ella: cómo reía, cómo inclinaba la cabeza, cómo sus dedos rozaron levemente los de Adrián al pasarle una copa.

—Debemos saludar a los inversores asiáticos —insistió Isabela.

—Que esperen —respondió él con voz helada.

—Dante, no dejes que ella…

—¿Que no deje qué? —la cortó girándose bruscamente—. ¿Que hable con quien quiera? No soy su dueño. Y deja de actuar como si tú lo fueras.

—Yo defiendo tu posición… tu padre me encargó…

—Mi padre no está aquí —soltó él—. Y yo no estoy en venta.

Caminó con paso decidido hacia ellos.

—Disculpen —llegó junto a Valeria, la voz suave y gélida a la vez—. Cariño, te buscan los representantes de la fundación.

La tomó del antebrazo, con firmeza, sin violencia, sin permitir que se negara.

—Estoy conversando —se resistió ella—. Hablamos de una alianza.

—Puede esperar —no miró a Adrián—. Acompáñame.

La llevó a un pasillo lateral, en penumbra, donde la fiesta llegaba apagada y lejana. La soltó de golpe.

—¿Qué derecho tienes a coquetear con él delante de todos? —estalló.

—¿De qué te das cuenta? —se acercó desafiante—. De que puedo hablar, reír, ser tratada con respeto. ¿Eso te molesta?

—Me molesta que te exhibas así —escupió él—. Como si no tuvieras compromiso.

—¿Como si no te tuviera a ti? —lo terminó ella—. Pues no te tengo. No compartimos nada. Tienes a Isabela para tus noches. ¿Por qué yo no puedo sentirme bien un rato?

Dante dio un paso hacia ella.

—No digas eso.

—¿Te duele? —se burló, aunque la voz le tembló—. Pensé que era solo un contrato.

—Mientras lleves mi apellido, no eres libre —susurró acercándose tanto que su respiración le rozó los labios.

—¿Y tú lo eres? —lo retó, levantando la vista—. ¿Libre de mirarme así? ¿De desearme aunque te cueste la cordura?

Él calló un instante, y la verdad brotó rota, sin escudo:

—No. No soy libre. Y te odio por eso.

La tomó de la cintura y la atrajo con fuerza contenida. Esta vez no hubo duda ni retirada. La besó con hambre, con rabia, con todo lo callado durante meses. Valeria lo aferró por el cuello, respondiendo con la misma intensidad desesperada. Olvidaron orgullo, rencor, apellidos. Solo eran dos personas que se querían y se odiaban con igual fuerza devastadora.

Se separaron cuando el aire faltó, ambos temblando, con los labios hinchados.

—No juegues con fuego, Valeria —susurró él, con la frente apoyada en la suya—. Te quemarás.

—No soy yo quien enciende la llama y se asusta del calor —respondió ella, sin apartarse—. Si tienes miedo, suéltame.

La soltó de golpe, como si le doliera mantenerla.

—Vuelve a la fiesta. Y no te acerques a él otra vez.

—No me des órdenes —lo miró firme, a los ojos—. Si quieres obediencia, gánate el derecho.

Se fue dejándolo solo en la penumbra. Él se quedó con la mano apoyada contra la pared, sabiendo que la guerra ya no era contra su padre ni contra el pasado. Era contra sí mismo. Y estaba perdiendo.

En la limusina de regreso no hablaron. Pero Valeria sonreía en la oscuridad, con una chispa nueva en la mirada. Él la observaba por el reflejo del cristal, sabiendo que algo irrompible se había roto esa noche… y algo mucho más peligroso había nacido en su lugar.

Continue to read this book for free
Scan code to download App

Latest chapter

  • TODO LO QUE JURÉ ODIAR   CAPÍTULO 30: HACIA EL PARAÍSO

    El viernes llegó envuelto en una luz dorada y suave, como si el mundo mismo supiera que algo especial estaba por comenzar. Valeria terminó de empacar su maleta con manos que no dejaban de temblar ligeramente, no por miedo, sino por esa emoción que crece en el pecho cuando sabes que estás a punto de cruzar una puerta de la que no hay retorno.Llevó su equipaje al vestíbulo y lo encontró esperándola. Dante estaba junto al auto, con esa calma que parecía envolverlo siempre. Vestía una chaqueta ligera de color azul oscuro que le quedaba perfecta, y el sol de la tarde iluminaba sus cabellos oscuros y sus facciones marcadas. Al verla, su mirada se detuvo en ella con una intensidad que hizo que el aire se le atajara en los pulmones.—Eres hermosa —dijo él, simplemente, como si fuera lo más evidente del mundo.Valeria sintió cómo el calor le subía a las mejillas.—Gracias. Tú tampoco estás mal.Él sonrió, esa sonrisa que rara vez mostraba y que la desarmaba por completo. Le abrió la puerta de

  • TODO LO QUE JURÉ ODIAR   CAPÍTULO 29: LO QUE SOLO NOSOTROS SABEMOS

    Se encontraron en el pequeño café de siempre, alejado del bullicio del edificio. Era su rincón: nadie las miraba, nadie las escuchaba. Valeria removía su taza despacio, como si buscara las palabras exactas antes de soltarlas.—Nos vamos mañana —dijo de pronto, sin levantar la vista—. Nadie lo sabe. Solo tú, las chicas que coordinaron todo… y nosotros.Marta sonrió suavemente, pero mantuvo la mirada atenta.—¿Y eso te pone nerviosa o te hace feliz?—Ambas cosas a la vez —confesó Valeria, y al fin levantó la mirada—. Tengo miedo, Marta. Miedo de que no sea tan perfecto como lo imagino. Miedo de que en cuanto estemos solos, salgan todas las diferencias, todas las sombras que arrastramos. Pero también… tengo tantas ganas. De que por tres días seamos solo él y yo. Sin apellidos, sin contratos, sin miradas esperando que nos rompamos. Quiero creer que podemos resolver lo que nos duele. Quiero creer que este viaje nos acerque lo suficiente como para que, cuando volvamos, nada nos pueda separa

  • TODO LO QUE JURÉ ODIAR    CAPÍTULO 28: EL TIEMPO SE ACORTA

    Todo empezó con dos personas haciendo su trabajo. En el pasillo principal del edificio, cerca de las oficinas administrativas, la secretaria de Dante y la asistente personal de Valeria revisaban juntas los últimos detalles.—Todo confirmado —decía la asistente de Valeria, revisando una nota en su tableta—. El hotel tiene todo listo para el viernes a última hora. La suite está reservada a nombre de la familia Sterling, como siempre hacen. Y el transporte también está coordinado. Salen directo desde el estacionamiento privado para evitar esperas.—Perfecto —respondió la secretaria de Dante, guardando su propia copia—. Él pidió específicamente que no hubiera llamadas ni correos urgentes, a menos que sea una emergencia real. Quiere que esos días sean solo para ellos. Se lo merecen, ¿no? Han tenido semanas muy pesadas.—Totalmente de acuerdo —sonrió la otra—. Tres días lejos del teléfono, de las reuniones, de todo este ruido. Ojalá disfruten mucho.Ambas se despidieron y siguieron su camin

  • TODO LO QUE JURÉ ODIAR   CAPÍTULO 27: LO QUE OCULTA EL ESPEJO

    Isabela entró a su departamento y cerró la puerta con suavidad, como si el menor ruido pudiera revelar lo que pensaba. No encendió la luz principal. Se dejó caer en el sillón de cuero oscuro y miró hacia la ventana, donde la ciudad se extendía en luces lejanas. Durante años había creído que estaba cerca. Que todo lo que su familia había perdido, todo lo que le habían arrebatado, estaba a su alcance. Pero esa tarde, en la sala de juntas, había visto cómo se le escapaba entre los dedos. Elena exonerada, la investigación tomando otro rumbo, y Dante y Valeria más unidos que nunca.—No importa —se dijo a sí misma en voz baja—. Solo es un obstáculo. No el final.Se levantó y se acercó al espejo de la pared. Se miró largo rato. Su imagen era impecable: el cabello perfecto, la postura firme, la sonrisa que aprendió a construir desde niña. Pero al fondo de sus ojos había algo que nadie más veía: la sombra de una historia que no empezó con ella, sino con tres hombres que una vez fueron socios y

  • TODO LO QUE JURÉ ODIAR    CAPÍTULO 26: CUENTA REGRESIVA HACIA EL VIERNES

    Valeria despertó antes que él. La luz entraba suave por las cortinas, tiñendo la habitación de un tono dorado cálido. Se quedó quieta, recostada de lado, observándolo. Su respiración era tranquila, su rostro relajado, sin esa tensión que siempre llevaba cuando estaba despierto. Por un momento, no hubo contratos ni deudas ni amenazas. Solo él, ahí, a su lado.Deslizó su mano con cuidado sobre su pecho, sintiendo el ritmo de su corazón bajo sus dedos. Dante abrió los ojos lentamente. No se sobresaltó. Solo la miró, y una sonrisa suave se dibujó en sus labios al encontrarla tan cerca.—¿Cuánto tiempo llevas mirándome? —susurró, con voz aún ronca por el descanso.—Lo suficiente para darme cuenta de que rara vez te veo así —respondió ella, acercándose un poco más—. En paz. Sin que el mundo te esté pidiendo algo.Dante rodeó su cintura con el brazo, atrayéndola contra sí con suavidad.—Contigo es fácil olvidar todo lo demás. Aunque solo sea por unas horas.Se quedaron en silencio unos insta

  • TODO LO QUE JURÉ ODIAR    CAPÍTULO 25: EL QUINTO MES

    Marta proyectó los datos sobre la pantalla. Las transferencias que se habían rastreado no iban a cuentas de Elena, sino a una empresa registrada en el extranjero con vínculos aún por identificar. Isabela revisó los documentos una última vez antes de hablar.—No hay evidencia directa que implique a Elena Vance —admitió, con voz tensa—. Pero eso no significa que el dinero apareció solo. Alguien lo movió. Y esa persona sigue dentro del sistema.—Entonces la investigación continúa, pero por otro camino —concluyó Sebastián—. Elena, quedas fuera de sospecha. Sin embargo, te pediré que estés disponible si necesitamos tu ayuda con los registros de Eduardo.—Por supuesto —respondió ella—. Quiero saber quién hizo esto tanto como ustedes.Isabela cerró su carpeta con un golpe seco.—Mi equipo seguirá revisando los accesos remotos. No confío en que el problema esté resuelto. Solo hemos visto la punta del iceberg.Salió de la sala. Adrián del Valle se levantó tras ella.—Mi propuesta de inyección

More Chapters
Explore and read good novels for free
Free access to a vast number of good novels on GoodNovel app. Download the books you like and read anywhere & anytime.
Read books for free on the app
SCAN CODE TO READ ON APP
DMCA.com Protection Status