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CAPÍTULO 7: EL FANTASMA EN EL ESTUDIO

Auteur: Milenils
last update Date de publication: 2026-09-21 00:51:39

Mientras madre e hija trazaban sus planes en la casa apartada, a kilómetros de distancia, la atmósfera en la Mansión del Bosque se había vuelto densa, cargada de un peso antiguo que parecía descender desde las vigas de roble oscuro. Sebastián Sterling llegó poco después del mediodía, sin aviso, rompiendo la precaria calma que solía reinar en el lugar. Dante lo recibió en el estudio, donde la luz entraba escasa y grisácea, acentuando las facciones duras y marcadas del patriarca. Sebastián caminaba de un lado a otro, impecablemente trajeado, midiendo cada rincón como un general que evalúa un campo de batalla antes de dar la orden de ataque.

—Te veo dudando, Dante —dijo de pronto, deteniéndose frente al escritorio, con las manos entrelazadas tras la espalda—. Eso es exactamente lo que buscan. Que cuestiones mi palabra, nuestra historia, todo lo que hemos construido con sudor y renuncias. No dejes que te confundan con lágrimas ni miradas tristes.

Dante permaneció sentado, observando a su padre con una calma tensa que apenas lograba sostener. ¿Renuncias?, pensó, y una sombra de amargura le cruzó el pecho. Tú renunciaste a todo lo que valía la pena por tu propio orgullo.

—Valeria hace su trabajo, padre —respondió en voz alta, manteniendo el tono parejo—. Maneja todo de manera impecable, no hay errores. Protege el legado de su padre con la misma dedicación que tú pides que defienda el nuestro.

—¿Impecable? —Sebastián soltó una risa seca, carente de cualquier calidez—. Eso es lo que te muestra. Igual que Elena: fachada perfecta, sonrisa serena, mientras socava los cimientos desde adentro. Eduardo hizo lo mismo. Se vendió como el conciliador, el hombre justo, y en cuanto bajamos la guardia, reescribió las reglas para que ellos tuvieran ventaja. Me robó el lugar que me correspondía por derecho.

—He revisado las actas originales de esas reuniones —dijo Dante, levantándose despacio, apoyando las manos sobre la mesa—. Las decisiones fueron aprobadas por todos. Tú mismo firmaste cada documento. Nadie te robó nada; cediste el control operativo a cambio de liquidez y de acciones preferentes. Fue una elección tuya.

Sebastián golpeó la mesa con la palma, tan fuerte que el tintero vibró sobre la madera.

—¡Viciaron el proceso! La eligieron a ella, a él, y me dejaron fuera. Ahora su hija repite la historia contigo. Te confunde con su inteligencia, con su manera de mirarte… y tú olvidas quiénes somos, de dónde venimos, todo lo que nos costó llegar aquí.

Dante lo miró directo a los ojos, y esta vez no retrocedió. Algo dentro de él se rompió por fin: la contención de años, el respeto ciego, el miedo a decir en voz alta lo que llevaba callado toda la vida.

—Estás tan cegado por el rencor que ni siquiera ves lo que has destruido con tus propias manos —la voz le tembló, pero no de miedo, sino de la fuerza de la verdad que brotaba—. Pasaste toda una vida odiando a Eduardo, compitiendo con él, persiguiendo a Elena… y en medio de ese fuego, olvidaste a la única persona que no tenía culpa de nada: mi madre.

Sebastián se detuvo de golpe, como si le hubieran lanzado agua helada.

—No hables de lo que no entiendes. Ella era… distinta.

—La entiendo demasiado bien —Dante dio un paso hacia él, la rabia acumulada brotando al fin—. Te casaste con ella como quien compra un sustituto. La elegiste porque no podías tener a Elena, y la trataste como si fuera culpa suya existir. Vivió años intentando ganarse una mirada tuya, una palabra, un solo gesto de cariño… y tú solo tenías ojos para la mujer que jamás fue tuya. ¿Sabes lo que es crecer viendo a tu propia madre encogerse cada vez que entrabas a la habitación? —se preguntó con el pecho apretado—. ¿Sabes lo que es escucharla llorar de noche sin entender por qué, sin atreverse a preguntar?

—Ella era débil —murmuró Sebastián, aunque la voz se le quebró—. No pudo soportar… la presión.

—No era débil —lo cortó Dante con dureza—. Estaba rota. La rompiste tú, pedazo a pedazo, día tras día. La obligaste a competir con un fantasma, con un recuerdo que tú mismo alimentabas, hasta que un día no pudo más y se fue. Y todo por tu orgullo, por tu obsesión, por no saber aceptar que el amor no se obliga, no se negocia, no se reemplaza.

Sebastián envejeció de golpe bajo la luz gris del estudio. Los hombros se le cayeron, perdiendo la rigidez de general.

—Crees que no lo sé… —susurró, mirando hacia la ventana—. He vivido con este peso cada día. Pero Elena… si nunca hubiera aparecido…

—¿Así que la culpas a ella también? —Dante negó con la cabeza, descorazonado—. Ese es tu círculo vicioso. Todo lo justificas con el rencor. Y ahora me pides que continúe tu guerra contra su hija. No olvido que la indiferencia que mató a mi madre empezó cuando Elena te rompió el corazón. Por eso crecí sin ti y sin ella.

Pasaron varios minutos antes de que el hombre mayor se enderezara lentamente, acomodándose la chaqueta con un gesto mecánico, recuperando una fachada que ya no convencía a nadie.

—Si buscas al responsable de lo de Eduardo —dijo al fin, con voz apagada y extraña—, no mires aquí. Revisa los socios que él trajo de la capital el último mes. Ahí está la sombra que nos acecha a todos.

Sin añadir una palabra más, Sebastián se giró y salió del estudio. Dante lo siguió con la mirada mientras cruzaba el vestíbulo, caminando más encorvado de lo que jamás lo había visto. Escuchó la puerta principal cerrarse con un golpe sordo, definitivo. Se quedó solo, con el eco de sus propias palabras resonando en las paredes, sabiendo que la guerra ya no era contra nadie de afuera. Era contra todo lo que le habían enseñado a creer.

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