Mag-log inEl trayecto de regreso desde la terraza hasta la mansión se sintió interminable. Apenas la ambulancia privada frenó frente al porche principal, un silbido agudo me brotó del pecho. Sentí como si una banda de hierro me apretara las costillas, impidiéndome meter una sola gota de aire a los pulmones. —Gabriel... no... no puedo respirar —logré balbucear, clavándole las uñas en la manga del saco. —¡Abran la puerta! —gritó Gabriel fuera de sí, llamando a los paramédicos—. ¡Rápido, se me está ahogando! —Señor Mendoza, mantenga la calma, ya bajamos la camilla —dijo el paramédico a cargo, abriendo las compuertas traseras del vehículo. —¡¿Cómo quieres que mantenga la calma si está morada?! —rugió Gabriel, cargándome de inmediato en sus brazos sin esperar la silla de ruedas—. ¡Carlos, abre la puerta de la habitación de abajo! ¡Avísale a la doctora Vargas que ya llegamos! Cruzamos el vestíbulo a toda prisa. El frío del piso de mármol
—El paramédico va a protestar si nos quedamos más tiempo aquí arriba, Gabriel —dije, acomodándome la manguera del oxígeno. —Que proteste todo lo que quiera —respondió Gabriel, apretándome más fuerte contra su pecho—. Le pagué al hospital para que nadie nos moleste en esta terraza tonight. Esta noche es solo para nosotros dos. —Mira allá abajo... la avenida principal parece un río de luces encendidas. —Hace años que no me detenía a mirar la ciudad así, Elena. Siempre andaba corriendo detrás de los balances, los contratos y las juntas de socios. —Eras un adicto al trabajo, Mendoza. No tenías vida propia. —No la tenía hasta que entraste a mi oficina con esa carpeta de auditoría y me plantaste cara —sonrió él, besándome el cuello suavemente—. Ese día cambió mi mundo por completo. —Te puse a temblar los números, admítelo. —Me pusiste a temblar la vida entera, que es distinto —corregió, tomando mi mano para e
—Gabriel, no quiero ver otra pared blanca —dije, mirando el techo de la habitación—. No puedo más con el olor a desinfectante. —Elena, la doctora Vargas dejó muy claro que no te puedes mover de la cama —respondió Gabriel, acomodándome la cánula de oxígeno con los dedos temblorosos—. La saturación apenas se mantiene estable. —Solo quiero ver el cielo una vez más, Gabriel. Por favor. Un rato fuera de este encierro. —Es muy peligroso, mi amor. Si te falta el aire en la calle... —Me estoy ahogando aquí adentro de todas formas —le interrumpí, tomándole la mano con las pocas fuerzas que me quedaban—. Cumpleme este capricho, te lo suplico. Necesito respirar aire limpio contigo. Gabriel se quedó en silencio varios segundos, apretando la mandíbula mientras me miraba a los ojos. Soltó un suspiro largo y se pasó la mano por la cara. —Está bien —cedió en un murmullo—. Voy a hablar con Vargas. Pe
Un silbido ahogado me salió del pecho al intentar tomar aire. Cada inspiración profunda se sentía como si mil agujas me atravesaran el costado izquierdo. Me acomodé hacia adelante, apretando la bata contra las costillas, pero el dolor no cedióa. El monitor de saturación comenzó a pitar con insistencia, marcando números cada vez más bajos.Gabriel entró a la habitación con una jarra de agua en la mano. Al ver la pantalla parpadear en rojo, dejó la jarra de golpe sobre la mesa auxiliar y corrió hacia la cama.—¡Elena! ¿Qué te pasa? ¿No puedes respirar? —pregunto alarmado, tomándome por las axilas para incorporar el torso.—Me quema... el pecho, Gabriel —logré articular entre jadeos cortados—. Siento que no me entra el aire.—Quédate tranquila, no hagas fuerza. Voy a llamar a la doctora Vargas ahora mismo —dijo él, presionando el botón de emergencia de la pared sin soltarme la espalda.—No me dejes caer... —susurré, apretándole la manga de la camisa.—Aquí
El eco de la firma en el acta matrimonial aún resonaba en el aire cálido de la habitación. Gabriel continuaba sentado a mi lado, sosteniendo mi mano izquierda con una devoción casi sagrada. El brillo de la alianza de oro blanco destacaba en mi piel pálida, un contraste perfecto en medio del entorno hospitalario. —Mírate, Elena —dijo Gabriel en voz baja, pasándome el pulgar por el dorso de la mano—. Te ves radiante. —Sigo con la bata puesta y el pelo desordenado, Gabriel —sonreí, sintiendo un leve cosquilleo en los ojos—. Pero me siento viva. —Para mí eres la mujer más bella del mundo entero —aseguró él, mirándome a los ojos—. Y a partir de hoy nada en este universo nos puede separar. —Ni siquiera el dolor que siento en la espalda —admití, soltando un largo suspiro mientras la anestesia empezaba a perder fuerza. —¿Te volvió a hincar la lumbar? —preguntó preocupado, intentando levantarse de la cama. —No te muevas —
La luz matutina entraba tibia por el ventanal de la habitación. Me acomodé las almohadas detrás de la espalda, cuidando de no rozar el cable del monitor cardíaco. Gabriel entró con pasos rápidos, trayendo las manos escondidas detrás del saco de su traje gris. —Elena, despierte —dijo Gabriel, acercándose a la cama con una sonrisa de lado. —Llevo despierta desde las seis, terco —respondí, mirándolo con curiosidad—. ¿Por qué viene tan arreglado a estas horas? —Porque hoy no es un día cualquiera en este hospital —afirmó él, sentándose en la orilla del colchón. —¿Pasó algo en la empresa? —Olvídese de la empresa por un momento —dijo, sacando de su bolsillo trasero una cajita de terciopelo azul marino—. Vine a arreglar un asunto pendiente que tenemos desde hace meses. Me quedé mirando la cajita de terciopelo sin aliento. —Gabriel... ¿qué es eso? —pregunté en un hilo de voz. —Abra la caja y véalo uste







