INICIAR SESIÓNLa tensión en la sala de juntas no se había disipado del todo. Apenas diez minutos después de que Victoria saliera derrotada, la puerta de roble se abrió nuevamente de par en par. El fiscal financiero del Estado, acompañado de dos auditores judiciales y un par de agentes, ingresó al salón con carpetas negras bajo el brazo. —Buenas tardes, señores directivos —anunció el fiscal con voz helada—. Tenemos una orden de inspección inmediata ordenada por el tribunal corporativo. Se ha presentado una denuncia de último minuto por falsificación de balances y retención de activos financieros. Gabriel se puso de pie al instante, interponiéndose entre los funcionarios y la mesa. —¿De qué denuncia me habla, fiscal? —exigió Gabriel con voz firme—. La junta acaba de ratificar mi presidencia y la auditoría externa no encontró ninguna irregularidad. —La denuncia no es de la auditoría externa, señor presidente —intervino
Gabriel caminó hacia la puerta principal de la oficina, pasó el seguro y bajó la persiana de madera fina que cubría el ventanal de la recepción. El silencio en el despacho privado se volvió de inmediato denso y privado. Se quitó la chaqueta del traje, la arrojó sobre el sillón y me miró con una intensidad que me hizo acelerar el pulso. —¿Estás segura de lo que estás haciendo, Elena? —preguntó acercándose despacio a mi escritorio. —Nunca he estado más segura de nada en mi vida, Gabriel —respondí levantándome de la silla. —El médico dijo que debías tener cuidado con cualquier sobreesfuerzo —mencionó deteniéndose a solo centímetros de mí. —El médico no entiende lo que siento cuando te tengo cerca —dije tomando las solapas de su chaleco. Gabriel soltó un suspiro profundo y me tomó de la cintura, pegándome a su cuerpo con una fuerza contenida. —Tengo miedo de lastimarte, Elena
Las ocho de la mañana en punto resonaron en el reloj de pared del salón de actos de la corporación. La gran mesa ovalada de caoba estaba rodeada por doce hombres y mujeres vestidos de etiqueta oscura, con expresiones heladas y carpetas ejecutivas abiertas frente a ellos. En la cabecera, Gabriel permanecía sentado con la espalda completamente recta y las manos entrelazadas sobre la madera barnizada. A su lado derecho, yo sostenía una libreta de apuntes, disimulando el temblor ligero de mis dedos bajo la superficie del escritorio. Victoria ocupaba el extremo opuesto, luciendo una sonrisa triunfante mientras ordenaba un legajo de documentos impresos. —Damos por iniciada la sesión extraordinaria de la junta directiva convocada para el día de hoy —declaró el secretario corporativo acomodándose las gafas—. El primer y único punto del orden del día es la moción presentada por la accionista Victoria sobre la destitución inmediata del presidente Gabriel.
—¿Qué haces aquí, Victoria? —preguntó Gabriel apretando los puños—. Ya te dije en la mañana que no tienes nada que hacer en mi oficina. —Tranquilízate, querido —respondió Victoria acomodándose las gafas de sol sobre la cabeza—. No vengo a pelear contigo. Vengo a traerles una pequeña sorpresa que encontré en la clínica central. —Sal de aquí antes de que llame a seguridad —sentenció Gabriel alcanzando el teléfono. —Yo no haría eso si fuera tú —interrumpí Victoria señalando el sobre con un dedo perfectamente manicurado—. Lo que hay ahí dentro les interesa a los dos. Especialmente a tu querida Elena. Me quedé helada en mi silla. Un sudor frío me recorrió la espalda mientras miraba la carpeta de papel sobre la mesa. —¿De qué estás hablando, Victoria? —pregunté tratando de mantener la voz firme. —Hablo de tu
La alarma del reloj sonó a las seis de la mañana. Me levanté despacio de la cama, apoyando las manos en la mesa de noche para estabilizar el mareo leve que sentía en la cabeza. Gabriel ya estaba en el baño frente al espejo, abrochándose los botones de la camisa blanca.—¿Qué haces de pie, Elena? —preguntó Gabriel volviéndose al verme—. Vuelve a acostarte. Es muy temprano para ti.—Me voy a vestir —respondí caminando hacia el armario—. Me voy contigo a la oficina.—De ninguna manera —dijo dejando la corbata sobre el lavamanos y acercándose rápido—. El doctor Hoffman fue muy claro ayer. Tienes que guardar reposo absoluto en la casa.—El doctor Hoffman cuida mi salud física, pero no mi cabeza —contesté sacando un vestido holgado de la percha—. No me voy a quedar encerrada en esta habitación mirando el techo a esperar que la enfermedad avance.—Elena, entiéndelo por favor —suplicó Gabriel tomándome de las manos con delicadeza—. Estás embarazada y suspendiste la
La luz fluorescente del consultorio iluminaba los documentos médicos sobre el escritorio. El doctor Hoffman firmó la última hoja con un trazo rápido y cerró la carpeta con fuerza. El chasquido resonó en la habitación vacía. Gabriel estaba sentado a mi lado, rígido, con las manos apretadas sobre sus rodillas. —Queda asentado en el expediente, Elena —dijo el doctor Hoffman mirándome a los ojos—. A partir de este instante suspendemos oficialmente todo el tratamiento con drogas pesadas y quimioterapia intensiva para proteger el desarrollo de la bebé. —Gracias, doctor —respondí en voz baja. —No me agradezcas nada —interrumpí el oncólogo con tono frío y profesional—. Como médico, estoy obligado a advertirte nuevamente lo que esto significa. Las drogas pesadas eran lo único que frenaba la multiplicación celular del tumor. Sin ellas, el cáncer va a recomenzar su avance silencioso hoy mismo. —Sabemos las consecu







