INICIAR SESIÓNLa noche llegó lenta, cargada de promesas no dichas y deseos ocultos. Gabriela estaba en la casa de Lucas para ayudar a su amigo a organizar algunas cosas para la universidad, pero dentro de ella ardía sin control un fuego que solo crecía. Desde el último encuentro con Adrian, apenas podía pensar con claridad. Cada mirada de él era una invitación, cada gesto, una provocación imposible de ignorar.Lucas salió a atender una llamada, dejando a Gabriela sola en la sala. El silencio pesado de la casa parecía amplificar sus pensamientos confusos, hasta que sintió la presencia de él a su espalda. Adrian entró despacio, como si no quisiera asustarla, pero el peso de su presencia hizo que el aire se volviera casi irrespirable.—No deberías estar aquí sola —dijo él con esa voz grave, un tono de advertencia y deseo al mismo tiempo.Ella se giró para enfrentarlo, el cuerpo ya reaccionando automáticamente, los ojos fijos en los de él.—No consigo pensar en irme —confesó, sintiendo que el corazón s
Los días siguientes parecieron eternos para Gabriela. Cada paso que daba en la casa de Lucas estaba cargado del recuerdo de aquel beso, de aquel toque urgente y ardiente que la quemaba por dentro. Intentaba actuar con naturalidad, pero dentro de ella un fuego no se apagaba.Adrian también parecía diferente. Más relajado, más provocador y, al mismo tiempo, controlado. Cada vez que sus miradas se cruzaban, comenzaba un juego silencioso de coqueteo, una tensión casi palpable en el aire, como si cualquier palabra pudiera ser la chispa que lo detonara todo.Esa tarde, Gabriela llegó para estudiar con Lucas. Entró en la cocina, distraída, cuando Adrian apareció de repente a su lado.—¿Quieres un café? —preguntó él, con una sonrisa que hizo que todo su cuerpo se erizara.Ella sintió el calor subirle al rostro, intentando retroceder, pero una voz interna la impulsaba a quedarse.—Por favor —respondió, con la voz más firme de lo que esperaba.Mientras él preparaba la bebida, quedaron uno al la
Gabriela nunca imaginó que un simple almuerzo en la casa de su mejor amigo estaría tan cargado de tensión y deseo oculto. Tenía veinte años, esa edad en la que el cuerpo ya sabe exactamente lo que quiere, pero la mente intenta convencerse de lo contrario. Desde que conoció a Lucas en la universidad, él siempre había sido su refugio, el amigo que entendía sus silencios, sus miedos, sus manías. La casa de él era el lugar donde se sentía cómoda… excepto cuando Adrian, el padre de Lucas, estaba cerca.Adrian tenía casi cuarenta años y parecía cargar el peso de los años con una confianza natural que irritaba y atraía a partes iguales. Era alto, de hombros anchos, postura impecable, ese tipo de hombre que parecía dominar el espacio solo con existir. La barba de varios días resaltaba la mandíbula fuerte y la mirada, oscura y fija, desconcertaba a cualquiera. Gabriela siempre había intentado evitar mirarlo. Siempre. Pero esa tarde algo diferente ocurrió.Entró en la cocina mientras Lucas iba
La pretemporada había terminado. El equipo regresaba del último viaje con una mezcla de agotamiento y expectativa por lo que vendría. Pero para Anny, el verdadero juego aún ocurría fuera de las canchas —entre cuatro paredes, donde ella y Hanz vivían una historia secreta que ahora amenazaba con estallar como una bomba.Habían vuelto de Múnich en silencio. Ella, con una sudadera holgada, pero todavía con la piel marcada por los dedos de él. Él, con la mandíbula tensa, los ojos atentos y una mano posesiva sobre el muslo de ella en el asiento del avión.Esa noche, en el apartamento de él, no hubo palabras. Solo miradas. Silencios que lo decían todo. Cuando la puerta se cerró detrás de ellos, fue Hanz quien rompió el hielo.— Quítate la ropa —dijo él, con la voz más ronca de lo normal—. Toda.Ella obedeció. Cada prenda que caía al suelo era una entrega. Un «sí». Un «me rindo». Él la observaba como un depredador hambriento.— Acuéstate boca abajo.La cama estaba cubierta con sábanas negras.
La exposición era inevitable.Anny supo que algo estaba diferente en cuanto entró en la cancha de entrenamiento esa mañana. El aire estaba pesado, cargado de una tensión no dicha. Los jugadores, normalmente ruidosos y relajados, ahora hablaban en susurros, intercambiando miradas rápidas e incómodas. Algunos se callaron cuando ella pasó, otros fingieron no notar su presencia.No formaba parte oficialmente del equipo, pero llevaba tanto tiempo allí que se había vuelto casi invisible: una figura constante en las gradas, llevando agua, pasando toallas, escuchando confidencias. Todos la conocían como la «amiga» de Hanz, la confidente, la persona en quien él depositaba total confianza.Pero ahora… ahora era otra cosa.Y todos lo sabían.La noche anterior había sido un punto de inflexión. Hanz no había sido cuidadoso. O tal vez había sido exactamente lo contrario: intencional, calculador, dejando marcas donde todos pudieran verlas.Cuando la puerta del gimnasio se abrió y Hanz entró, el sile
El vestíbulo del hotel estaba silencioso a esa hora de la noche. La concentración del equipo para el partido de mañana mantenía a todos recogidos en sus habitaciones, bajo vigilancia y reglas estrictas. Pero Hanz nunca siguió reglas que no fueran las suyas.Anny entró por la puerta de servicio, con la capucha cubriéndole el rostro, las piernas expuestas bajo un abrigo amplio. El corazón le latía como un tambor. Estaba mojada antes siquiera de subir al ascensor.Él la tomó del brazo en cuanto la vio, sin decir una palabra. Subieron juntos hasta la habitación del último piso. Suite presidencial. Espejos en todas las paredes. Luces bajas. El olor a cuero, alcohol y deseo impregnaba el aire.La puerta se cerró. Y ella ya lo sabía: no había vuelta atrás.—Quítatelo todo —ordenó él, cerrando la puerta con llave y dejando el móvil en la mesita de noche.Anny obedeció. Uno a uno, los botones del abrigo. Luego el sujetador. La braguita se deslizó por sus piernas. Quedó allí, desnuda fr







