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Tarde para llorar mi muerte
Tarde para llorar mi muerte
Alyssa J

Capítulo 1.

Alyssa J
Tras mi muerte, mi espíritu no se desvaneció. En lugar de eso, me encontré flotando hasta la sala de estar.

Elena tenía el rostro pálido, casi grisáceo, y sus labios habían perdido por completo el color.

En el centro de la mesa había un pastel de tres pisos decorado con crema rosa, con la inscripción: «Feliz cumpleaños, princesita».

Mamá abrazaba a Elena por los hombros desde atrás, apoyando la barbilla en su cabeza. Papá estaba sentado frente a ellas, con ambas manos hundidas entre el cabello, completamente inmóvil.

—Creí escuchar a Emma gritar desde el sótano hace un momento —murmuró Elena con una voz tan débil que apenas se alcanzaba a oír—. ¿Alguien podría ir a ver cómo está?

Mamá la estrechó entre sus brazos con más fuerza.

—Está bien. Ya sabes cómo es. Cada vez que llega tu cumpleaños, siempre inventa alguna excusa.

—Pero, ¿y si realmente le pasa algo?

—Ya basta —intervino papá al fin, con voz baja pero firme—. Hoy es tu último cumpleaños. Nadie lo arruinará.

Al pronunciar la palabra «último», tragó saliva.

Mamá hundió el rostro en el cabello de Elena y una lágrima se deslizó por la comisura de su ojo.

Elena no dijo nada más, pero siguió mirando hacia el sótano con preocupación. Después, cortó en silencio una rebanada de pastel y la reservó para mí.

Ella nunca aceptó aquel favoritismo como algo normal. Al contrario: entendía mejor que nadie lo que significaba. Cada cosa buena que recibía era algo que me estaban quitando a mí.

Por eso, siempre intentaba compensarme en secreto.

Durante las noches de invierno, cuando mamá solo le llevaba mantas extra a ella, Elena caminaba descalza en la oscuridad para cubrirme con el borde de su manta; luego volvía a su cama y se quedaba tiritando bajo una sábana demasiado fina.

Cuando los invitados llevaban dulces y se los daban todos a ella, no probaba ni uno solo. Los guardaba en los bolsillos y, en cuanto mamá y papá se dormían, me los entregaba a escondidas.

Cada vez que me mandaban a la esquina como castigo, ella corría a tomarme del brazo y decía:

—Yo fui la que la obligó a hacerlo. Castíguenme a mí en su lugar.

Siempre me repetía lo mismo:

—Emma, lo siento mucho. Si no fuera por esta maldición, nunca te tratarían de esa forma.

Pero mamá y papá jamás lo vieron de esa manera.

—Ella siempre ha odiado verte feliz —dijo mamá en voz baja desde el otro lado de la mesa, con un tono cargado de ternura—. Te tocó cargar con toda esa condena y ni siquiera es capaz de agradecértelo. ¿Cómo es posible que todavía te preocupes por ella?

Su rostro se endureció de repente.

—¿Ya olvidaste lo que pasó cuando cumpliste doce años?

Yo no lo había olvidado. Fue entonces cuando comprendí por primera vez lo que realmente significaba la marca de la maldición que llevaba Elena.

Aquel día, papá pidió medio día libre en el trabajo, algo que casi nunca hacía. Mamá se levantó a las cinco de la mañana para preparar un caldo espeso, asar cordero y llenar la mesa con todos los platos favoritos de Elena.

Papá también había traído a casa una delicada pulsera de piedra lunar, forjada por uno de los mejores artesanos elfos del pueblo. Le había costado el salario de dos meses.

Él mismo se agachó para abrochársela con cuidado en la muñeca, mientras mamá permanecía a su lado, grabando la escena con el teléfono y con el rostro empapado de lágrimas.

Yo observaba desde el marco de la puerta de la cocina.

No sabría decir exactamente qué pasaba por mi cabeza en ese momento. Solo recuerdo que salí corriendo y, de un solo golpe, tiré al suelo todo lo que había sobre la mesa.

Los platos se hicieron añicos. El caldo salpicó los pies de mamá, quien soltó un quejido de dolor.

—¡También es mi cumpleaños! ¡¿Por qué todo es para ella?!

Me quedé allí, gritando en medio de aquel desastre, como un animal salvaje y acorralado.

No eran solo celos; aquello iba mucho más allá. De pronto, lo vi todo con total claridad: papá ahorrando durante dos meses para comprar aquella pulsera; mamá cocinando desde antes del amanecer; los dos llorando mientras grababan ese momento.

No era un cumpleaños lo que celebraban. Estaban contando los días que le quedaban de vida.

Pero yo era demasiado pequeña. Las palabras que realmente quería decir se me quedaron atoradas en el pecho y nunca lograron salir. Lo único que brotó fue la versión más fea de mí misma.

El rostro de papá se ensombreció. Me levantó, me arrojó dentro de mi habitación y corrió el cerrojo desde fuera.

Nadie me llevó comida durante todo el día.

A mitad de la noche, escuché cómo la cerradura giraba suavemente.

Elena estaba agachada en el marco de la puerta, sosteniendo un pan frío y duro como una piedra junto a media taza de agua; tenía las rodillas raspadas y ensangrentadas.

Más tarde me enteré de que había intentado alcanzar una llave guardada en el cajón de la cómoda de mamá y papá. Se subió a un pequeño banco, pero este se tambaleó y la hizo caer al suelo.

Enseguida me puso el pan en la mano, se agachó a mi lado y me secó las lágrimas con la manga de su ropa.

—Deja de llorar, ¿sí?

Esbozó una pequeña sonrisa. Tenía los ojos tan rojos que parecían a punto de sangrar.

—Cuando yo ya no esté, todo será tuyo. El cordero asado será para ti y esa pulsera también. Podrás disfrutarlos cuando quieras, ¿te parece?

Mientras tanto, en la mesa, mamá seguía hablando.

—Emma es una desagradecida. Después de todo lo que Elena ha hecho, después de cargar por completo con la maldición, todavía nos guarda rencor por el cariño que le damos. Siempre ha sido así.

Yo flotaba sobre ellos, sin poder decir una sola palabra para defenderme.

En el fondo, mamá no estaba del todo equivocada: yo sí sentía celos. Celos de que, cuando Elena enfermaba, alguien la abrazara durante toda la noche; de que le bastara con decir «mamá» para recibir un abrazo al instante; de aquellos dieciocho años de amor que fueron para ella, mientras yo gritaba hasta quedarme sin voz y nadie acudía a mi lado.

Me deslicé hasta Elena, deseando abrazarla y explicarle que de verdad estaba enferma, que el dolor de estómago era real y que nunca había fingido. Pero mis dedos atravesaron su hombro.

Miré mi mano. Era transparente.

Atravesé la puerta del sótano y vi a una chica acurrucada en un rincón. Era mi cuerpo.

Al final, quien había cargado con todo el peso de aquella maldición era yo.

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