Teilen

Capítulo 2.

Alyssa J
Antes de cumplir los seis años, sentía un profundo rechazo hacia mi hermana. A pesar de ser gemelas, siempre vivía a su sombra.

Cada mañana, solo había una taza de té de flor de luna en la casa, y estaba destinada a Elena.

Las paredes de la sala estaban cubiertas con sus fotografías: desde el día en que nació, pasando por su primer cumpleaños y sus trenzas plateadas, hasta el momento en que le salieron las alas por primera vez. Una pared entera, del suelo al techo, dedicada únicamente a ella. No había ni una sola fotografía mía.

Lo peor eran las noches. Antes de dormir, mamá se sentaba al borde de la cama de Elena y le enseñaba a tejer amuletos con símbolos rúnicos. Usaba hilos de plata y oro, además de cuentas hechas con piedras preciosas trituradas. Uno tras otro, los amuletos fueron llenando el alféizar de la ventana de su habitación con todos los colores imaginables, hasta hacerlo parecer más alegre que la vidriera de una joyería.

Yo solía agacharme en el marco de la puerta para observar. Veía cómo mamá tomaba las manos de Elena y la guiaba paso a paso para hacer los nudos y los lazos.

—Dale una vuelta más a este, sí, así mismo.

Elena sostenía entre sus dedos un amuleto algo torcido.

—¿Te parece bonito, mamá?

—Es precioso —respondía, antes de darle un beso en la frente.

Mientras tanto, la niña que permanecía agachada en la puerta no recibía ni una sola mirada.

Lo que finalmente me hizo estallar fue un par de zapatos.

Durante un invierno, cuando tenía nueve años, las botas de Elena se rompieron. Ese mismo día, mamá la llevó a la ciudad de Silverleaf para comprarle un par nuevo. Eran blancas, con un suave borde de piel en los tobillos. Regresó con ellas puestas y no paró de dar vueltas por toda la casa, saltando de alegría a cada paso.

Yo bajé la mirada hacia las mías. Era el mismo par viejo que había heredado de Elena hacía dos años. Las suelas estaban tan desgastadas que apenas quedaba rastro de ellas, y la tela estaba rota a la altura del dedo gordo, lo que permitía que el agua se filtrara cada vez que llovía.

—Yo también quiero zapatos nuevos.

Papá estaba agachado junto a la puerta, reparando una silla, y ni siquiera levantó la vista.

—Los tuyos están bien.

—¡Ya no tienen suela! ¡El agua entra cuando llueve y se me mojan los pies por completo todos los días!

—Ponles unos trapos adentro —respondió con total indiferencia, como si hablara de algo sin importancia—. Tu hermana es frágil. Si se le enfrían los pies, acaba en el sanador. Tú, en cambio, eres fuerte. Estarás bien.

«Estarás bien».

Esas palabras acabaron con el último vestigio de paciencia que me quedaba.

Corrí hacia la habitación de Elena y me abalancé sobre el alféizar de la ventana. Arrojé al suelo todos los amuletos rúnicos, los apreté con fuerza entre los puños y los pisoteé uno por uno.

—¡Te odio!

Me quedé de pie en medio del caos de hilos destrozados y le grité a Elena, quien acababa de entrar corriendo detrás de mí:

—¡Odio que hayas nacido en esta familia! ¡Si no fuera por ti, las botas nuevas serían mías! ¡El té de flor de luna sería para mí! ¡Y mamá también sería solo para mí!

Elena se detuvo en el umbral de la puerta, con el rostro pálido como una hoja de papel. Las lágrimas caían una tras otra, pero no emitió ni un sonido. Solo se agachó lentamente y empezó a recoger los pedazos del suelo, uno por uno.

En ese momento, mamá entró de golpe desde la cocina, me agarró del brazo y me clavó los dedos con fuerza. No me pegó. En lugar de eso, señaló los restos esparcidos por el suelo y dijo, palabra por palabra:

—¿Tienes idea de para quién eran todos esos amuletos?

Me quedé inmóvil.

—Tu hermana hizo cada uno de ellos para ti —la voz de mamá temblaba—. Dijo que te mantendrían a salvo, que servirían para que la maldición nunca te alcanzara. Y que, cuando ella ya no estuviera, tendrías algo suyo para no olvidarla.

El alféizar de la ventana había quedado vacío. El suelo estaba cubierto de hilos rotos y cuentas desparramadas. Elena seguía recogiendo los pedazos, con la cabeza gacha y los hombros temblando sin parar.

—Mamá, no te enojes —dijo con voz apagada—. No importa. Haré más.

Papá decidió que mi castigo sería pasar toda la noche en el balcón. Era diciembre y la temperatura caía muy por debajo del punto de congelación, y yo solo llevaba una camisa delgada.

A mitad de la noche ya no sentía ni las manos ni los pies, y hasta mis pensamientos comenzaban a nublarse. A través de la pared, aún podía escuchar la conversación de mis padres.

—¿Qué fue exactamente lo que dijo el sanador en su última visita? —preguntó papá.

Mamá tardó un buen rato en responder.

—Que lo máximo que podría vivir son dieciocho años.

—Hasta los dieciocho —repitió papá, y su voz sonó como si algo dentro de él se hubiera derrumbado.

Afuera, en el balcón, el viento invernal me inflaba la camisa como si fuera una vela, pero el frío ya no me afectaba.

Dieciocho años.

En ese momento, Elena apenas tenía nueve.

Así que era verdad: el tiempo que le quedaba se estaba agotando.

Más tarde esa noche, después de compartir el pastel de cumpleaños, mamá y papá ayudaron a Elena a acostarse.

Aunque éramos elfos, Elena siempre había sido delicada y enfermaba con más frecuencia de la que podía recordar. Para entonces, incluso dar unos pocos pasos la obligaba a detenerse para recuperar el aliento.

—¿Deberíamos echar un vistazo al sótano? —preguntó papá, bajando la voz al llegar a la puerta de la habitación.

Mamá acomodó a Elena en la cama, la arropó con cuidado y luego se apoyó contra el marco de la puerta, cerrando los ojos por un momento.

—Por la mañana —dijo al fin, con una voz tan áspera que apenas se oía.

—Solo por esta noche, deja que Elena termine su cumpleaños en paz. Mañana todo habrá terminado. —Hizo una pausa y luego agregó, como si tratara de convencerse a sí misma—. Emma es fuerte. Puede aguantar una noche más.

Papá movió los labios como si fuera a decir algo, pero terminó tragándose las palabras.

Se quedó allí parado unos segundos más; luego dio media vuelta y se dirigió a la cocina. Revisó el fondo del refrigerador hasta encontrar una botella medio llena de tónico curativo, raspó los restos de avena con miel que quedaban en una olla y comenzó a caminar hacia el sótano.

Lies dieses Buch weiterhin kostenlos
Code scannen, um die App herunterzuladen

Aktuellstes Kapitel

  • Tarde para llorar mi muerte   Capítulo 9.

    El abuelo me llevó a casa, paso a paso, adentrándose cada vez más en el bosque.Yo flotaba a su lado, observando su perfil.El sol ya casi se había ocultado y la luz del atardecer dibujaba con claridad cada línea de su rostro. Tenía los labios apretados y la mandíbula tensa. Sostenía el cristal del alma con ambos brazos, aferrándolo como si temiera que, al soltarlo, se hiciera pedazos.No caminaba rápido, pero tampoco se detuvo ni una sola vez.Cuando por fin llegó a casa, el cielo ya estaba completamente oscuro.El patio del abuelo era pequeño, cercado por un bajo muro de piedra y un viejo portón de madera que crujió al abrirse. Adentro no había luz. Buscó a tientas una caja de fósforos y tuvo que raspar tres veces antes de que prendiera uno; las manos le temblaban demasiado.Encendió una vela. Solo quedaba media, apoyada sobre el alféizar de la ventana de la cocina. El pabilo ya estaba desgastado y la llama era tan débil que apenas iluminaba un pequeño tramo de la gran mesa de roble

  • Tarde para llorar mi muerte   Capítulo 8.

    Cuando un elfo muere, lo visten con una mortaja de descanso para que su espíritu pueda regresar al abrazo de la Diosa del Bosque.El abuelo eligió él mismo la que vestiría mi cuerpo, en un callejón detrás de la sala velatoria de la ciudad de Silverleaf, en la tienda de telas mortuorias más antigua de la cuadra. Fue solo y no quiso que nadie lo acompañara.Cuando regresó, traía un bulto envuelto en tela. Al abrirlo, apareció la pequeña mortaja, de un tono amarillo muy pálido, con una corona de diminutas flores bordadas en el cuello y mangas que terminaban en puños finos y estrechos. Era precisamente del color y el estilo que a mí siempre me habían gustado.La prenda más fina que llevé en vida resultó ser mi propia mortaja.El abuelo me acomodó sobre la tabla de madera y me cambió la ropa con sus propias manos.Mamá permanecía en el umbral, con una mano apoyada en el marco de la puerta.—Sal de aquí —murmuró el abuelo, sin levantar la vista.—Papá, déjame ayudarte a vestirla. A ella siem

  • Tarde para llorar mi muerte   Capítulo 7.

    El tío Aldric, el vecino de al lado, había escuchado los llantos y empujó la puerta, que había quedado sin pasador.Todavía sostenía unas ramas de romero recién cortadas del jardín, mientras se asomaba desde la entrada. Lo primero que vio fueron las guirnaldas a medio colgar y los globos desparramados por el suelo; luego, el montón de personas en el piso.—¿Qué está pasando?Sus ojos recorrieron rápidamente la habitación hasta detenerse en mí, en los brazos del abuelo. Su expresión pasó de la confusión a esa mirada de quien ya sospecha la verdad.—Ah, así que al final no lo logró.Sacudió la cabeza y bajó la voz, dejando entrever, bajo una fina capa de compasión, una curiosidad más profunda y ligeramente morbosa.—Vi las luces de su casa encendidas toda la noche. Imaginé que estaban en vela. Elena lo ha tenido difícil, pobre muchacha. Dieciocho años apenas...—No es Elena.Papá levantó la cabeza del piso, con los ojos inyectados en sangre.La expresión del tío Aldric se congeló al inst

  • Tarde para llorar mi muerte   Capítulo 6.

    Lo primero que hizo Elena al recuperar el conocimiento fue pronunciar mi nombre.—Emma...Mamá le sujetó los hombros y la empujó con suavidad para recostarla nuevamente contra la almohada.—Quédate quieta. Te golpeaste la cabeza al caer.Elena le apartó las manos de un empujón.—¿Dónde está Emma?Mamá no respondió. Tenía los ojos tan hinchados que apenas podía abrirlos; el rostro entero estaba desfigurado por el llanto. Abrió y cerró la boca dos veces, pero no logró emitir ni una sola palabra.Fue entonces cuando Elena lo entendió todo.Apartó la manta de un tirón y salió descalza, empujando a mamá para abrirse paso por el pasillo.En la sala, papá estaba sentado, recostado contra la pared, como un muñeco que alguien hubiera tirado y abandonado allí. Me tenía abrazada contra su pecho, aferrándome con ambos brazos; sus dedos entrelazados con mi ropa y los nudillos estaban blancos por la fuerza con la que me sostenía.Elena se detuvo a tres pasos y entonces vio mi rostro.Estaba del colo

  • Tarde para llorar mi muerte   Capítulo 5.

    Papá no se atrevió a entrar.Se quedó parado en el marco de la puerta, aferrado a él con tanta fuerza como si estuviera clavado al suelo. La luz de la mañana entraba a sus espaldas, proyectando una sombra larga y delgada, mientras su rostro permanecía oculto en la penumbra.—¿Qué sucede? —preguntó mamá, aún abrazando a Elena y sonriendo mientras se inclinaba para ver—. Vamos, dile a Emma que salga, que comparta las buenas noticias...Papá extendió el brazo para detenerla.—No entres.La sonrisa de mamá se congeló en su rostro, y Elena se soltó de sus brazos para estirarse y mirar hacia adentro. Había muy poca luz: apenas la que entraba por la rendija de la puerta y un pequeño respiradero en lo alto, lo suficiente para iluminar un pequeño tramo del suelo de piedra. Y ahí mismo, recostada de lado, había una figura.—¿Emma?La voz de Elena aún conservaba un rastro de risa, ligero y cauteloso.—Deja de fingir que duermes. Vamos, la maldición no se cumplió. Estoy bien.Pero la figura en el

  • Tarde para llorar mi muerte   Capítulo 4.

    Los dedos de mamá se tensaron alrededor del globo a medio inflar.—Está dormida —dijo sin atreverse a mirarlo—. Hoy se agotó por completo y se durmió temprano.El abuelo no respondió. Su mirada se desvió lentamente hacia el fondo del pasillo, donde estaba el sótano.—Llévame a verla.—Papá, está profundamente dormida; creo que no deberíamos...—Dije que me llevaras a verla.Las manos de mamá se quedaron quietas. Papá intervino de inmediato.—La verdad es que hemos encerrado a Emma en el sótano. Estuvo muy rebelde todo el día y nos preocupaba que...No terminó la frase.Las manos del abuelo, apoyadas sobre sus rodillas, se cerraron en puños.—Repite lo que acabas de decir.Levantó la cabeza, con los ojos aún más rojos que cuando llegó.—¿Dónde encerraron a Emma?—Papá, mañana es el último día de Elena...—¡No estoy sordo!La palma del abuelo golpeó la mesa con fuerza, haciendo que la sopa de crema de champiñones salpicara por encima del borde. Todo su cuerpo temblaba; incluso los labios

Weitere Kapitel
Entdecke und lies gute Romane kostenlos
Kostenloser Zugriff auf zahlreiche Romane in der GoodNovel-App. Lade deine Lieblingsbücher herunter und lies jederzeit und überall.
Bücher in der App kostenlos lesen
CODE SCANNEN, UM IN DER APP ZU LESEN
DMCA.com Protection Status