Tras mi muerte, mi espíritu no se desvaneció. En lugar de eso, me encontré flotando hasta la sala de estar.Elena tenía el rostro pálido, casi grisáceo, y sus labios habían perdido por completo el color.En el centro de la mesa había un pastel de tres pisos decorado con crema rosa, con la inscripción: «Feliz cumpleaños, princesita».Mamá abrazaba a Elena por los hombros desde atrás, apoyando la barbilla en su cabeza. Papá estaba sentado frente a ellas, con ambas manos hundidas entre el cabello, completamente inmóvil.—Creí escuchar a Emma gritar desde el sótano hace un momento —murmuró Elena con una voz tan débil que apenas se alcanzaba a oír—. ¿Alguien podría ir a ver cómo está?Mamá la estrechó entre sus brazos con más fuerza.—Está bien. Ya sabes cómo es. Cada vez que llega tu cumpleaños, siempre inventa alguna excusa.—Pero, ¿y si realmente le pasa algo?—Ya basta —intervino papá al fin, con voz baja pero firme—. Hoy es tu último cumpleaños. Nadie lo arruinará.Al pronunciar la pal
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