The Woman He Never Wanted

The Woman He Never Wanted

last updateLast Updated : 2022-07-10
By:  Bella LyonnOngoing
Language: English
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Synopsis

Who said a parallel universe does not exist! He swore never to fall in love again. He's ruthless and cold. Lucas Quinn, is rich beyond anyone's wildest imagination and no one has ever been able to get close to him. All he cares about in life is perfection, which he always is looking for in novels and what not. But then an unruly, perfectly imperfect lady, Tasha Rowan, bumps into him, ruining a first edition book signed by the best-selling classic author in town. And she is the exact version of his dead girlfriend!

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Chapter 1

Bachelor's degrees don't guarantee good writing.

—Massimo, debes casarte si no quieres perder el control de la empresa —la voz de Lorenzo Carusso resonó con dureza en la oficina de cristal.

Massimo ni siquiera levantó la vista de los documentos que firmaba.

—¿En serio piensas amenazarme con lo único valioso para mí con tal de cumplir tus caprichos seniles? —respondió, dejando la pluma sobre el escritorio con un golpe seco.

—¡Quiero un heredero! Y voy a valerme de cualquier medio para que me lo des —enfatizó su padre, golpeando el bastón contra el suelo—. Tienes treinta y dos años. Ya basta de juegos.

Massimo suspiró, recostándose en su silla de cuero. Sabía que su padre no estaba bromeando. El viejo Lorenzo Andrés, era capaz de vender la empresa a la competencia solo para darle una lección.

—Está bien —cedió Massimo con frialdad, como quien cierra un trato aburrido—. Acepto. Escoge a la mujer, pon la fecha y allí estaré. Pero no esperes que juegue al marido enamorado.

—Esta noche —sentenció Lorenzo, ignorando el sarcasmo de su hijo—. En el Restaurante Luxor, a las ocho. He seleccionado a las candidatas de las mejores familias. Tú solo tienes que señalar a la que toleres más.

Massimo hizo un gesto de despedida con la mano, echándolo de su oficina. El matrimonio para él no era más que una fusión corporativa; una cláusula molesta en el contrato de su vida.

El resto del día fue un infierno administrativo. Apenas su padre salió, su asistente entró pálido.

—Señor Carusso, tenemos un problema con el proyecto Tristán. Alguien filtró que se están usando materiales de baja calidad en los cimientos.

Massimo se puso de pie, sus ojos Verdes destellando furia.

—¿Quién es el responsable?

—Aún no lo sabemos con certeza, señor, pero... una de nuestras socias corporativas, la señorita Thompson, fue quien nos alertó del rumor antes de que llegara a la prensa. Ella sugiere una reunión urgente.

Massimo frunció el ceño. Thompson. La familia Thompson tenía una constructora rival que llevaba años intentando fusionarse con ellos. Qué conveniente que ella tuviera esa información.

—No quiero reuniones —cortó—. Inicien una auditoría interna. Si alguien en compras está robando para meter material barato, quiero su cabeza en una bandeja. Y en cuanto a la señorita Thompson... agradécele el dato, pero mantenla lejos. No me gustan las mujeres que juegan a ser espías.

*****

A las ocho en punto, el Bugatti negro de Massimo frenó frente al Restaurante Luxor. Su sola presencia emanaba autoridad; los empleados se tensaron al verlo caminar hacia el área VIP.

Su padre lo esperaba en un salón privado con una pared de cristal unidireccional. Al otro lado, en el salón principal, varias mujeres cenaban casualmente, sin saber que eran observadas como ganado en una feria.

—Ahí las tienes —dijo Lorenzo con orgullo—. La crema y nata de la sociedad.

Massimo las barrió con la mirada, aburrido. Todas parecían iguales: vestidos caros, risas ensayadas y ojos vacíos. Hasta que su vista se detuvo en la mesa seis.

Era una rubia despampanante, de porte regio y mirada afilada. No sonreía como las demás; miraba su teléfono con gesto de aburrimiento, como si el mundo no mereciera su atención.

—La de la mesa seis —dijo Massimo sin pensarlo mucho.

Lorenzo sonrió de oreja a oreja.

—¡Excelente elección! Es Clara Thompson. La única heredera del imperio constructor. Sabía que su belleza te atraparía.

—No es su belleza, padre. Es que parece tan fría como yo. Será un matrimonio práctico. Tráela.

Minutos después, Clara entró al privado. Caminaba moviendo las caderas con una elegancia depredadora. Al ver a Massimo, sus ojos brillaron, no de amor, sino de ambición.

—Señor Carusso —dijo con voz aterciopelada—, es un placer. Aunque debo decir que su auditoría en el proyecto Tristán está causando mucho ruido. Quizás si fusionamos nuestras empresas, podría ayudarle a... limpiar el desorden.

Massimo arqueó una ceja. La mujer era audaz.

—Vayamos al grano, señorita Thompson. Mi padre quiere un nieto. Yo quiero el control total de mi empresa. Usted quiere una fusión.

Clara sonrió, complacida por la franqueza.

—Me gusta cómo piensa. Haremos un gran equipo. Usted pone el apellido, yo pongo el útero y ambos nos quedamos con el poder. Trato hecho. Sellemos ese acuerdo.

Clara se inclinó para besarlo en los labios, pero Massimo apartó el rostro con desagrado, y se lo dio en la mejilla. Él tomó una servilleta, y se limpió con asco, viendo la gruesa capa de pintura que había quedado.

—Espero que esta sea la última vez. Esto solo es un trato comercial. Nada más, No te olvides.

Ella sonrió, pero no dijo nada. Discutieron las condiciones como dos generales trazando un mapa de guerra. El ambiente era gélido, puramente transaccional.

En ese momento, la puerta se abrió. Una joven mesonera entró con una bandeja llena de bebidas. Caminaba con cuidado, mirando al suelo con timidez.

Desde que Clara la vio, no le cayó bien, le desagradó tanto que le revolvió el estómago. Así que cuando Diana pasó cerca de su silla para servir el vino a Massimo, Clara, con un movimiento rápido y disimulado bajo el mantel, estiró la pierna.

El tacón de Clara se enganchó en el tobillo de Diana.

—¡Ah! —exclamó la chica.

Diana perdió el equilibrio. La bandeja voló de sus manos y ella se precipitó hacia adelante, cayendo pesadamente sobre el regazo de Massimo.

El vino tinto bañó la camisa inmaculada del magnate, pero Massimo no se movió para apartarla. Por un segundo, el tiempo se detuvo. Sintió el cuerpo cálido y tembloroso de la joven contra su pecho, y un aroma suave, a flores silvestres y lluvia, invadió sus sentidos, golpeándolo con una intensidad que ninguna mujer en ese salón había logrado provocar.

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