LOGINCAPÍTULO 2
El sudor frío me recorre la espalda mientras mis pies, aprisionados en estos tacones que ahora siento como un instrumento de tortura, golpean el pavimento de la Quinta Avenida. Miro mi reloj de pulsera por décima vez en los últimos tres minutos: 8:12 a. m. La puntualidad es la primera regla de cualquier empleo y yo ya la estoy rompiendo antes siquiera de comenzar. —¡Maldita sea, Camila, muévete! —me reprendo en voz baja, esquivando a un grupo de turistas que se detienen a tomarle fotos a la catedral de San Patricio. Mi mente es un completo caos. Por un lado está la angustia económica que siento y, por el otro, la imagen de la mujer del metro que se repite en bucle tras mis párpados; todavía puedo sentir la presión de sus dedos en mi cintura y aquel aroma a sándalo que parece haberse quedado impregnado en mis propias ropas. ¿Tomará siempre el tren? ¿Por qué me ha mirado de esa manera? Sacudo la cabeza al considerar la posibilidad de seguir tomando el tren para volverla a cruzar. No tengo tiempo para fantasías con desconocidos imponentes. Tengo que salvar mi futuro. Finalmente, el imponente edificio de cristal y acero de Apex Ink aparece a la vista y se alza ante mí. Es una torre que parece querer rascar el cielo de Manhattan, brillando bajo el sol de la mañana con una soberbia intimidante. Respiro hondo, trato de alisar mi falda con manos temblorosas y subo las escaleras principales. Respiro hondo y cruzo las puertas giratorias. El vestíbulo es un monumento al minimalismo caro: mármol blanco, techos altísimos y un silencio sepulcral que solo se puede romper con el eco de mis pasos apresurados. Me acerco al mostrador de recepción, donde una mujer rubia, con un peinado tan tenso que parece estirarle la piel de la cara, me mira por encima de sus gafas de diseño. —Vengo a ver a Susana... Susana Murphy —digo tratando de que mi voz no suene tan agitada como me siento—. Soy Camila Contreras, la nueva... la nueva empleada. La mujer me da un escaneo con una lentitud insultante; sus ojos se detienen en un pequeño roce en la punta de mis zapatos y luego en un mechón de pelo que se me ha escapado de la coleta por la carrera. —Llegas tarde, querida —me dice con una voz que gotea condescendencia—. Susana está en el piso 49, el ascensor de la derecha. Abre un cajón con movimientos mecánicos y saca una tarjeta de plástico rígido sujeta a un cordón negro. La desliza por el mostrador hacia mí como si fuera algo contaminado. —Póntelo. No quiero que seguridad te confunda con alguien que viene a entregar comida. Agarro el gafete con manos torpes. En letras negras y sobrias sobre el fondo blanco, se lee: CAMILA CONTRERAS - RECEPCIÓN (PROVISIONAL). Me lo paso por la cabeza, sintiendo el peso del plástico frío contra mi pecho. —Y te sugiero que la próxima vez uses la entrada de servicio si vas a llegar en este estado. Siento que la sangre me sube a las mejillas; la humillación arde en mi garganta, pero aprieto los dientes y no respondo. No puedo permitirme perder los papeles el primer día. Camino hacia el ascensor sintiendo su mirada clavada en mi espalda como una aguja. Siento un alivio al subir en este y poder perder, por fin, la mirada de la mujer. El ascensor sube tan rápido que siento que mis oídos crujen. Los números digitales en la pantalla pasan velozmente: 20, 30, 40... Mientras subo, trato de recomponerme frente al espejo de la cabina. Estoy pálida, mis ojos miel se ven enormes por el susto y mis labios todavía están temblando un poco. Me retoco el lápiz labial con dedos torpes y trato de convencerme de que todo saldrá bien. Cuando las puertas se abren en el piso 49, me quedo sin aliento. No es una oficina normal; es un espacio abierto, moderno, decorado con obras de arte abstracto y ventanales que ofrecen una vista vertiginosa de Central Park. Decenas de personas se mueven de un lado al otro con tabletas y carpetas, pero nadie me mira. Es como si yo fuera invisible, un fantasma en medio de un engranaje perfecto. Camino por el pasillo central buscando alguna señal de Susana. Al final del pasillo veo una puerta de cristal doble entreabierta. Me asomo con cautela esperando encontrar un escritorio de despacho, pero lo que veo me deja paralizada: hay una mujer gateando por el suelo de moqueta gris. Tiene que tener unos treinta y pocos años. Viste una falda tubo azul marino que se tensa peligrosamente sobre su trasero mientras avanza a cuatro patas, y una camisa blanca de seda cuyas mangas están arremangadas. Su cabello castaño está revuelto y parece estar buscando algo con desesperación debajo de un sofá de cuero. —¿Hola? —susurro sin saber si debo entrar o salir corriendo. La mujer se sobresalta, golpeándose ligeramente la cabeza con la base del mueble. Se gira hacia mí y suelta un suspiro de alivio al verme. Se levanta rápidamente, sacudiéndose las rodillas con las manos. Es guapa, con una sonrisa amplia y una energía que contrasta con la frialdad del resto del piso. —¡Oh, gracias a Dios! —exclama acercándose a mí—. Por un segundo pensé que eras Amy y me habría matado si me viera así. Soy Susana, tú debes de ser Camila, ¿verdad? —Sí, señora... Susana. Siento llegar tarde, tuve un problema con mi auto y... —No te preocupes por eso ahora —me interrumpe volviendo a mirar al suelo con angustia—. Ayúdame, por favor. Se me cayó mi anillo de compromiso y no puedo encontrarlo. Si no lo tengo puesto cuando Amy me llame, se dará cuenta de que... Olvídalo —me hace un aspaviento con la mano para restarle importancia—. Ella me dará una charla de una hora sobre la profesionalidad, los valores y cómo debo cuidar las pertenencias. CAPÍTULO 35—Mierda, ¡sí! ¡Más rápido! Ahhh... No te detengas.No planeo hacerlo hasta que se corra. No pasa mucho tiempo antes de que sienta su cuerpo tensarse y dar breves sacudidas contra mi mano. Ella misma me presiona los dedos contra su clítoris mientras el clímax la alcanza. Le chupo los senos mientras siento su cuerpo convulsionar debajo del mío.—¡Camila! —grita mi nombre en un suspiro rasgado.Cuando termina, me retiro poco a poco y la miro a la cara. Tiene los ojos entrecerrados, las mejillas sonrosadas y los labios entreabiertos. Saco la mano y, con un descaro que no sé de dónde sale, me llevo los dedos a la boca y los chupo uno a uno, lamiendo sus jugos frente a ella. Amy me aprieta las caderas al verme.—Me estás volviendo loca...—No creo que más de lo que tú me vuelves a mí.—Eso es solo el anticipo de lo que nos espera en Inglaterra —dice con una sonrisa seductora, inclinándose una vez más para tom
CAPÍTULO 34Obedezco sin dudar: me inclino sobre el mueble abriendo las piernas, exponiendo mi trasero y mi sexo, que ya se encuentra húmedo. Con atrevimiento balanceo mis caderas, preguntándome de dónde ha salido esta faceta tan descarada en mí. Escucho sus pasos acercándose por detrás; el sonido de sus tacones contra el suelo me acelera el corazón.Amy pasa sus dedos por la parte trasera de mis muslos, subiendo despacio hasta acariciar la entrada de mi vagina.—Mírate... estás chorreando solo de pensar en lo que voy a hacerte —susurra sobre mi oído mientras presiona dos de sus dedos en mi interior.—¡Ah, Ama! —un gemido rasgado se me escapa.Mete y saca sus dedos con un ritmo pausado pero profundo, estirando mis paredes y haciéndome mover las caderas hacia atrás. Giro la cabeza de lado para mirarla, justo a tiempo para ver cómo, con la mano libre, sujeta la pañoleta de seda, me lleva las manos a la espalda y me las ata con firmez
CAPÍTULO 33Apenas el ascensor privado abre sus puertas en el penthouse del edificio El Nexo, aún me encuentro recuperándome de las vibraciones de la bala en mi interior cuando Amy recibe una llamada. Me hace una seña con la mano para que espere en la sala y eso hago. La oigo hablar y sé que la llamada proviene de la oficina central de Europa. Se aleja un poco más, pasándose la mano por el cabello y hablando en voz baja. Termina la llamada con un gesto de frustración y camina hacia mí.—Debemos viajar a Londres hoy mismo.—¿Qué? ¿Tan pronto? Pero si apenas acabamos de hablar sobre eso en la reunión...—El trabajo nunca espera. Ocurrió un problema con los herederos de la editorial Rothchild que exige mi presencia. Vamos, acuéstate rápido en el sofá y abre tus piernas para mí.Me muerdo el labio y, con vergüenza, hago lo que me pide: me acuesto y abro las piernas exponiendo mi sexo ante ella. Se inclina con gesto serio en la mirada; su
CAPÍTULO 32 Susana se detiene un segundo más, observándome con el ceño fruncido.—¿Te sientes bien? Tienes la cara roja.—Sí... perfectamente. Solo es... creo que es el calor. Al parecer, el aire acondicionado no está funcionando —miento, sujetándome con fuerza al borde del escritorio mientras la intensidad del dispositivo aumenta un nivel más.Susana mira hacia el techo, observando los conductos del aire.—No, no lo creo. Me parece que la temperatura está bien. Quizás te estás enfermando.Alzo la mirada hacia la oficina principal. La puerta se abre en ese momento y Amy se apoya contra el marco. Tiene su celular en la mano, aparentando revisar algo, pero sus ojos están fijos en mí. Me lanza una mirada calculadora y aprieta nuevamente la pantalla.No, por favor, no lo hagas. No aquí, no ahora, le imploro mentalmente, moviendo la cabeza con suavidad en negación. Pero ella hace caso omiso.La bala dentro de
CAPÍTULO 31Para evitar cualquier tipo de rumores y murmullos en la editorial, dejo que Amy baje primero del auto y camine hacia su ascensor privado. Justamente cuando las puertas del suyo se están cerrando, me bajo rápidamente del vehículo, permitiéndole así que le ponga la alarma con el control. Camino hacia el otro elevador y espero unos tres minutos, simulando revisar mi correo en el celular antes de abordar el ascensor común hacia el piso ejecutivo.El edificio es un enjambre a esta hora. Como estoy en el sótano y el ascensor sube deteniéndose en cada piso, el murmullo de las personas, el pitido de los botones al ser presionados, el chocar de los vasos de café de porcelana y el roce de los trajes elegantes llenan el aire. Todos vamos apretados.Cuando cambio el peso de un pie a otro, mi cuerpo recuerda el temblor de la demostración de control que Amy me dio en el ascensor de su edificio residencial, y sé que es un pésimo momento para evocar eso. Respiro hondo para intentar cal
CAPÍTULO 30Trago saliva y obedezco. Mis dedos torpes desabrochan el vestido, dejando caer la prenda al suelo junto a la lencería de encaje que las estilistas me habían puesto hace menos de tres horas. Quedo completamente desnuda bajo la luz tenue de la habitación, sintiendo el aire fresco de la estancia acariciarme la piel y erizarme los vellos del cuerpo.Amy se despega del marco, dejando la puerta abierta, y camina hacia la vitrina. La abre sin prisa y extrae un pequeño dispositivo de silicona de diseño elegante. Tiene la forma de una bala y, a medida que se acerca, puedo ver que es suave.—Abre las piernas, arrodíllate y apóyate sobre el mueble —manda.Hago lo que me pide: abro las piernas, me arrodillo sobre la alfombra y apoyo el pecho y los antebrazos en el terciopelo del mueble. Siento sus pasos firmes acercándose por detrás. Su mano izquierda presiona la parte baja de mi espalda para mantenerme fija en esa posición, mientras los dedos de su mano derecha separan las mejill







