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Capítulo 2

Author: Any Estrada
last update publish date: 2026-05-22 20:20:26

CAPÍTULO 2

​El sudor frío me recorre la espalda mientras mis pies, aprisionados en estos tacones que ahora siento como un instrumento de tortura, golpean el pavimento de la Quinta Avenida. Miro mi reloj de pulsera por décima vez en los últimos tres minutos: 8:12 a. m. La puntualidad es la primera regla de cualquier empleo y yo ya la estoy rompiendo antes siquiera de comenzar.

​—¡Maldita sea, Camila, muévete! —me reprendo en voz baja, esquivando a un grupo de turistas que se detienen a tomarle fotos a la catedral de San Patricio.

​Mi mente es un completo caos. Por un lado está la angustia económica que siento y, por el otro, la imagen de la mujer del metro que se repite en bucle tras mis párpados; todavía puedo sentir la presión de sus dedos en mi cintura y aquel aroma a sándalo que parece haberse quedado impregnado en mis propias ropas. ¿Tomará siempre el tren? ¿Por qué me ha mirado de esa manera? Sacudo la cabeza al considerar la posibilidad de seguir tomando el tren para volverla a cruzar. No tengo tiempo para fantasías con desconocidos imponentes. Tengo que salvar mi futuro.

​Finalmente, el imponente edificio de cristal y acero de Apex Ink aparece a la vista y se alza ante mí. Es una torre que parece querer rascar el cielo de Manhattan, brillando bajo el sol de la mañana con una soberbia intimidante. Respiro hondo, trato de alisar mi falda con manos temblorosas y subo las escaleras principales. Respiro hondo y cruzo las puertas giratorias.

​El vestíbulo es un monumento al minimalismo caro: mármol blanco, techos altísimos y un silencio sepulcral que solo se puede romper con el eco de mis pasos apresurados. Me acerco al mostrador de recepción, donde una mujer rubia, con un peinado tan tenso que parece estirarle la piel de la cara, me mira por encima de sus gafas de diseño.

​—Vengo a ver a Susana... Susana Murphy —digo tratando de que mi voz no suene tan agitada como me siento—. Soy Camila Contreras, la nueva... la nueva empleada.

​La mujer me da un escaneo con una lentitud insultante; sus ojos se detienen en un pequeño roce en la punta de mis zapatos y luego en un mechón de pelo que se me ha escapado de la coleta por la carrera.

​—Llegas tarde, querida —me dice con una voz que gotea condescendencia—. Susana está en el piso 49, el ascensor de la derecha.

​Abre un cajón con movimientos mecánicos y saca una tarjeta de plástico rígido sujeta a un cordón negro. La desliza por el mostrador hacia mí como si fuera algo contaminado.

​—Póntelo. No quiero que seguridad te confunda con alguien que viene a entregar comida.

​Agarro el gafete con manos torpes. En letras negras y sobrias sobre el fondo blanco, se lee: CAMILA CONTRERAS - RECEPCIÓN (PROVISIONAL). Me lo paso por la cabeza, sintiendo el peso del plástico frío contra mi pecho.

​—Y te sugiero que la próxima vez uses la entrada de servicio si vas a llegar en este estado.

​Siento que la sangre me sube a las mejillas; la humillación arde en mi garganta, pero aprieto los dientes y no respondo. No puedo permitirme perder los papeles el primer día. Camino hacia el ascensor sintiendo su mirada clavada en mi espalda como una aguja. Siento un alivio al subir en este y poder perder, por fin, la mirada de la mujer.

​El ascensor sube tan rápido que siento que mis oídos crujen. Los números digitales en la pantalla pasan velozmente: 20, 30, 40... Mientras subo, trato de recomponerme frente al espejo de la cabina. Estoy pálida, mis ojos miel se ven enormes por el susto y mis labios todavía están temblando un poco. Me retoco el lápiz labial con dedos torpes y trato de convencerme de que todo saldrá bien.

​Cuando las puertas se abren en el piso 49, me quedo sin aliento. No es una oficina normal; es un espacio abierto, moderno, decorado con obras de arte abstracto y ventanales que ofrecen una vista vertiginosa de Central Park. Decenas de personas se mueven de un lado al otro con tabletas y carpetas, pero nadie me mira. Es como si yo fuera invisible, un fantasma en medio de un engranaje perfecto.

​Camino por el pasillo central buscando alguna señal de Susana. Al final del pasillo veo una puerta de cristal doble entreabierta. Me asomo con cautela esperando encontrar un escritorio de despacho, pero lo que veo me deja paralizada: hay una mujer gateando por el suelo de moqueta gris.

​Tiene que tener unos treinta y pocos años. Viste una falda tubo azul marino que se tensa peligrosamente sobre su trasero mientras avanza a cuatro patas, y una camisa blanca de seda cuyas mangas están arremangadas. Su cabello castaño está revuelto y parece estar buscando algo con desesperación debajo de un sofá de cuero.

​—¿Hola? —susurro sin saber si debo entrar o salir corriendo.

​La mujer se sobresalta, golpeándose ligeramente la cabeza con la base del mueble. Se gira hacia mí y suelta un suspiro de alivio al verme. Se levanta rápidamente, sacudiéndose las rodillas con las manos. Es guapa, con una sonrisa amplia y una energía que contrasta con la frialdad del resto del piso.

​—¡Oh, gracias a Dios! —exclama acercándose a mí—. Por un segundo pensé que eras Amy y me habría matado si me viera así. Soy Susana, tú debes de ser Camila, ¿verdad?

​—Sí, señora... Susana. Siento llegar tarde, tuve un problema con mi auto y...

​—No te preocupes por eso ahora —me interrumpe volviendo a mirar al suelo con angustia—. Ayúdame, por favor. Se me cayó mi anillo de compromiso y no puedo encontrarlo. Si no lo tengo puesto cuando Amy me llame, se dará cuenta de que... Olvídalo —me hace un aspaviento con la mano para restarle importancia—. Ella me dará una charla de una hora sobre la profesionalidad, los valores y cómo debo cuidar las pertenencias.

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