LOGINCuando regresaron a la sala de espera, Fiorella llevaba un helado en la mano, mientras Kail sostenía dos vasos de café. Jean continuaba sentado cerca de Giorgio, quien no había dejado de caminar de un extremo al otro del pasillo, mirando constantemente hacia las puertas de la sala de evaluación.—Aquí tienen —anunció Kail, entregándoles los cafés—. Les hará bien. Especialmente a ti, Gio, porque estás a punto de hacer un agujero en el suelo de tanto caminar.Giorgio tomó el vaso casi mecánicamente, murmuró un agradecimiento y bebió un sorbo sin detener sus pasos. Jean, en cambio, se acomodó junto a Fiorella y le acarició cariñosamente la espalda mientras ella disfrutaba de su helado.Pasaron varios minutos más hasta que finalmente las puertas se abrieron.Giorgio dejó el café sobre la primera mesa que encontró y prácticamente corrió hacia el médico.—¡Doctor! ¿Cómo está mi esposa? ¿Qué tiene? ¿Por qué se desmayó?El hombre sonrió tranquilizadoramente.—Su esposa ya recuperó el conocimi
Las puertas de la clínica se abrieron de golpe cuando Giorgio Bellamonte atravesó la entrada con Lia inconsciente entre sus brazos. Como siempre que ocurría una emergencia relacionada con la familia, el médico ya los esperaba acompañado de dos enfermeras y una camilla preparada para recibir a la paciente. El rostro del Don reflejaba una angustia que ninguno de sus hombres estaba acostumbrado a presenciar. Había conducido hasta allí con el corazón desbocado, sin dejar de observar a su esposa durante todo el trayecto, aterrorizado ante la posibilidad de que no despertara. En cuanto llegó junto al médico, depositó cuidadosamente a Lia sobre la camilla, apartándole algunos mechones de cabello del rostro antes de tomar su mano.—¡Doctor, por favor, haga algo! ¡Se desmayó y no ha despertado! —exclamó, caminando junto a la camilla mientras el personal médico comenzaba a trasladarla hacia una sala de evaluación.El doctor comprobó rápidamente sus signos vitales y examinó sus pupilas, mantenie
Lia intentó mantenerse rígida durante unos segundos, pero en cuanto sintió los labios de Giorgio sobre su frente y escuchó aquella voz cargada de angustia, terminó aferrándose a su camiseta con ambas manos. Escondió el rostro contra su pecho y comenzó a llorar nuevamente, esta vez abrazándolo con tanta fuerza como si hubiera pasado semanas sin verlo.—¡Giooooo! —sollozó, apretándose todavía más contra él.Giorgio cerró los ojos y la estrechó con desesperación, acariciándole la espalda mientras depositaba pequeños besos sobre su cabello.—Shhh, tranquila, mi amor. Ya estoy aquí, preciosa. Perdóname por ocultarte lo del operativo, Lia. Tenías razón, debí contártelo y dejar que lo habláramos juntos. No volveré a tomar una decisión así a tus espaldas, te lo prometo. Solamente estaba asustado de que algo pudiera pasarte, pero eso no justifica que te haya hecho sentir como si no confiara en ti.Lia levantó ligeramente el rostro, con las pestañas empapadas.—Me hiciste sentir muy mal, Gio...
La noche cayó sobre la mansión Bellamonte, envolviendo los jardines en una oscuridad apenas interrumpida por las luces de seguridad que iluminaban los senderos. Después de la discusión con Lia, Giorgio se había encerrado en su despacho y no había vuelto a salir durante toda la tarde. Ni siquiera quiso recibir a Jean cuando este intentó hablar con él sobre algunos asuntos pendientes de la organización. Había ordenado que nadie lo molestara, necesitaba estar solo, aunque la soledad estaba resultando mucho más insoportable de lo que imaginaba. Cada vez que cerraba los ojos, recordaba la expresión de su esposa, la decepción que había visto en su mirada y aquellas palabras que continuaban repitiéndose en su cabeza: «Soy tu esposa, no una niña a la que puedes distraer con un viaje bonito mientras los adultos resuelven los problemas».Mientras tanto, en la habitación principal, Lia permanecía acostada sobre la enorme cama, abrazando una almohada contra su pecho. Fiorella estaba sentada a su
En la mansión Bellamonte, el ambiente dentro del despacho estaba tan tenso que parecía que cualquier palabra equivocada podría desencadenar una verdadera tormenta. Giorgio permanecía sentado en uno de los sillones, observando a su esposa, quien caminaba de un lado a otro con los brazos cruzados y el rostro encendido por la indignación. Lia llevaba varios minutos intentando controlar su temperamento, pero cada vez que recordaba lo que acababa de descubrir, la rabia volvía a apoderarse de ella. Lo que más le molestaba no era que Giorgio hubiera organizado una operación para capturar a sus enemigos, sino que hubiera decidido mantenerla completamente al margen, como si ella fuera incapaz de comprender los riesgos o de participar en una decisión que también afectaba su vida.Giorgio siguió sus movimientos con la mirada, consciente de que aquella vez no bastaría con una sonrisa encantadora ni con uno de sus habituales intentos de hacerla reír. Conocía demasiado bien a Lia y sabía que, cuand
Kail regresaba a la central después de haber salido a comprar un café. Caminaba tranquilamente por uno de los pasillos, con el vaso todavía caliente entre los dedos, cuando el sonido de varios golpes y las órdenes de un instructor llamaron su atención. Al pasar junto al gimnasio, observó a un grupo de hombres entrenando sobre las colchonetas, algunos practicando combate cuerpo a cuerpo y otros trabajando con los sacos de boxeo. Todo parecía desarrollarse con normalidad hasta que, en el extremo más alejado del salón, distinguió una figura femenina tan pequeña que casi desaparecía entre los enormes cuerpos de sus soldados.Kail se detuvo.Frente a un instructor que le sacaba casi dos cabezas de altura, una muchacha intentaba adoptar una posición de combate. Era delgada, de extremidades finas y rostro delicado, aunque ya no presentaba aquella apariencia enfermiza que él recordaba. Tenía el cabello recogido de cualquier manera y la frente cubierta de sudor. Sus pequeños puños estaban leva







