LOGINElian observó a Giorgio durante unos segundos y después dirigió su atención hacia Lia, quien acomodaba cuidadosamente la servilleta sobre sus piernas. Una sonrisa más tranquila apareció en su rostro, dio un suspiro pesaroso mientras la miraba.—Estás hermosa, Lia. De verdad. París te sienta muy bien.Ella levantó la mirada y sonrió.—Gracias, Elian. Estamos disfrutando mucho del viaje.—Eso puedo verlo. Aunque tu esposo parece estar a punto de lanzarme por la ventana.—Todavía estoy considerando la posibilidad —respondió Giorgio mientras servía agua en la copa de Lia.Elian soltó una carcajada y finalmente apoyó los antebrazos sobre la mesa.—Bueno, ahora cuéntenme qué está pasando. Hace semanas que escucho rumores bastante extraños sobre Génova. Algunos dicen que hubo problemas en los muelles, otros hablan de enfrentamientos entre organizaciones y hasta escuché que alguien consiguió entrar en la mansión Bellamonte. Pensé que eran exageraciones, pero por la cara que están poniendo par
El sol de París iluminaba las calles mientras Giorgio y Lia caminaban tomados de la mano, disfrutando de aquella tranquilidad que tanto les había costado conseguir. La brisa movía suavemente el cabello de Lia y hacía ondear su camisa de seda, mientras Giorgio mantenía los dedos entrelazados con los de su esposa. Las pequeñas pulseras rojas que habían recibido junto al Sena continuaban adornando sus muñecas y, de vez en cuando, Lia acercaba su mano a la de él para ver cómo los medios corazones se unían gracias a los diminutos imanes. Giorgio sonreía cada vez que lo hacía, disfrutando de aquella felicidad sencilla que contrastaba tanto con la vida que llevaban en Génova. Estaban a pocos metros del restaurante cuando una voz masculina, demasiado familiar, los hizo detenerse.—¡Pero miren nada más! ¡Mi hermosa Lia! ¿Qué hacen ustedes por aquí?Giorgio se detuvo inmediatamente y puso los ojos en blanco antes siquiera de darse vuelta. Reconocería aquella maldita voz en cualquier lugar del m
Kail permaneció inmóvil.Después sonrió, no fue una sonrisa alegre ni burlona. Apenas una curvatura de sus labios que hizo que la expresión de su rostro resultara todavía más siniestra.—Esa frase siempre me ha parecido fascinante. Los hombres que terminan sentados frente a mí suelen repetirla como si fuera una especie de conjuro. «No sabes con quién te estás metiendo». «Mi jefe vendrá por mí». «Te arrepentirás de esto». Y, sin embargo, aquí estás tú, esperando que ese misterioso jefe aparezca para salvarte.Se inclinó ligeramente hacia él.—Pero dime algo. ¿Por qué crees que todavía no ha venido?El hombre apretó los labios.—Vendrán por nosotros.—Por supuesto que vendrán —respondió Kail con absoluta naturalid
El camión blindado atravesó las enormes puertas de hierro de una propiedad ubicada a las afueras de Génova. A diferencia de las mansiones que Kail Borkovski utilizaba para sus reuniones y negocios, aquel lugar no tenía jardines cuidados, fuentes ni lujosas habitaciones destinadas a recibir invitados. Era una antigua instalación industrial que había sido acondicionada para las necesidades de su organización, rodeada por altos muros y vigilada constantemente por hombres armados. Allí no llegaban las risas de Fiorella, las provocaciones de Jean ni las conversaciones despreocupadas que el ruso acostumbraba mantener con sus amigos. En aquel lugar, Kail no era el hombre bromista que disfrutaba comportándose como un niño insoportable. Era el Don Borkovski, y sus enemigos conocían muy bien la diferencia.El vehículo se detuvo frente a una entrada metálica.Varios hombres descendieron para
Giorgio no tardó demasiado en inclinarse hacia ella para probar un poco del suyo, ganándose una mirada de fingida indignación.—¡Oye! ¡Tienes tu propio helado!—Pero el tuyo sabe mejor, luciérnaga.—Eso dices porque quieres comerte los dos.—Podría hacerlo, pero prefiero compartir contigo.Lia soltó una carcajada y terminó acercándole el cono para que probara otro poco. Giorgio aprovechó para besarle la mejilla y después le ofreció el suyo, aunque ella decidió vengarse tomando una porción bastante más grande de la que él esperaba.—¡Lia! ¡Me dejaste sin la mitad!—Aprendí del mejor, don Bellamonte.Ambos rieron mientras continuaban su paseo, disfrutando de aquella complicidad que parecía hacerse más fuerte con cada día que pasaban juntos. No necesitaban
La mañana en París era sencillamente perfecta. El cielo despejado permitía que los rayos del sol iluminaran las calles, mientras una brisa suave recorría las avenidas y acariciaba las hojas de los árboles. La ciudad parecía moverse a un ritmo diferente, entre turistas que fotografiaban cada rincón, parejas que caminaban abrazadas y pequeñas cafeterías cuyas terrazas estaban repletas de personas disfrutando de un café.Para Giorgio y Lia, acostumbrados a vivir rodeados de guardaespaldas, reuniones y constantes amenazas, aquella tranquilidad resultaba casi desconocida. Por primera vez en mucho tiempo podían caminar sin escuchar el sonido de los comunicadores ni sentir que alguien vigilaba cada uno de sus movimientos.Giorgio había dejado de lado sus habituales trajes elegantes y vestía una camiseta de cuello en V que resaltaba sus hombros anchos, combinada con unos pantalones de te







