LOGINUnos pasos apresurados resonaron por el corredor de una residencia privada. Un hombre avanzaba casi corriendo, con el rostro desencajado y el teléfono apretado entre los dedos. Había intentado comunicarse varias veces con el escuadrón enviado a la mansión Bellamonte, pero todas las señales habían desaparecido prácticamente al mismo tiempo. Cuando finalmente recibió la confirmación de lo ocurrido, comprendió que no pod&iacut
La mañana en París era sencillamente perfecta. El cielo despejado permitía que los rayos del sol iluminaran las calles, mientras una brisa suave recorría las avenidas y acariciaba las hojas de los árboles. La ciudad parecía moverse a un ritmo diferente, entre turistas que fotografiaban cada rincón, parejas que caminaban abrazadas y pequeñas cafeterías cuyas terrazas estaban repletas de personas disfrutando de un café.Para Giorgio y Lia, acostumbrados a vivir rodeados de guardaespaldas, reuniones y constantes amenazas, aquella tranquilidad resultaba casi desconocida. Por primera vez en mucho tiempo podían caminar sin escuchar el sonido de los comunicadores ni sentir que alguien vigilaba cada uno de sus movimientos.Giorgio había dejado de lado sus habituales trajes elegantes y vestía una camiseta de cuello en V que resaltaba sus hombros anchos, combinada con unos pantalones de te
Unos pasos apresurados resonaron por el corredor de una residencia privada. Un hombre avanzaba casi corriendo, con el rostro desencajado y el teléfono apretado entre los dedos. Había intentado comunicarse varias veces con el escuadrón enviado a la mansión Bellamonte, pero todas las señales habían desaparecido prácticamente al mismo tiempo. Cuando finalmente recibió la confirmación de lo ocurrido, comprendió que no podía esperar hasta la mañana siguiente para informar a su superior.Llegó frente a una enorme puerta de madera y comenzó a golpear desesperadamente.—¡Señor! ¡Señor!Desde el interior se escuchó una voz grave, cargada de fastidio.—¡Entra!El hombre abrió la puerta y encontró a su jefe sentado detrás de un imponente escritorio. Era un hombre alto, de hombros anchos, cabello rubio
La mansión Bellamonte permanecía sumida en un silencio casi absoluto. Las luces de algunas habitaciones continuaban encendidas, proyectando sombras sobre los jardines, mientras los trabajadores encargados de las reparaciones se habían retirado varias horas antes.Todavía quedaban ventanas sin terminar, puertas cuyos sistemas de seguridad no habían sido reinstalados y sectores de la fachada cubiertos por andamios. Desde el exterior, la propiedad parecía mucho más vulnerable que antes del ataque, exactamente la impresión que Kail Borkovski quería provocar.En el interior, un hombre y una mujer recorrían tranquilamente las habitaciones, deteniéndose de vez en cuando frente a los ventanales. Vestían prendas pertenecientes a Giorgio y Lia, y mantenían la iluminación lo suficientemente tenue para que cualquier observador distinguiera sus siluetas sin conseguir apreciar sus verda
Kail guardó las manos en los bolsillos y dejó escapar un suspiro. La expresión burlona que había mantenido durante toda la conversación desapareció por completo.—Encontramos un sótano oculto detrás de un mueble. Había cinco mujeres encerradas allí, Bellamonte. Cinco muchachas a las que ese hijo de puta de Giancarlo explotaba sexualmente para su propio placer. Las tenía prácticamente muertas de hambre, viviendo entre la humedad y la suciedad. Cuando las encontramos estaban tan desnutridas que apenas podían mantenerse en pie.La mandíbula de Giorgio se tensó.—¿Qué mierdaaa estás diciendo?—Exactamente lo que escuchaste. Tu tío las mantenía cautivas y bajaba a buscarlas cuando se le antojaba. Después las devolvía a ese agujero. Cuando murió, nadie supo que estaban allí y pasaron m&
La noche había caído sobre la ciudad y el enorme hangar privado permanecía iluminado por potentes focos que se reflejaban sobre el fuselaje del avión. Los motores todavía estaban apagados, pero la tripulación había terminado todos los preparativos para el vuelo y aguardaba las últimas instrucciones. Junto a su camioneta, Kail Borkovski fumaba tranquilamente un cigarrillo mientras observaba la pista. Vestía un elegante traje negro, con la camisa ligeramente abierta en el cuello, y mantenía una expresión relajada que contrastaba con la cantidad de hombres armados distribuidos discretamente alrededor del lugar.Habían pasado varios días desde que descubrió a las cinco mujeres encerradas bajo su mansión, y aunque aquella situación continuaba ocupando buena parte de sus pensamientos, esa noche tenía otro asunto entre manos. Si sus sospechas eran correctas, antes de que terminara el fin de semana podría descubrir quién estaba detrás de los ataques contra los Bellamonte.Consultó su reloj po
Kail llegó a su mansión y descendió del vehículo con pasos firmes. Su expresión era sombría, la mandíbula estaba apretada y sus ojos recorrían a los hombres que lo esperaban frente a la entrada. Había recibido una llamada de su mano derecha apenas unos minutos antes, una noticia tan inesperada que había abandonado todo lo que estaba haciendo para regresar inmediatamente. No comprendía cómo algo semejante había podido permanecer oculto durante tanto tiempo en una propiedad que ahora le pertenecía.—¿Cuántas son?—Cinco, señor.Kail se detuvo en seco y miró a su hombre con incredulidad.—¿Cómo mierdaaa no se dieron cuenta? ¿Hace cuánto que vivimos acá?—Más de un mes, señor.—¿En qué estado están?—Muy delgadas.Aquel







