LOGINLlegó la noche. Los hombres de Kail la habían ido a dejar hasta la mansión Bellamonte. Fiorella se bañó, se cambió de ropa, se puso el conjunto de rubíes que él mismo le había regalado en la gala y salió de la habitación.—Por aquí, señorita.—¿Dónde me llevan? ¿Dónde es la cita?—Es una pequeña gala con cena, señorita Valcázar.—Bien.Pronto llegaron a un gran restaurante privado que era parte de un hotel de lujo. La fachada estaba completamente iluminada y varios vehículos de lujo esperaban en la entrada. Apenas la camioneta se detuvo, uno de los hombres abrió la puerta. Kail estaba esperándola en la entrada, perfectamente vestido con un traje negro a medida, camisa blanca y una copa en la mano. Al verla bajar, caminó directamente hacia ella con una sonrisa.—Te ves hermosa. El embarazo te sienta bien.Fiorella soltó una risa divertida.—Sabes que es mentira, ¿cierto?—Lo sé, pero debo admitir que ese día me tomó completamente de improviso.—Sí, me extrañó bastante tu invitación.—
Los días pasaron entre las peleas de Jean y Fio. Ninguno parecía dispuesto a rendirse. Un día ella le llenaba el café de sal, al siguiente él cambiaba el azúcar por picante en sus postres. Si Fiorella escondía las llaves de la camioneta, Jean le cambiaba el shampoo por uno que dejaba brillo con purpurina durante días. Cada pequeña guerra terminaba exactamente igual: Fiorella insultándolo mientras Jean la arrinconaba para callarla con un beso que la dejaba completamente descolocada. Después ella juraba vengarse, él sonreía satisfecho y todo volvía a empezar.Esa mañana no fue diferente.Todos desayunaban tranquilamente cuando Fiorella tomó una tostada untada con mantequilla y le dio un enorme mordisco.Apenas tragó, abrió los ojos.El picante le quemó la lengua.Tosió varias veces mientras buscaba desesperadamente su vaso de jugo.—¡Eres un...!Se levantó de un salto.Jean siguió bebiendo café con absoluta tranquilidad.—¿Yo qué?Fiorella caminó hasta él con la tostada de las manos y s
Después de bañarse por más de una hora, Fiorella se miró al espejo y soltó un largo suspiro. Seguía completamente azul. Se frotó otra vez el brazo con una toalla húmeda, luego el cuello y finalmente la mejilla, pero el color apenas perdió intensidad. Frunció los labios con evidente frustración.—Te odio, anciano decrépito...Justo en ese momento la puerta de abajo sonó con varios golpes firmes.Bajó las escaleras todavía refunfuñando. Al abrir encontró a Paul exactamente igual que ella: completamente azul, aunque parecía llevarlo con bastante más dignidad. En sus manos sostenía una enorme bandeja de madera de la que escapaba un aroma delicioso.—¿Qué haces?—Vine a cenar. Debo darte de comer o Gio me retará.Entró sin esperar invitación, dejó la bandeja sobre la mesa y comenzó a sacar los platos con absoluta naturalidad.Todo olía increíble. Había pan recién horneado con la corteza crujiente, pollo bañado en una cremosa salsa blanca, pasta recién hecha, verduras salteadas con aceite d
El lago estaba tranquilo. Gio puso la piel que trajo la primera vez en el suelo, una sombrilla y la canasta con comida. Lia puso las bebidas, los pasteles y todo lo demás, mientras Gio llevaba el bote al centro del lago, donde solo se escuchaba el chocar del agua con el barco.Lia estaba en traje de baño tomando sol, mientras Gio se sentó a su lado, dejando una frutilla en su boca.—Mmm, qué delicia. De verdad necesitaba esto, amore: tranquilidad, silencio, sol y el hombre que amo dándome frutillitas en la boca.Gio rió bajo y subió sobre ella, besándola.—No fue gratis. Te tengo aquí solita para mí, en medio de la nada y usando ese traje de baño tan pequeño. ¿Cómo quieres que no me dé hambre?Lia se sacó los lentes y lo miró con una sonrisa pícara. Su mano pasó de su pecho a su cuello para perderse en su cabello, acercándolo para besarlo.—Te amo, Giorgio Bellamonte. Mi amor por ti es tan profundo que estoy dispuesta a ir al infierno si alguien te quita de mis brazos.—Lo sé, ya se l
—¡Te voy a matar, pulga diabólica! ¡Juro que apenas ponga mis manos encima de ti...!—¡Ja! En tus sueños, Papá Pitufo.Fiorella llegó al árbol más grande de la finca y escaló sin ninguna dificultad varios metros hacia arriba.—¿Qué pasó, Papá Pitufo? ¿No sabes escalar árboles? Yo me crié subiéndose a todos los árboles de esta finca. ¡Ven! Sube, no se te va a quebrar la espalda.—¡Me la pagarás, pulga diabólica!Giorgio pasó por detrás de Jean y le dio un golpe amistoso en el hombro.—Suerte con eso. Yo me voy con Lia. Ahí resuelvan sus cosas.—No te aseguro que cuando vuelvas esa mujercita siga viva.Giorgio y Lia levantaron la vista. Fiorella estaba sentada sobre una rama, a casi tres metros de altura, balanceando las piernas con una sonrisa triunfal.—Ni tú me ganabas subiendo árboles, Gio, y eso que eras un verdadero grillo. Mucho menos este anciano.—Fiorella, ten cuidado. No te vayas a caer.—¿Yo caerme? En tus sueños. Además, Papá Pitufo no sabe escalar.—¿Quién te dijo que no,
Todos estaban en la terraza disfrutando del aire tibio de la noche. Lia estaba sentada sobre las piernas de Giorgio en uno de esos grandes sillones colgantes que parecían un enorme columpio. Acurrucada contra su pecho, observaba el lago mientras él la abrazaba por la cintura con evidente tranquilidad. Más allá, Jean permanecía concentrado en su tablet revisando unas ofertas y algunos documentos de trabajo, cuando Fiorella apareció llevando una bandeja con una gran jarra de limonada y varios vasos.—Traje limonada.Sirvió primero un vaso para Lia y otro para Giorgio. Después tomó uno para ella y dejó el último sobre la mesita frente a Jean.—Ahí hay uno, si quieres, anciano. Ah... verdad, quizás sea muy ácida para el estómago de un ancianito como tú.Jean levantó apenas la vista de la pantalla.—Deja de molestar. Amo la limonada.—Claro, cómo no. Salud por el ancianito que toma limonada sin que le dé acidez.Jean tomó el vaso y bebió un largo sorbo sin apartar la vista de ella.—¿Quier







