เข้าสู่ระบบ— Me voy a casar con el señor Fernando.
El silencio cayó sobre ellas como una losa. Cristina se llevó la mano a la boca, horrorizada. El rostro de Natália se calentó, tomado por la indignación.
— ¡Eso es absurdo! ¡Estamos en el siglo XXI, Cecilia! No pueden obligarte a casarte con ese tirano. Llámalo ahora mismo y dile que no vas a ir.
— No puedo... en realidad, era el deseo de mis padres. Siempre lo han querido. — Cecilia bajó la mirada y continuó con voz baja y desanimada—. Yo ya sabía del acuerdo, pero como él nunca sacó el tema, pensé que el señor Fernando había desistido... pero no. Es mucho mayor que yo y tiene mucha experiencia con las mujeres. Siempre pensé que se casaría con Valéria Bragança.
—¿Quién es Valéria Bragança? —preguntó Cristina con curiosidad.
—Una amiga que conozco desde hace mucho tiempo. Su marido era político y fue asesinado. Hace mucho tiempo que enviudó y los dos siempre estaban juntos y, como ella es mayor y tiene más experiencia, pensé que quizá me consideraba demasiado joven e inmadura, ya que él está acostumbrado a mujeres con más vida.
A Natália le hirvió la sangre. Además de ser viejo y arrogante, ese señor Fernando era un mujeriego.
—No puedes casarte con él —defendió Natália a Cecília. — Eso es absurdo. Llámalo y dile que no te vas a casar con él de ninguna manera.
— ¡No! —gritó Luiza, aterrorizada—. No conoces al señor Fernando. Si le desobedezco, se enfadará mucho. Y cuando se enfada... no quiero ni imaginar lo que puede pasar.
Natália respiró hondo, tratando de contener su propia ira.
— Pero tienes que decirle que amas a otra persona. — Natália estaba cada vez más indignada. Levantó la mano y se la tendió a Cecilia.
— Dame tu teléfono y yo misma hablaré con él.
Cecilia se negó rotundamente.
— ¡Te has vuelto loca! Si haces eso, puedes estar segura de que su ira se volverá contra ti y ni siquiera quiero imaginar lo que podría hacer.
Natália la miró asustada. Cecilia estaba a punto de aceptar casarse con un monstruo.
— Cecilia. Tiene que haber alguna forma de que no te cases con él. ¡No puede obligarte!
— Mi madre decía que debemos respetar al hombre con el que nos casamos y que el amor llega con el tiempo.
— Pero tú amas a Pedro. ¿Cómo podrías amar a otro hombre con el tiempo? Sobre todo a un hombre como ese tal señor Fernando.
— Amar a Pedro es una locura... — Cecilia volvió a llorar—. Ahora tengo que olvidarlo, ya que el señor Fernando ha decidido cumplir el deseo de mis padres, no hay nada que hacer.
Natália comenzó a caminar por la habitación
— No. ¡Nunca! No puedes doblegarse así ante la voluntad de ese tirano. Tu padre quería que te casaras con ese señor Fernando, pero si estuviera vivo y conociera a Pedro, estoy segura de que aprobaría vuestro matrimonio.
De repente, los ojos de Natália brillaron con una idea. Se acercó a Cecilia y se arrodilló ante ella.
— Entonces huye con Pedro.
— Pero él está en el noreste —murmuró Cecilia con un brillo de esperanza y, al mismo tiempo, de inseguridad.
— Podemos pedirle que vuelva o puedes ir tú a buscarlo —se entusiasmó Natália—. Le llamamos y le explicamos la situación. Seguro que estará de acuerdo.
— No hay tiempo. El señor Carlos vendrá a buscarme mañana por la mañana. Tengo que irme, si no lo hago... el señor Fernando vendrá a buscarme, nadie desobedece al señor Fernando —dijo Cecilia con resignación.
— Ah. ¿De verdad? Pues me gustaría mucho encontrarme con él para darle una lección y hacer que salga corriendo con el rabo entre las piernas.
— Entonces, ¿por qué no lo haces? —preguntó Cristina, que hasta entonces solo había estado escuchando.
—¿Yo? ¿Cómo? —Natália había utilizado una expresión fuerte y miró a Cristina con cara de desconcierto.
—¿No quieres darle una lección? —Cristina la miró con seriedad—. Este Carlos no conoce a Cecília, ¿verdad?
—Solo lo vi un par de veces y era muy pequeña.
Cristina dio una palmada con una mirada llena de imaginación.
—Muy bien. Carlos vendrá a buscarte mañana y luego te llevará a esa ciudad para que te encuentres con ese señor Fernando. Entonces Nat irá en tu lugar mientras nosotros nos ponemos en contacto con Pedro y encontramos la manera de que os caséis rápidamente. ¿Cuánto tiempo se tarda en llegar a la ciudad?
La expresión de Cecilia se iluminó.
—Quizás unos tres días. Porque el señor Carlos tiene algunos asuntos que resolver por el camino en las empresas del Grupo Albuquerque.
— ¡Perfecto! ¡Es el tiempo que necesitamos para agilizar la boda, mientras Natália viaja en su lugar!
— Oh, no, esa es la idea más loca que he oído nunca —protestó Natália ante el entusiasmo que surgía en sus dos amigas—. Ni hablar.
Las dos miraron a Natália con los ojos brillantes, ya pensando en un plan.
Bonus – Jorge, Vanessa, Ricardo, Paula y Mariana.Los celos de Jorge hacia Fernando eran silenciosos, persistentes y profundamente corrosivos. Incapaz de lidiar con los logros, la madurez y la estabilidad del otro, permitió que la comparación constante se convirtiera en resentimiento. La envidia ocupó el lugar de la admiración y, poco a poco, Jorge se alejó de la razón, de la ética y de sí mismo. Si hubiera optado por la humildad, valorado la amistad de Fernando, reconocido las oportunidades que tantas veces rechazó y elegido el diálogo, su destino podría haber sido diferente. Así, su prisión no fue solo física, fue, sobre todo, emocional y psicológica, construida por decisiones que se negó a reconsiderar.La obsesión de Vanessa por Ricardo siguió un camino aún más peligroso y destructivo. Lo que comenzó como deseo y fantasía pronto se convirtió en una fijación enfermiza, marcada por la necesidad de control, por la carencia extrema y por la incapacidad de aceptar límites. No era amor,
La Gran FamiliaLa finca despertó diferente aquella mañana. El sol surgía suavemente sobre las vastas plantaciones y pastos, iluminando los campos verdes aún cubiertos de rocío, mientras el canto de los pájaros parecía anunciar que aquel no era un día cualquiera.En el jardín, bajo las carpas, se habían puesto mesas para recibir a los amigos; no era ningún día especial, solo el deseo de reunir a familiares y amigos que habían estado presentes en la vida de la pareja, Fernando y Natália.Desde el porche, Natália lo observaba todo con una sonrisa serena, con su hija en brazos. Alice, de poco más de un año, tenía el pelo y los ojos de su madre. La pequeña se reía con facilidad. Sin que ella se diera cuenta, Fernando se acercó y las envolvió a las dos en un abrazo silencioso.—¿Eres feliz? —murmuró él, emocionado. Natalia apoyó la cabeza en su hombro.—Muchísimo, nunca imaginé que tendría una familia tan grande y llena de amor que nunca se divide… sino que se multiplica.Abrazados, obse
Llegada la hora de que los novios se retiraran, no hicieron alarde de ello y se marcharon discretamente sin despedirse. Afuera, Fernando y Natália los esperaban para despedirse.Laís sostenía las manos de Natália cuando sintió el apretón cariñoso de su hermana.—Sé muy feliz —dijo Natália, con los ojos llenos de emoción—. Te mereces todo esto… y mucho más.Laís sonrió emocionada y la abrazó con fuerza.—Gracias por estar conmigo en todo momento. Que sigamos caminando juntasFernando se acercó a Carlos y le estrechó la mano con firmeza.—Todo está listo para mañana —dijo con tono seguro—. El helicóptero irá a recogerlos. Los llevará al aeropuerto más cercano y, desde allí, mi avión seguirá hacia Río. Después, Angra dos Reis.Carlos asintió, aún embargado por la emoción del día.—No sé ni cómo darte las gracias.Fernando sonrió con sinceridad.—Sed felices. Tan felices como lo soy yo. Es todo lo que os deseo a los dos.Las luces del jardín iluminaban el camino mientras caminaban de la m
La fiesta se organizó como un auténtico acontecimiento en Pedra Azul.En el amplio jardín de la finca de la familia de Laís, una gran carpa climatizada se alzaba entre los árboles, iluminada por luces cálidas y delicadas que comenzaban a brillar a medida que el sol se despedía tras las montañas. Carlos no escatimó en gastos: el bufé era impecable, con platos sofisticados y sabores que mezclaban la tradición de la sierra con toques contemporáneos, mesas repletas de dulces exquisitos y una imponente tarta que se convirtió en el centro de todas las miradas.La decoración seguía el mismo equilibrio que la boda: sofisticada, pero sin excesos. Arreglos de flores blancas y velas esparcidas, telas ligeras que se mecían suavemente con la brisa de la tarde. Todo pensado para acoger, encantar y celebrar.Los hoteles de la región estaban llenos. Familiares, amigos y figuras influyentes, incluidos políticos cercanos a la familia, acudieron desde diferentes partes del país. Algunos llegaron en coch
Laís apareció en la entrada, acompañada por su padre, Francisco.El vestido blanco era romántico, de líneas suaves, delicado y de corte ligero, como si hubiera sido hecho a medida para aquel escenario. El velo acompañaba sus pasos con ligereza, y su sonrisa, suave, y sus ojos brillantes por la emoción, iluminaban todo a su alrededor.Francisco caminaba orgulloso, sujetando el brazo de su hija con firmeza y ternura. Sus ojos también estaban emocionados, pero su sonrisa era plena.Carlos no pudo contenerse.En cuanto la vio, las lágrimas brotaron libres, silenciosas, resbalando sin ningún tipo de vergüenza. Se llevó la mano a la cara, intentando disimular, pero pronto desistió. No quería ocultar lo que sentía.—Es el amor de mi vida… —murmuró, con la voz entrecortada.Fernando se dio cuenta y sonrió; Natália apretó ligeramente la mano de su marido, emocionada, y las lágrimas también brotaron.Paso a paso, Laís se acercaba al altar. Sus ojos se encontraron con los de Carlos, y en ese ins
Paula ya no era una novedad dentro de la Compañía de Rodeos César Oliveira.Su nombre circulaba entre los competidores con respeto, no por favoritismo, sino por su postura firme, por su disciplina y por la forma en que afrontaba cada montada como si fuera un ajuste de cuentas consigo misma.Aquella noche, la arena de Barretos estaba abarrotada. Las luces atravesaban el polvo suspendido en el aire, el locutor animaba al público y los tambores resonaban graves, marcando el ritmo del espectáculo. Paula se ajustaba los guantes con calma, sentada en el banco de madera detrás de los potros.—¿Te vas a enfrentar hoy al Relâmpago Negro? —preguntó uno de los peones, medio en broma.Ella levantó la vista y esbozó una sonrisa.—Alguien tiene que hacerle entender a ese bruto quién manda.César Oliveira observaba desde la distancia. Ya no hacía falta decir mucho. Paula ya no era tan impulsiva como antes. Entrenaba en silencio, escuchaba cuando tenía que escuchar y solo decía lo imprescindible.— P







