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Miedo

Author: AL
last update publish date: 2026-10-17 22:36:38

POV de Vaeldric

—¿Qué es todo esto, Vaeldric? ¡Explícate!

La voz de mi padre resonó por toda la mansión Ashbourne. Magnus Ashbourne arrojó una pila de periódicos y tabloides sobre el escritorio, fulminándome con la mirada.

LADY ASHBOURNE CONFRONTA PÚBLICAMENTE A LA SUPUESTA AMANTE EN LA RECEPCIÓN CONMEMORATIVA DE SU HIJO

UNA MADRE EN DUELO ROMPE SU SILENCIO ANTE LOS RUMORES DE INFIDELIDAD

LA RECEPCIÓN FUNERARIA SE TORNA TENSO TRAS LAS DECLARACIONES DE LADY ASHBOURNE SOBRE LOS RUMORES

¿UNA AMANTE EN UN FUNERAL? LAS EXPLOSIVAS ACUSACIONES DE LADY ASHBOURNE SACUDEN VALERION

SEIS AÑOS ESPERANDO UN HIJO: LADY ASHBOURNE ACUSA A SU MARIDO DE ELEGIR A OTRA MUJER

¿HÉROE NACIONAL O MARIDO NEGLIGENTE? ESTALLA EL DEBATE PÚBLICO EN TORNO AL GENERAL VAELDRIC

—Me encargaré de ello, padre —respondí, intentando mantener la calma.

Últimamente, Seraphina había ido demasiado lejos. Ya no se limitaba a hacerme la guerra a mí. Ahora también estaba arrastrando a mi familia y mi reputación al escándalo.

—Deberías haberlo solucionado antes de que saliera de esta casa —espetó mi padre—. No crié a un comandante débil.

—Me aseguraré de que esto no empeore. Lo arreglaré, cueste lo que cueste.

El antiguo general, que todavía era considerado un símbolo de fortaleza en todo Valerion, fue recuperando lentamente el control de sus emociones. Respiró hondo y soltó el aire.

Sin embargo, aquello solo consiguió hacerme sentir peor. Preferiría verlo golpear la mesa con el puño antes que mirarme con decepción.

Por primera vez, su hijo favorito había cometido un error fatal. No solo había dañado mi matrimonio y mi relación con la Casa Vermont. Mi fracaso personal se estaba convirtiendo en un escándalo nacional.

Pero lo que más me inquietaba no era la decepción de mi padre. Era el silencio de Seraphina.

Ya la había visto enfadada antes. Aunque no ocurría a menudo, sucedía.

Por lo general, se enfrentaba directamente a los problemas, los analizaba con aquella mente suya, aterradoramente aguda, y de algún modo encontraba una solución antes que los demás.

Pero esta vez no intentaba solucionar nada. No hacía preguntas, no buscaba explicaciones y ni siquiera lloraba ya.

Simplemente había dejado de buscarme. Había dejado de mirarme y de preocuparse por mí. Y, de algún modo, eso me aterraba más que su odio.

La habitación del bebé seguía intacta.

Apenas una semana atrás, Seraphina había estado hablando de nombres. Un mes antes, había pasado toda una tarde debatiendo sobre las cortinas, los muebles y los cuentos que leeríamos antes de dormir.

Recordaba haber fingido que aquello me molestaba. La verdad era que había disfrutado cada segundo.

Ahora, la habitación estaba vacía.

El hijo que habíamos esperado durante seis años se había ido antes de que siquiera tuviera la oportunidad de sostenerlo en mis brazos. Y, de algún modo, todavía no había encontrado el valor para permitirme llorar su pérdida.

—Iniciar una guerra con la Casa Vermont no es una decisión inteligente —dijo mi padre, sacándome de mis pensamientos—. Recupera a tu esposa. Haz que vuelva a estar bajo control, cueste lo que cueste.

No había lugar para negociar.

—Y, de todas las mujeres de Valerion, ¿tenías que provocar un escándalo con una Varenn?

Su mirada se endureció.

—¿También quieres que te llamen traidor?

Guardé silencio.

Teniendo en cuenta lo que le había ocurrido a la familia de Lysara veinte años atrás, no me sorprendía que Magnus Ashbourne sacara el tema.

En aquel entonces, sin embargo, yo no tenía poder ni autoridad. No cuando la Corona castigó a la Casa Varenn.

Ni cuando los oportunistas se abalanzaron sobre ellos y les arrebataron todo lo que pudieron.

Todavía recordaba a Lysara corriendo hacia mí aquel día, con las manos temblorosas y el miedo reflejado en el rostro mientras me suplicaba ayuda.

Fue entonces cuando le prometí que la protegería. Del mismo modo que protegía a Amelia, mi hermana menor.

Por desgracia, no todo sale según lo planeado. Nuestra cercanía siempre se malinterpretaba, alimentando rumores que jamás deberían haber existido.

Entonces conocí a Seraphina. Era elegante, inteligente y digna. La hija mediana de la Casa Vermont.

No quería que otro hombre se hiciera con ella antes que yo, así que le propuse matrimonio. Nuestro matrimonio fue feliz.

En algunas ocasiones, me preguntó por los rumores que circulaban sobre Lysara y sobre mí. Cada vez, la tranquilizaba asegurándole que no había nada entre nosotros.

Porque, en aquel momento, de verdad creía que así era. Siempre había visto a Lysara como a una hermana menor.

Hasta que una noche cometí un error. Acabé acostándome con ella por accidente. Aquella noche estaba completamente borracho. Creí que estaba con Seraphina. Ni siquiera Lysara intentó detener lo que ocurrió.

Me repetía una y otra vez que mi amor por Seraphina y por el hijo que habíamos esperado durante seis años me daría el valor para confesarlo todo y suplicarle que me perdonara.

Pero seguí posponiéndolo.

La verdad era que no podía simplemente cortar todo contacto con Lysara y marcharme. No después de lo que le había hecho.

Hubo noches en las que intenté distanciarme de ella. Y, cada vez, Lysara perdía el control.

Desaparecía durante días, rechazaba la comida, las visitas y cualquier otra cosa. Se encerraba en su habitación.

Una vez, me envió una carta que solo contenía tres palabras.

«Estoy cansada».

Pasé toda la noche buscándola. Al amanecer, la encontré al borde de un acantilado con vistas al mar del este.

Quizá nunca tuvo intención de saltar. O quizá sí. Nunca se lo pregunté. Simplemente me sentí aliviado al encontrarla con vida.

Tal vez todo aquello no fueran más que excusas. Llevaba tanto tiempo justificándome que ya ni siquiera sabía distinguir la verdad de mis propias mentiras.

Cada vez que intentaba marcharme, me miraba como si yo fuera lo único que la mantenía con vida. Irme me habría convertido en un cobarde. Quedarme me convertía en un traidor.

En algún momento, terminé siendo ambas cosas.

Mi padre soltó una risa carente de humor.

—¿Sabes lo que está diciendo la Iglesia?

Fruncí el ceño.

—Están llamando a Seraphina una deshonra.

No me sorprendía. Que una noble humillara públicamente a su marido era algo prácticamente inaudito. Sobre todo durante una recepción conmemorativa.

—Pero cada vez que la condenan —continuó mi padre—, la simpatía del público hacia ella aumenta.

Permanecí en silencio.

—La gente ya no ve a una esposa rebelde, Vaeldric.

Su mirada se volvió más penetrante.

—Ve a una madre en duelo.

Unos golpes en la puerta interrumpieron la conversación.

—Adelante.

El señor Hans, el asistente de mi padre desde hacía muchos años, entró apresuradamente con su vieja tableta de trabajo en las manos.

—Discúlpeme, señor. Creo que debería ver los últimos titulares.

Le entregó el dispositivo a mi padre. Durante unos instantes, este leyó en silencio. Sus ojos se desviaron hacia mí y luego volvieron a la pantalla. Cuanto más leía, más sombría se volvía su expresión.

—Lee esto, Vaeldric.

Dejó la tableta sobre el escritorio. Me acerqué.

LA CONVERSACIÓN PRIVADA DEL PRÍNCIPE HEREDERO CON LADY ASHBOURNE DESPIERTA ESPECULACIONES

¿POR QUÉ BUSCÓ EL PRÍNCIPE HEREDERO A SERAPHINA ASHBOURNE?

EL ESCÁNDALO DE LOS ASHBOURNE ADQUIERE UN GIRO REAL

¿ESTÁ LA CASA VERMONT CAMBIANDO SU LEALTAD AL PRÍNCIPE HEREDERO?

Sentí que se me hundía el estómago.

—¿Todavía crees que esto se trata de tu matrimonio?

Mi padre golpeó el escritorio con el puño.

—Despierta, Vaeldric.

Su voz se volvió gélida.

—Esto se ha convertido en un asunto político.

El silencio invadió la habitación.

—Si Seraphina quiere una guerra, ponle fin antes de que la Casa Vermont recuerde el poder que tiene.

Por primera vez desde que comenzó esta pesadilla, comprendí que había algo mucho peor que perder mi matrimonio.

Si Seraphina seguía volviendo a la opinión pública contra nosotros... Si el palacio decidía intervenir...

Entonces no solo estaba perdiendo a mi esposa.

Podría perderlo todo.

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