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Cuatro años antes.
Son las ocho en punto de la noche, cuando el timbre de la entrada suena, me asomo y es mi mejor amiga quien me espera fuera; me despido rápidamente de mi madre que no deja de recordarme que tenga cuidado en la fiesta. Le tiro un beso al aire y salgo rápido de casa.
La fiesta de disfraces de la escuela por motivo de Halloween y Día de Muertos se celebra hoy en un prestigioso lugar, según nos contaron tiene piscina y demasiados lugares escondidos donde los estudiantes suelen encontrarse. Mi amiga y yo somos de nuevo ingreso por lo que será la primera fiesta de la universidad a la que asistimos.
—¿Lista? —se acerca Ximena saludándome con un beso en la mejilla.
—Por supuesto —le tomo la mano y la insto a que gire para observar el vestido— mírate, te queda genial el atuendo.
—Tú no te quedas atrás, te ves muy bien —me regala un guiño en complicidad—¿Tienes los antifaces?
—Claro —abro la pequeña caja que traigo en las manos y saco el de ella—. Este es tuyo.
—¡Es precioso! Te ha quedado de lo más hermoso —dice eufórica.
—No exageres, anda, vámonos que se hace tarde.
Ella regresa el antifaz a la caja y ambas caminamos hasta su coche para ir rumbo a tan “famoso” evento.
Durante las últimas dos semanas todos en la universidad no han dejado de hablar sobre ello, incluso muchos salones se pusieron de acuerdo para ir vestidos de acuerdo a una temática. El nuestro, por supuesto no, no somos tan unidos. Al menos hasta el momento.
Al llegar al lugar nos damos cuenta de que no es nada más y nada menos que una gran mansión en una privada muy lujosa de la ciudad. Para entrar tuvimos que mostrar nuestros carnets de estudiantes para que los guardias lo verificaran en su lista.
—Wow, esto es… muy grande —digo al mirar el sitio solo por fuera.
—Sí que lo es, ya pásame el antifaz para ponérmelo. No vaya a ser que alguien me reconozca.
Le doy el antifaz a Ximena y me pongo el mío tratando de esconder el listón entre los rizos que me hice para esta noche.
—¿Estás lista para brillar nena? —así me dice ella desde segundo de secundaria, que fue cuando nos conocimos.
—¿Yo sí, y tú? —Ximena sonríe y me tira un beso en señal de que así será. Luego sale del auto y yo la sigo.
Caminamos hasta la entrada donde no somos las únicas esperando a pasar. Cuando logramos entrar nos damos cuenta de que el lugar está abarrotado de estudiantes disfrazados, incluso uno con menos ropa que únicamente trae un pañal de bebé.
—Recuerda, cuando te quieras ir me marcas —Ximena se acerca a mi oído para recordarme que me dejará sola en esta fiesta, ya que su nuevo novio requiere su atención.
—No te preocupes, yo te marco. Diviértete —le tiro un beso y me alejo.
A distancia veo cómo se reúne con el insufrible de su novio. Camino por lo que se supone es esta mansión y salgo al jardín, nadie me reconoce, pero tampoco es como si tuviera muchos amigos. Recién entramos a la carrera y apenas si he logrado conversar con un par de compañeras en la clase.
Alrededor de la piscina hay diferentes salas y algunas tumbonas, el jardín exterior está decorado con la temática del evento. Los estudiantes van y vienen por todo el lugar, al fondo del jardín, en una esquina hay una gran pista de baile con un DJ que hace sonar Vivir mi vida de Marc Anthony. Unos cuantos se arremolinan alrededor de la pista, mientras que en medio de esta hay un par de jóvenes envueltos en un sensual baile.
Me acerco un poco más para admirar el espectáculo que a tantos tiene encantados. Entonces veo mejor, una joven con piel morena bailando con el que parece ser uno de mis compañeros. La verdad es que la chica baila muy bien, demasiado bien diría yo.
—¿Y quién es esa? —oigo preguntar a una chica vestida de beisbolista sensual a mi lado derecho.
—Es esa tal Simone, es brasileña y viene de intercambio —le responde otra chica vestida de mucama.
—Baila del nabo —dice la primera chica. Sé en ese momento que son un par de perras, la envidia hablando a través de ellas. La segunda chica está por contestar, pero algo en mí me hace responder por ella.
—No es cierto, la chica baila tan bien qué fácil, pondría en vergüenza a cualquiera que intentara bailar como ella —ambas chicas voltean a verme al oírme, decido seguir aprovechando mi valentía para hablar—. Todos sus movimientos son natos, solo véanla.
Las encaro y les señalo en un gesto a la chica en medio de la pista, la cual regala a todos presentes un increíble espectáculo a la vista, tanto para los hombres que en su mayoría mojan sus disfraces con sus bocas abiertas o bien a las chicas que se mueren de envidia por poder bailar como ella.
Las dos chicas no dicen nada más en voz alta, pero cuchichean entre ellas y me ven con caras de querer volver mi traje de catrina algo más que simbólico.
Y bien, como el baile no es mi fuerte, ni tolerar gente superficial, me retiro de ahí con la finalidad de encontrar un baño.
Antes de salir de casa tomé mucha agua y es hora de que requiero un baño. Me acerco a unos baños que hay por el lateral de la piscina, pero ya hay algunas chicas haciendo fila, por lo que ingreso a la mansión de nuevo y busco uno ahí dentro.
El baño de servicio en la planta baja está hecho un asco, subo a la planta superior. Uno de los baños de una recámara está ocupado por una pareja, un tanto ruidosa. Camino al otro extremo, donde parece ser el lugar menos frecuentado por los invitados, una de las puertas está medio abierta, así que entro. Lo que creí era una recámara sencilla, es una enorme, grandísima y exquisita recámara.
Al final de esta hay una puerta así que corro hasta ella con la esperanza de que sea el baño, al abrirla me percato de que sí lo es y entro apurada, ya que la necesidad básica pasó de ser necesaria a ser urgente. Entro y olvido cerrarla con llave, pero no considero que nadie entre, así que me levanto el vestido, bajo la pantaleta, mientras procuro no sentarme del todo sobre el inodoro.
—¡Bendito baño! ¡Ah, qué rico! —suspiro de alivio.
Antes de salir me lavo las manos para luego comprobar mi móvil, nada. Ningún mensaje y ninguna llamada, en eso se ve resumida mi vida social, al menos por ahora. Cuando salgo veo la enorme cama frente a mí. Una cama King size perfectamente tendida me pide a gritos «si realmente pudiera hacerlo» que me recueste en ella.
Me acomodo sobre el cómodo colchón y tomo el móvil para hacerme unas selfis. El lugar, el maquillaje y mi vestuario lo ameritan. Tomo unas almohadas detrás de mí y me pongo en pose dejando el antifaz junto a mí. Primero una foto tierna, algo que resalte mi inocencia. Una mirada tranquila y una sonrisa fingida hacen la captura perfecta.
Poco a poco voy cambio de posiciones y las fotos van subiendo de tono, comenzando por la tradicional foto inocente hasta a esa que sugiere algo más candente. La auto sesión fotográfica de poses atrevidas logra que mis pensamientos vuelen y qué lenta, pero constantemente el deseo en mí aumente.
Veo la puerta de entrada a la recámara aún cerrada al igual que las cortinas de los ventanales, bien podría darme un poco de placer. Dejando el móvil a un lado, deslizo mis manos por mis senos, los acaricio lentamente y excito mis pezones debajo de la delgada tela. Un gemido apenas audible se me escapa cuando siento el calor en mi entrepierna.
—Si gusta, señorita, —una voz con tono extraño me sobresalta y me siento de inmediato buscando el origen de esta—, yo podría ayudarle con eso.
Mi madre y yo nos apuramos a entrar a la privada. Trato de que el paraguas cubra mayormente a mi mamá; no importa que yo me moje un poco más. Esto será un pretexto para hacer un rico chocolate, tirarme en el sofá y ver Juego de tronos por sexta ocasión. El día lo amerita.—En cuanto lleguemos a casa te das una ducha con agua caliente —me ordena mi madre.—Sí. ¿Puedes hacer chocolatito caliente? —digo con ojitos de borreguito.—Quería hacer café con leche. Traje conchas —me responde mientras llegamos a casa y pasa a la sala.—Es que yo quiero chocolate. Se antoja con este clima. Anda… —le ruego de nuevo mientras cierro el paraguas y lo acomodo en su esquina detrás de la puerta.—Ok, pero ya vete a bañar y a secar, si no, te me vas a enfermar —me ordena de nuevo.—A sus órdenes, general —digo con acento militar mientras me retiro a mi cuarto.Al entrar veo a la Yuyu echada en mi cama como la reina y señora de la casa. Ni porque tiene la suya propia. Saco un pijama y ropa interior y me m
Me acomodo la mochila y recuerdo el lonche. Me salgo de la banqueta y me pongo debajo de un árbol. Saco el túper y veo toda la comida batida. Esto ni la Yuyu se lo comería. Lástima, tan rico que se veía en la mañana. Tiro en un bote lo que queda del arroz con verdura y devuelvo el túper a su lugar. Me pongo la mochila, los audífonos en el oído y reproduzco la música aleatoriamente.Salgo de la universidad y tomo la avenida principal hasta llegar al trabajo de mi madre. «Eterna soledad», de los Enanitos Verdes, empieza a sonar por los audífonos; eso me provoca un aire de nostalgia. El día de hoy ha sido un caos. Camino entre la gente y veo cómo el día, que al comenzar era soleado, ahora está vestido de gris con una decoración de nubes oscuras. El aire comienza a correr fresco y eso solo puede significar una cosa: lluvia. Lo que me faltaba.Las gotas comienzan a caer lentamente y las personas corren a refugiarse debajo de los techos de los negocios o dentro de estos. Yo sigo caminando.
—¿Estás bien? —Esa voz se me hace conocida; levanto la cabeza y corroboro que es quien yo creo.—Sí, sí. —Trato de limpiar mi rostro con la blusa—. Todo está bien.—Toma. —Me extiende un pañuelo de papel—. No estás bien. Eso es claro. ¿Quieres hablarlo?—No quiero. Gracias. —Le señalo el papel con el que comienzo a limpiarme la cara.—De nada, es lo menos que puedo hacer.Pablo se sienta en la hierba a un lado mío.—¿Cómo es que estabas en mi clase? Ahora sí me pareces un acosador en potencia —digo tratando de reír para cambiar la conversación.—Bueno. Pasa que aquí me ofrecieron una beca para graduarme y quedarme de docente. No iba a desaprovechar la oportunidad, es una excelente universidad.—Oh, eso es grandioso. Me da gusto por ti. Al menos cuando salgas ya vas a tener un trabajo asegurado —digo sinceramente. Las cosas como están ahora en el país hacen muy difícil que uno pueda conseguir un trabajo decente.—Sí lo es. La verdad es que no imaginé encontrarte. Aunque confieso que sí
Hay dos cosas en esta vida que hacen que me parta de risa: la primera, un buen chiste, y la segunda, la gente necia. Como, por ejemplo, este hombre que acabo de conocer y, por un estúpido accidente añadido su ego supermasivo, se ha comportado como el peor patán de los patanes con esta dulce damisela. Bueno, no, no soy una damisela, pero que no exagere: un accidente lo puede tener cualquiera y él exageró mucho. Es una nena.Así que aquí estoy. Parada frente a mis compañeros de clase, Pablo, el chico nuevo «superguapo», el profesor malaleche y, claro, no podía faltar mi ex en la fila de atrás mirándome con desaprobación. Como si él fuera una santa palomita.El profesor y, para acabarla de amolar, el hombre con el que he peleado ya dos veces hoy está diciendo una sarta de pelotudeces. Así que ¿qué hago? Lo que mejor sé hacer: reírme. Me río de la ironía de la vida, de poner en el mismo salón al futuro padre de mis hijos (ya sé que exagero, pero en verdad está buenísimo) y al tipo que me
Guardo el sobre en la mochila y salgo a ayudarle a doña Ermine. ¡Oh sorpresa! Nuestro cliente estrella es el grosero que me encontré en la mañana fuera del trabajo de mi madre. Me río sola planeando un pésimo servicio que asegure no volver a verlo en mi lugar de trabajo.—Cariño, han pedido café negro de entrada. Llévales la carta del desayuno luego de eso. —Me intercepta mi jefa.—A la orden —le respondo a doña Ermine.Me regreso a la cocina y tomo unos platitos con sus tazas. Las pongo sobre la bandeja al igual que la jarra con café y salgo de nuevo.—Buenos días a Bistró Vítale —saludo mientras coloco las cosas y los cubiertos en la mesa.La cara del hombre es un poema. Se me queda mirando mientras entrecierra los ojos. Viene acompañado de otros dos señores, el señor Henry, que es cliente frecuente del lugar, y otro señor que se parece mucho a él.—Buen día —responden al unísono mientras el malcriado solo me mira con desdén en lo que sirvo los cafés.—Su café negro y las cartas del
—¿Tarde? —Busco el origen de esa voz. Es el conductor Pablo, parado por un lado del Uber.—Algo —respondo amable disponiéndome a seguir caminando. Si vuelvo a llegar tarde, mi jefe me dijo que me iba a correr.—Espera, yo te llevo. Estoy fuera de servicio, así que no te preocupes. No te cobraré.—No, así está bien. Voy aquí cerca. —Vuelvo a ver la hora.—¿Qué tan cerca? —pregunta con una dulce sonrisa de medio lado.—Por la avenida treinta y dos.—Eso no es cerca, anda, te llevo. Además, queda cerca de mi escuela, no hay problema por mí.—Está bien, pero al menos deja que te pague la ida —sugiero mientras me acerco al auto.Pablo se ríe y me abre la puerta del copiloto.—No es necesario —dice mientras me subo para luego cerrar la puerta.Pasa por enfrente del auto y eso me permite observarlo más detalladamente. Tiene brazos torneados y espalda amplia con cintura angosta. Trae un pantalón de mezclilla y un polo con chamarra de piel. Todo un sexi y exquisito hombre comestible.Sube al a







