Beranda / Romance / Tómame apuesto profesor / Capítulo 2 Fiesta privada

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Capítulo 2 Fiesta privada

Penulis: Ginya Les
last update Tanggal publikasi: 2026-10-18 01:45:47

Un chico vestido de catrín y también con antifaz sale de detrás de las cortinas. Entonces me percato de que hay un balcón detrás de estas. «¡Maldita sea, por qué no revisé!».

—Dis... disculpe —digo mientras me levanto de la cama con el propósito de marcharme, pero él se interpone en mi camino—. No me haga daño, yo solo pensé que estaba sola.

—Hum, sola —repite lo que digo con un acento gringo—. Sola, pero caliente…

—Por favor, no me haga nada —pido con temor; no sé en qué diablos me metí—. Yo ya me voy, mi amiga me ha de estar buscando —digo, intentando que no me detenga o que tenga miedo y se aleje.

—Claro, puedes irte —me señala la puerta, abriendo paso para que yo salga—, o puedes quedarte y podemos conversar.

—¿Conversar? —pregunto incrédula—. Apenas hace un rato me proponías tener sexo y ahora...

—Espera —me interrumpe, poniendo su dedo índice sobre mis labios—. Yo no te sugerí tener sexo; yo sugerí ayudarte con eso.

—Es lo mismo —alejo su mano de mí y él la regresa a su bolsillo.

—Para nada —dice, dándome la espalda y caminando hasta el balcón, donde corre la cortina para admirar el panorama—. Si tuviéramos sexo, yo también saldría beneficiado; en cambio, solo deseo ayudarte.

Camina de vuelta hasta donde estoy y se acerca lentamente a mí. Todo en él me parece enigmático, seductor. Su tono de voz, su porte, su timbre de voz, todo.

—Como yo veo, señorita, usted ocupa que alguien se encargue de sus necesidades y yo gustoso puedo hacerlo.

—Eso es algo muy atrevido —digo molesta—. Ahora resulta que es tan servicial como para «ayudarme» con mis necesidades —digo con ironía—. ¡No, pues, que lo hagan santo!

El maldito suelta la carcajada por mis comentarios, pero es una risa tan contagiosa que logra que me ría también. Se sienta en la orilla de la cama, saca un cigarrillo de su saco y lo prende para luego ofrecérmelo, a lo que me niego.

—No, gracias, no fumo —digo totalmente seria, pasando de la risa a la seriedad en cuestión de segundos, y añado—. Mi padre murió de cáncer de pulmón.

Su cara se torna molesta y frunce el ceño con auténtica molestia. El solo hecho de verle así me da risa y suelto a reír.

—¿Me mentiste? —dice serio mientras yo sigo riendo de mi broma—. ¡Contesta!

—Lo siento —río un poco más—. Has sido algo molesto conmigo y quería vengarme.

—Eso no ha sido una venganza. Ha sido una estúpida broma de una persona que no sabe lo que es que un familiar fallezca de cáncer —casi me escupe en la cara y provoca que, de a poco, me vaya alejando mientras él se levanta y me guía hasta que termino contra la pared.

—Lo... lo siento —la he cagado—. Yo no pretendía burlarme, yo...

Suelta una carcajada en mi rostro.

—Eres muy boba —me dice al oído, para luego alejarse y darle una calada a su cigarrillo.

—Y tú eres un pendejo —respondo intentando empujarlo, pero no puedo. Ya no me río, pues con él todo puede ser contraproducente.

Además, ¿qué sigo haciendo aquí? Ya debería irme. Quiero alcanzar mi antifaz, que yace sobre el cómodo colchón; sin embargo, el chico misterioso pone sus brazos a ambos lados de mi cabeza.

—Me vas a quemar —digo molesta, y él deja el cigarrillo sobre el mueble junto al cabecero, en un cenicero.

¿Será esta su casa? ¿O de casualidad está ahí el cenicero?

—Debo salir de aquí —intento de nuevo empujarlo y sigo sin poder hacerlo.

—Si de verdad quisieras irte, ya lo habrías hecho en cuanto tuviste oportunidad. Pero no quieres, y eso me alegra porque tampoco quiero que te vayas.

—Eres demasiado engreído, ¿te lo han dicho?

—Nunca —sonríe de lado y por primera vez noto lo carnosos que son sus labios, totalmente besables.

—¿Quieres besarme? —inquiere de forma coqueta.

—No —respondo rápido para luego tragar saliva—. No quiero.

—OK, usted se lo pierde, señorita —se aparta para, una vez más, cederme el paso para que me marche. Sin embargo, me quedo parada como estúpida, dudando si irme o no.

Esto es una locura, capaz y es un loco pervertido y yo aquí. Decido que tendré que dejar el antifaz e intento salir de ahí lo más pronto posible.

Justo cuando estoy por salir, su mano toma la mía y me detiene al instante. Me atrae hacia él tan rápido que apenas me doy cuenta. Me toma por la cintura y me pega a su cuerpo. Yo bien podría gritar y hacer un escándalo, pero no quiero. A lo lejos, la música se escucha fuerte; no obstante, eso no nos estorba. Baja la cabeza cerca de mi oído y me susurra algo que no logro entender. Estoy por preguntarle qué dijo cuando me besa.

Su beso no es invasivo; todo lo contrario, está cargado de ternura y respeto. Sé que intenta seducirme y me agrada. Quiero que me seduzca, quiero que me lleve a la cama y quiero tener esta experiencia con alguien que no conozco.

Dejo de querer apartarlo y lo acerco a mí. Pongo una de mis manos sobre su nuca y me percato una vez más de lo alto que es. Baja las manos de mi cintura y las lleva hasta mis caderas. Las toma y las aprieta, instándome a subirme. Me levanta y rodeo su cintura con mis piernas. La larga falda nos impide cualquier tipo de movimiento más allá de lo que ambos quisiéramos, así que, antes de llegar a la cama, me baja para luego tirar de la cintilla que rodea y sostiene la falda, haciendo que esta caiga a nuestros pies.

Se aparta de mí solo para admirarme en la delgada licra de encaje en forma de leotardo. Él me mira, me reconoce, pero yo no sé quién diablos es. En parte, agradezco que mi maquillaje de catrina únicamente rodee mis ojos y no mis labios, que están aún pintados de un rojo quemado indeleble.

—Eres la mujer más hermosa que jamás he visto en mi vida —intenta formular en su gracioso acento.

—Gracias —podría añadir más, pero no lo hago. No sé quién es; sin embargo, me siento atraída por él. Quizás soy una inmadura calenturienta… o únicamente me estoy intentando comportar como una adulta que quiere vivir la mayor cantidad de experiencias estúpidas.

Una vez más, se acerca y me besa de nuevo. Creo que el labial no durará mucho más. Del móvil y del antifaz no sé más, pues me recuesta sobre la cama y comienza a besarme. Deja una hilera de besos por mi mandíbula y baja hasta mi cuello. Excita mis pezones como yo minutos antes lo estaba haciendo.

Quizás es el momento de parar esto, pero no lo hago; me dejo llevar. Afuera, Animals, de Maroon 5, suena con una voz distinta y más acústica, logrando que el escenario se vuelva aún más sensual con esa música. Él me envuelve en sus brazos y, con sus besos, se desliza por mi cuerpo cual serpiente en un árbol. Es todo manos y es todo seducción.

Logra bajar el escote de mi leotardo, que, al ser de licra, le facilita el acceso. De igual forma, baja mi strapless, dejando mis pechos expuestos para él. El clima helado de octubre se hace presente en la habitación, haciendo que mis pezones se pongan duros y erectos. El desconocido besa mis pechos como si fueran algo extraordinario y yo lo disfruto tanto como puedo. Con su mano libre recorre el vértice de mi cintura hasta mi cadera y toca mis muslos, acariciando con la yema de sus dedos mi piel desnuda.

En una maniobra casi perfecta, desabrocha los broches en mi entrepierna que unen la pieza que cubre mi parte superior del cuerpo, haciendo que quede a la vista la diminuta pieza de bikini que me puse hoy. Suerte para mí que el brasier no se ve, ya que no combina ninguno.

Con el aumento del placer llegan las inmensas ganas de que me toque más, de que me bese más. Dejo de pensar con la cabeza para ceder mi voluntad a mi cuerpo. La lujuria, el deseo, el placer, la lascivia y la pasión llegan en oleadas a la habitación, nos envuelven y nos convierten en la sensación efímera de lo que nunca podrá permanecer. El apuesto desconocido abandona mis senos solo para dirigirse a mi centro. Me baja con sumo cuidado, de forma parsimoniosa, casi poética, la prenda íntima que divide el inicio de un clímax y el interludio de preliminares.

Él mete aquella prenda en su bolsillo. De alguna forma, imaginaba que lo haría. Predecible. Toma mi pie y comienza a acariciarlo. Repite sus movimientos con el otro y luego sube poco a poco por mis piernas. Sabe que me está provocando y yo no dejo de mostrar lo placentera que me siento cada vez que toca la parte trasera de mis rodillas.

—I like to hear you moan with pleasure —dice, y yo no comprendo del todo lo que dijo.

Se ríe de mí y comienza a besarme los muslos. Intento en vano acercar mis manos para quitarle el antifaz, pero me es imposible; me detiene en el acto. ¿En verdad quiero saber quién es? No, no quiero saberlo en realidad; sin embargo, me puede la curiosidad.

Baja y comienza a besarme, a lamer una y otra vez. Me ataca con su ávida lengua. Yo me retuerzo, pero él me sostiene. Por mero instinto, levanto la pelvis, deseando cerrar las piernas. No me deja; las detiene y sigue con su experta labor. Ninguno dice ninguna otra palabra en la habitación; solo resuena la música de fuera, mezclándose con mis gemidos. Él me toma por las caderas y acerca mi cuerpo a su boca como si comiese de mí. Es tan jodidamente excitante que no puedo lograr contenerme ni un minuto más y me corro. Quiero zafarme, pero de nuevo él tiene el control de mi cuerpo; sabe cómo manejarlo para que yo disfrute de la experiencia lo mejor posible.

Si supiera que es la primera vez que recibo un oral, no me creería, pero tampoco es como si se lo fuera a decir. Supongo que ahora llega mi turno de pagar el favor. Cuando termino, él se levanta. Supongo que dirá algo; sin embargo, no lo hace. Solo se levanta y camina al balcón, saliendo sin decir más. ¿Pero qué m****a...?

Tomo la falda que yace tirada sobre el piso y me envuelvo en ella, olvidándome de terminar de acomodarme la ropa. Quiero enfrentarlo. Me acerco a él, veo su ceño fruncido y me percato de que tiene una llamada por celular. Magnífico…

—¡Maldita sea, Jeremy! —exclama molesto. Alguien le dice algo que tampoco alcanzo a oír, pero se nota que eso acrecienta su malestar—. No hagas nada, ya voy —cuelga y guarda su iPhone en el saco de vestir.

—Lo siento, guapa —me toma unos mechones de cabello y los acomoda detrás de la oreja—. Tengo que irme —pone sus anchos brazos sobre mis hombros y me jala hacia él para abrazarme. Por primera vez, pongo atención a su aroma. Es amaderado, pero suave. Elegante—. Te agradezco el quedarte; te necesitaba más a ti de lo que tú me necesitabas a mí. Cuídate.

Besa mi frente y se marcha como alma que lleva el diablo. Solo me queda verlo alejarse, perfectamente vestido, como si aquí, en esta magnífica habitación, no hubiese ocurrido nada, como si no me hubiese dado el primer extraordinario oral de mi vida. La maldita puerta de la recámara está sin seguro y entonces me percato de que en cualquier momento pudo haber entrado alguien y vernos. Por un largo rato permanezco parada afuera del ventanal, con el culo desnudo, mil preguntas y un corazón ilusionado, todo hecho m****a.

—¿Qué diablos ha pasado? —me dejo caer sobre una tumbona, meditando sus palabras de despedida. Es raro que me dijera que me necesitaba. Muy raro.

Luego me doy cuenta de que sobre el diván yace un paquete de cigarrillos y un encendedor. Por primera vez en mi vida, tomo uno para comenzar a fumar: primero, en su honor; y segundo, en honor de todas aquellas experiencias que nunca jamás se repetirán.

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