LOGINValery CooperCaminé hacia el pequeño baño privado que estaba integrado en mi oficina.Repasé cada marca con la yema de los dedos, sintiendo una punzada de dolor tibio y eléctrico que descendió directo a mi entrepierna.—Maldita sea, Max... —murmuré para mí misma, entre la fascinación y el pánico.Tenía exactamente diez minutos para borrar cualquier rastro de la tormenta que había ocurrido sobre mi mesa. No podía permitir que nadie en esta empresa, ni Caroline ni los auditores, sospechara lo más mínimo de lo que acababa de suceder. Esta era mi entrada a la firma y mi reputación técnica tenía que mantenerse limpia, impecable y profesional.Me acerqué al lavamanos, abrí el grifo de agua fría y me mojé el rostro para bajar el rubor encendido de mis mejillas. Sequé mi piel con delicadeza usando una toalla de felpa y saqué de mi cartera el cosmetiquero. Me apliqué corrector de alta cobertura sobre el cuello y el escote, difuminando con paciencia las marcas más oscuras hasta reducirlas
Valery CooperLa respiración me quemaba la garganta. Permanecí recostada sobre la caoba helada de mi propio escritorio, con el cuerpo temblando como una vara en medio del silencio denso y sofocante que se apoderó de la oficina. Tenía las piernas entreabiertas, la falda de tubo arrugada a la altura de la cintura, la camisa blanca deshecha y la entrepierna latiendo en un dolor agudo, húmedo y caliente.El perfume costoso de Maximilian y el olor penetrante de nuestra intimidad flotaban en el aire, denso como una neblina invisible.Frente a mí, Max no mostró un solo segundo de arrepentimiento. No hubo culpa en su mirada, no hubo la distancia helada que solía imponer después de un impulso, ni el discurso cobarde de que esto no debía volver a repetirse. Lo observé a través de mis pestañas húmedas mientras él se reacomodaba el pantalón de vestir con movimientos pausados y calculados. Ajustó el cierre, se abrochó la correa con un chasquido metálico y luego, con una parsimonia que rozaba
Valery Cooper —Tú eres mía. Únicamente mía. Y ni tu abuelo, ni Damián, ni ningún otro imbécil va a cambiar eso jamás. Las palabras de Maximilian no sonaron a una promesa ni a una confesión;ñ fueron una sentencia brutal, una marca de propiedad clavada a fuego y escupida con la voz áspera de un hombre completamente ciego de furia. No me dio tiempo de procesar el veneno que llevaba el nombre de Damián en sus labios, ni de entender por qué los celos lo estaban devorando de esa manera tan salvaje. No me dio tiempo ni siquiera de tomar una bocanada de aire. Antes de que pudiera formular una sola pregunta, sus manos grandes y duras me sujetaron con fuerza implacable de la cintura, elevándome en el aire como si mi cuerpo no pesara absolutamente nada. Mi espalda impactó contra la superficie helada de caoba de mi propio escritorio, desordenando a su paso los informes, carpetas y hojas que meticulosamente había organizado durante la mañana. El chasquido de las carpetas cayendo al piso de m
Maximilian von Weber La puerta del despacho se cerró tras los pasos de Valery, dejando en el ambiente una estela sutil de su perfume que me oprimió la garganta. Respiré hondo para recuperar la compostura y clavé la mirada en el hombre que temblaba al otro lado del escritorio. —Bien, Morales —comenzé, con una voz helada que resonó como un látigo en el silencio de la oficina—. Explíqueme detalladamente de dónde salieron esas notas de crédito y por qué los fondos no ingresaron a las arcas principales. El contador se reajustó los anteojos con dedos torpes, trago saliva con dificultad y dejó caer las manos sobre las piernas. —Señor von Weber... le juro que hay una explicación técnica —balbuceó, con el rostro pálido—. Los proveedores de insumos suelen aplicar fluctuaciones de mercado... Yo solo asenté los valores que me llegaron desde la gerencia de compras... —No me tome por imbécil —sentencié, poniéndome de pie lentamente y apoyando las palmas de las manos sobre la caoba. Me inc
Valery Cooper Cerré la puerta tras de mí con delicadeza, dejando el ruido del pasillo afuera. —¿Cómo estuvo tu noche, Valery? —preguntó Maximilian de inmediato, rompiendo el hielo con una voz grave, densa, que llevaba una carga peligrosa de recuerdo y advertencia sobre lo que habíamos hecho. Me ericé por completo, pero mantuve la distancia. Avancé dos pasos sosteniéndole los documentos contra el pecho y le hablé de manera estrictamente formal. —Estuvo bien, señor von Weber. Sin embargo, la razón por la que estoy aquí es porque he estado revisando los documentos financieros del nuevo proyecto urbanístico. Encontré ciertas discrepancias contables que me parece que están completamente fuera de lugar y que requieren su atención inmediata. Maximilian arqueó una ceja, sorprendido por mi frialdad profesional. Mantuvo la mirada fija en la mía unos segundos antes de señalar con un gesto de la mano el asiento frente a su escritorio. —Toma asiento y explícate —ordenó con voz serena. Me s
Valery CooperAbrí los ojos de golpe y la luz radiante de la mañana me cegó por un instante. Parpadeé confundida, sintiendo la cabeza pesada y el cuerpo envuelto en un cansancio profundo. Miré hacia el reloj de mesa y ahogué un maldito chillido de frustración.Me había pasado de largo.—¡Maldita sea! —murmuré entre dientes, tirando las cobijas a un lado con desesperación.No estaba teniendo una buena entrada en la empresa. Ayer me había ido antes de tiempo tras el altercado en la sala, ¡y hoy llegaba escandalosamente tarde! Me puse de pie y un punzadas aguda me recorrió la cadera. Al dar el primer paso hacia el baño, cada músculo de mi cuerpo protestó en un dolor sordo y abrasador. Tenía la piel sensible, la entrepierna me dolía brutalmente y, sin embargo, al sentir esa molestia física, un latido caliente y húmedo me palpitó en el centro del vientre.En la ducha, dejando que el agua hirviendo me cayera sobre los hombros, me apoyé contra los azulejos y fue imposible no pensar en Maxim







