LOGINPOV RENATO No le dije a Mireya que me iba.Salí antes de que ella bajara y de que Leo despertara. Le dejé una nota en la mesa de la cocina que decía que tenía cosas que hacer, sin más explicaciones. Conduje hasta la casa de Ernesto con las ventanas abiertas y la radio apagada. No quería música, necesitaba silencio para pensar.Solo quería al aire golpeándome la cara y el sonido del motor para no pensar en nada más.Ernesto vivía en una casa vieja, de dos plantas, en las afueras, donde yo había pasado los años después de que todo pasó, y donde él me crió. Me estacioné frente a la entrada. Toqué el timbre, Ernesto abrió a los pocos segundos. —Renato —dijo—. ¿Qué haces aquí?—Necesito hablar contigo.—¿A las nueve de la mañana?—Sí.Se quedó un momento en silencio, con la mano en el marco de la puerta y luego, muy despacio, dio un paso atrás.—Pasa.Ernesto me hizo un café que no me tomé, y nos sentamos en el salón, frente a frente, en dos sillones que habían estado ahí desde que yo
POV RENATOPasé la noche en vela.No por insomnio. Por lo contrario. Porque cada vez que cerraba los ojos, el patio volvía. Y esta vez no venía solo. Venía con más. Con cosas que no había visto antes. Con detalles que, hasta ahora, habían estado escondidos en alguna parte de mi cabeza.Me levanté a las cuatro. Bajé a la cocina. Me senté en la misma silla donde me había sentado horas antes, con otro vaso de agua. Y espere sin saber qué o a quién.Mireya dormía arriba. Leo también. La casa entera estaba en silencio. Y yo, en medio de ese silencio, empecé a ordenar las piezas.Otra vez el patio con una grieta en el suelo.Pero esta vez había algo más. En una ventana de la casa de Mireya. Estaba Clara mirándonos, mientras yo me escondía detrás de las macetas y Mireya me tapaba la boca. En otra imagen estaba mi padre, en la puerta de la casa de Mireya, gritando, y Clara detrás de él, con la cara roja y una marca en el brazo como si la habían apretado muy fuerte.Y luego, mi padre y yo en
POV RENATOLeo se durmió en el auto de vuelta a casa.Con el brazo en el cabestrillo y la cabeza contra la ventanilla, respiraba despacio. No quería quedarse en el hospital. No quería nada, en realidad. Solo dormir. Y yo conducía con las manos apretadas al volante y la cabeza en otro sitio.Mi mente estaba en aquel patio. No era un recuerdo nítido, más bien como si vieras a través del agua sucia de un vaso. Todos los detalles muy confusos, pero un recuerdo al fin Recordé ese olor a tierra después de la lluvia, que de vez en cuando sentía con una sensación extraña.Me estacioné frente a casa. Levanté a Leo con cuidado, sin despertarlo, y lo subí a su cuarto. Mireya no había llegado todavía, menos mal porque necesitaba estar solo para pensar.Me senté a esperar en la cocina con un vaso de agua que no llegué a tomar.Estaba confundido, no tenía ni la menor idea de que iba hacer cuando ella llegara, ni de cómo reaccionaría, si fingiría, y tendría el valor de mirarla como una extraña.Los
POV RENATO:El sábado por la mañana, Leo quería ir al parque.Mireya tenía que ir al centro. Había una reunión de la junta directiva sobre la auditoría y no podía cancelarla. Así que me quedé en casa con Leo. No era algo que hiciéramos muy a menudo. Normalmente, era ella quien lo llevaba a todas partes. Pero aquella mañana, por alguna razón, me pareció bien. Quería pasar el día con él. Solo nosotros dos.El parque estaba a rebosar. Niños corriendo por todas partes. Padres sentados en los bancos. Un carrito de helados en la esquina. Leo se dirigió directamente a los columpios y yo me senté en un banco cercano, observándolo con atención, sin pensar en nada. Por primera vez en semanas, sin pensar en nada.Y de pronto, no sé cómo, ni en qué momento. Leo que estaba en lo alto del tobogán —el más alto, el que siempre le daba miedo—. Se resbaló y se cayó. Realmente no era muy alto. Pero cayó mal, sobre su brazo. Y el grito que soltó me partió el corazón.Me levanté de un salto del banco ante
POV RENATO:Volví a casa después de hablar con Lucía.Con las palabras de Lucía rebotándome en la cabeza como pelotas de ping pong. Ella te está protegiendo y te quiere. Desde mucho antes de que tú la conocieras.Llegué a casa a media tarde. Mireya no estaba. Me quedé de pie en el recibidor, con las llaves en la mano, sin saber qué hacer. Subí a mi cuarto. Me senté en la cama. Y esperé.No sabía qué estaba esperando. Ni qué iba a hacer cuando ella llegara. Solo tenía la certeza de que ya no podía seguir fingiendo que no había descubierto nada. Ya no podía seguir mirándola como si fuera una extraña. Porque no lo era. Ella era la niña del patio. La que me escondía. Y que me regaló un silbato. La que me buscó durante años.Y yo, en todo este tiempo, solo le había dado sospechas. Distancia. Preguntas. Silencios. Desconfianza.Estaba sentado en la cama, con la espalda contra la pared y la vista fija en la ventana, cuando el teléfono vibró. Un mensaje. De Lucía."No debería mandarte esto. P
POV RENATO No dormí. Ya lo sabía. Desde que encontré el nombre en ese registro, supe que no iba a dormir.A las seis de la mañana ya estaba vestido. A las siete, ya estaba en el auto. No desayuné. No le dije nada a Mireya. Solo salí, con el nombre de la niña del patio metido en la cabeza como una piedra que no podía tragar.Lucía vivía en un departamento pequeño, en un edificio de ladrillo a las afueras del centro. Llegué antes de las ocho. Toqué el timbre. Esperé. Toqué otra vez. Y cuando ya estaba a punto de irme, la puerta se abrió.Lucía me miró desde la puerta, con el pelo despeinado y una bata azul, y en su cara vi algo que no esperaba. No era sorpresa. Sino otra cosa. Un miedo pequeño, rápido, que desapareció en cuanto me reconoció.—Renato —dijo—. ¿Qué haces aquí?—Necesito hablar contigo.—¿A las ocho de la mañana?—Sí.Se quedó un momento en silencio, con la mano en el marco de la puerta, y luego, muy despacio, dio un paso atrás.—Pasa.El departamento era pequeño. Cálido.







