MasukCapítulo 2:
Las rodillas de Lila tocaron la mullida alfombra antes de que pudiera reaccionar. Damien se cernía sobre ella, desabrochándose el cinturón con deliberada lentitud. El clic metálico le provocó una oleada de calor entre los muslos. Esto no era lo planeado. Nada de eso. Se suponía que debía soportar un encuentro sexual rápido y olvidable en la oscuridad y desaparecer con el dinero. En cambio, el hombre más poderoso de la ciudad la miraba como si quisiera devorar su alma. —Ábrete —ordenó con voz baja y áspera. Ella entreabrió los labios. Él se liberó —grueso, pesado, ya brillante en la punta— y guió la cabeza sobre su lengua. Su sabor era salado y poderoso. Lila gimió a su alrededor, el sonido vibrando a lo largo de su miembro mientras él penetraba más profundamente. “Joder, así sin más.” La mano de Damien se aferró a su cabello oscuro, guiándola pero sin forzarla. Todavía no. “Tu hermana habría negociado primero. Tú… te lo tomas con tanta calma.” La humillación le quemaba las mejillas, pero solo la excitaba más. Chupó con más fuerza, ahuecando las mejillas, moviendo la lengua como solo había imaginado en sus fantasías más oscuras. Sus caderas se balancearon hacia adelante, golpeando el fondo de su garganta. Las lágrimas le picaban en los ojos, pero no se apartó. Se apartó bruscamente, respirando con dificultad, y la levantó. Con un movimiento fluido, la inclinó sobre el piano de cola, bajándole las bragas de encaje. El aire fresco acarició sus pliegues empapados. —Mírate —murmuró, pasando dos dedos por su hendidura—. Empapándote para el hombre que tu hermana intentó desechar. Le dio una palmada en el trasero, seca y posesiva. Lila gritó, arqueando la espalda instintivamente. —Dime que quieres esto. “Yo… yo no debería…” Otro golpe, más fuerte. “No le mientas a tu marido”. La palabra marido le produjo una emoción prohibida. —Sí —jadeó—. Lo quiero. Damien no esperó. Se colocó en posición y la penetró profundamente, estirándola de un solo golpe. El grito de Lila se convirtió en un gemido entrecortado al sentirlo llenarla por completo. Era más grande de lo que esperaba, más grueso, y tocaba puntos que le hacían ver destellos de placer. —Apretado —gruñó, retrocediendo solo para volver a embestir—. Joder, qué apretado para mí. El piano crujió bajo su agarre mientras él marcaba un ritmo implacable. Cada embestida la elevaba, el placer se intensificaba en su vientre. Su mano se deslizó para frotar su clítoris en círculos apretados, sin descanso. —Ahora eres mía, Lila. No eres el peón de Serena. No eres un soborno para desechar. —Se inclinó sobre ella, rozando su hombro con los dientes mientras penetraba más profundamente—. Dilo. —Soy tuya —gimió ella, retrocediendo para encontrarse con él, perdida en el sucio roce de piel contra piel. “Más fuerte.” “¡Soy tuya, Damien!” Él la recompensó con un brutal movimiento de caderas que la hizo perder el control. Su orgasmo la desgarró, sus paredes se contrajeron a su alrededor con tanta fuerza que vio estrellas. Damien continuó con un gemido gutural, enterrándose hasta el fondo mientras se derramaba dentro de ella, ardiente e interminable. Por un instante, el único sonido fue su respiración entrecortada. Luego se apartó, la giró y la besó lenta y profundamente, saboreándose a sí mismo en su lengua. Cuando finalmente se separó, sus ojos estaban oscuros de satisfacción, y de algo mucho más peligroso que la lujuria. —Súbete a la cama —ordenó suavemente—. Todavía no hemos terminado. Lila se despertó con el sonido de su teléfono vibrando violentamente sobre la mesita de noche. La luz de la mañana se filtraba entre las sábanas revueltas. Damien se había ido, pero el dolor entre sus piernas y los leves moretones en sus caderas le recordaban que la noche anterior había sido muy, muy real. Con dedos temblorosos, tomó el teléfono. Serena. Contestó al tercer timbrazo. —¡Estúpida! —gruñó su hermana—. ¿Qué demonios hiciste? Los abogados acaban de llamar; Damien ya mandó a modificar los papeles. El matrimonio sigue en pie. Contigo. Lila se incorporó, con el corazón latiéndole con fuerza. —Yo no… “Déjalo ya. Voy para allá. Y cuando llegue, vas a arreglar esto. O le diré a mamá quién se acostó con ella por dos millones de dólares.” La línea se cortó. Lila dejó caer el teléfono, con el estómago revuelto. El placer de la noche anterior aún la invadía, pero la realidad la golpeó con fuerza. Damien Voss no la había dejado desaparecer. La había reclamado como suya. Y ahora su hermana venía a recuperarlo todo. La puerta del dormitorio se abrió. Damien estaba allí, vestido únicamente con unos pantalones negros a medida, con el pecho aún húmedo por la ducha. La miró, recorriendo con la mirada las marcas que había dejado en su cuerpo como si fueran su firma. —Buenos días, esposa. —Su sonrisa era lenta y depredadora—. Parece que tenemos compañía.Capítulo 8El coche permaneció en silencio todo el camino de regreso.Damien conducía con una mano en el volante y la otra agarrada a la mía. Su agarre era firme. Demasiado firme. Podía sentir la energía que emanaba de él en oleadas, el mismo fuego inquieto que había visto en sus ojos en la casa del lago. No había dormido. Ahora estaba segura. El brillo de su mirada, la forma en que no dejaba de mirarme como si necesitara asegurarse de que yo seguía siendo real, todo apuntaba a lo mismo.No retiré la mano.Cuando se abrieron las puertas del ascensor del ático, Kai estaba esperando. Nos miró una vez y se apartó sin decir palabra. La policía se había ido. No pregunté cómo. La gente de Damien lo había resuelto como resolvía todo.En el segundo en que la puerta se cerró detrás de nosotros, Damien se volvió hacia mí.—No vuelves a irte así —dijo. La voz se mantuvo baja, pero cargaba peso—. No sin mí. Nunca.Dejé caer el clutch sobre la mesa.—Dijo sola o el vídeo se hace público. Estaba in
Capítulo 7El vídeo terminó y mis manos no dejaban de temblar.Medianoche. La vieja casa del lago. Sola.Me quedé mirando la pantalla hasta que las palabras me quemaron. La voz de Damien seguía cortando el pasillo, fría y afilada mientras le decía a seguridad que la policía no subiría. Él no tenía ni idea de lo que Serena acababa de enviarme.Metí el teléfono en el clutch. El corazón me golpeaba tan fuerte que lo sentía en la garganta. Cada parte de mí quería correr hacia él y mostrarle todo. Pero la amenaza era clara. Ven sola o el vídeo se hace público. Lo que tuviera era lo bastante grave como para ponerme las esposas.Me levanté. El vestido esmeralda todavía olía a él. Me eché un abrigo negro por encima y abrí la puerta del dormitorio solo lo justo para escuchar.—No pisan este piso —dijo Damien—. Me da igual el papel que agiten. Mi esposa no está disponible esta noche.Kai le respondió en voz baja.—Entendido, señor. Pero la orden es real. Pueden forzar la entrada si nos oponemos
Capítulo 6: Mentiras fracturadasMe quedé mirando el mensaje hasta que las palabras se borraron.El dinero ha desaparecido.La cuenta del hospital de mi madre —cada centavo de esos dos millones manchados de sangre— había sido vaciada por completo. Serena no se había limitado a amenazarme. Había golpeado.Las manos no dejaban de temblarme mientras le mostraba el mensaje a Damien. Lo leyó una sola vez, la mandíbula tensándose, y luego llamó a su jefe de seguridad con una voz tan fría que podría congelar el fuego.—Averigua exactamente qué hizo. Ahora.Paseaba de un lado a otro por el salón del ático, descalza sobre el mármol, todavía con el vestido esmeralda de la gala. Ahora me parecía contaminado. Todo lo parecía.—Está castigando a mamá para castigarme a mí. Mamá ni siquiera sabe toda la verdad: sigue creyendo que yo soy la villana que le robó la vida a Serena.Damien me atrapó a mitad de paso y me atrajo contra su pecho. Su corazón latía con firmeza, un ancla sólida mientras el mío
Capítulo 5:Todo dolía.No era mi cuerpo, aunque el agradable cosquilleo entre mis piernas y los leves moretones en mis caderas me recordaban a quién pertenecía ahora. No, este dolor era más profundo. Se alojaba en mi pecho, agudo y sofocante, cada vez que miraba a quienes se suponía que debían amarme.Me senté en el sillón de cuero de respaldo alto junto a Damien en la sala de juntas privada; el vestido color esmeralda se sentía ahora como una armadura a punto de deshilacharse. Mi madre ni siquiera me miró a los ojos. Serena estaba sentada justo enfrente de nosotras, con las piernas elegantemente cruzadas, su expresión una máscara perfecta de furia justificada. El tío Richard y otros dos ancianos de la familia Voss la flanqueaban como perros guardianes.El aire olía a colonia cara, whisky añejo y traición.—Has avergonzado a esta familia —dijo finalmente mi madre, con la voz temblorosa por la rabia que apenas podía contener—. Primero usurpas el lugar de tu hermana como una impostora
Capítulo 4:El gran salón de baile de la mansión Voss resplandecía como una jaula de cristal y opulencia. Las arañas de cristal proyectaban destellos de luz sobre vestidos de seda y esmóquines a medida. Lila estaba al lado de Damien con un vestido verde esmeralda sin espalda que se ceñía a cada curva que él había acariciado la noche anterior. Su mano descansaba posesivamente sobre su espalda baja, con el pulgar rozando la piel desnuda justo encima de la curva de sus glúteos.Podía sentir las miradas.Los susurros se deslizaban entre la multitud como humo.La familia Voss se había reunido al completo: tíos, tías, primos y, lo peor de todo, su propia sangre. Serena permanecía cerca de su madre, elegante y amenazante vestida de rojo, con una sonrisa triunfal ya dibujada en sus labios.Damien se inclinó y sus labios rozaron la oreja de Lila. «Respira, esposa. Pueden gruñir todo lo que quieran. A ti te follé sin piedad esta mañana».Sus muslos se apretaron al recordar aquello: él inclinánd
Capítulo 3:La puerta del ático se abrió con un clic antes de que Lila pudiera siquiera ponerse la bata.Serena irrumpió como si fuera la dueña del lugar: el cabello perfectamente despeinado, un vestido de diseñador que se ajustaba a cada curva y los labios rojos apretados en una línea furiosa. Sus ojos se posaron primero en Lila, aún envuelta en la sábana de seda al borde de la cama, con el cabello revuelto por las manos de Damien.—De verdad lo hiciste —espetó Serena, con la voz cargada de veneno—. ¡Miserable zorra! ¿Ni siquiera pudiste mantener las piernas cerradas una noche?Las mejillas de Lila ardían, pero levantó la barbilla. "Fuiste tú quien me vendió a él, Serena. ¿Lo recuerdas?"Antes de que Serena pudiera replicar, Damien salió del vestidor abotonándose una camisa negra impecable. La tensión en la habitación se hizo palpable al instante. Se movía con una gracia depredadora y pausada, recorriendo con la mirada a las dos hermanas como si decidiera a cuál de ellas humillar pri







