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Capitulo 6

Autor: Melissa
last update Fecha de publicación: 2026-06-06 00:11:25

Adrián se quedó mirando por la ventana, con los pensamientos arremolinándose en su mente como una tormenta imposible de detener. El reflejo de la ciudad sobre el vidrio parecía lejano, irreal, como si él mismo estuviera atrapado en dos mundos simultáneamente: el del presente, repleto de responsabilidades, y el del pasado, marcado por una noche imposible de olvidar. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Cómo cumplir con las expectativas de su familia sin traicionarse a sí mismo? El sonido insistente de su teléfono lo sacó de ese ensimismamiento.

Alzó el móvil y vio el nombre de Samuel parpadeando en la pantalla. Adrián suspiró antes de contestar. —¿Aló? —dijo, intentando sonar más animado de lo que se sentía.

—¡Adrián! Por fin contestas, hombre. —La voz de Samuel tronó al otro lado, cargada de reproche, pero también de la calidez habitual—. Desapareciste de la fiesta sin decirme nada. ¿Dónde diablos estabas metido?

Adrián sonrió un poco, aunque su amigo no podía verlo. —No me respondas —añadió Samuel rápidamente, como si sospechara la evasión—. Seguro te fuiste con alguna chica de la fiesta.

Adrián no le dio la razón ni lo contradijo. Simplemente guardó silencio, dejando que su amigo hiciera sus propias suposiciones. Después de todo, ¿cómo iba a explicarle lo que realmente ocurrió? Ni él mismo lograba entenderlo del todo.

—Discúlpame en verdad por no despedirme de ti —añadió Adrian, con la voz más suave.

—Está bien, te perdono —respondió Samuel con algo de humor. —Dime, ¿nos vemos hoy a la hora del almuerzo?

—No puedo, Samuel —respondió Adrián, con el tono volviéndose más serio—. Mi abuelo está en el hospital, y tengo que ir a verlo.

Un silencio se instaló en la línea, como si Samuel estuviera procesando la noticia. —Santo cielo… ¿Y cómo está tu abuelo, amigo?

—Está mejor, pero sigo muy preocupado. —Adrián se pasó una mano por el cabello, sintiendo el peso de la preocupación en cada fibra de su cuerpo—. Mi madre quiere que hoy mismo le presente a mi prometida.

Samuel se quedó callado unos segundos, algo poco habitual en él. Adrián pudo visualizarlo llevando una mano a la barbilla, reflexionando sobre la manera de resolver la difícil situación.

—¿Y qué piensas hacer, amigo? —preguntó finalmente.

—La verdad… no lo sé, Samuel. Dime tú, ¿qué hago?

—Contrata a alguien de confianza.

Adrián se rió, incrédulo. —¿Qué dices? ¿Contratar a alguien?

—Eso mismo. Contrata a alguien que te ayude a salir del paso. Alguien discreto, que sepa comportarse y mantener las apariencias.

Adrián caminó por la oficina, con el teléfono en la mano y la mente corriendo a toda velocidad. La idea no era totalmente descabellada. Su familia necesitaba ver una imagen, no la realidad. Podría ser una solución ideal… si encontraba a la persona adecuada. En el fondo, le hubiera gustado contratar a esa hermosa chica de la noche anterior, pero era imposible de encontrarla.

—¿Y a quién voy a contratar? —preguntó casi retóricamente.

—No lo sé, Adrián. Alguien que siempre esté a tu lado, que sepa lo que te gusta, lo que no soportas, que pueda seguirte el ritmo y no te delate.

Adrián frunció el ceño, pero la sugerencia de Samuel empezó a tomar forma. No necesitaba buscar fuera. Ya tenía a la persona ideal justo delante de sus narices. —Gracias, amigo. Me acabas de dar una buena idea —dijo, y supo que su sonrisa era genuina esta vez.

—¿A quién vas a contratar? —preguntó Samuel, con la curiosidad evidente en su voz.

—Te hablo después —respondió Adrián, cortante, porque la decisión ya estaba tomada y no quería darle más vueltas.

—¡Adrián, no cuelgues! Dime a quién vas a contratar…

Sin embargo, colgó antes de que su amigo pudiera terminar. Se quedó un momento mirando la pantalla del teléfono, pensativo. Apartó el móvil y se llevó una mano a la barbilla, con la mente trabajando a toda velocidad.

¿Por qué no, Lia? Era, sin duda, la persona más confiable que tenía a su alrededor. Su secretaria desde hacía tres años, discreta, eficiente, siempre atenta a sus necesidades, profesional hasta el extremo. Lo conocía mejor que nadie en la oficina. Sabía sus horarios, sus preferencias, hasta sus manías. Había sido su roca en más de una ocasión, la persona que mantenía todo en orden cuando él estaba a punto de perder la paciencia.

Además, ella conocía su reputación. Sabía que él era un hombre acostumbrado a las conquistas fugaces, a no comprometerse nunca más allá de lo necesario. Si alguien podía ayudarlo a mantener la fachada de un compromiso, era Lia.

Adrián se sentó en el sofá de su oficina y repasó mentalmente los últimos años. Lia había sido un apoyo constante, discreto pero firme. Siempre había sabido cuándo intervenir y cuándo mantener la distancia. Lo conocía tan bien que a veces bastaba con una mirada para que ella supiera lo que él estaba pensando. ¿Por qué no pedirle ese favor? No había nadie mejor para el papel.

Claro, tendría que explicarle todo con cuidado. Sería un compromiso falso, una actuación para su familia, especialmente para su abuelo. No le pediría nada más allá de lo estrictamente necesario. Bastaría con acompañarlo a la casa, sonreír y comportarse como una prometida ejemplar durante unas horas. Después, todo volvería a la normalidad.

Sintió una mezcla de alivio y nerviosismo. Si ella aceptaba, su plan podría funcionar a la perfección. Pero si se negaba, tendría que improvisar otra solución, y no estaba seguro de poder hacerlo con tanta eficacia.

Se levantó y caminó de un lado a otro, eligiendo las palabras que usaría al hablar con ella. Debía ser directo, pero también considerado. No quería que ella se sintiera obligada, ni que pensara que la estaba usando. Lia era más que una empleada; era su aliada, la única persona en la que realmente confiaba en ese entorno de tiburones.

Se detuvo frente a la puerta de su oficina. Respiró hondo, intentando ordenar sus ideas. Iba a pedirle un favor enorme y debía estar preparado para cualquier respuesta.

Abrió la puerta con cuidado y la miró fijamente. —¿Lia? ¿Tienes un momento?

Ella levantó la vista de su ordenador, siempre tan eficiente, siempre tan atenta. Lo miró con una mezcla de sorpresa y profesionalismo. —Por supuesto, señor Valenti.

Adrián entró, cerrando la puerta tras de sí. El silencio entre ambos era cómodo, casi familiar. Se sentó frente a ella y la observó unos segundos, buscando la manera correcta de plantear su propuesta. —Necesito pedirte un favor muy especial —empezó, con voz firme pero sincera—. Es algo fuera de lo común, y confío en que, si alguien puede ayudarme, eres tú.

Vio el destello de curiosidad en los ojos de ella, y supo que había tomado la decisión correcta. Lia era su mejor opción. Y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que todo podía salir bien. Se quedó mirándola y de pronto su mente se fue hacia esa noche. Esos labios son idénticos a los de esa chica aunque pensándolo bien ella tenía un lunar.

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