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Siempre su sombra

Author: Karerina
last update publish date: 2026-02-05 00:34:30

Escuché detrás de mí, sus risas cuando tropecé con la silla. A pesar de no ser carcajadas, eran suficientemente hirientes como para recordarme lo que siempre he sido cuando dejo de moverme con cuidado, un caos.

Caminé rápido, mi corazón latía con fuerza. Huyendo de ese momento. Sólo me sentí a salvo cuando entré a mi oficina. Tomé asiento frente a mi escritorio y respiré una y otra vez, intentando calmarme.

Comencé a revisar algunos pendientes, documentos, correos, fingiendo normalidad. Pero la ansiedad seguía allí. Tenía que calmarme antes de que él, mi jefe regresara. Escuché los pasos en el pasillo. Era él, había vuelto.

—Annie, ¿puedes venir un momento?

Su voz sonó desde la oficina contigua.

Me levanté de inmediato y fui hasta allá. Al entrar, él estaba de pie, junto al escritorio. Me observó apenas un segundo antes de hablar.

—Creo que esto es tuyo. —dijo extendiendo su mano.

Era mi postre. Lo había traído para mí.

—Lo dejaste en el restaurante —añadió, como si nada—. El mesonero me lo entregó. Pensé que bueno, que quizá lo querrías.

No supe darle las gracias en ese instante o si ocultar mi vergüenza. Sentí cómo el calor me subía al rostro.

Asentí con torpeza. Tenerlo frente a mí, siempre me ponía muy nerviosa.

—Gracias —murmuré—. Yo… lo olvidé.

Tomé la bolsa como si fuera algo frágil. Algo valioso. Para él, tal vez había sido un gesto mínimo. Pero para mí, era demasiado importante.

Salí de su oficina con las manos temblando.

Durante el resto de la tarde no pude concentrarme. Mis ojos recorrían informes, cifras, párrafos enteros que no retenía. Una y otra vez, sin permiso, volvía a ese instante. A la manera en que me había mirado. A ese gesto sencillo que nadie más habría notado.

¿Había sido solo amabilidad?

¿O había visto algo más?

El resto de la jornada transcurrió en silencio. Él no volvió a llamarme. Cuando miré el reloj, faltaban minutos para mi hora de salida. Conté segundo a segundo esos tres interminables minutos.

Finalmente salí de la oficina, con mi postre aún intacto en la bolsa. No sé si no deseaba comerlo por culpa o si en realidad deseaba conservarlo para siempre. Admito que esto último era algo estúpido de mi parte, ya que en pocos días se habría dañado.

Caminé hasta la estación del subterráneo y mientras esperaba su llegada, me senté en una banqueta y comencé a comerlo. Exageraría al decir que nunca antes comí un postre de chocolate y almendras como ese, pero había algo especial en ese trozo de pastel. Él, Thomas Miller se había ocupado en llevármelo.

Horas más tarde, cuando llegué a casa, mi madre estaba sentada en el sofá, con la mirada cansada y las manos temblándole levemente. Reconocí de inmediato ese gesto, tenía el azúcar alta. Con prisa me acerqué a ella.

—¿Te tomaste la pastilla? —pregunté.

Negó despacio.

—Se me acabaron ayer.

En ese instante, sentí como la voz de Alice negándome el dinero se clavaba en mi pecho como una daga.

—Lo siento, —murmuré—. No pude conseguir el dinero.

Ella alzó la mirada y sonrió levemente. Verla así me destrozaba. Me enojaba el no tener dinero para su tratamiento. Y lo peor de todo, era que aún faltaba más de una semana para recibir mi pago del mes.

Fui hasta la cocina y le preparé un té caliente con algunas yerbas que me habían recomendado para mantener el control de azúcar en su sangre.

—Bébete esto, mamá —le dije—. Hoy no pude comprar el medicamento.

—No te preocupes, Annie —respondió con una sonrisa débil—. Tú ya haces más de lo que te corresponde.

Me senté a su lado y apoyé la cabeza en su hombro. Le acaricié el cabello como cuando era niña.

—Nunca será suficiente —murmuré.

No se lo dije, pero lo pensé. Si no fuera por ella, yo no tendría razones para seguir.

Después de ayudarla a levantarse y llevarla hasta su dormitorio, regresé a la cocina para prepararle algo. Al abrir el refrigerador, estaba casi vacío. Teníamos poca comida. Insuficiente para los días que faltaban.

Sentí miedo y culpa en ese momento. Tendría que sacrificar mi almuerzo y comprar algo de comida para la casa. No podía comer yo y dejarla a ella sin nada.

Mientras preparaba la cena, recordé a mi padre. Desde que él murió, todo quedó en manos de su tío Charles, el padre de Alice. Él le había prometido hacerse cargo de nosotras, administrar la pensión y asegurarse de que no nos faltara nada. Pero la realidad fue distinta. Alice se encargó del dinero. Y cada ayuda que nos daba se parecía un favor de su parte y no un compromiso.

Alice y yo, crecimos juntas. Íbamos a la misma escuela, parecíamos hermanas. Bueno, así lo veía yo. Pero cuando entramos a la universidad, ella cambió. Ya no quería estar conmigo. Poco a poco me convertí en su sombra.

Ella era la chica bonita. La brillante. La que todos querían tener como novia, incluso él, Thomas Miller.

Aún recuerdo el momento en que me pidió escribir para él, su primera carta de amor.

—Necesito que lo hagas, tú eres más romántica —dijo en esa oportunidad.

Lo hice. Lo hice pensando que en cada una de esas palabras le confesaba lo que yo en realidad sentía por él. Todo lo que yo sentía por él estaba allí. En esos textos que no llevaban mi nombre.

Ya luego fueron los mensajes en cada tarjeta de San Valentín, los detalles en sus aniversarios. Siempre era yo.

Yo… la que escribía las palabras de amor que él leía frente a mí, con una sonrisa que me partía el corazón en dos.

A veces me preguntaba si, de saber que yo era quien escribía aquel mensaje, su sonrisa sería la misma.

Seguramente, no. Thomas sí estaba enamorado de Alice y ella, en cambio, lo veía como un gran negocio a futuro.

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