Mag-log in(PUNTO DE VISTA: IVY)—Fírmalo gratis, Vera. Hazlo esta noche si quieres. —Me salió la voz tranquilísima, pero con el tono que usa mi madre cuando ya se enojó—. Porque el día que me acusen de haberte arrastrado por ese jardín, yo no lo voy a negar. Lo hice. Lo pienso contar yo misma, con mi nombre completo, en el mismo sitio donde tú firmes. Y voy a contar también qué estabas haciendo tú dos minutos antes. A ti nadie te va a preguntar qué tal te fue después, porque de las mozas no se habla, eso me lo enseñó esa ciudad hace nada.—Eres igual que ellos…—Me estoy volviendo, sí. —Le dejé caer el silencio entero—. ¿Algo más? Que tengo que secarme, no sé si lo sabías: estoy de luna de miel con mi marido, y tenemos cositas pendientes. Me colgó ella. Claro… si es lo que hace la gente de esa familia cuando se queda sin nada.Mira tú qué conveniente venir a usar lo del chisme de la luna de miel…El teléfono se sentía caliente en la mano, seguía temblando como una idiota. ¡Increíble! Le gané l
(PUNTO DE VISTA: IVY)Me metí en la ducha del hotel con una idea fija: si algo iba a perder… lo iba a perder esta noche.Por la mañana me habían dado contra una lámina de hojalata en una caseta de obra, y después anduve medio día con una carpeta debajo del brazo y la boca seca.El agua caliente se acabó a los cuatro minutos. Me quedé debajo igual, con la frente contra los azulejos, y me revisé. Buscaba sangre.Me vi los dedos y no había nada. Ni una gota, ni un hilo, nada.Las dos pérdidas que había tenido anteriormente, me tenían con el corazón en la garganta cada vez que me tocaba entrar al baño y comprobar si estaba sangrando otra vez.No me dejaba dormir la idea de esas dos cunas que compré con la cabeza y nunca pude con las manos…—Si te quedas, te quedas, óyeme bien… —le reproché al desagüe y me sentí tan estúpida. Llevaba días hablando con los desagües solo para no tener que dirigirme directamente a lo que crecía en mi vientre.Salí con la bata del hotel y el pelo chorreando,
(PUNTO DE VISTA: ROCCO)Arrancó sin decirme nada más.Subí los cuatro pisos por la escalera y me paré delante de su puerta con la tarjeta en la mano buena. Del otro lado corría el agua de la ducha.Con esta misma tarjeta entré ayer a mirarla dormir, y podía volver a hacerlo. Pero acababa de decirme que quería estar sola, y a Pietro le prometí que a su puerta no iba a llamar.Me guardé la tarjeta y me quedé con la frente a dos dedos de esa madera hasta que se me pasaron las ganas y me vinieron otras peores.Bajé.El salón del bar de ese hotel tenía las sillas puestas sobre las mesas y un piano con la tapa cerrada. El encargado de la noche me siguió desde el mostrador secándose las manos.—Necesito este salón esta noche. Cerrado, y sin nadie más adentro.—Lo siento, señor, el salón es de uso común y mañana a las seis se sirven los desayunos. No está en mi mano.—¿Y en la mano de quién está?Dudó, y me dio el nombre del dueño y la ciudad donde vive. Lo llamé delante de él, desde el mostr
(PUNTO DE VISTA: ROCCO)Subió al auto y se sentó detrás, bien pegada a la puerta. Se llevó la mano al estómago y la quitó de golpe.Esa mano se le va ahí sola. Anoche, dormida, la tenía en el mismo sitio.—Al hotel —dijo—. Y tú adelante.Me senté adelante, con la rodilla manchada de barro, al lado de Pietro, que condujo sin radio y nadie respiró ni fuerte en ese auto.—Mañana paso por ti a las ocho menos cuarto —murmuré, sin girarme.—Ya sé a qué hora es la cena.—Entonces a las ocho menos cuarto.—Rocco. —Esperó a que la mirara por el espejo—. Lo de hace un rato no te lo dije porque te quiera en esa mesa. Te lo dije porque no quiero entrar sola a la casa de ese hombre, no me importa quién sea. No confío en ninguno… —se calló un momento, bajó la cabeza—. Ni siquiera en ti, pero, ¿qué otra cosa me queda?—Lo sé.—¿Y vas a ir igual?—Eso haré, Ivy. Eres mi mujer. No dijo nada más. En el espejo se le veía el borde de la cara contra la ventana. Respiraba hondo y despacio, obligándose a n
(PUNTO DE VISTA: ROCCO)Me fui al auto antes de que ella pudiera decir otra cosa, porque si se quedaba callada otra vez me iba a tocar soportarlo otra vez.Le acababa de dar lo que llevo meses negándole. Me lo pidió en aquel momento y le dije que no: que el día que me lo pidiera iba a ser porque me quisiera en esa mesa. Hoy me lo pidió igual de obligada que entonces para no entrar sola en la casa de otro hombre.Y dije que sí en dos segundos.Delia y los otros tres recogían estacas a veinte metros, haciendo ruido para que se viera que no estaban escuchando.Hartwell le preguntó si estaba bien.Justamente, es lo que no había podido sacarme de la cabeza. No el labio, ni la mano estirada, ni la cena. Un hombre con la boca abierta de un golpe mío, delante de cuatro empleados suyos, ¿y lo primero que le sale es preguntarle a ella si está bien?Yo, en veinte minutos, no le pregunté nada.Mierda.Pietro esperaba en la entrada del terreno con el motor encendido y la puerta de atrás abierta
(PUNTO DE VISTA: IVY)—Esa cara es tuya.—Eso ya lo sé. Dímelo otra vez.—Mía no, imbécil. Tuya. Tuya, carajo, ¡y métemela ya!—Siéntate.Me empujó sobre la silla y se quedó de pie, mirándome desde arriba, hasta que fui yo la que le desabrochó el cinturón. —No, ¿sabes qué? Siéntate tú.Cuando me hizo caso, me subí encima y me la metí yo, despacio, hasta abajo, con los dientes apretados contra su cuello.—Quieto... —Le puse las dos manos en el pecho—. No te muevas.Y se quedó quieto.Las manos en los brazos de la silla, los nudillos blancos, la mandíbula trabada, y yo moviéndome encima de él a la velocidad que me dio la gana.—Así. Así te gusta, ¿no? —Me clavé más—. Quietecito, mirando sin tocar. Eso lo sabes hacer. Cuatro años mirándome de lejos... —Le subí la cara con dos dedos—. ¿Vera se te subió así? ¿Así de quieto te quedaste con ella?La voz que le salió no la había oído nunca en cuatro años.—No me hagas esto…—Te lo hago, tú no pensaste en mí ni una sola vez.—¿Señor Blackston







