LOGINLa noche del baby shower descubrí a mi esposo con mi mejor amiga, contra un escritorio, con ella embarazada de ocho meses. Frente a treinta invitados, tomé el micrófono y les di el espectáculo del año. Me quité el anillo delante de todos. Y esa misma noche terminé en la cama de la última persona con la que debía estar: mi suegro. Rocco Blackstone es todo lo que Harold nunca fue. Poderoso, silencioso, capaz de vaciar un salón con una sola palabra. Y lleva más tiempo del que imagino esperando este momento. Cuando el tratamiento de mi madre se cae y Harold intenta usarlo para chantajearme y obligarme a volver, Rocco me pone sobre la mesa la única salida que tengo: divorciarme de su hijo y casarme con él. No es amor. Es venganza, poder, y una deuda de hace cuatro años que ninguno de los dos sabía que existía. Pero hay algo que Rocco no me ha contado. Un hijo que no reconoció. Un socio al que hundió para quedarse con todo. Y un número desconocido que lleva tres años llamándolo sin que él conteste. Acepté casarme con mi suegro para salvar a mi madre y humillar al hombre que me traicionó. Nunca imaginé que también me iba a enamorar de él.
View MorePOV: Ivy
La puerta del estudio estaba entreabierta. Un centímetro, no más.
La mano de Harold apretando la cintura de Bianca, mi mejor amiga. Su boca sobre el cuello de ella mientras sus caderas arremetían contra las suyas con fiereza.
Sin importarle que aquel vientre de ocho meses quedara aplastado entre los dos contra el escritorio, empujando una pila de invitaciones al suelo.
Se me doblaron las rodillas. Me sostuve del marco de la puerta para no caer y sentí la madera clavándose en la palma.
Conté hasta tres antes de que Harold abriera los ojos.
—¿Ivy?
Nada más. Ni una excusa a medio armar.
Di media vuelta, tragándome el espeso nudo que se había formado en mi garganta.
Detrás de mí, me seguía su voz, repitiendo mi nombre otra vez, con sus pasos rápidos siguiéndome por el pasillo.
—Ivy, espera, deja que te lo explique…
—¿Que me expliques qué, Harold? ¿Cómo se siente su piel comparada con la mía?
Me agarró del brazo en mitad del pasillo, con fuerza, y por un segundo tuve miedo de verdad, un miedo que nunca antes le había tenido.
—Shh… Baja la voz.
—Suéltame.
Media hora antes solo lo buscaba para devolver una llamada. Era de la Clínica de Fertilidad, el número llevaba marcado en el calendario desde hacía meses.
Lo prometimos las dos veces anteriores: juntos, sin importar el resultado…
Vaya mentira de m****a.
Esa misma mañana me había despertado con él encima. Sus manos en mi cintura, la boca en mi cuello, la promesa silenciosa de que todavía podíamos arreglar lo nuestro. Doce horas después tenía a Bianca contra un escritorio en la misma postura. Qué estúpida fui, carajo.
Recorrí el salón lleno de globos rosados y azules, el arco de flores donde Bianca iba a abrir los regalos, hasta llegar a esa puerta entreabierta al final del pasillo.
Me solté de un tirón y entré al salón principal con la copa todavía en la mano. No había bebido nada.
—Disculpen la interrupción.
La música se cortó a la mitad de una frase, como si alguien hubiera arrancado el cable. Veinte cabezas giraron hacia mí. Una mujer con un sombrero de "futura tía" se quedó con las manos en el aire, a medio aplauso de un juego que nadie terminó.
—Tengo una pregunta antes de que sigamos —comencé, y la voz me salió más fuerte, no esperaba elevar tanto la voz—. ¿Alguien más sabía que el bebé que estamos celebrando podría no ser de Mark, sino de mi esposo?
Un vaso plástico cayó al suelo. Nadie lo recogió.
Mark se levantó de golpe, tirando la silla hacia atrás con un golpe seco contra el piso.
—¿Qué carajo acabas de decir?
Harold entró al salón detrás de mí, con la corbata torcida y la respiración agitada.
—Ivy, te juro que no es lo que…
—¿No es lo que parece? La tenías contra el escritorio, Harold. ¡Yo misma los vi!
Bianca salió al pasillo, detrás de Harold con una mano en el vientre, la cara descompuesta.
—Mark, amor, por favor, escúchame, puedo explicarlo…
—¿Explicarme qué? —Mark cruzó el salón en tres zancadas y agarró a Harold del cuello de la camisa con las dos manos—. ¡Tú, maldito imbécil! ¿Te estabas cogiendo a mi esposa en mi propia casa, en el baby shower de mi hijo?
—Suéltame, Mark…
—¡Contesta!
Dos hombres se metieron a separarlos, gritando, tirando de los brazos de Mark mientras Harold retrocedía con la camisa arrugada y un hilo de sangre en el labio de un golpe que no vi llegar.
Alguien gritó que llamaran a la policía. Una de las tías de Bianca empezó a llorar sin disimulo. Otra mujer ya tenía el teléfono en alto, grabando todo, sin bajarlo ni un segundo.
—¿Estás tan ciega que confundiste sus vergas? —le grité a Bianca por encima del caos—. ¿O cómo fue? Te acostabas con mi marido y aun así me dejaste acompañarte a cada control prenatal…
—¿Qué? No, Ivy… —intentó usar esa vocecita inocente que a veces ponía y me daba ganas de agarrarla de los pelos.
—¿Quién es el padre de ese bebé? —pregunté, apretando mis puños.
Se quedó callada, respirando agitada. Incluso parecía estar fingiendo que le dolía la barriga.
—¡Dime quién es el maldito padre, hija de puta! —estallé, con la copa a punto de romperse por la fuerza de mi mano.
—¡No lo sé, está bien! ¡No sé de quién es, no lo sé!
El grito le salió desgarrado, real, y por un instante casi sentí lástima.
—Tú nunca lo hiciste feliz —murmuró entre lágrimas, la voz quebrada pero sin bajar la cara del todo—. Yo solo estuve ahí para él.
—Estuviste ahí para él… en tu propia casa, con tu esposo cargando los globos en el jardín esta tarde.
Harold, ya liberado del agarre de Mark, volvió hacia mí y me tomó del brazo otra vez, con más fuerza que antes, tirando hacia la puerta.
—Nos vamos. Ya montaste suficiente show.
—Suéltame, me estás lastimando.
—¡Ivy…!
—¡Suéltame! —grité.
—Suéltala.
La voz vino desde la puerta principal. Ni siquiera gritó, pero aun así el tono grave de su voz reverberó en todo el salón. No era la primera vez que veía a todo el mundo callarse apenas él entraba a un cuarto. Esta noche, por primera vez, entendí por qué.
Esta noche ya no tenía un matrimonio que me obligara a callarme.
Primero vi el charco que se formaba en el umbral, goteando desde un abrigo oscuro. Después los hombros, demasiado anchos para ese marco de la puerta.
Y al final la cara de mi suegro, Rocco Blackstone, mirando la mano de su hijo todavía cerrada sobre mi brazo.
Olía al frío de afuera.
Todo el caos del salón se apagó de golpe, como si su presencia hubiera cortado el sonido igual que la música. Reconocí a dos de sus socios entre los invitados, la copa a medio camino de la boca, sin atreverse a terminar el trago.
Harold me soltó el brazo como si el pendejo se hubiera quemado. Yo sabía que estaba asustado.
—Padre, esto no es lo que…
—Cállate.
Una sola palabra y Harold cerró la boca y dio un paso atrás sin darse cuenta de que lo había dado.
—Padre, mi esposa tomó mucho hoy, y ya nos íbamos —insistió Harold, agarrándome nuevamente del brazo.
Rocco cruzó el salón sin apurarse, cada paso pesado hacía resonar el piso de madera, y nadie se movió para estorbarle el camino.
Se paró frente a Harold, más alto que él por una cabeza entera, y por un segundo pensé que iba a golpearlo.
Pero no lo hizo... Solo bajó la voz, aunque todavía se le oyó hasta el fondo del salón.
—Ivy ni siquiera toma alcohol —masculló, echando un vistazo a la copa que aún seguía en mi mano—. Ya hiciste suficiente daño por una noche. No necesito que además me arruines el apellido delante de mis socios.
Creo que a todos nos sorprendió que mi propio suegro supiera más de mí que mi propio esposo.
Mark seguía forcejeando contra los dos hombres que lo sostenían, con la mirada fija en Bianca, esperando una respuesta que ella no le daba. Una persona a mi lado dejó de grabar y bajó el teléfono despacio, como si de pronto le diera vergüenza.
Rocco me miró entonces. Directo, sin nada de la lástima que esperaba encontrar en su cara. Sostuve la mirada dos segundos, tres, hasta que me ardieron los ojos.
Otra vez esa sensación tonta de haberlo visto en otra parte.
Un pensamiento se me metió solo, sin permiso:
Que alguien por fin lo ponga en su lugar. Qué bien se siente…
Aparté la vista antes de que se me notara en la cara.
Me quité el anillo. Me tomó dos segundos. Lo dejé caer dentro de la copa que todavía tenía en la mano.
El sonido del metal contra el cristal fue lo único que se oyó en todo el salón. Luego puse la copa sobre la mesa de los regalos, entre cajas envueltas en papel celeste con moños de listón.
—Ivy, espera —insistió Harold, detrás de mí, ya hasta tenía la voz rota por primera vez esa noche—. Podemos arreglar esto, podemos…
No esperé a que terminara.
Salí sin abrigo. El frío se me pegó a los brazos desnudos. No sabía hacia dónde caminaba, solo sabía que tenía que irme lejos de esa casa, lejos de los gritos que todavía se oían desde el jardín.
Pero escuché pasos detrás de mí. Más pesados que los de Harold, más lentos.
Rocco abrió la puerta del auto. No preguntó si estaba bien. No dijo una palabra sobre lo que acababa de pasar adentro.
—Sube al auto, Ivy.
(POV: Ivy)Me despertó el teléfono a las ocho y veinte. Era el mismo número que el domingo no alcancé a devolver, porque me distraje encontrando a mi marido metido dentro de mi mejor amiga.—¿Señora Blackstone? De Marlowe. Estamos cerrando trimestre y su expediente quedó incompleto.—¿Qué? Si yo no falté nunca…—Usted no —me interrumpió—. Su esposo. ¿Le reprogramo las citas?Me senté en la cama.—¿Cuántas tiene pendientes?La oí teclear.—Nueve, señora. Todas.—¿Todas?—Desde que abrieron el expediente. No ha venido ni una vez.Se me fue el aire.¿Nueve citas en todo este tiempo y mi esposo no había asistido a ninguna?Mientras yo tenía que aguantarme las agujas en el estómago a las siete de la mañana. Las piernas en alto como una imbécil. Esa sala de sillas azules donde una vez le presté un pañuelo a una mujer que lloraba. ¡Y el hijo de puta ni siquiera fue a que le sacaran sangre!—Ciérrelo.—¿Perdón?—El expediente. Ciérrelo.—¿A nombre de quién lo archivo?Me quedé en silencio, s
(POV: Ivy)—¡Estás loco! —A Harold se le fue el color de la cara de golpe—. Papá, estás… ella es mi esposa.—Fue.—¡Es mi esposa! —Harold dio un paso, y por primera vez le tembló la voz sin que intentara disimularlo—. Todo lo que tengo me lo diste tú. La casa, el puesto, el apellido, la silla. Todo. ¡Ella no!—Y tú la cambiaste por la mujer de tu socio, delante de veinte personas. —Rocco volvió a mirarme—. El viernes tu madre entra al programa como una Blackstone. Y va a ser verdad. Solo que no por él.Yo seguía sin poder hablar.Casarme con él era una locura. La ciudad entera acababa de ver el video de mi marido con mi mejor amiga ¿y en cuatro días iban a ver a la esposa engañada entrando a un juzgado del brazo de su suegro? Lo que dijeran de Harold no iba a ser nada comparado con lo que dijeran de mí.Y aun así, si firmaba con Rocco... mi madre entraba el viernes. No firmaba, y me quedaba esperando el permiso de un hombre que ya había decidido no dármelo nunca.¿Esto era una propues
(POV: Ivy)No retrocedí ni un paso, pero sentí cómo se me iba el color de la cara.—¿Me estás chantajeando con mi madre, solo porque no quieres que nadie más se entere de lo poco hombre que eres? ¿Te da miedo que tu rollito con Bianca arruine tu reputación y tus acciones en la empresa? —murmuré, con un hilo de voz, tragándome la rabia.Harold dio un paso hacia mí.—Te estoy protegiendo, Ivy, lo creas o no. Si sales a hablar —bajó la voz, y no me miró a mí, miró a Rocco—, no vas a ser la única que salga perjudicada.Solté una risa cargada de ironía.—No sé de qué hablas. ¿Protegerme de qué? ¡Si aquí el que la ha cagado has sido tú!—No hace falta que sepas de qué hablo, no me colmes la paciencia —insistió—. ¡Solo di que sí y ya, mujer, por favor! ¡Deja de hacerte la víctima!—¿La víctima? —La rabia me subía por el pecho.—¿Y qué quieres que piense todo el mundo, Ivy? ¿Que después de todos estos años de matrimonio eres la esposa perfecta a la que yo abandoné sin motivo? ¡Eres incapaz de
POV: RoccoA la mañana siguiente, bajé a las seis, antes que nadie, con la excusa de revisar los correos de la noche anterior. La verdad era otra: dos noches atrás la había tenido contra la pared de mi cuarto y desde entonces no había dormido más de tres horas seguidas. Bajar temprano era lo único que me quedaba parecido a la disciplina. Planeaba evitarla a toda costa.Ayer, después de la junta, salí a cerrar con dos socios y no volví a mirar el teléfono. Cuatro llamadas suyas entre las siete y las once de la noche. Las vi a las cinco de la mañana y no devolví ninguna. No funcionó. La oí bajar diez minutos después, descalza otra vez, y entró a mi despacho con el teléfono apretado contra el pecho como si fuera a explotarle en las manos.—Necesito... —Se detuvo. Parecía odiar decir lo que estaba a punto de decir—. Necesito que metas a mi madre en el programa de tu fundación.Me quedé con la taza a medio camino.—Buenos días también.—Rocco —insistió, con un ligero temblor en la voz.N












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