LOGIN—Genial, entonces te estaré esperando. Nos vemos —dijo Bianca.
Isabella podía escuchar la emoción en la voz de su amiga. Bianca debía estar realmente feliz ante la idea de tener pronto a su bebé en brazos, y ella no pudo evitar sonreír mientras deseaba que, algún día, también pudiera vivir algo así. —Adiós. Cuídate y no te estreses demasiado —le recordó antes de finalizar la llamada. De repente, Isabella se preguntó cómo sería convertirse en madre. Sacudió la cabeza y soltó una sonrisa amarga. Primero debería saber cómo se siente hacer el amor antes de pensar en algo así. Rápidamente presionó el intercomunicador para distraerse de sus pensamientos. —Lily, ¿podrías reservarme un boleto para Florida, por favor? —le pidió a su asistente personal. —Claro, señora —respondió la mujer desde la otra línea. —Además, tráeme todos los documentos que necesito firmar. Estaré fuera del país entre tres y cuatro semanas —añadió antes de terminar la llamada. No quería irse dejando trabajo pendiente. Estaba segura de que, cuando regresara, todo sería un desastre y tendría montañas de trabajo acumulado. Isabella pasó el resto del día completamente absorbida por la oficina, hasta que finalmente salió cerca de la medianoche. Estiró los brazos y se masajeó las sienes antes de dirigirse hacia el elevador. Su vuelo salía al día siguiente a las tres de la tarde y todavía tenía que preparar todo lo que llevaría con ella. —Lo siento. No era mi intención hacerte esperar tanto tiempo —se disculpó con su conductor apenas subió al automóvil. —No se preocupe, señorita Isabella —respondió el anciano con una sonrisa amable. Había sido el conductor de su familia desde que ella estaba en la universidad. Era un hombre trabajador y de confianza, razón por la cual Isabella se sentía tan cómoda con el tío Pablo. Desde la muerte de su padre, él se había convertido en una especie de figura paterna para ella. Siempre estaba allí para llevarla a casa después del trabajo o acompañarla a donde necesitara ir. Nunca se quejaba, sin importar cuánto tiempo tuviera que esperarla, como había sucedido aquella noche. Había sido un día agotador. Isabella todavía no entendía cómo había logrado terminar toda la carga laboral que Lily le había dejado. Calculaba que había adelantado al menos dos semanas de trabajo. No pudo evitar sonreír. Estaba dispuesta a hacer todo eso solo para estar al lado de su mejor amiga y cumplir la promesa que le había hecho años atrás. Tal vez eso era lo mismo que sentía Adrian respecto a las promesas… aunque su situación era completamente distinta. No tardaron mucho en llegar a casa. Como ya era casi medianoche, las calles estaban vacías y el trayecto fue tranquilo. La casa de dos pisos donde vivía había sido un regalo de bodas de sus padres para ella y Adrian. Todavía podía recordar perfectamente la primera noche que pasaron juntos en aquella casa. Dormían en habitaciones separadas. Esperaban a que los sirvientes entraran en sus habitaciones antes de que uno de los dos se trasladara discretamente al otro dormitorio para pasar la noche allí. Por desgracia, una de las sirvientas descubrió la verdad y se lo contó a sus padres, lo que casi provocó un gran problema. Afortunadamente, lograron inventar una excusa creíble: ambos aseguraron que Adrian roncaba demasiado fuerte y que, para no interrumpir el sueño de Isabella, él se mudaba a la habitación de invitados en mitad de la noche. Isabella se sintió aliviada de que sus padres creyeran aquella explicación. También estaba agradecida de que Adrian hubiera aceptado seguirle la corriente. Ahora vivía prácticamente sola en aquella enorme casa, porque había despedido a la mayoría de los empleados domésticos. Le dio a su madre una excusa perfecta para evitar sospechas. Le dijo que quería encargarse personalmente de cuidar a Adrian y preparar todo lo que él necesitara. Pero la verdad era muy distinta. Adrian siempre estaba fuera del país. Ella vivía sola en la enorme casa que sus padres les habían regalado. Qué irónica podía ser la vida. A veces, el dinero no era suficiente para conseguir la felicidad. No importaba cuán rica fuera una persona; había vacíos que ninguna fortuna podía llenar. Isabella respiró hondo y finalmente salió del automóvil. Subió directamente a su habitación, se quitó la ropa y se sumergió en la cálida agua de la bañera llena de espuma. Había tenido un día agotador en la oficina y lo único que quería ahora era relajarse con un baño tranquilo. No lograba entender por qué se sentía tan emocionada ante la idea de ver a su mejor amiga y al bebé que pronto llegaría al mundo. Tal vez simplemente deseaba sentirse feliz por todo lo que Bianca había conseguido hasta ese momento en su vida. Quizá algún día ella también despertaría y descubriría que Adrian finalmente había entrado en razón. Tal vez entonces él accedería al divorcio y ella podría buscar la felicidad que tanto anhelaba. Cerró los ojos mientras el calor del agua envolvía su cuerpo. Pronto viajaría a Florida, el mismo lugar donde trabajaba su marido. Isabella no pudo evitar preguntarse qué estaría haciendo Adrian en ese momento. ¿Estaría ocupado con el trabajo… o con otra mujer? No podía negar el repentino dolor que atravesó su corazón al pensar en esa última posibilidad. La idea de que Adrian estuviera ocupado con otra mujer le provocó una punzada en el pecho. Isabella no pudo evitar abrazarse a sí misma bajo el agua. ¿Qué pasaría con su relación? ¿Terminaría pronto? Pero, entonces, ¿por qué le preocupaba tanto? ¿No era eso lo que ella había querido desde el principio? En realidad, no había ganado nada con ese matrimonio… excepto dos años de su vida atrapada en una prisión creada por unos simples papeles firmados. Seguía siendo virgen. Ese era el resumen perfecto de su matrimonio. Había perdido dos años en una relación donde jamás experimentó lo que era ser tratada como una verdadera esposa. Adrian nunca la llamó así ni actuó como un esposo con ella. Su matrimonio existía únicamente sobre el papel. Pero, a diferencia de otros contratos, el suyo parecía no tener fecha de vencimiento. Y Adrian tampoco quería ponerle fin. Eso era precisamente lo que hacía crecer la ira dentro de ella. No entendía qué era lo que realmente quería su marido. Afirmaba con seguridad que el divorcio jamás ocurriría, pero nunca hacía nada para que el matrimonio funcionara. Cuando Adrian estaba en casa, apenas permanecía allí un par de días, y durante ese tiempo se encerraba casi todo el tiempo en el estudio. Nunca se molestaba en hablarle ni siquiera en mirarla. Era como si ella jamás hubiera existido en su vida.Ese era su anhelo: estar con alguien que le hiciera temblar las piernas con solo mirarlo, y que cada mañana despertara llena de emoción solo por ver su rostro a su lado. Lamentablemente, nada de eso ocurría con Adrian. Su realidad estaba muy lejos de los sueños que guardaba en su interior. Dios mío, voy a terminar volviéndome loca con todo esto, pensó. Aun así, no podía borrar de su mente lo que había ocurrido entre los dos la noche antes de que ella saliera de viaje. ❤️ Por un lado, casi le daba ganas de reír: al menos él estaba actuando como si todo estuviera en orden, y había estado allí cuidando de su madre cuando ella no podía hacerlo. Vaya broma de mal gusto… —¿Cómo te fue en el viaje, hija? Seguro que estás agotada. ¿Viniste directo al hospital en cuanto aterrizaste? —preguntó su madre de pronto, rompiendo el silencio entre los tres. Isabella asintió. Ni siquiera había tenido tiempo de descansar; apenas llegó a casa, dejó sus cosas y se apresuró a venir al centro médico,
No había podido avisar al conductor con antelación; su mente estaba ocupada por la preocupación. Su madre era la única familia que le quedaba, y si algo malo le ocurría, nunca podría perdonárselo. Mientras avanzaban por la carretera, Isabella miraba por la ventanilla. No terminaba de entender por qué Adrian prefería pasar la mayor parte del tiempo fuera del país en lugar de permanecer en la ciudad. En cuanto el coche se detuvo frente al hospital, no esperó a que el tío Pablo le abriera la puerta: salió de un salto y entró corriendo al edificio. En recepción preguntó por el número de habitación de su madre. La enfermera respondió con amabilidad y, tras darle las gracias, se apresuró a recorrer el largo pasillo hasta llegar a la sala indicada. Empujó la puerta con mucho cuidado, por si su madre estuviera durmiendo y no quería despertarla bruscamente. Pero se quedó paralizada al ver quién estaba sentado en la silla junto a la cama. —¡Isabella…! —la llamó su madre en cuanto la vio.
El médico le sonrió y asintió: —Solo deben esperar a que trasladen a la paciente a su habitación asignada. Pueden consultar cualquier duda con las enfermeras. ❤️ Dicho esto, se dio la vuelta y se retiró. Mason se giró hacia Isabella y la abrazó con sinceridad. —Muchas gracias, Isabella. Estoy tan feliz de estar aquí con ellas. Si no me hubieras avisado, me habría perdido este momento —murmuró con voz suave. Ella le devolvió la sonrisa. —¡Felicidades! Vamos a preguntar en recepción dónde la llevarán —sugirió, y empezó a caminar hacia el área de enfermería para averiguar el número de habitación de Bianca. Esperaron unos minutos hasta que, finalmente, vieron llegar a su amiga, transportada en una camilla por el personal sanitario. Bianca seguía dormida, bajo los efectos de la anestesia que se había aplicado para la operación. Isabella y Mason se quedaron a su lado, esperando a que despertara. —Se ve tan tranquila mientras duerme —comentó Mason, acariciando con suavidad la frent
Pero su situación no era normal, y él lo sabía muy bien. No se habían casado por amor ni por voluntad propia; lo hicieron por razones que Isabella aún no lograba comprender. Desde el primer momento, ella había rechazado aquella unión e incluso lo había mirado con desagrado la primera vez que se vieron. Por eso, no podía culparse a sí mismo por sentirse incómodo cada vez que intentaba acercarse. Estaba seguro de que, desde aquel primer día, Isabella ya lo había odiado. Adrian soltó un suspiro profundo. Sabía que su esposa tenía un carácter fuerte, y estaba convencido de que ella también lo veía a él de la misma forma: los dos estaban cegados por su propio orgullo. Nunca le había mostrado su lado más tierno, así que no podía culparla si se había convertido en una fiera dispuesta a atacar a cualquiera que intentara acercarse a ella. Y para ocultar la timidez que sentía frente a su esposa, recurría a hablarle con un tono autoritario. Necesitaba dejar claro que no toleraría sus actitu
Adrian regresó inmediatamente a casa, preocupado de que le hubiera ocurrido algo a Isabella; pero para su sorpresa, ella no estaba allí. No sabía qué pensar. Era consciente de que había actuado de forma injusta y hiriente la noche anterior, y debía admitir que incluso a él le sorprendía haber sido capaz de pronunciar aquellas palabras. Estuvo a punto de levantarse de un salto cuando escuchó el motor de un coche entrar en el recinto. Esperó un rato a que Isabella apareciera ante la puerta, pero, para su desgracia, tras casi media hora de espera, ella no entró en la vivienda. Sintió cómo el corazón le latía con fuerza, impulsado por las ideas que empezaban a surgir en su mente. Adrian se levantó de la silla donde estaba sentado, decidió salir de la casa y se dirigió a hablar con el tío Pablo. Vio al conductor limpiando el vehículo. Se aclaró la garganta y se acercó a él. —¿Tío Pablo? —lo llamó—. ¿Dónde está Isabella? Por un instante, vio la sorpresa reflejada claramente en el ros
Conocía a Isabella desde que él tenía diez años y ella apenas ocho. Recordaba perfectamente cómo su padre solía decirle que algún día ella sería su esposa. Tal vez esa fue una de las razones por las que aceptó aquel matrimonio sin oponerse. Quería cumplir la promesa que su padre le repitió hasta su último aliento. Adrian estudió en la misma escuela que Isabella. Sabía que ella nunca tuvo novio hasta su segundo año de universidad. Para ese entonces, él ya estaba a punto de graduarse, y aquella vieja promesa fue incluso una de las razones por las que decidió cursar su maestría en la misma universidad. Solo quería verla de vez en cuando. La relación de Isabella con aquel chico no duró mucho. Se enteró de que terminaron después de seis meses juntos y, poco tiempo después, el hombre desapareció de la universidad. Corrían rumores de que había sido transferido a otra escuela tras un incidente. Algunos decían que habían terminado porque el padre de Isabella amenazó a la familia del muc







